Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Ecos del reino - El inicio al descenso - Capítulo 27

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Ecos del reino - El inicio al descenso
  4. Capítulo 27 - 27 25 - Recuerdos bajo la lluvia
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

27: 25 – Recuerdos bajo la lluvia 27: 25 – Recuerdos bajo la lluvia Parte 1 La mañana amaneció gris, con una bruma que se deslizaba entre los árboles y el murmullo distante del río acompañando la marcha.

El grupo avanzaba en silencio, los cascos de los caballos golpeando suavemente la tierra húmeda.

El sol apenas se insinuaba detrás de las nubes, y un aire frío, impregnado del olor del rocío, rozaba los rostros de los jinetes.

Lars cabalgaba un poco rezagado, a pocos metros del resto.

Su semblante tranquilo ocultaba un mar de pensamientos.

Las palabras de Hekla de la noche anterior lo habían seguido como un eco que no podía apagar: “¿Cuánto estás dispuesto a sufrir por alguien que amas?” Una pregunta simple, pero con filo.

Apretó las riendas de su caballo y suspiró.

Hace años que no dejaba de pensar en ella.

Años que dejaba a su mente regresar a ese rincón del pasado donde la lluvia y una sonrisa lo habían cambiado todo.

El golpeteo rítmico del caballo lo arrulló hacia el recuerdo.

Y poco a poco, el sonido del presente se desvaneció… Hasta que solo quedó el susurro de una llovizna cayendo sobre los tejados de Eryndor.

Era joven entonces.

Veintidós años y una vida sin cicatrices.

Su cabello era más claro, su mirada más limpia.

Trabajaba en el ayuntamiento, un empleo que había conseguido gracias a la influencia de su familia.

No era un trabajo que amara, pero le daba estabilidad y cierta comodidad.

Aquella tarde, el cielo estaba cubierto de nubes grises.

El mercado ya comenzaba a cerrar, y los comerciantes guardaban sus mercancías bajo lonas empapadas.

Lars había pasado por allí a comprar pan y unas especias que su madre le había pedido.

Fue entonces cuando la vio.

Una joven estaba ayudando a cubrir un puesto con una tela.

Su cabello negro, largo y brillante, se pegaba a su rostro húmedo por la llovizna.

Su piel era tan pálida que parecía reflejar la luz gris del cielo, y sus ojos, oscuros como la noche antes de la tormenta, destellaban una calidez tímida pero viva.

Lars se detuvo unos segundos, observándola.

Un hombre mayor, el dueño del puesto, lo notó y le sonrió con complicidad.

—Ah, Lars, justo a tiempo —le dijo el comerciante, un hombre corpulento de barba canosa—.

Te presento a nuestra nueva ayudante.

Empezó hoy mismo.

Ella se giró hacia él, limpiándose las manos con el delantal.

—Un gusto —dijo con una voz suave, apenas audible entre el murmullo de la lluvia.

—El gusto es mío —respondió Lars, esbozando una sonrisa cortés.

No sabía por qué, pero aquella mirada lo había desarmado.

El comerciante rió.

—Se llama Aveline.

Viene de un pueblo no muy lejos de aquí.

—Le dio una palmada en el hombro a Lars—.

Un buen muchacho este, trabaja en el ayuntamiento.

Ella sonrió, apenas.

—Encantada, Lars.

—El placer es mío, Aveline.

La llovizna se volvió un poco más intensa.

El comerciante comenzó a apresurar sus cosas, despidiéndose de ambos.

Aveline tomó una cesta y se la colocó al brazo, lista para marcharse.

Lars la observó por un momento y luego habló, casi sin pensar: —¿Vives lejos?

Está empezando a llover más fuerte.

Ella dudó un instante antes de responder.

—Un poco.

Al norte de la ciudad, más allá de las murallas.

—No llegarás seca —dijo él, mirando el cielo.

Ella rió con una suavidad que le pareció música.

—No será la primera vez que me empapo por el camino.

Lars miró su caballo, un corcel blanco que esperaba bajo el alero cercano.

—Podría llevarte.

No me cuesta nada, y no quisiera que enfermaras en tu primer día de trabajo.

Aveline pareció sorprenderse.

—No quiero causarte molestias.

—No sería una molestia.

—Sonrió—.

Considera que me das una buena excusa para cabalgar bajo la lluvia.

Ella dudó unos segundos más, luego asintió con timidez.

—Está bien.

Pero solo hasta la entrada del barrio norte.

—Trato hecho.

La lluvia comenzó a caer más fuerte cuando montaron.

Lars la ayudó a subir detrás de él.

Aveline apoyó una mano en su hombro, con torpeza al principio, hasta que el caballo empezó a avanzar al trote.

