Ecos del reino - El inicio al descenso - Capítulo 21
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- Capítulo 21 - 21 19 - El rostro en la penumbra
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21: 19 – El rostro en la penumbra 21: 19 – El rostro en la penumbra El amanecer llegó con cierta calma.
Entre murmullos y el sonido metálico de peroles y ollas, los soldados y curanderos preparaban el almuerzo.
El aire frío todavía acariciaba el campamento, aunque las primeras luces del sol ya coloreaban los campos abiertos en tonos dorados.
El olor a pan tostado y a carne ahumada se mezclaba con la fragancia de las hierbas que los sabios acostumbraban a usar en sus infusiones.
Aedan se movía entre los suyos con la misma disciplina de siempre, ayudando a levantar las tiendas y asegurando que todo estuviera en orden antes de emprender nuevamente la marcha.
Sin embargo, sus gestos lo traicionaban: los ojos parecían ausentes, la mirada se perdía de tanto en tanto en el horizonte, y más de una vez sus compañeros notaron cómo quedaba inmóvil, como si su mente estuviera lejos, anclada en un recuerdo reciente.
No era para menos.
La noche anterior había soñado… aunque, en lo profundo de su ser, dudaba si aquello podía llamarse un sueño.
En aquel estado onírico se había encontrado en un lugar que no reconocía.
Las paredes estaban hechas de piedra rugosa, húmeda y oscura, iluminadas únicamente por varias antorchas clavadas en soportes metálicos que chisporroteaban al consumir la resina.
El aire olía a humo y tierra vieja, y en el centro de la sala ardía una fogata cuya llama no menguaba, como si estuviera alimentada por algo distinto a la leña.
Al otro lado del fuego, la silueta de una mujer se dibujaba con claridad inquietante.
Era alta, más alta que él, delgada, y aunque el resplandor de las llamas intentaba revelarla, el rostro permanecía oculto en sombras.
Aedan, confundido, pensó por un momento en Znádinka, pero descartó la idea de inmediato: había algo en la figura de aquella mujer que la hacía distinta, más etérea y a la vez más imponente.
—¿Nos conocemos?
—preguntó él, con voz que en el sueño resonó demasiado clara, como si hablara en una sala cerrada donde todo eco se multiplica.
La mujer no movió los labios, pero aun así la escuchó.
O, mejor dicho, la sintió dentro de su mente.
Una voz femenina, profunda, como un murmullo lejano en un templo abandonado, se instaló en su pensamiento.
“Tú aún no me conoces.
Pero yo a ti sí.” Un escalofrío recorrió la espalda de Aedan.
—¿Quién eres?
—insistió, con el corazón latiéndole fuerte en el pecho.
“Sé muchas cosas de ti.
Sé quién eres y quién serás.
Algún día me conocerás verdaderamente.
Cuando llegue ese momento, comprenderás.” La figura permaneció inmóvil, como si observara cada reacción de él, como si leyeran su alma con ojos que no necesitaban luz.
—¿Por qué yo?
—logró preguntar Aedan, sintiendo que la voz en su cabeza lo dejaba vulnerable, como si no hubiera paredes que lo protegieran de aquella presencia.
“Porque me buscaste sin saberlo.
Porque llamaste a las sombras con tu propio miedo, con tu duda, con tu deseo de respuestas.
Yo respondí.” El calor de la fogata lo envolvía y a la vez no lo reconfortaba; era como estar al borde de algo que no comprendía.
Cuando quiso acercarse, la visión se deshizo como cenizas arrastradas por el viento.
Despertó agitado, con la sensación aún latente en su piel, convencido de que aquello no había sido un simple sueño.
Ahora, mientras los demás recogían utensilios y apagaban los restos de la fogata real del campamento, Aedan se mostraba pensativo, con la frente surcada por una sombra de duda.
—¿Te ocurre algo, Aedan?
—preguntó Ronan, mientras ajustaba la cincha de su caballo.
Aedan dudó, pero decidió contarlo.
Se apartaron un poco, y con ellos se unió Leynna, que siempre prestaba atención a las rarezas de su compañero.
