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Ecos del reino - El inicio al descenso - Capítulo 25

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  4. Capítulo 25 - 25 23 - Sombras en la calma
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25: 23 – Sombras en la calma 25: 23 – Sombras en la calma El sol apenas se elevaba sobre el horizonte, bañando el sendero con una luz dorada que hacía brillar las armaduras y los cascos de los caballos.

La compañía avanzaba a buen paso, el golpeteo acompasado de los cascos era el único sonido que rompía el murmullo del viento.

No había risas ni cantos, solo el sonido de cuero y metal ajustándose al movimiento, respiraciones pesadas y, de tanto en tanto, algún susurro breve.

Lars fue el primero en quebrar aquel silencio.

Cabalgaba un poco más atrás, cerca de Ronan, con su porte altivo y aquella sonrisa burlona que rara vez abandonaba su rostro.

—Oye, muchacho —le dijo a Ronan mientras acomodaba las riendas—, ¿no te cansas de ir tan derecho?

Pareces estatua, como si quisieras impresionar a alguien.

Ronan levantó apenas una ceja, sin dejar de mirar al frente.

—Es disciplina.

No todos montamos como granjeros borrachos.

Lars soltó una carcajada.

—¡Eso!

Ya me caes mejor.

Pero dime, ¿es disciplina o es que allá en tu ciudad no sabes relajarte?

Ronan lo miró de reojo.

Lo había estudiado desde que comenzó el viaje y notaba que Lars hablaba demasiado, como si quisiera hacerse notar, pero había un filo en sus palabras que escondía algo más.

Decidió probar suerte, como si lo hubiera estado planeando desde antes.

—Disciplina, sí.

Aunque te diré una cosa —bajó la voz, fingiendo confianza—, hace un par de años me tocó escoltar a un noble que no sabía ni montarse al caballo.

Terminó boca abajo, colgado de la silla, con la capa cubriéndole la cara.

Tuvimos que fingir que todo era parte de un entrenamiento especial para que no perdiera la dignidad.

Lars soltó una risa tan fuerte que uno de los soldados en la formación giró la cabeza.

—¡Por los dioses!

Eso debió ser un espectáculo.

A mí me pasó algo parecido, pero no con un noble.

Era un comandante… bah, no diré dónde ni cuándo.

El pobre terminó rodando entre el barro, y aún así quería que lo aplaudiéramos por su “hazaña”.

Ronan fingió sorpresa, aunque dentro de sí pensaba: Ya suelta más de lo que debería.

Lo dejaba hablar, esperando que, entre la burla y la risa, se le escapara algo útil.

Mientras tanto, un poco más atrás, Hekla observaba en silencio.

Cabalgaba con el porte de quien sabe que es superior en todo.

Sus ojos recorrían la formación con frialdad calculada.

Veía a los soldados, evaluando postura, confianza, la manera en que sostenían las riendas.

No necesitaba hablar para leerlos.

Fue Elianore la que llamó su atención.

La joven se veía tensa, el ceño fruncido, los hombros rígidos.

Sujetaba las riendas como si el caballo fuera a desbocarse en cualquier momento.

No sirve para esto, pensó Hekla sin una pizca de compasión.

En el primer problema quedará paralizada, y yo no voy a cargar con su debilidad.

Será un estorbo.

Si cae, caerá.

No lo pensaba con odio, sino con la frialdad de quien calcula recursos en una batalla.

Para ella, Elianore era una carga.

Lyanna, que cabalgaba cerca, notó aquella tensión.

Se acercó despacio, con la naturalidad de alguien que no quería incomodar.

—¿Cómo vas?

—preguntó suavemente.

Elianore forzó una sonrisa.

—Bien… creo.

Solo que no puedo dejar de sentirme observada.

—Lo estamos todos —le respondió Lyanna, con voz tranquila—.

Aquí nadie deja de mirar al otro, aunque no lo parezca.

Pero eso no es malo, significa que cada uno está pendiente de que todo marche bien.

La joven titubeó.

—¿Y si no soy suficiente para esto?

Lyanna la miró de reojo, con una sonrisa que mezclaba firmeza y calidez.

—El valor no es no tener miedo, Elianore.

Es avanzar a pesar de él.

Mira a Hekla —señaló con la cabeza hacia la rubia, que parecía un monumento de seguridad y arrogancia—.

Ella es fuerte, sí, pero también demasiado segura de sí misma.

Esa confianza puede ser un arma, pero también una debilidad.

Tú, en cambio, dudas.

Y esa duda puede salvarte la vida, porque te hará estar atenta.

Elianore bajó la mirada, pensativa.

No respondió, pero algo en su gesto se suavizó.

Más adelante, Aedan cabalgaba junto a Magnus.

Habían pasado los primeros kilómetros en silencio, observando el terreno.

Fue Magnus quien habló primero.

—Tienes buen control de la compañía.

Ordenaste detenerse cuando viste a los forajidos… fue la decisión correcta.

Aedan lo miró con cautela.

—¿Lo dices en serio o es una prueba?

Magnus sonrió apenas, un gesto breve, sereno.

—Lo digo en serio.

Muchos habrían actuado por instinto, buscando la gloria del enfrentamiento.

Tú pensaste más allá.

—No es gloria lo que busco —replicó Aedan—.

No me interesa un combate que deje más enfermos de los que ya vimos en Norvald.

Magnus asintió, satisfecho con la respuesta.

—Exacto.

Por eso te lo digo.

Aedan lo estudió con cuidado.

Ese hombre no era un soldado común.

Había algo en su porte, en la manera en que elegía las palabras, que lo hacía destacar.

¿Quién eres en realidad?

pensó, pero no lo dijo.

El día transcurrió entre charlas fragmentadas, silencios y el incesante trote de los caballos.

Al caer la noche, levantaron campamento en un claro protegido.

Las hogueras se encendieron, el humo ascendió recto en el aire.

Y entonces lo notaron: un silencio extraño, absoluto.

No había grillos, ni aves nocturnas, ni el ulular de un búho.

Aedan lo sintió primero.

Se quedó mirando la fogata, los ojos fijos en las brasas.

Es demasiado tranquilo.

Algo no está bien.

El recuerdo de Norvald volvió a su mente como una sombra.

Cerró los ojos un instante, y lo asaltaron imágenes de su hermana pequeña, de su madre, de Znadinka.

Una inquietud creciente lo atravesó, como si esa calma fuera un presagio.

Magnus, sentado cerca, lo observó.

No dijo nada de inmediato.

Dejó que el silencio hablara por sí mismo, y solo después comentó: —También lo sientes, ¿verdad?

Aedan levantó la vista, sorprendido.

—¿Qué cosa?

—La calma.

Esa calma que no es paz, sino advertencia.

Aedan asintió lentamente.

—Sí.

No parece natural.

Magnus lo miró con una serenidad que contrastaba con la inquietud general.

—Hay que acostumbrarse.

A veces la calma antes de la tormenta es más dura que la tormenta misma.

Mientras tanto, Ronan se acercó a Lyanna.

Ella estaba sola, observando el fuego.

—¿Puedo?

—preguntó, señalando un tronco vacío junto a ella.

Lyanna asintió.

Ronan se sentó, estirando las piernas con un suspiro exagerado.

—Por fin.

Si seguimos montando así, mi trasero quedará plano.

Lyanna soltó una risa breve, tapándose la boca con la mano.

—¿Y qué harías sin tu gran porte de soldado?

—Lo ocultaría con mi encanto —replicó él, guiñándole un ojo.

Ella volvió a reír, esta vez sin disimular tanto.

Ronan la miró con satisfacción: había logrado arrancarle una sonrisa auténtica.

Pasaron largo rato hablando de cosas pequeñas: entrenamientos pasados, recuerdos de familia, anécdotas tontas de cuando eran cadetes.

Ronan sabía lo que hacía: mostraba un lado ligero, casi torpe, para que Lyanna lo viera humano, no solo como soldado.

Cuando la conversación terminó, la acompañó hasta su tienda.

La noche estaba fría y el campamento en silencio absoluto.

Al llegar a la entrada, se quedaron un momento de pie, mirándose.

—Descansa, Lyanna —dijo él, bajando un poco la voz.

—Tú también, Ronan.

Hubo una pausa, un gesto suave en las miradas, como si algo quisiera decirse pero no se atreviera.

Ella entró, y él se quedó un instante afuera antes de dar media vuelta, con una sonrisa apenas perceptible.

De nuevo junto a la fogata, Aedan encendió un pequeño cigarro hecho de hojas secas.

Aspiró lentamente, dejando escapar el humo en una nube blanca que se deshizo en la oscuridad.

Magnus lo vio y alzó una ceja.

—¿Compartes?

Aedan le tendió el cigarro.

Magnus fumó con calma, como si aquel acto sellara una complicidad.

—El humo aclara la mente —dijo con voz baja.

—O la nubla —respondió Aedan.

Ambos sonrieron apenas.

Había entre ellos una confianza incipiente, nacida de pocas palabras pero de mucho entendimiento.

Pasaron largo rato hablando de batallas, de lo que habían dejado atrás, de la incertidumbre del futuro.

Y mientras las brasas se consumían, la calma inquietante de la noche siguió envolviendo al campamento, como si los estuviera observando.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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