Ecos del reino - El inicio al descenso - Capítulo 20
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- Capítulo 20 - 20 18 - El peso de lo que no se nombra
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20: 18 – El peso de lo que no se nombra 20: 18 – El peso de lo que no se nombra La mañana había avanzado sin mayor sobresalto en Norvald.
El aire estaba cargado de esa extraña pesadez que desde hacía semanas dominaba la región, pero dentro del cuartel militar el movimiento era ordenado y preciso.
Carretas se alistaban, caballos revisados y las últimas órdenes del gobernador eran confirmadas con los generales Keylor y Dareth.
La compañía destinada a regresar a la capital ya estaba formada en el patio principal, con estandartes recogidos y las filas bien alineadas.
A esa hora, Catalina apareció con paso firme en la entrada del cuartel.
Su figura era la de una mujer mayor que, pese a los años, mantenía cierta dignidad en la postura.
Llevaba un bolso de cuero colgado al hombro y conducía de las riendas a un caballo.
A su llegada, un guardia le salió al encuentro para confirmar su identidad.
—La compañía parte en unos instantes, señora —le dijo el soldado, señalando la carreta de los sabios y curanderos—.
Su caballo será integrado al convoy y devuelto al llegar a la capital, y usted viajará en aquella carreta, tal y como lo dispuso el general.
Catalina asintió con agradecimiento.
Su mirada repasó la formación militar: filas de hombres armados, con armaduras relucientes pese al polvo del camino.
Había en sus rostros una mezcla de disciplina y una tensión silenciosa que no se podía ocultar.
Ella acomodó su bolso con cuidado y, tras acariciar el cuello de su caballo, lo entregó al encargado de caballería.
Luego subió a la carreta, donde los sabios ya la recibían con un asentimiento cordial.
La compañía salió en orden, atravesando la avenida principal de Norvald.
El rumor de cascos y ruedas se extendió por las calles, y fue imposible que los habitantes no se percataran.
Mujeres interrumpieron sus quehaceres, hombres dejaron de cargar sacos y los niños corrieron para ver aquel despliegue.
El pueblo observaba en silencio, con un aire de preocupación que lo decía todo.
Las campanas del ayuntamiento tocaron poco después.
El gobernador había convocado a la población en la plaza mayor.
El gentío se reunió con lentitud, con rostros expectantes y temerosos.
En el balcón central apareció el gobernador, acompañado por el general Dareth y algunos funcionarios.
Con voz solemne, anunció: —Ciudadanos de Norvald… hemos recibido los informes de los sabios, curanderos y la compañía enviada desde la capital.
Lamentablemente, debo decirles que la situación que aqueja nuestras tierras no ha cesado, al contrario, se ha agravado.
Por esa razón, y tras consultar con los altos mandos militares y la corona, nos vemos en la necesidad de evacuar la ciudad en un plazo de cuatro días.
Un murmullo inmediato recorrió a la multitud.
Hubo rostros de incredulidad, lágrimas contenidas y un par de gritos aislados de protesta.
—¡Esta es nuestra tierra!
—gritó un hombre con el rostro enrojecido—.
¿Cómo nos piden abandonarla?
Aquí están nuestros hogares, nuestras cosechas, nuestras vidas.
El gobernador levantó la mano, pidiendo silencio.
—Lo comprendo —continuó con firmeza—.
Pero no podemos ignorar la realidad.
La enfermedad y la putrefacción avanzan, y la seguridad de ustedes es nuestra prioridad.
Aquellos que partan les recomiendo llevar sus documentos mas importantes.
Presentándolas en la capital, se iniciará un proceso de compensación.
Nadie quedará en el desamparo.
Otro grupo murmuró con desconfianza.
Una mujer joven, con un niño en brazos, alzó la voz: —¿Y si todo esto es en vano?
¿Y si nunca nos devuelven lo que es nuestro?
El gobernador suspiró, sabiendo que esas dudas eran justas.
—No les mentiré: este proceso no será sencillo.
Pero las alternativas son peores.
Hemos perdido ya vidas en silencio, y si permanecemos aquí, perderemos muchas más.
Algunos se quebraron y lloraron, abrazándose.
Otros cerraron los puños con frustración.
Pero la semilla de la resignación ya estaba sembrada.
Mientras en Norvald la noticia calaba en los corazones, la compañía avanzaba hacia el sur.
Las carretas crujían, los caballos mantenían el paso y la formación militar se extendía como una columna interminable.
Catalina iba en la carreta junto a los sabios y curanderos, escuchando sus conversaciones.
—La situación es más compleja de lo que creímos —decía uno de los sabios, revisando notas escritas con pluma—.
No son rastros de sabotaje humano.
Es… otra cosa.
—Algo que no sabemos nombrar aún —replicó un curandero, con gesto cansado—.
Y eso es lo que me inquieta más.
Catalina se limitó a escuchar, apretando con suavidad entre sus manos un pequeño pañuelo.
Su rostro transmitía serenidad, pero en sus ojos se escondía la misma inquietud.
No muy lejos, Lyanna cabalgaba junto a Elianore.
Sus rostros se veían serios, pero mantenían la compostura.
—No dejo de pensar en todo lo que vimos —dijo Lyanna en voz baja—.
No fue una batalla contra forajidos o contrabandistas, pero resultó igual de desgastante.
Averiguar la raíz de algo invisible puede ser más difícil que enfrentar a un ejército armado.
Elianore asintió, con un dejo de cansancio en los ojos.
