Ecos del reino - El inicio al descenso - Capítulo 28
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- Capítulo 28 - 28 26 - Prometiste volver
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28: 26 – Prometiste volver 28: 26 – Prometiste volver El sol caía a plomo sobre el sendero de tierra, y el sonido de los cascos de los caballos se mezclaba con el canto lejano de los cuervos.
El grupo avanzaba en una formación casi perfecta, salvo por una ligera irregularidad: Lars, que solía ser el primero en romper el silencio con algún comentario sarcástico o una broma mordaz, había permanecido callado desde el amanecer.
Magnus, que cabalgaba unas filas detrás, lo observaba con atención.
Había algo en la forma en que Lars sostenía las riendas: ni firme ni relajada, sino como si su mente estuviera muy lejos de ahí.
—¿Todo bien, Lars?
—preguntó Magnus con un tono neutro, acercando un poco su caballo.
El otro levantó la mirada apenas un instante, como despertando de un sueño.
—Sí… —dijo con voz distraída—.
Solo recordaba algunos ayeres, nada importante.
Magnus arqueó una ceja, sabiendo que esa respuesta era una media verdad.
—Ah, comprendo —respondió sin insistir—.
A veces los recuerdos son más tercos que nosotros.
Lars asintió con un leve gesto, y la conversación se apagó.
Aedan, que iba unos metros más adelante, notó el intercambio y giró la cabeza.
—¿Pasa algo?
—preguntó con curiosidad.
—Nada fuera de lo común —respondió Magnus—.
Creí que Lars me llamaba, pero parece que solo está… en silencio.
Aedan sonrió y pregunto.
—¿Eso sí es raro en él?.
—Quizás solo esté pensando —respondió Magnus con una leve sonrisa—.
O recordando algo que prefiere no contar.
Lars apenas escuchó esas palabras.
El paisaje frente a él se desdibujaba lentamente, y los sonidos del viaje —el roce de los arreos, el crujido de las ruedas de las carretas— se fueron fundiendo en un eco lejano.
Y entonces volvió a verla.
La tarde estaba gris aquel día.
Las nubes comenzaban a reunirse sobre la capital, presagio de una lluvia que llevaba días rondando sin caer del todo.
Lars caminaba al lado de Aveline por una de las avenidas principales de Eryndor.
Él llevaba su capa doblada sobre el brazo, listo para cubrirla si empezaba a llover.
Ella sostenía un pequeño bolso de cuero, y cada paso suyo parecía tener un ritmo suave, casi melódico.
Pero aquel día, el silencio entre ambos pesaba más de lo normal.
—Estás muy callada —dijo él finalmente, tratando de romper el hielo.
Aveline sonrió, pero su sonrisa no llegó a los ojos.
—Solo pensaba —respondió.
—¿En qué?
—En que el negocio va a cerrar —dijo en voz baja—.
Mi amiga vino a avisarme esta mañana.
Todo se está viniendo abajo por la crisis.
Lars se detuvo.
—¿Qué?
Pero… ¿tan mal está la situación?
Ella asintió.
—No solo ellos.
Dicen que muchas tiendas cerrarán.
Incluso su taller de telas no podrá mantenerse.
—Seguro pasará pronto —intentó consolarla—.
Ya verás, el Reino se recuperará.
Aveline bajó la mirada.
—Ojalá tengas razón, Lars.
Pero he estado pensando… tal vez deba buscar suerte en otro lugar.
Él la miró fijamente.
—¿Otro lugar?
¿Fuera del Reino?
—No lo sé.
Mi amiga me habló de un país portuario al este.
Allí todavía hay trabajo para los que saben comerciar.
—¿Y piensas irte?
—preguntó él, conteniendo el temblor en la voz.
Aveline se encogió de hombros.
—No lo he decidido aún.
Pero… no puedo quedarme de brazos cruzados esperando a que todo mejore.
Siguieron caminando.
Las palabras de ella pesaban en el aire, cada una como una piedra.
Lars intentó sonreír, pero la sonrisa se quebró antes de formarse.
Esa noche apenas pudo dormir.
Dos días después, Aveline lo esperaba en el mercado.
Sus manos estaban entrelazadas, y sus ojos, aunque cansados, brillaban con esa luz suave que él tanto amaba.
—Hoy fue mi último día —le dijo apenas lo vio.
Lars sintió un nudo en el estómago.
—¿Qué?
¿Ya cerraron?
—Sí.
Quería que me acompañaras a buscar algo… aunque sea temporal.
—Claro —respondió el sin dudar.
Recorrieron puestos, hablaron con comerciantes, entraron a talleres, pero todos decían lo mismo: “No estamos contratando”.
El sol comenzó a caer y la desesperanza se les coló en los pasos.
Cuando regresaron, Aveline caminaba en silencio.
Lars la miró de reojo, sintiendo la urgencia de hacer algo, cualquier cosa.
Esa noche, apenas llegó a su casa, fue directo al ayuntamiento.
Le habló a su superior, un hombre serio de bigote fino.
—Necesito saber si hay algún puesto disponible —dijo con cierta desesperación.
—¿Para ti?
