Ecos del reino - El inicio al descenso - Capítulo 23
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- Capítulo 23 - 23 21 - Entre el amor y la mision
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23: 21 – Entre el amor y la mision 23: 21 – Entre el amor y la mision La noche en la capital había caído silenciosa, apenas interrumpida por el murmullo de las fuentes en las plazas y el andar de algunos guardias que, con faroles en mano, recorrían las calles empedradas.
El aire olía a leña quemada y al leve aroma húmedo de la brisa que llegaba desde los campos más allá de los muros.
Para la mayoría era una noche más, pero para Aedan no: aquella podía ser la última noche antes de adentrarse en lo desconocido.
Había pasado el día entre reuniones, despedidas y la preparación de su equipo.
Sus hermanos lo habían abrazado con fuerza; su hermana menor, con apenas quince años, le había pedido con voz temblorosa que regresara, y su hermano mayor había puesto una mano firme sobre su hombro, recordándole que ya era un hombre capaz de decidir su destino.
El eco de esas palabras todavía resonaba en su mente mientras avanzaba hacia la casa de Znadinka.
La encontró esperándolo, como si hubiese sabido que iría en ese momento.
La puerta estaba entreabierta y, al verla allí, con el cabello recogido y la mirada cargada de emociones contenidas, sintió que el tiempo se detenía.
—Sabía que vendrías —dijo ella, con un tono suave, casi un suspiro.
Aedan entró sin dudar, cerrando la puerta detrás de él.
Por un instante se miraron sin hablar.
Había tanto por decir, y al mismo tiempo ninguna palabra parecía suficiente.
—Mañana partimos… —dijo él finalmente, rompiendo el silencio.
Znadinka asintió, con los ojos brillantes.
Caminó hacia él y apoyó las manos en su pecho.
—Lo sé.
Y sé que no puedo pedirte que no vayas.
Pero… —su voz se quebró un instante— solo deseo que vuelvas.
Él le tomó el rostro entre sus manos, acariciando suavemente sus mejillas.
La cercanía, el calor de sus respiraciones mezclándose, les recordó que aquella podía ser la última vez que se tuvieran de esa manera.
—Volveré —dijo Aedan, con una convicción que ocultaba el miedo que llevaba dentro.
Se abrazaron con fuerza, como si quisieran grabar en su piel el recuerdo del otro.
Los labios se buscaron en un beso que comenzó tierno pero pronto se volvió más profundo, más intenso.
No era solo deseo, era necesidad: la urgencia de quienes saben que el mañana es incierto.
El fuego de la chimenea iluminaba tenuemente la habitación.
Allí, entre sombras y destellos anaranjados, dejaron que el tiempo se deshiciera.
Hablaron poco, pero en cada roce, en cada caricia, en cada mirada, decían lo que las palabras nunca podrían abarcar.
—Aedan… —susurró ella, mientras él le acariciaba el cabello—.
Si algo pasa… si no regresas… quiero que sepas que ya me has dado más de lo que alguna vez soñé.
Él apoyó su frente contra la de ella, cerrando los ojos.
—No hables de eso —dijo, con voz baja pero firme—.
Esta no es una despedida… es una promesa.
Te juro que volveré, Znadinka.
Volveré contigo.
El resto de la noche fue suya, íntima, intensa pero también tierna.
Entre murmullos, risas apagadas y silencios cargados de emoción, se entregaron el uno al otro, no solo como amantes sino como compañeros que se reconocían en la vulnerabilidad y la fuerza.
Fue un momento suspendido, una isla en medio de la tormenta que se avecinaba.
Cuando el amanecer comenzó a insinuarse por las rendijas de la ventana, la luz grisácea los encontró aún abrazados, con el cansancio en los cuerpos pero la serenidad en el corazón.
Aedan se levantó despacio, tratando de no romper ese instante.
Znadinka lo miró, envuelta en las mantas, con ojos que decían más que cualquier palabra.
—Cuídate —dijo ella.
—Lo haré.
Por ti.
—Y la besó una última vez antes de marcharse.
El día había despertado con un aire distinto en la capital.
En el cuartel, los pasillos resonaban con las pisadas de soldados y el sonido metálico de las armas siendo preparadas.
La atmósfera era de expectación y tensión.
En una gran aula del cuartel se reunirían los veinticinco seleccionados para la operación.
Aedan llegó temprano, aún con el peso de la noche anterior en el corazón, pero con la mente concentrada en lo que venía.
Allí encontró a Ronan, serio como siempre, aunque con la mirada marcada por la despedida de su familia.
Lyanna, por su parte, se veía firme, aunque en sus ojos había un brillo contenido que delataba la mezcla de orgullo y miedo.
Elianore, tímida y nerviosa, mantenía las manos entrelazadas sobre su regazo, mirando alrededor como si quisiera hacerse pequeña en medio del grupo.
Pronto comenzaron a entrar los demás: los sabios, los curanderos y los quince soldados seleccionados.
Entre ellos destacaban tres figuras que de inmediato captaron la atención de todos.
Hekla fue la primera en hacerse notar: alta, de cabellos rubios y cuerpo atlético, caminaba con una seguridad que rayaba en arrogancia.
Su mirada evaluaba a los presentes como quien mide rivales, y la forma en que se acomodó en un banco, con los brazos cruzados, dejaba claro que no estaba allí para pasar desapercibida.
Magnus entró detrás de ella.
Su sola presencia imponía respeto: 1.90 de estatura, musculoso, con un porte sereno y maduro.
Sus ojos eran tranquilos, pero transmitían una fuerza contenida, la de alguien que analizaba todo antes de actuar.
Saludó con un gesto cortés a los presentes y se sentó con calma, irradiando autoridad sin necesidad de alzar la voz.
Lars fue el último de ese trío en presentarse.
Delgado pero fuerte, con una sonrisa burlona, se acomodó sin mucha formalidad.
Apenas tomó asiento, ya estaba lanzando algún comentario mordaz a media voz, lo suficiente para que Hekla lo oyera.
Ella lo fulminó con la mirada, y Magnus intervino con una palabra calma para evitar una discusión antes de tiempo.
El resto de los soldados, aunque menos llamativos, también mostraban la dureza de hombres y mujeres que habían pasado años en combate y entrenamiento.
Había rostros curtidos, miradas firmes y una tensión compartida que llenaba la sala.
El general Keylor entró poco después, con paso firme y un mapa enrollado bajo el brazo.
La sala se sumió en silencio al instante.
—Señores y señoras —comenzó, desplegando el mapa sobre la pizarra—, bienvenidos.
Hoy les presento la Operación Alba Escarlata.
Los ojos de todos se fijaron en el mapa, donde Keylor marcó con el dedo la frontera noreste.
—Viajarán hasta la frontera con Valdren, donde se unirán a una agrupación militar de ese reino.
Una vez reunidos, avanzarán hacia el norte, hasta las zonas limítrofes, y de ahí seguirán el rastro que los conduzca a lo que denominamos la “zona cero”.
Su misión es clara: investigar, encontrar el origen de las anomalías y regresar con un informe completo.
Hizo una pausa, observando los rostros atentos.
—Llevarán consigo un ave mensajera.
En caso de hallazgos de importancia o emergencias que requieran un aviso inmediato, enviarán el mensaje de vuelta.
Un murmullo recorrió la sala.
Keylor entonces señaló a Aedan.
—Aedan, quedarás al mando de la compañía.
El silencio se volvió aún más pesado.
Aedan sintió la mirada de todos posarse sobre él, algunas con aprobación, otras con duda.
Inclinó la cabeza en señal de aceptación, aunque por dentro sabía el peso que acababa de caer sobre sus hombros.
Keylor terminó de dar las instrucciones, hablando con claridad sobre las rutas, los riesgos y la importancia de la misión.
Cuando finalmente cerró el mapa, el ambiente estaba cargado de una mezcla de tensión y determinación.
—Prepárense —dijo el general—.
Al amanecer parten.
Horas más tarde, los caballos ya estaban listos en el patio del cuartel.
El sol comenzaba a levantarse, tiñendo el cielo de dorado.
Uno a uno, los soldados, curanderos y sabios montaron en silencio.
El murmullo de las armas, el resoplar de los caballos y el crujido de las ruedas de las carretas eran los únicos sonidos que acompañaban aquel momento solemne.
Aedan, en cabeza, tomó un respiro profundo.
Pensó en su familia, en Znadinka, en la promesa hecha la noche anterior.
Luego miró hacia adelante, hacia el camino que se abría más allá de las puertas de la ciudad.
—Compañía —dijo, con voz firme—.
¡En marcha!
Las puertas se abrieron, y los veinticinco partieron hacia lo desconocido.
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