El sonido de la lluvia sobre el cuero y la tierra mojada los envolvía.

Durante unos minutos, solo se escuchaba el golpeteo del agua y el ritmo del corcel.

—¿Siempre llueve así en Eryndor?

—preguntó ella, rompiendo el silencio.

—Solo cuando uno no trae capa —respondió él con una sonrisa.

Ella rió.

—Buena respuesta.

—¿Hace mucho que llegaste a la ciudad?

—Unas semanas —respondió—.

Quería empezar de nuevo.

Mi pueblo es tranquilo, pero pequeño.

Sentía que si me quedaba allí… nunca aprendería nada nuevo.

—¿Y por qué el mercado?

—Conocía a una mujer que trabajó con la familia de comerciantes.

Me habló bien de ellos, y pensé que podría aprender algo.

—Hizo una pausa—.

Además, me gusta hablar con la gente.

Lars sonrió, aunque ella no podía verlo del todo.

—Eso ya es raro en esta ciudad.

Aquí todos parecen hablar solo por interés o por costumbre.

—Supongo que el mercado aún tiene un poco de humanidad —dijo ella—.

Al menos allí la gente sonríe sin motivo.

Él asintió despacio.

—Tal vez por eso me gusta pasar por ahí.

—Hizo una pausa breve—.

Siempre he preferido los lugares donde la gente se siente viva.

Ella inclinó ligeramente la cabeza, apoyando la mejilla en su hombro, sin darse cuenta.

—No pareces alguien que disfrute de estar encerrado en el ayuntamiento —dijo con tono curioso.

—No lo disfruto.

—Rió suavemente—.

Pero es un trabajo estable.

Mi familia se siente orgullosa, y eso basta… o eso me repito.

—¿Y tú?

¿Te sientes orgulloso?

Esa pregunta lo tomó por sorpresa.

La voz de Aveline no tenía reproche ni juicio, solo curiosidad.

Lars tardó unos segundos en responder.

—No lo sé —admitió finalmente—.

A veces siento que vivo más por lo que esperan de mí que por lo que quiero.

Ella lo miró en silencio, con una expresión que él no vio, pero que se grabó en su memoria.

—Entonces tal vez aún no has encontrado lo que quieres —dijo ella suavemente.

Él se volvió un poco, lo suficiente para verla de reojo.

—¿Y tú sí?

Aveline sonrió.

—No del todo.

Pero al menos sé que quiero descubrirlo por mí misma.

La lluvia los envolvía, cayendo con una constancia hipnótica.

El caballo avanzaba despacio, abriéndose paso por las calles empedradas que reflejaban el gris del cielo.

Lars se sorprendió a sí mismo sonriendo.

Había algo en esa mujer que lo hacía sentirse ligero, más humano.

Era como si todo el ruido del mundo se hubiera silenciado y solo quedaran ellos, dos almas bajo la lluvia compartiendo un instante que no parecía tener fin.

Llegaron al barrio norte, donde las casas se levantaban entre hileras de árboles y muros de piedra.

Aveline le indicó una calle lateral.

—Por aquí, gracias.

—Su voz sonó un poco triste, como si no quisiera que el trayecto terminara.

—¿Segura que no quieres que te acompañe hasta la puerta?

—preguntó él con una media sonrisa—.

Sería una tragedia si justo ahora empieza el diluvio.

Ella rió.

—No quiero abusar de tu gentileza, Lars.

Ya has hecho suficiente.

Él asintió despacio, sin saber muy bien qué decir.

La lluvia seguía cayendo, más suave ahora.

Durante unos segundos, solo se miraron, y en esos ojos oscuros él vio algo que lo estremeció: una mezcla de calma, gratitud… y algo más.

—Entonces, ¿te volveré a ver?

—preguntó él, intentando sonar casual, aunque su voz tembló apenas.

—Tal vez —dijo ella con una sonrisa leve—.

Trabajo todos los días en el mercado, excepto los domingos.

—Entonces tendré que comprar pan todos los días.

—Su respuesta la hizo reír.

—Te arruinarás pronto.

—Vale la pena.

Ella bajó del caballo con cuidado.

Antes de marcharse, se volvió hacia él, bajo la llovizna que seguía cayendo como un velo entre ambos.

—Gracias por traerme, Lars.

—Gracias por dejarme hacerlo.

Y entonces ella se fue, caminando entre la neblina, hasta perderse detrás de las casas.

Lars se quedó allí, observando su silueta desvanecerse en la distancia.

No lo sabía en ese momento, pero aquella tarde sería el comienzo de algo que lo marcaría para siempre.

El sonido de los cascos lo devolvió al presente.

El sol comenzaba a abrirse paso entre las nubes, proyectando haces de luz sobre los árboles.

Lars parpadeó, respirando hondo.

