Ecos del reino - El inicio al descenso - Capítulo 26
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- Capítulo 26 - 26 24 - Sombras que hablan
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26: 24 – Sombras que hablan 26: 24 – Sombras que hablan La noche había caído sobre el campamento como un manto pesado.
Las brasas crepitaban en silencio, consumiendo lentamente los restos de los troncos húmedos que Aedan había encendido hacía un rato.
El humo ascendía en espirales perezosas, perdiéndose entre las ramas oscuras que se mecían apenas con la brisa.
Alrededor, el resto de los soldados dormía o se mantenía en guardia en silencio, sus figuras apenas perceptibles en la penumbra.
Solo el murmullo distante de un arroyo rompía la quietud, como si el mundo respirara muy despacio.
Aedan se encontraba sentado junto al fuego, con el rostro pensativo y la mirada perdida.
Entre sus dedos sostenía el cigarro improvisado, hecho con hojas secas que había enrollado con torpeza.
Lo había encendido con una rama, aspiró despacio y dejó escapar el humo hacia el cielo, observando cómo se disolvía entre las sombras.
No lo hacía por costumbre, sino por esa necesidad humana de ocupar las manos cuando la mente no deja de pensar.
Magnus en silencio.
Su sombra se proyectó sobre el suelo antes de que su voz, serena como siempre, se hiciera presente.
—¿No puedes dormir?
Aedan giró apenas el rostro, con una leve sonrisa cansada.
—No mucho.
—Le ofreció el cigarro—.
¿Quieres?
Magnus acepto con un leve gesto, pero acabó sentándose a su lado.
—Hace años que no fumo.
El olor me trae recuerdos del cuartel de mis primeros días.
Los veteranos lo hacían siempre, decían que el humo ayudaba a pensar.
—Quizás tenían razón —respondió Aedan con una media sonrisa—.
A veces uno necesita humo para ver con claridad.
Ambos quedaron en silencio un rato.
Las brasas reflejaban luces anaranjadas en sus rostros, marcando los surcos de cansancio, las sombras del pasado.
No hacía falta hablar para entender que esa era una de esas noches en que los pensamientos pesan más que las armaduras.
Finalmente, Magnus rompió el silencio.
—Tu mirada… —dijo con tono calmo—.
Tiene algo que he visto antes.
Es la mirada de quien dejó cosas importantes atrás.
Aedan soltó una leve carcajada, sin alegría.
—Dejé más de lo que imaginaba.
A veces me pregunto si valía la pena.
—¿Y lo vale?
—preguntó Magnus, con la vista fija en el fuego.
Aedan dudó antes de responder.
—No lo sé.
Entré al ejército cuando tenía diecisiete años.
Mi padre, un comerciante, decía que era un honor servir al reino.
“La sangre protege lo que las monedas no pueden”, me repetía.
Mi madre nunca estuvo del todo de acuerdo, aunque nunca lo dijo en voz alta.
—Aedan sonrió débilmente—.
Ella se dedicaba a hacer encargos de costura, vestidos y mantos.
Siempre olía a lavanda.
Mi hermano mayor siguió el negocio, y mi hermana menor, Mira… —su voz se suavizó—, bueno, ella aún está en la capital.
Tiene quince años, la misma edad que yo tenía cuando decidí que mi vida estaría hecha de acero.
Magnus lo escuchaba en silencio, sin interrumpir, con esa paciencia que solo tienen los hombres acostumbrados a escuchar antes de hablar.
—¿Tu familia sigue en Eryndor?
—preguntó después.
—Sí.
Mi padre mantiene el negocio, aunque con menos movimiento desde que empezó todo esto.
No somos ricos, pero vivimos bien.
—Aedan hizo una pausa, respirando hondo—.
Siempre quise darles más.
Pensaba que al enlistarme podría protegerlos, darles orgullo.
Pero con los años entendí que uno no protege a nadie desde lejos.
Solo se aleja más.
Magnus asintió lentamente.
—A veces la distancia es el precio de la lealtad.
Mi padre solía decir eso.
Y también era soldado.