Les narró lo sucedido, cada detalle del lugar, de la fogata, de la mujer que se comunicaba sin palabras.
Ronan arqueó una ceja, incrédulo, aunque sin burlarse.
—Hermano, eso suena a un sueño extraño, nada más.
Después de lo que pasamos en Norvald cualquiera tendría la mente cargada.
No dormimos bien, estuvimos rodeados de esa pesadez y esas enfermedades.
Tu subconsciente te jugó una mala pasada.
Leyna, en cambio, escuchaba con más interés.
—No lo descartes tan rápido, Ronan.
Yo también sentí esa pesadez… y Aedan describe algo demasiado preciso.
¿Estás seguro de que no la conocías?
—le preguntó a Aedan con los ojos entrecerrados.
—No.
No la había visto jamás.
Pero… no fue un sueño cualquiera.
Lo sentía real.
Como si estuviera despierto allí, dentro de ese lugar.
Ronan chasqueó la lengua.
—El estrés, hermano.
Eso es lo que pasa.
Aedan no respondió.
En su interior, las palabras de Ronan no lograban convencerlo.
Había algo más, lo presentía.
Horas después, cuando el sol ya descendía pero aún iluminaba el camino, Aedan se acercó a la carreta de los sabios y curanderos.
Ellos, siempre atentos a escuchar, se interesaron en su relato.
El anciano Maelor, con la barba entrecana y los ojos brillando tras los lentes de cristal, asintió con lentitud.
—Podría ser, como dicen tus compañeros, fruto del cansancio.
La mente es frágil cuando ha estado expuesta a tanta tensión.
Pero… también podría ser algo distinto.
Los sueños a veces son más que simples ensoñaciones.
Pueden ser portales.
Pueden ser llamadas.
Los otros sabios murmuraron entre ellos, sin llegar a una conclusión clara.
Aedan agradeció su atención, aunque su confusión crecía.
No sabía qué pensar.
Catalina, la anciana, había escuchado desde un costado sin intervenir.
Permaneció callada, observándolo con esa calma que siempre la caracterizaba.
Más tarde, cuando la noche ya cubría el campamento y todos comenzaban a acomodarse, Catalina se acercó a él.
—Muchacho —dijo en voz baja—, escuché lo que contaste a los sabios.
¿Me permites que seas más detallado conmigo?
Quiero que me describas cada rincón de ese lugar, cada gesto de esa mujer.
Aedan aceptó.
Y bajo la luz tenue de la luna y el resplandor de las fogatas, relató nuevamente la escena, agregando lo que había sentido: la opresión en el aire, la sensación de ser observado desde adentro, el modo en que la voz le llegaba a la mente.
Catalina lo escuchó con atención, sin interrumpirlo.
Cuando terminó, ella guardó silencio unos instantes.
Su mirada, fija en el fuego, parecía perdida en recuerdos muy lejanos.
—Entonces se te apareció… —susurró finalmente—.
No siempre ocurre.
Y menos aún sin que uno lo busque.
—¿Qué quiere decir con eso?
—preguntó Aedan, intrigado.
La anciana ladeó la cabeza, como si midiera sus palabras.
—Por alguna razón ella te mostró su presencia.
Quizá tú mismo la llamaste sin saberlo.
Quizá ella te eligió.
Sea cual sea la causa, no lo ignores.
Más adelante se acercará de nuevo a ti.
Y cuando lo haga, tendrás que escuchar.
Aedan sintió un escalofrío.
—¿Ella?
¿Quién es esa mujer?
Catalina lo miró, y por un instante pareció que iba a decirlo.
Pero luego negó suavemente con la cabeza.
—Aún no es tiempo de que lo sepas.
Lo dejó con esa respuesta en el aire, suficiente para sembrar más preguntas de las que podía soportar.
Esa noche, Aedan permaneció largo rato despierto, observando las llamas del fuego, recordando la silueta alta y delgada frente a la fogata de su sueño.
Y mientras el campamento se sumía en el silencio nocturno, en su interior crecía la certeza de que lo vivido no era fruto del cansancio.
Era un presagio.
Una llamada que apenas comenzaba.
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