El recuerdo se desvaneció lentamente, pero el sentimiento permaneció.

Había amado.

De verdad.

Y el amor lo había moldeado, roto y endurecido con el tiempo.

Las palabras de Hekla le habían arrancado una costra vieja, una que creía cicatrizada.

Miró de reojo hacia ella, que cabalgaba unos metros más adelante junto a Magnus.

Una sonrisa amarga se formó en sus labios.

“El amor… es un campo de guerra”, había dicho ella.

Y él lo sabía mejor que nadie.

Apretó las riendas, espoleó al caballo y siguió avanzando, dejando atrás tanto el recuerdo como la sensación de vacío que lo acompañaba.

Pero en el fondo, muy dentro de sí, algo había despertado otra vez… Un eco.

Un susurro.

Una voz bajo la lluvia que le decía que el amor, por más que uno lo niegue, nunca muere del todo.

Parte 2 El sol del mediodía caía tibio sobre la hierba alta cuando el grupo decidió detenerse.

Los cascos de los caballos se hundieron levemente en el suelo blando, y el murmullo del viento entre las ramas reemplazó el sonido metálico del viaje.

Habían avanzado más de lo previsto, y el cansancio se notaba en los rostros y en las manos curtidas que sujetaban las riendas.

Lars desmontó sin decir palabra.

Su semblante era el de siempre: sereno, distante, pero sus ojos parecían mirar más allá del horizonte.

Tomó un trozo de pan y se sentó sobre una roca, con la vista fija en el movimiento del grupo.

A poca distancia, Ronan y Lyanna conversaban bajo la sombra de un árbol.

El tono era distinto: más bajo, más íntimo.

Él, de pie, hablaba con ese entusiasmo travieso que siempre lo caracterizaba; ella, sentada sobre la hierba, lo miraba con una atención suave, como si cada palabra suya pesara más que el aire.

—Y ahí estaba yo —decía Ronan con una sonrisa—, rodeado de tres tipos que juraban que les había robado el caballo… y ni siquiera tenía uno.

Lyanna rió, tapándose la boca.

—¿Y cómo saliste de esa, héroe sin caballo?

—Con encanto, claro.

—Ronan hizo un gesto exagerado, tocándose el pecho—.

Les compré cerveza y terminamos brindando juntos.

—No sé si eso habla bien de ti… o muy mal de ellos.

—bromeó ella.

Él la miró un instante en silencio, sonriendo apenas.

—Quizás de los dos.

—dijo, con voz más baja.

Lyanna bajó la mirada.

Sus dedos jugueteaban con una ramita, y sus labios esbozaron una sonrisa contenida.

—Tienes una forma extraña de meterte en problemas, Ronan.

—Y tú, una forma aún más extraña de hacer que no me arrepienta.

—respondió él sin pensar.

Ella levantó la vista, sorprendida, pero sus ojos no se apartaron de los suyos.

Durante unos segundos, el mundo pareció detenerse.

Hasta que Lyanna suspiró suavemente y, con voz dulce, rompió el silencio: —Elianore, ven con nosotros.

—llamó a la joven que estaba sentada más allá, apartada del resto—.

Ven, te guardamos un lugar.

Ronan sonrió, encogiéndose de hombros, mientras Lyanna le devolvía una mirada amable, casi protectora.

Lars observó la escena desde su sitio.

Su expresión cambió por primera vez en días.

No era burla ni indiferencia: era una sonrisa breve, contenida, como si aquella pequeña muestra de afecto le hubiera removido algo.

Y así fue.

El eco del pasado volvió a llamarlo.

El viento sopló entre los árboles, y con él, regresó la voz de Aveline.

Su risa, su tono dulce, el perfume del cabello mojado.

El mundo presente se desvaneció, y Lars volvió a verla.

Eran días más tranquilos, aquellos.

Aveline ya llevaba meses trabajando en el mercado, y él había convertido sus visitas en rutina.

La gente del lugar lo conocía, y siempre sonreía al verlo llegar.

—El caballero del ayuntamiento viene a comprar una sola manzana… otra vez.

—decía la madre de los Mercer, riendo.

—Y paga de más, sólo para quedarse hablando.

—añadía el padre.

Aveline se sonrojaba, fingiendo no escucharlos, mientras Lars, nervioso, respondía: —Es una manzana muy buena, señora.

No tiene precio justo.

Ese tipo de torpezas, tan humanas, eran las que la hacían sonreír.

En las tardes, después del trabajo, él solía esperarla en el camino que llevaba hacia su casa.

No siempre hablaban de grandes cosas; a veces sólo caminaban, observando la vida pasar entre la multitud, el murmullo de las calles, los pregones de los vendedores, los olores a pan y especias flotando en el aire.

