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Ecos del reino - El inicio al descenso - Capítulo 24

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  4. Capítulo 24 - 24 22 - El inicio del camino
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24: 22 – El inicio del camino 24: 22 – El inicio del camino El sol apenas había alcanzado su cenit cuando la columna de jinetes se desplegaba en el camino principal, saliendo de la capital con dirección a la frontera noreste.

El estruendo acompasado de los cascos resonaba sobre la tierra endurecida, levantando pequeñas nubes de polvo que se mezclaban con el aire fresco de la mañana.

Eran veinticinco hombres y mujeres montados, formando una estampa solemne y firme; no era una simple caravana, era una compañía preparada para enfrentar lo desconocido.

Entre ellos se encontraban Aedan, Ronan, Lyanna y Elianore, ahora hombro con hombro con los otros soldados seleccionados, los sabios y los curanderos, y aquellos tres que parecían diferentes: Magnus, Hekla y Lars.

Desde el principio, Lars había marcado la cadencia de su carácter.

Reía con descaro mientras cabalgaba un par de pasos por delante, girándose de cuando en cuando para lanzar comentarios mordaces a sus compañeros inmediatos.

—Vaya, vaya… —dijo en tono burlón, mirando a Hekla con esa sonrisa torcida que parecía provocación constante—.

Nunca imaginé que nos pondrían en la misma unidad.

Debe ser un error del general, quizá pensó que necesitábamos un par de brazos decorativos para animar el viaje.

Hekla apretó los puños sobre las riendas de su caballo; su cuerpo, tan atlético como su temperamento, parecía tensarse al instante.

Los nudillos se le marcaron blancos, y sus labios dejaron escapar un suspiro cargado de rabia contenida.

—Lars… —su voz era grave, firme, como un filo a punto de desenvainarse—.

Si vuelves a abrir la boca de esa manera, te juro que no me contendré aunque estemos en marcha.

—Oh, tranquila, tranquila —replicó él riéndose, inclinándose un poco hacia atrás como si disfrutara del riesgo—.

No querrás hacer un espectáculo delante de todos.

Aunque debo admitir que… —ladeó la cabeza con gesto cínico—, cuando te enojas luces bastante más interesante.

Fue Magnus quien intervino antes de que la tensión explotara.

Montaba con naturalidad, erguido, sus manos firmes pero relajadas sobre las riendas de un corcel negro que imponía presencia.

Giró la cabeza apenas lo suficiente para clavar una mirada serena en Hekla.

—Ignóralo —dijo con tono calmado, tan lleno de seguridad que parecía cortar el aire—.

No vale la pena malgastar tu energía en él.

Tú sabes de lo que eres capaz, y todos los aquí presentes también lo saben.

Hekla lo miró, y como si aquella voz tuviera un efecto mágico, su respiración comenzó a calmarse.

La rigidez en sus hombros se deshizo poco a poco, y su mirada feroz se suavizó en un parpadeo apenas perceptible.

Asintió, tragándose la rabia con un gesto de orgullo, pero también con un destello extraño en los ojos: esa manera particular en la que sólo Magnus lograba suavizarla.

—Está bien —murmuró ella, volviendo la vista al frente.

Aedan y Ronan, que cabalgaban a unos metros detrás, intercambiaron miradas intrigadas.

Ambos habían notado desde el inicio que había algo distinto en esos tres.

No eran como los demás soldados del cuartel ni como los reclutas que habían conocido en otras operaciones.

Había una frialdad medida en su porte, una disciplina demasiado marcada en sus movimientos, y aunque llevaban armaduras similares a las del resto, había detalles que los distinguían: pequeñas insignias negras en el pecho, un diseño sutil en los bordes del metal, y espadas envainadas que, aunque ocultas, parecían tener un peso distinto, casi amenazante.

—¿Tú los habías visto antes?

—preguntó Ronan en voz baja, acercando un poco su caballo al de Aedan.

—Nunca —respondió Aedan, negando con la cabeza, pensativo—.

Ni en el cuartel, ni en ninguna de las campañas.

No parecen parte de las compañías que conocemos.

—Lo pensé igual.

—Ronan ladeó la cabeza, bajando un poco la voz—.

Quizá Keylor los trajo directamente de otro destacamento… o tal vez responden a alguien mas.

—Sea lo que sea —añadió Aedan con un gesto serio—, no debemos mostrarnos demasiado curiosos.

Si son lo que pienso, será mejor no llamar la atención.

Mientras ellos hablaban, un poco más atrás Lyanna había notado algo en Elianore.

La joven cabalgaba rígida, con los dedos aferrados a las riendas como si temiera soltarlas.

Su respiración era entrecortada y, aunque intentaba mantener la compostura, la tensión en sus ojos y en su postura la delataban.

El caballo bajo ella iba bien, pero parecía sentir la inseguridad de su jinete.

Lyanna la observó un momento, percibiendo esa fragilidad oculta.

—¿Te encuentras bien?

—preguntó con tono suave, aproximando su caballo al suyo.

Elianore se sobresaltó ligeramente, como si no hubiera esperado ser notada.

—S-sí… —respondió rápido, bajando la mirada—.

Sólo… sólo es el camino, supongo.

Lyanna sonrió, comprensiva.

—No tienes que ocultarlo.