De hecho, toda mi familia lo ha sido.
—Una chispa brilló en su mirada, como si hablara de algo que pesaba, pero con orgullo—.
Soy el mayor de cuatro hermanos.
Dos hermanas, un hermano menor.
Todos ellos… bueno, cada uno sirvió en algún punto.
Mi padre conoció a mi madre en el ejército, hace ya más de veintiocho años.
Él era sargento y ella una soldado.
Se conocían de antes, pero fue durante una misión en la frontera cuando se dieron cuenta de que se necesitaban más de lo que creían.
—Sonrió apenas—.
Mi madre siempre fue de temperamento fuerte, impetuosa, valiente.
Él, en cambio, era tranquilo, analítico, el tipo de hombre que piensa tres veces antes de hablar.
Supongo que heredé más de él que de ella.
Aedan soltó una leve risa.
—Y por cómo se te ve, me atrevo a decir que no heredaste poco de tu madre tampoco.
—Quizá.
—Magnus miró hacia el fuego, nostálgico—.
Ella fue una de las primeras mujeres en alcanzar rango en su unidad.
Nunca aceptó un no como respuesta.
Pero, con los años, las batallas la fueron desgastando.
No físicamente, sino por dentro.
Dijo que el acero pesaba menos que la culpa.
Yo nunca entendí del todo a qué se refería… hasta hace algunos años.
El silencio volvió a instalarse entre ambos, pero esta vez era diferente.
No era incómodo, sino compartido, como si las palabras que habían dicho pesaran lo suficiente como para no querer romper el aire de respeto que se había formado entre ellos.
—¿Y tú?
—preguntó Aedan al cabo de un rato—.
¿También entraste al ejército por tradición familiar?
—Sí —asintió Magnus—.
En mi casa, enlistarse era tan natural como aprender a caminar.
No se trataba solo de deber o de orgullo.
Era… una forma de pertenecer.
De sentir que eras parte de algo más grande que tú mismo.
—Bajó la voz, como recordando algo—.
Pero cuando me di cuenta de que “ese algo más grande” también podía devorarte, fue demasiado tarde.
Ya estaba dentro, y ya había perdido a varios amigos.
Aedan asintió en silencio.
—Sí, entiendo bien eso.
Magnus se giró hacia él, con una leve sonrisa.
—Tú tienes algo que la mayoría no.
Un motivo más allá de la espada.
Lo vi cuando hablabas antes del campamento.
Tienes a alguien, ¿verdad?
Aedan no respondió enseguida.
Miró el fuego, como si buscara en las llamas la forma correcta de decirlo.
—Sí —susurró finalmente—.
Se llama Znádinka.
Nos conocimos hace un par de años.
Y… —sonrió con cierta melancolía— no sabría explicarlo, pero ella me cambia la forma en que veo las cosas.
Es como si, cuando estoy con ella, pudiera imaginar algo más allá de todo esto.
—Hizo una pausa larga—.
He tenido otras relaciones antes, pero ninguna fue como ella.
Con Znádinka siento que podría dejar la espada, que podría tener algo parecido a una vida normal.
—Rió con ironía—.
Suena absurdo, ¿no?
Un soldado soñando con una vida normal.
—No lo es —respondió Magnus con voz firme, pero amable—.
Todos soñamos con eso, incluso los que juramos no hacerlo.
—Se inclinó un poco hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas—.
¿Sabes?
Cuando era más joven pensé que encontraría a alguien así.
De hecho, estuve con una mujer hace unos meses, pero… —suspiró— no funcionó.
Éramos distintos.
Ella quería quedarse en la capital, abrir una pequeña tienda.
Yo… sigo en movimiento.
Y no puedes construir nada con alguien que no camina a tu lado.
Aedan asintió, comprensivo.
—Sí.
El amor no sobrevive si se queda quieto mientras tú avanzas.
—Le lanzó una mirada cargada de intención—.
Pero dime, Magnus, ¿y Hekla?
—dijo con un tono casi divertido—.
Ella te mira como si fueras el sol y el pecado al mismo tiempo.
Magnus soltó una carcajada breve, algo incómoda, pero sincera.