—¿No te cansas del bullicio?

—le preguntó ella una vez.

—Me cansa cuando no estás.

—respondió él, sin pensar demasiado.

Ella lo miró de reojo, fingiendo molestia, pero la sonrisa le traicionó.

—Sabes, eres peor que los poetas.

—Y tú peor que las flores.

No dejas de florecer aunque el mundo esté gris.

—Eso fue cursi.

—Lo sé.

—rió él—.

Pero lo dije igual.

Caminaron hasta la fuente principal.

El agua reflejaba la luz del atardecer, y los niños jugaban alrededor.

Ella se detuvo, contemplando la escena, y suspiró.

—Cuando era niña… soñaba con venir aquí.

—dijo en voz baja.

—¿Y ahora que estás aquí?

—preguntó él.

—Ahora sueño con quedarme.

—respondió, mirándolo.

El recuerdo cambió.

Era otro día, semanas después.

El cielo nublado, el aire fresco.

Aveline había querido comprar un aceite perfumado para su cabello, algo que sólo se vendía en los puestos más alejados, fuera de las murallas.

—¿Seguro quieres ir hasta allá?

—preguntó Lars, mientras ensillaba el caballo.

—No confío en los hombres que se rinden antes de una aventura.

—respondió ella, levantando la barbilla con una sonrisa.

—Entonces confía en mí.

—dijo él, ofreciéndole la mano.

El camino fue largo, pero lleno de risas.

Hablaron de cosas sin importancia: la lluvia, las flores, las historias del reino.

Ella le contó , que sus padres vivían en el pueblo, que su padre soñaba con abrir su propio taller algún día.

Lars la escuchaba como si cada palabra fuera una melodía que no quería que terminara.

—¿Por qué me miras así?

—preguntó Aveline.

—Porque nunca había conocido a alguien que hablara con tanta esperanza.

—¿Y eso es malo?

—No… —respondió él, bajando la mirada—.

Es lo más hermoso que he escuchado.

Ella se sonrojó, fingiendo distraerse con una flor silvestre.

—A veces pienso que exageras para verme sonreír.

—Y a veces pienso que sonríes para no hacerme perder la cabeza.

—Tal vez las dos cosas sean ciertas.

—dijo ella, riendo.

Regresaron cuando el sol ya caía.

El camino de vuelta fue un pequeño desastre: se equivocaron de calle, pasaron por callejones oscuros, se empaparon cuando la lluvia los alcanzó y terminaron riendo sin control.

—No recuerdo por dónde vinimos.

—dijo ella entre carcajadas.

—Lo importante es que vamos juntos.

—contestó él, con el cabello empapado y el corazón acelerado.

Después de tanto deambular, finalmente encontraron la calle principal.

Aveline se recostó un momento contra el muro de piedra, riendo con el pecho agitado.

—Eres un desastre.

—le dijo.

—Lo soy.

Pero soy tu desastre, si me dejas.

Ella lo miró.

Esa mirada que se clava en la memoria y no se borra aunque pasen los años.

—Veremos si mereces el título.

—susurró.

Cenaron juntos en un pequeño puesto de comida, riendo de su pequeña aventura.

El sabor del guiso era simple, pero para Lars, nada había sido tan delicioso.

Cuando la acompañó a su puerta, el silencio cayó entre ellos.

El aire olía a lluvia y a flores.

Aveline lo miró, expectante.

Lars sintió que el corazón se le desbordaba.

—Aveline… —dijo, con voz temblorosa.

—¿Sí?

—No quiero que esto termine aquí.

No quiero que sólo seamos… conocidos.

Ella lo miró largo rato, sin decir nada.

Luego dio un paso hacia él.

—Tardaste en decirlo.

—susurró.

Y lo besó.

Un beso largo, profundo, que parecía unir dos vidas en una sola promesa.

Lars parpadeó.

El sonido del presente volvió a filtrarse: las voces del grupo, el crepitar del fuego encendido para el almuerzo, los cascos de los caballos moviéndose impacientes.

El recuerdo se desvaneció, pero el sentimiento permaneció suspendido en su pecho.

Ronan seguía riendo con Lyanna.

Todo parecía tan vivo… tan similar a esos días que ya no volverían.

Lars suspiró, mirando el horizonte con la mirada perdida.

Sus labios se movieron apenas, dejando escapar un susurro que nadie escuchó: —¿Dónde estarás ahora, Aveline?

El viento respondió con un silencio que dolía.

Y él, con una calma fingida, volvió a montar su caballo.

Por dentro, el viejo Lars —aquel que amaba, que soñaba, que creía— se removía débilmente, pidiendo volver a respirar.

Pero la vida, como el viento, no se detiene por los recuerdos.

Solo los arrastra… Y sigue.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo