Ecos del reino - El inicio al descenso - Capítulo 22
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- Capítulo 22 - 22 20 - Rumbo incierto
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22: 20 – Rumbo incierto 22: 20 – Rumbo incierto El sol estaba alto cuando las murallas de la capital aparecieron a lo lejos.
Tras días de viaje, la compañía regresaba finalmente a la gran ciudad.
El cansancio se notaba en los caballos y en los semblantes de los soldados, pero también había un aire de alivio: regresar con vida después de lo visto en Norvald ya era, en sí mismo, una victoria.
Catalina, sentada en la carreta de los sabios y curanderos, contemplaba con calma el horizonte.
Para ella, la capital significaba un nuevo comienzo, aunque no estuviera segura de cuánto duraría esa paz.
Mientras tanto, en Norvald, aquel día marcado por los pregones del gobernador había llegado: la evacuación comenzaba.
La plaza mayor hervía de actividad; familias enteras, cargando baúles y enseres, formaban largas filas que desembocaban en carretas cubiertas con telas.
El llanto de los niños se mezclaba con los rezos apresurados de los más ancianos, y con las discusiones acaloradas de quienes aún dudaban si marcharse o quedarse.
La gran mayoría había aceptado partir, comprendiendo que quedarse significaba arriesgarse a la enfermedad o a algo aún peor.
Pero un grupo reducido, terco y obstinado, se negaba a abandonar sus tierras.
Hombres curtidos por el trabajo en los campos gritaban que nadie les arrebataría lo que habían construido con sus manos.
El gobernador, cansado de repetir lo mismo, solo pudo advertirles que la corona no se haría responsable de lo que les ocurriera si decidían quedarse.
La caravana se formaba con una precisión casi militar.
Cientos de carretas cargadas con víveres, muebles y hasta materiales de construcción se alineaban bajo la vigilancia de miles de soldados que rodeaban a la multitud.
Desde el aire, aquel movimiento habría parecido un convoy de guerra: lanzas brillando, estandartes ondeando y el sonido metálico de la disciplina acompañando a un pueblo que marchaba hacia lo desconocido.
En la capital, los tres jóvenes —Aedan, Ronan y Lyanna— aprovechaban las primeras horas de descanso para hablar con Catalina.
La anciana les explicó que, tras vender sus tierras, muebles y pertenencias, había logrado reunir lo suficiente para comprar una pequeña casa cerca de la ciudad.
—No necesito más —dijo con una sonrisa cansada—.
Una cama, un techo, y la tranquilidad de no mirar por la ventana temiendo lo que pueda traer la noche.
Eso es suficiente para mí.
Ronan asintió en silencio, aunque en su interior algo lo incomodaba: la sensación de que Catalina sabía más de lo que decía, de que todo aquello formaba parte de un camino que aún no lograban ver.
Esa misma tarde, Keylor y su escolta llegaron al parlamento.
La carta del gobernador fue entregada en mano y convocó, de inmediato, a una junta extraordinaria.
Los ministros y representantes de la corona se reunieron en la gran sala de piedra, donde el eco de las palabras parecía amplificar cada decisión.
La carta fue leída en voz alta: advertía de la imposibilidad de contener el mal en Norvald, de las muertes y del riesgo de dejar a la población en medio de esa amenaza.
Los rostros se ensombrecieron; no era solo un problema local, era un mal que podía expandirse como peste.
Tras intensos debates, se decidió que los refugiados serían establecidos en una nueva ciudad a edificar al costado mismo de la capital.
La decisión implicaba una movilización enorme: obreros, carpinteros, albañiles y artesanos fueron convocados de inmediato.
Los gremios fueron presionados para entregar materiales, mientras cuadrillas enteras de constructores partían ya hacia el terreno designado.
Era una carrera contra el tiempo: levantar muros, casas y almacenes antes de que la caravana llegara.
Además, el consejo aprobó enviar un convoy militar para alcanzar y escoltar a la multitud que marchaba desde Norvald.
La posibilidad de ataques de forajidos o incluso de algún enemigo no podía ignorarse.
El eco de tambores de guerra comenzó a escucharse en los cuarteles de la capital.
En uno de esos cuarteles, la tensión era palpable.
Soldados veteranos y jóvenes reclutas aguardaban la lista de nombres que serían convocados a la nueva operación.
Entre los altos mandos presentes estaban algunos que ya habían participado en las juntas de Valdren y Eryndor días atrás, hombres que conocían demasiado bien el sabor del conflicto.
El oficial a cargo desplegó un pergamino y comenzó a leer.
El primero en ser nombrado fue Aedan, seguido de Ronan y luego Lyanna.
Los tres se miraron en silencio; la sensación era la misma que antes de una tormenta: inevitable, pesada, cargada de destino.
Después fueron llamados otros militares de renombre, hombres y mujeres curtidos por años de batallas, guerreros que habían ganado respeto en cada campaña.
Entre ellos, para sorpresa de todos, también figuraba Elianore.
Nadie sabía si había sido azar, coincidencia o un acto deliberado, pero su inclusión en la lista generó murmullos entre los presentes.
Una vez nombrados, el comandante explicó: al amanecer partirían hacia la frontera noreste.
Allí se reunirían con una unidad armada proveniente de Valdren, y juntos emprenderían una operación fuera de las fronteras conocidas.
Nadie ocultó que habría peligros.
Nadie dulcificó las palabras.
Se trataba de una misión hacia lo desconocido.
—Prepárense —dijo el comandante con voz grave—.
Tienen esta noche para despedirse de sus familias, para resolver lo pendiente.
A partir de mañana, sus vidas no les pertenecen a ustedes, sino a la corona y al destino que nos depare.
El silencio que siguió fue tan espeso como una losa.
Los soldados, uno a uno, se retiraron sin levantar la voz.
Afuera, la ciudad seguía su ritmo cotidiano, ajena a la magnitud de lo que se avecinaba.
Aedan caminó junto a Ronan y Lyanna por las calles empedradas de la capital.
La noticia pesaba sobre sus hombros, aunque ninguno lo dijera en voz alta.
En el aire se respiraba una mezcla de temor y expectación, como si la misma ciudad aguardara algo que todavía no comprendía.
Esa noche sería corta, demasiado corta, para todo lo que estaba en juego.
Y en algún rincón de su mente, Aedan aún veía el reflejo de aquella mujer de su sueño, alta y delgada, cuya sombra parecía aguardarlo más allá de la frontera del mundo conocido.
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