—Hubo noches en que lo sentí con fuerza… una pesadez en el aire, como si el mismo aliento se volviera amargo.
Incluso tuve miedo, un miedo que no puedo explicar.
Lyanna giró hacia ella, sorprendida.
—Yo también lo sentí, aunque no tan seguido.
A veces era como un peso que caía sobre los hombros, como si algo en el ambiente quisiera quebrarnos la voluntad.
Catalina, que viajaba en la carreta justo detrás de ellas, escuchó parte de la conversación.
Se inclinó hacia adelante y con una sonrisa amable comentó: —El cuerpo sabe lo que la mente no entiende.
Cuando los días se vuelven densos y las noches pesadas, no es raro que el alma tiemble.
Pero no hablen solo de sombras… díganme, ¿Qué es lo que extrañan de sus días en la capital?
Las dos mujeres parpadearon, sorprendidas por el cambio de tema.
Elianore fue la primera en sonreír con timidez.
—Yo extraño el mercado al amanecer, el bullicio de la gente, el olor del pan.
—Y yo… los entrenamientos en los patios —agregó Lyanna—.
Siempre hay discusiones entre compañeros, pero también risas.
Catalina rio suavemente.
—Eso es lo que deben guardar cerca del corazón.
Los recuerdos son la primera defensa contra lo que amenaza quebrarnos.
La conversación se extendió con naturalidad.
Hablaron de pequeños detalles de la vida diaria, de rutinas y anécdotas simples.
Catalina sabía cómo llevar el hilo, y poco a poco, la tensión que oprimía los rostros de ambas guerreras se alivió.
Cuando cayó la noche, el convoy se detuvo en un claro cercano al camino.
Los soldados montaron tiendas, encendieron fogatas y organizaron guardias en turnos.
El olor a leña y a estofado llenó el aire.
Catalina, tras acomodarse cerca de la carreta, sacó de su bolso algunos alimentos que había guardado: pan casero, un poco de queso y carne seca.
—Compartan esto con la cena —dijo, ofreciéndolo a los que cocinaban.
El gesto fue recibido con agradecimiento, y pronto parte de lo que ella había traído se mezcló con la comida general.
Mientras tanto, Aedan observaba desde su asiento junto al fuego.
Fue entonces cuando notó, en el interior del bolso de Catalina, algo que relucía con la luz de las llamas: una pequeña figura de resina.
No alcanzaba a ver el rostro con claridad, pero distinguió un manto que cubría la mayor parte de su forma.
Intrigado, preguntó: —Señora Catalina, disculpe… ¿qué es esa figura que lleva consigo?
Ella levantó la mirada, sorprendida por la curiosidad del joven, y luego sonrió con cierta nostalgia.
—Es una entidad.
No sabría decirte si antigua o nueva, pero ha estado en mi familia por generaciones.
Mi abuelo me la entregó antes de morir, como quien pasa un secreto.
La levantó con cuidado, mostrándola.
En la penumbra del fuego, la figura parecía absorber parte de la luz, como si el manto quisiera ocultar más de lo que revelaba.
—¿Y qué significa para usted?
—preguntó Aedan, inclinándose hacia adelante.
Catalina sostuvo la figura en silencio unos segundos, como quien pesa palabras antes de soltarlas.
—En momentos difíciles… hablo con ella.
Le pido ayuda.
Y casi siempre, la ayuda llega.
A veces en forma de objetos que aparecen de pronto, otras en coincidencias que me muestran el camino.
El joven frunció el ceño, intrigado.
—¿Y cree que realmente responde?
Catalina lo miró fijamente, sus ojos reflejando la seriedad de sus palabras.
—Sí.
Pero toda ayuda tiene un precio.
Se pueden hacer pactos, promesas… pero hay que cumplir lo prometido.
De no hacerlo, la consecuencia puede ser desagradable.
El silencio cayó alrededor de la fogata.
Aedan sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
Había escuchado historias de deidades, de santos y espíritus protectores, pero la forma en que Catalina lo decía tenía un peso distinto, más cercano, más real.
Ella guardó la figura de nuevo en su bolso y sonrió suavemente.
—No temas.
No es algo que deba asustarte, sino recordarte que todo en la vida tiene un equilibrio.
La conversación se extendió durante un buen rato más.
Catalina compartió algunas anécdotas personales en las que, tras pedir ayuda a la figura, había encontrado soluciones inesperadas: un día en que necesitaba dinero y halló monedas en un lugar improbable, otra ocasión en que una tormenta cesó justo cuando más lo necesitaba.
Aedan escuchaba en silencio, dividido entre el escepticismo y la fascinación.
Parte de él quería creer que todo era coincidencia; otra parte, la más íntima, reconocía que había algo en aquella mujer y en su fe que no podía descartar con ligereza.
Más tarde, cuando la mayoría ya dormía y solo quedaban las fogatas ardiendo a media llama, un par de soldados en guardia conversaban en voz baja.
—No sé si son los nervios, pero juro que alguien nos observa desde los árboles —dijo uno, con la mano firme en la lanza.
El otro giró la cabeza hacia la oscuridad, tensando la mandíbula.
—Yo también lo siento.
No hay movimiento… pero el aire pesa distinto.
No encontraron nada esa noche, pero la incomodidad quedó sembrada.
Un rumor más que se sumaba a las incertidumbres que todos llevaban consigo.
Catalina, en su tienda improvisada, repasaba en silencio con la mirada el bolso donde guardaba la figura.
Sabía que el viaje apenas comenzaba y que lo más difícil aún estaba por revelarse.
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