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Ecos del reino - El inicio al descenso - Capítulo 29

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  4. Capítulo 29 - 29 27 - Bajo el velo del amanecer
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29: 27 – Bajo el velo del amanecer 29: 27 – Bajo el velo del amanecer El cuarto día caía lentamente, tiñendo el horizonte con los últimos tonos rojizos del sol.

El grupo se detuvo para levantar el campamento.

A solo un día de la frontera, el aire comenzaba a sentirse más pesado, más denso, como si el silencio del bosque anunciara que algo se aproximaba.

Las fogatas chisporroteaban entre los grupos de soldados.

El humo ascendía en espirales lentas, mezclándose con el olor de la leña húmeda y el sudor acumulado del viaje.

Los caballos descansaban atados cerca, moviendo sus colas para espantar los insectos, mientras la guardia se distribuía en los perímetros con disciplina silenciosa.

Aedan se mantenía sentado junto a una fogata.

La luz anaranjada danzaba en su rostro, proyectando sombras que lo hacían parecer ausente.

Miraba las llamas sin pestañear, como si buscara respuestas en ellas.

La frontera con Valdren estaba cerca.

Al día siguiente se reunirían con la unidad militar del reino vecino.

Soldados conocidos por su orden y brutal eficacia.

—Mañana llegaremos a la frontera —dijo Ronan al acercarse, rompiendo el silencio.

Su tono era sereno, pero sus ojos vigilaban los alrededores con atención.

—Sí —respondió Aedan sin apartar la vista del fuego—.

Hasta ahora no hemos tenido ningún enfrentamiento.

—Eso no significa que estemos a salvo —añadió Ronan con una mueca cansada—.

Todo puede irse al carajo en el último momento.

Ambos guardaron silencio un instante, escuchando el crepitar del fuego y el rumor del viento entre los árboles.

En otras fogatas, los soldados comían, conversaban en voz baja o afilaban sus armas.

Cada gesto parecía contener una mezcla de calma tensa y resignación.

En el otro extremo del campamento, Lars conversaba con Magnus, Lyanna, Hekla y algunos soldados.

Su tono era más serio de lo habitual, la ironía que solía acompañarlo parecía haberse desvanecido.

—Mañana debemos dejar una buena impresión —dijo Lars con voz firme.

—Nos presentaremos ante la unidad militar de Valdren —añadió Magnus—.

Supongo que Aedan ya les comentó.

Una joven soldado, Elisabetta, levantó la voz con timidez: —Sí, nos dijo que son conocidos por su disciplina… —Disciplina y ferocidad —interrumpió Magnus—.

Son lobos en el campo de batalla.

Los hombres de Valdren no dudan, no se quiebran.

No me sorprendería que el propio grueso de sus tropas esté en la frontera.

Lyanna escuchaba atenta.

Había oído historias sobre ellos: guerreros que peleaban hasta el último aliento, soldados endurecidos por años de guerra en las montañas del norte.

Elianore, sentada junto a Lyanna, preguntó con cierta curiosidad: —¿Usted los ha visto pelear, señorita Lyanna?

A los soldados de Valdren, digo… —No —respondió ella con serenidad—.

Pero he oído suficientes relatos para saber que no hay margen para la debilidad.

Lyanna giró hacia ella y, con voz más firme, añadió: —Escúchame bien, Elianore.

Cuando estemos frente a ellos, mantente erguida, segura.

No bajes la mirada.

Esos hombres son como lobos.

Si te ven temblar, te devorarán.

—Sí, señorita Lyanna —respondió la joven, casi susurrando.

—Acércate a Hekla o a Magnus —dijo Lyanna más suavemente—.

Aprende de ellos, de su forma de moverse, de hablar.

Te ayudará a ganar confianza.

Elianore asintió y se levantó, acercándose con timidez a Magnus, quien la recibió con una sonrisa breve, pero genuina.

Lyanna observó en silencio.

Sabía que si la dejaba cerca de Lars, él la quebraría con sus palabras antes de que pudiera fortalecerse.

El resto de la noche transcurrió con el sonido del viento y las conversaciones apagadas.

Más allá, bajo un grupo de árboles, una fogata débil iluminaba diez siluetas.

Apenas sombras que se movían entre los troncos.

Uno de ellos, el líder, hablaba en voz baja: —Ya están cerca.

Mañana no quiero errores —dijo con tono militar y una prepotencia helada.

Los demás asintieron.

Apagaron el fuego, montaron sus caballos y se internaron entre los árboles.

Las sombras se dispersaron como lobos en la niebla.

El amanecer llegó con un resplandor tenue.

El grupo de Aedan desmontó el campamento con rapidez.

Las carretas fueron cargadas, las monturas ajustadas.

El sonido de las hebillas y el roce del metal se mezclaban con el resoplar de los caballos.

Mientras avanzaban, el sol apenas atravesaba las nubes, proyectando una luz grisácea sobre el camino.

A lo lejos, una pequeña franja de árboles se alzaba en la planicie, corta pero espesa, como una herida oscura en el paisaje.

Aedan detuvo su caballo.

—Rodearemos esa zona —ordenó.

Nikos, uno de los soldados más jóvenes, levantó la voz: —¿Por qué no atravesarla?

Es más corto el paso.

Magnus respondió antes de que Aedan hablara, con voz serena pero firme: —Porque lo fácil casi siempre es una trampa, Nikos.

Si alguien nos espera, el follaje nos haría blancos perfectos.

Prefiero perder tiempo que perder hombres.

Nikos bajó la mirada y asintió.

El viento soplaba con un rumor inquietante entre las hojas.

Aedan miró hacia la franja de árboles.

Había algo… extraño.

Un silencio contenido, como si el bosque mismo contuviera la respiración.

—Manténganse alerta —ordenó—.

Siento que no estamos solos.

Los cascos resonaban sobre el suelo.

Cada paso de los caballos parecía más pesado que el anterior.

Aedan giró la cabeza, observando el movimiento entre los troncos.

No estaba seguro, pero algo… algo se movía.

—Ronan, Magnus —llamó—.

Rodeen las carretas.

Quiero los flancos cubiertos.

Ambos asintieron sin una palabra, reorganizando la formación con rapidez.

Los hombres ajustaron las riendas, tensaron los arcos, prepararon lanzas.

El ambiente se volvió denso, cargado.

Dentro del bosque, el líder de los diez hombres observaba desde las sombras.

—La mitad conmigo entre los árboles —susurró—.

Los demás, detrás de esos arbustos.

Esperen mi señal.

Cuando dé la orden… los rodeamos.

Su voz era baja, pero cargada de rabia contenida.

Los hombres se movieron con precisión.

El metal rozando las fundas de las espadas era el único sonido que rompía el silencio.

Cuando la caravana llegó frente a la arboleda, cinco hombres emergieron de entre los árboles y otros cinco de los arbustos laterales, cerrando el paso.

Todos montados.

Armaduras oscuras, espadas y mandobles reluciendo bajo la luz pálida del sol.

El líder, montado al frente, avanzó unos metros.

Su mirada era afilada, los ojos rojos como brasas.

Levantó la espada y la apuntó directo hacia Aedan.

—Deténganse ahí —dijo con voz ronca, cargada de autoridad—.

Aedan hizo lo mismo, alzando una mano.

—Somos una compañía del reino de Eryndor —declaró en voz alta—.

Estamos en una operación oficial.

Aparten el camino y evitaremos un conflicto innecesario.

El líder soltó una risa baja, áspera.

—¿Conflicto innecesario?

—repitió con desprecio—.

Saquen todas sus cosas y déjenlas en el suelo.

Si cooperan, vivirán para ver otro día.

Uno de sus hombres escupió al suelo y gritó: —¡Vamos, bastardos, muévanse!

¡Rápido, o los abrimos aquí mismo!

Ronan desenfundó su espada con calma, mientras Magnus se adelantaba un paso.

Aedan no respondió.

Solo observó.

Los ojos del enemigo parecían arder, y sus rasgos se distorsionaban con cada palabra, como si la furia deformara su rostro.

—Prepárense para entrar en combate —ordenó Aedan con voz grave.

Los hombres de la formación alzaron sus armas.

El aire se llenó de tensión.

Los caballos relinchaban, los cascos golpeaban la tierra.

El olor a miedo y sudor se mezclaba con el polvo del camino.

El líder enemigo sonrió con una mueca perversa.

—Aquí se jodieron —dijo, y alzó su espada—.

¡Mátenlos!

¡Y agarren a las mujeres!

El rugido de los diez hombres retumbó al unísono mientras se lanzaban hacia la formación.

El suelo tembló con el galope de los caballos, levantando nubes de tierra.

Aedan levantó la espada, gritando órdenes, pero su voz se perdió en el estruendo.

Hekla tiró de su lanza, Lyanna se colocó frente a Elianore, Magnus se movió para interceptar el flanco.

El caos se desató en segundos.

Elianore, en medio de todo, vio cómo los enemigos se acercaban.

Su respiración se volvió errática.

El ruido de los cascos y las espadas chocando le llegaba como ecos distantes.

Todo comenzó a volverse lento, borroso.

El líder enemigo la miraba.

Había fijado sus ojos en ella.

Su sonrisa era grotesca, inhumana.

El rostro parecía deformarse bajo la luz, como una sombra viva.

Elianore quiso moverse, gritar, pero su cuerpo no respondía.

—¡Muévete!

¡Muévete, rápido!

¡Reacciona!

—gritó una voz en algún lugar, pero ya no supo de quién era.

El tiempo se detuvo.

Elianore solo veía cómo el enemigo se abalanzaba sobre ellos, y cómo las sombras de los árboles parecían cerrar el paso.

El rugido del galope se mezcló con el latido de su propio corazón.

Y entonces… todo fue silencio.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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