—preguntó el hombre.
—No, para alguien más.
Un familiar.
El hombre lo miró con un gesto cansado.
—Veré qué puedo hacer.
Pero no prometo nada.
Lars salió del edificio con el corazón agitado, con la esperanza de darle una razón a Aveline para quedarse.
Pero cuando llegó al día siguiente, ella ya lo esperaba con otra expresión.
—He decidido irme, Lars.
El mundo se detuvo un instante.
—¿Qué… qué dices?
—En dos días.
—Su voz era suave, pero firme—.
No quiero hacerlo, pero aquí no hay futuro.
—¿Y nosotros?
—preguntó, casi sin voz.
Aveline bajó la mirada.
—Siempre te recordaré.
Pero debo intentarlo.
Lars sintió que se le vaciaba el alma.
Quiso gritar, pero solo asintió, tragando el nudo en la garganta.
—¿Podemos al menos… pasar el día juntos?
—preguntó ella.
—Claro —susurró él.
Esa noche salieron como solían hacerlo.
Caminaron entre las luces del mercado nocturno, rieron, bebieron vino en una taberna familiar.
Lars la observaba en silencio mientras ella hablaba, tratando de grabar en su memoria cada gesto, cada palabra, cada risa.
Aveline lo notó.
—¿Por qué me miras así?
—preguntó con una sonrisa tímida.
—Porque quiero recordarte justo así —dijo él.
Ella se quedó en silencio, y luego, lentamente, apoyó su cabeza sobre su hombro.
—No llores por mí, Lars.
—No puedo prometerlo —respondió él, con la voz quebrada.
Caminaron hasta su casa.
El vino les daba valor, o tal vez los liberaba del peso del mañana.
Al llegar a la puerta, se miraron sin palabras.
El deseo, el miedo, el amor y la tristeza se mezclaron en un solo instante.
Y se abrazaron.
El resto de la noche fue un remolino de caricias, de promesas sin voz, de besos que buscaban retener el tiempo.
Cuando el amanecer los encontró, Lars despertó con Aveline en sus brazos.
Por un segundo pensó que tal vez ella había cambiado de idea.
Pero al verla dormir, supo que no.
El día siguiente amaneció con un cielo limpio, cruelmente hermoso.
Lars la acompañó a las afueras, donde las carretas esperaban a los que se marchaban.
Ella llevaba un vestido sencillo y una bolsa.
No parecía una despedida; parecía un sueño.
—¿Estás segura?
—preguntó él por última vez.
Aveline respiró hondo.
—No lo sé.
Pero debo intentarlo.
—Puedo mantenerte, puedo ayudarte a buscar algo… No tienes que irte —dijo con desesperación—.
No quiero perderte.
Ella lo miró con ternura y tristeza.
—No quiero ser una carga, Lars.
No quiero que tu familia me vea como un peso.
—¿Y lo nuestro?
—preguntó él con voz rota.
—Lo nuestro vivirá —respondió ella—.
Pase lo que pase.
Llegaron las carretas.
Los viajeros subían uno a uno.
Antes de subir, Aveline se volvió hacia él.
—¿Alguna vez has querido dejar el Reino?
—le preguntó.
—Quizás—respondió él—.
Pero aquí tengo todo: mi familia, mi trabajo… y tenía a ti.
—Prométeme que volverás —dijo él, sujetando sus manos.
—Lo prometo—contesto ella.
Lars quiso creerle.
Quiso aferrarse a esa promesa como a un ancla.
Pero mientras la carreta se alejaba, sintió que algo dentro de él se rompía.
Corrió tras ella, hasta que sus piernas no pudieron más.
Y la vio desaparecer entre el polvo.
Durante semanas, Lars vagó por las calles que solían recorrer juntos.
Pasaba por el mercado, por los parques, por la taberna donde se habían reído aquella noche.
Todo era igual, pero sin ella nada tenía color.
Se sentaba en la plaza principal, mirando las caravanas que llegaban, esperando verla bajar de alguna.
Pero nunca volvió.
El tiempo, al final, no curó nada.
Solo volvió más soportable el vacío.
Y cuando llegó la convocatoria del ejército, la aceptó casi sin pensarlo.
Tal vez buscaba una nueva causa, o tal vez solo quería olvidar.
El sonido del trote de los caballos lo arrancó del recuerdo.
El paisaje volvió a tomar forma, y el polvo del camino se levantó delante del grupo.
Por un momento creyó ver una silueta entre la luz.
Una figura con cabello negro y piel de luna, sonriendo con tristeza.
Parpadeó, y desapareció.
Solo quedo el silencio.
Solo el camino, el viento y el eco de su propio corazón.
—Prometiste volver… —susurró.
El viento pareció responderle con un murmullo, como si trajera consigo la voz de Aveline, lejana, inalcanzable, repitiendo su promesa.
Lars cerró los ojos y respiró hondo, tragando la amargura y el amor mezclados.
Sabía que esa herida nunca cerraría del todo.
Pero también sabía que, en algún rincón de su alma, ella seguía viva.
Y así, sin mirar atrás, espoleó a su caballo y continuó el viaje.
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