—¿Hekla?
—repitió, fingiendo sorpresa—.
Es una gran soldado, una compañera leal… y, bueno, una fuerza de la naturaleza.
Pero no, no hay nada entre nosotros.
—No dije que lo hubiera —respondió Aedan, sonriendo—.
Solo dije que ella te mira así.
—Luego agregó, con tono más serio—.
Se nota que te respeta.
Aunque también se nota que, contigo, se comporta diferente.
Más tranquila, menos altanera.
Magnus ladeó la cabeza, pensativo.
—Quizás porque sabe que no me dejo llevar por provocaciones.
Hekla es fuego puro.
Si la enfrentas con fuego, arde.
Pero si la enfrías con calma, se apaga sola.
Es una mujer compleja… demasiado, quizás.
Y aunque no lo admita, tiene un lado frágil, uno que oculta tras su arrogancia.
—Miró a Aedan con leve sonrisa—.
Supongo que tú ya te diste cuenta.
—Sí, lo noté —respondió Aedan—.
Es de las que prefieren morir antes que mostrar debilidad.
—Exacto.
—Magnus asintió—.
Pero eso no la hace menos valiosa.
En este mundo, la gente fuerte no siempre es la que levanta la espada, sino la que aprende a sostener su propio peso.
El fuego crepitó de nuevo, lanzando pequeñas chispas que se alzaban como luciérnagas fugaces.
El viento cambió de dirección, trayendo consigo el olor húmedo de la tierra y de los caballos.
Magnus miró hacia el horizonte, donde la línea de árboles se recortaba contra un cielo cubierto de nubes negras.
—A veces pienso —dijo con voz baja— que todos nosotros somos como esas brasas.
Brillamos, ardemos, pero siempre en silencio.
Hasta que alguien o algo nos apaga.
Y lo peor es que la mayoría ni siquiera se da cuenta de que existimos.
Aedan lo miró, reflexivo.
—Quizás.
Pero también hay quienes ven esa luz, aunque sea un instante.
Znádinka… —su voz bajó aún más—, ella me ve así.
No como un soldado, sino como alguien más.
Y cuando me mira, siento que valgo más que todas las medallas del reino.
Magnus sonrió, con cierta nostalgia en la mirada.
—Entonces no la pierdas, Aedan.
No hay muchas personas que vean más allá del acero.
Si algún día tienes que elegir entre el deber y ella… —hizo una pausa, buscando las palabras correctas—, piensa bien en lo que realmente te sostiene.
Porque no siempre el deber es lo correcto.
Aedan no respondió, pero sus ojos reflejaron algo entre la duda y la gratitud.
Ambos quedaron mirando el fuego, dejando que el silencio llenara lo que las palabras ya no podían decir.
La noche avanzaba lenta, con el sonido lejano del viento entre los árboles.
Las brasas empezaban a apagarse, y las sombras se alargaban sobre el suelo como si quisieran tragarse el campamento entero.
—Deberíamos dormir —dijo finalmente Magnus, levantándose.
Aedan asintió.
—Sí.
Mañana será un día largo.
Y las sombras no hablan dos veces.
Magnus sonrió ante esa frase, le dio una palmada en el hombro y se alejó hacia su tienda.
Aedan quedó un momento más, viendo cómo el fuego moría, y con él, el eco de sus propias palabras.
Luego apagó las últimas brasas con un poco de agua y se recostó bajo el manto oscuro del cielo.
En su mente, el rostro de Znádinka brilló entre las sombras, y por un momento, antes de dormir, creyó escuchar su voz, suave y lejana, diciéndole que todo estaría bien.
mientras, al mismo tiempo Lars y Heckla Hekla y Lars estaban de guardia, a unos metros del resto.
Sus siluetas se recortaban contra el leve resplandor del fuego, atentos a cualquier ruido que rompiera la calma.
En la distancia, las voces de Aedan y Magnus ya se habían desvanecido, y más allá, Ronan y Lyanna se habían quedado dormidos después de su conversación íntima.
El silencio, sin embargo, tenía un peso diferente aquella noche.
Lars lo notó primero.
Había algo en el aire, una sensación que flotaba como una sombra invisible: el eco de las emociones ajenas.
—Mira eso —dijo, con una sonrisa torcida mientras cruzaba los brazos—.
Los tortolitos parecen haber encontrado su propio mundo.
—Sus ojos apuntaban hacia el rincón donde Ronan y Lyanna descansaban cerca uno del otro—.
Me pregunto cuánto durará ese tipo de amor.
Hekla lo miró de reojo, sin apartar del todo la vista del bosque.
Su tono fue sereno, casi ausente.
—¿Por qué lo dices?
Lars soltó una breve carcajada nasal.
—Porque el amor… es un error fatal, ¿no lo crees?
Un hechizo que te hace olvidar que todo lo que amas puede desmoronarse con facilidad.
—Levantó una ceja—.
Supongo que es una forma elegante de decir “te condenas con gusto”.
Hekla no respondió al instante.
Su expresión se mantuvo firme, pero en el brillo tenue de sus ojos había algo más: una chispa de incomodidad, como si aquellas palabras tocaran una fibra que prefería mantener oculta.
—No creo que el amor sea un error —dijo al fin, con voz baja pero firme—.
Es una fuerza… que muchas veces no comprendemos.
No todos saben cómo sostenerla.
No todos están dispuestos a luchar por ella.
Lars giró lentamente la cabeza hacia ella.
—¿Luchar por ella?
—repitió, burlón—.
Suena poético, pero ingenuo.
La mayoría ni siquiera sabe lo que quiere, y aun así promete amor eterno.
—Sonrió con ironía—.
¿Cuánto crees que pueden soportarse dos personas antes de romperse?
Hekla respiró profundo, clavando la mirada en el horizonte, donde las sombras se alargaban entre los árboles.
—Depende de cuánto estén dispuestos a perder —respondió—.
El amor verdadero no es perfecto… no se trata de no romperse, sino de decidir si vale la pena reconstruirse juntos cada vez que algo se quiebra.
Lars arqueó una ceja, sorprendido por la profundidad del tono.
—Vaya, no esperaba tanto sentimiento en mitad de una guardia —dijo, con una risa seca—.
Pensé que de ti solo salía arrogancia y disciplina militar.
Hekla no se ofendió.
Sonrió apenas, con una calma que lo descolocó.
—Hay cosas que uno aprende cuando deja de ver el mundo solo con los ojos de soldado —dijo suavemente—.
Las batallas no siempre se ganan con espadas, Lars.
A veces, el amor también es un campo de guerra.
El hombre guardó silencio unos segundos.
La miró con curiosidad, como si intentara descifrarla.
—¿Y tú qué sabes del amor, Hekla?
—preguntó, con voz entre burlona y seria—.
¿Has amado alguna vez de verdad?
La pregunta flotó en el aire como una flecha sin destino.
Hekla bajó la vista, sus manos descansando sobre el mango de su lanza.
—No lo sé —murmuró—.
Tal vez sí… o tal vez sigo aprendiendo qué significa.
Lars soltó un bufido.
—Eso suena a evasiva.
—No lo es.
—Levantó la mirada hacia las estrellas—.
Es solo que… amar a alguien no siempre es mirarlo con ternura.
A veces, es verlo caer y no poder hacer nada.
Es quedarse cuando todos se van.
Es renunciar a uno mismo por una promesa que ni siquiera sabes si se cumplirá.
Sus palabras quedaron suspendidas entre ellos, y Lars, por primera vez en la noche, no supo qué decir.
Había algo en esa voz —esa mezcla de fortaleza y vulnerabilidad— que le recordó lo que una vez fue él antes de endurecerse.
—¿Cuánto estás dispuesta a sufrir por alguien que amas?
—preguntó ella entonces, volviendo lentamente la mirada hacia él.
Lars parpadeó.
No esperaba que la conversación se diera vuelta.
—¿Qué clase de pregunta es esa?
—Una que revela más de lo que crees.
—Su tono era sereno, pero sus ojos tenían un brillo inquisitivo—.
Todos dicen amar, pero pocos están dispuestos a pagar el precio.
Él se quedó en silencio un momento, su sonrisa desapareciendo poco a poco.
Miró la hoguera y habló en voz baja, casi para sí.
—Supongo que depende de cuánto quede de ti después de hacerlo.
El amor puede vaciarte si no tienes cuidado.
—O llenarte si lo encuentras —replicó ella sin dudar.
El silencio volvió entre ellos, espeso, cargado.
El sonido del fuego, el viento y el lejano murmullo de los caballos eran los únicos testigos de la conversación.
Lars se acomodó en una roca, cruzando los brazos.
—¿Y tú?
—preguntó con un tono más suave—.
¿Estás dispuesta a sufrir por alguien?
Hekla no respondió al instante.
Sus labios temblaron apenas, como si meditara cada palabra.
—Creo que… ya lo estoy haciendo.
Lars la observó, intrigado.
Siguió su mirada y la vio desviarse discretamente hacia Magnus, que conversaba aún con Aedan al otro lado del fuego.
Había en sus ojos una mezcla de esperanza y resignación, una ternura que ella misma parecía no querer reconocer.
Una sonrisa lenta y pícara se dibujó en el rostro de Lars.
—Ah… ya entiendo.
—Hizo un gesto con la cabeza hacia Magnus—.
Así que el grandulón tiene algo que ver con tus pensamientos profundos.
Hekla rodó los ojos, aunque no pudo evitar una sonrisa fugaz.
—No digas tonterías.
—Oh, vamos, Hekla.
Hasta un ciego notaría la forma en que lo miras.
—Lars apoyó un codo en su rodilla y se inclinó hacia ella con aire cómplice—.
¿Y él sabe lo que sientes?
Ella negó despacio.
—No… y no tiene por qué saberlo.
Al menos no todavía.
—¿Por qué?
—Porque el amor no se trata solo de decirlo —susurró—.
A veces, basta con estar ahí… con proteger, incluso en silencio.
Lars la miró un largo rato, con una expresión que mezclaba burla y respeto.
—Eres más compleja de lo que aparentas, Hekla.
—Y tú menos cínico de lo que pretendes.
—Le lanzó una mirada afilada, pero acompañada de una leve sonrisa.
Él rió por lo bajo.
—Tal vez… aunque no apostaría por mí.
El amor no es algo que dure conmigo.
—Se encogió de hombros—.
Demasiadas despedidas, demasiados “para siempre” que duraron apenas un suspiro.
Hekla inclinó ligeramente la cabeza.
—Quizás no encontraste a la persona que estuviera dispuesta a quedarse cuando las cosas se complicaran.
—O quizás soy yo quien nunca aprendió a quedarse —respondió Lars, casi sin pensarlo.
El silencio volvió, pero esta vez no fue incómodo.
Ambos permanecieron mirando las brasas, escuchando el canto de los grillos y el crujir del bosque.
Había algo íntimo en esa quietud, una verdad compartida que no necesitaba más palabras.
Después de un rato, Hekla rompió el silencio con voz suave: —¿Sabes, Lars?
Hay personas que están dispuestas a darlo todo por amor… y otras que prefieren no sentir nada para no perderlo todo.
Él la miró de reojo, su sonrisa regresando lentamente.
—Y tú… ¿de qué tipo eres?
Ella suspiró, con una calma que parecía esconder una tormenta interna.
—De las que luchan, incluso cuando no saben si ganarán.
Lars no dijo nada.
Solo la observó unos segundos más, luego desvió la vista hacia el fuego.
Su sonrisa se volvió más tenue, más humana.
—Veremos qué estás dispuesta a hacer, Hekla… —murmuró para sí, apenas audible.
La noche siguió su curso.
Las llamas se fueron consumiendo poco a poco, dejando tras de sí el resplandor de las brasas, y el murmullo del viento envolvía sus pensamientos.
Las sombras, cómplices, parecían susurrar entre los árboles… porque incluso en medio de la oscuridad, el amor seguía siendo una luz incierta, pero imposible de apagar.
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