Todos sentimos cosas cuando partimos a lo desconocido.

Es normal estar nerviosa.

Elianore mordió su labio, como si quisiera decir algo más pero se detuviera.

Al final, murmuró: —Sólo… no quiero ser una carga para nadie.

—No lo serás —replicó Lyanna con firmeza, inclinándose un poco hacia ella—.

Eres más fuerte de lo que piensas.

Quizá no lo veas ahora, pero este viaje te hará descubrirlo.

Las palabras parecieron encender una chispa pequeña en los ojos de Elianore, como si alguien le hubiese arrojado un salvavidas en medio del mar.

Por primera vez desde que partieron, esbozó una sonrisa tímida, apenas visible, pero suficiente para que Lyanna supiera que había logrado calmarla un poco.

La marcha continuó durante horas.

Los caballos avanzaban en formación, la compañía mantenía un ritmo constante, con pausas cortas para hidratarse y dejar que las monturas descansaran.

El paisaje era vasto: campos abiertos que se extendían hasta el horizonte, colinas suaves cubiertas de pasto y, de tanto en tanto, grupos de árboles que ofrecían sombra pasajera.

Pero la calma del camino no era suficiente para apagar la tensión que cargaban todos; cada conversación, cada silencio, llevaba implícita la conciencia de que avanzaban hacia lo incierto.

Fue Magnus quien levantó la voz después de un rato, señalando con la barbilla hacia el horizonte.

—A la distancia… ¿lo ven?

—dijo.

Todos miraron en la dirección indicada.

A lo lejos, sobre una loma baja, se distinguía un grupo de figuras que avanzaban con rapidez.

El brillo metálico de armas reflejaba el sol, y detrás de ellos, un par de carretas tiradas por caballos se movían con torpeza.

Aedan frunció el ceño y levantó la mano, ordenando detener la marcha.

—Alto.

—Su voz se impuso con autoridad.

Los cascos se fueron apagando mientras los jinetes reducían el paso hasta detenerse.

Se volvió hacia Lyanna.

—Toma altura.

Observa mejor desde esa loma cercana.

Hazlo sin que te vean.

—Entendido —respondió ella con seriedad.

Espoleó a su caballo y se dirigió al punto señalado.

Mientras tanto, Aedan dio instrucciones rápidas.

—Oculten las carretas detrás de esos árboles y rocas.

Formen en línea de defensa, preparados para una emboscada si intentan un asalto.

Nadie se precipite hasta que demos la orden.

Los soldados respondieron de inmediato, moviéndose con disciplina.

Las carretas de suministros fueron llevadas a un costado y tapadas parcialmente con ramas, mientras los jinetes se distribuían en posiciones estratégicas.

El ambiente se cargó de tensión; el silencio era roto solo por el resoplar de los caballos y el metálico sonido de armaduras ajustándose.

Lyanna regresó minutos después, bajando la loma a toda prisa.

—Son forajidos —informó—.

No parecen organizados como un ejército, pero van armados.

Llevan prisa… y en las carretas no llevan botín.

Van enfermos.

Varias figuras estaban acostadas, se les veía débiles, cubiertos con mantas.

Un murmullo recorrió la formación.

Algunos soldados apretaron los puños sobre sus armas; otros intercambiaron miradas de desconcierto.

Aedan respiró hondo y habló con firmeza: —No vamos a actuar.

—¿Qué?

—saltó un soldado, incrédulo—.

Pero son forajidos, deberíamos interceptarlos.

—No.

—Aedan lo miró directo, con seriedad absoluta—.

En esas carretas llevan gente enferma.

Los vi… Lyanna los vio.

Es el mismo aspecto que encontramos en Norvald.

No sabemos qué es lo que causa esa enfermedad, ni cómo se transmite.

Si los enfrentamos y hay contacto, corremos el riesgo de llevar esa plaga a nosotros mismos.

Un silencio pesado cayó sobre todos.

Magnus, que había observado en silencio hasta entonces, espoleó a su caballo para colocarse al lado de Aedan.

Su voz sonó tranquila, pero cargada de un matiz inquisitivo: —¿Estás seguro de que lo mejor es dejarlos pasar?

Aedan sostuvo su mirada sin vacilar.

—Estoy seguro de que no arriesgaré a mi gente innecesariamente.

Vi lo que pasó en Norvald.

No pienso repetirlo.

Magnus lo observó un segundo más, y luego asintió despacio.

—Entendido.

El grupo de forajidos pasó velozmente por el camino, sin percatarse de la emboscada oculta.

Los caballos resoplaban, las carretas chirriaban bajo el peso de los enfermos que gemían apenas audibles.

Nadie entre la compañía hizo un movimiento; todos contuvieron la respiración hasta que los forajidos se alejaron, perdiéndose en la lejanía.

Solo entonces Aedan bajó la mano.

—Formación de nuevo.

Seguimos la marcha.

La compañía retomó el camino, pero el aire estaba distinto.

Había un peso invisible que acompañaba a cada jinete, una sensación de haber presenciado algo que aún no comprendían del todo.

Y aunque Aedan había tomado una decisión firme, en lo profundo de su mente sabía que aquella visión —los enfermos, los forajidos, la prisa desesperada— era apenas un recordatorio de que lo que los esperaba adelante era más grande y oscuro de lo que aún podían imaginar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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