Ecos del reino - El inicio al descenso - Capítulo 3
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- Capítulo 3 - 3 3-La llamada de la Corona
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3: 3-La llamada de la Corona 3: 3-La llamada de la Corona El amanecer se levantó gris sobre las murallas de Eryndor, y aun así la ciudad entera parecía más viva que nunca.
Desde las primeras campanadas de los templos, las calles se llenaron de pasos apresurados, voces que se superponían y la agitación de quienes tenían algo que perder o ganar aquel día.
Los resultados de las pruebas para ingresar al ejército de la Corona serían publicados.
Era un acontecimiento que, aunque repetido cada ciclo, no dejaba de ser trascendental para cientos de familias.
Convertirse en soldado no era el sueño de todos, pero sí representaba un ascenso de vida para aquellos que venían de hogares modestos.
Ser parte del ejército significaba estabilidad, respeto y la posibilidad de tejer un futuro mejor.
Aedan, Ronan y Lyanna avanzaban juntos por las amplias calles empedradas que conducían hacia el Cuartel Mayor.
El bullicio se intensificaba a medida que se acercaban al centro, donde la gran explanada ya hervía de gente.
Aedan no podía dejar de escuchar los murmullos que brotaban como cascadas de todas direcciones: nombres, esperanzas, miedos.
Sus manos sudaban, y lo ocultaba cruzando los brazos.
Aedan: —Nunca pensé que tanta gente viniera.
Parece un festival.
Ronan (riendo nervioso): —¿Un festival?
¡Claro que lo es!
Hoy vamos a dejar de ser cualquiera.
Hoy nos convertimos en alguien.
Lyanna (con calma, observando alrededor): —O en nadie, Ronan.
Hay tantos que no serán llamados… que su nombre no volverá a ser mencionado.
Ronan arqueó una ceja, molesto por el realismo de Lyanna, aunque sabía que tenía razón.
Frente al portón del cuartel, varios soldados intentaban contener a la multitud que se empujaba.
Tras unos minutos de espera, un hombre mayor, con la voz entrenada por años de pregonar decretos, subió a una pequeña tarima y desenrolló el pergamino con los sellos de la Corona.
—¡Silencio!
—bramó uno de los guardias.
El pregonero comenzó a leer nombres, uno a uno.
Cada mención era seguida por vítores, llantos o un silencio seco.
Cuando finalmente pronunció: —…Ronan Hailen… admitido.
Aedan Valem… admitido.
Lyanna Drevan… admitida… El corazón de Aedan dio un vuelco.
No escuchó nada más.
Solo vio la sonrisa ancha de Ronan, el gesto sereno de Lyanna y la certeza de que sus vidas habían cambiado.
Ronan (alzando los brazos): —¡Lo sabía!
¡Lo sabía!
¡Nacimos para esto!
Lyanna (empujándolo): —No naciste para nada, Ronan.
Lo elegiste.
Y esa elección pesará más que tus músculos.
Un oficial con armadura brillante salió entonces a la tarima.
Su voz cortó el murmullo como una espada.
Oficial: —Los admitidos deberán presentarse en este cuartel en siete días exactos.
Vendrán preparados.
Aquí no hay ilusiones, solo deber.
La Corona no necesita soñadores, sino soldados.
La multitud rugió de nuevo, dividida entre el júbilo y la decepción.
Las familias reaccionan Los Drevan La casa de los Drevan estaba adornada con símbolos militares: estandartes antiguos, escudos desgastados, una armadura de honor que pertenecía al padre, Lord Caled Drevan, uno de los hombres con rango en las fuerzas del Reino.
Cuando Lyanna llegó con la noticia, su padre apenas alzó las cejas, como si lo hubiese esperado.
Lord Caled: —Bien.
Una Drevan no podía fallar.
Marcus (hermano mayor): —Veamos si tu determinación es tan fuerte como tus palabras, hermana.
Lyanna (con una media sonrisa): —Lo suficiente como para que no me olvides en tu sombra.
Los otros dos hermanos la felicitaron sin mucho entusiasmo, aunque en sus ojos se notaba que consideraban aquello más un deber familiar que una hazaña.
La madre, en cambio, la abrazó con fuerza, sin palabras, como si supiera que ese paso podría cambiarlo todo para siempre.
Los Valem El hogar de Aedan era modesto, pero lleno de calor.
Al entrar, fue recibido por su madre, Selene, quien al escuchar la noticia dio un grito de alegría.
Selene: —¡Mi hijo, un soldado de la Corona!
¡Por fin alguien en esta casa llevará un uniforme digno!
Su padre, Thoren, un hombre de manos endurecidas por el oficio de alfarero, se levantó y lo abrazó con fuerza.
Thoren: —Esto es grande, Aedan.
No cualquiera tiene el valor y la disciplina.
Estoy orgulloso.
Su hermana menor, Mira, saltaba alrededor de él con una sonrisa brillante.
Mira: —¡Lo sabía!
¡Eres el más fuerte de todos!
¡Serás un héroe!
Aedan sonrió, pero dentro sentía el peso de aquella expectativa.
Ya no era solo su sueño: ahora debía cargar con el orgullo de toda su familia.
Los Hailen En el taller de costura de los Hailen, la reacción fue más compleja.
Maela (madre): —Así que lo lograste, Ronan.
Mi corazón se enorgullece, pero también se encoge.
Ronan: —No te preocupes, madre.
Voy a demostrar que no nací para coser botones.
Su padre Gareth lo miró con un gesto agrio, dejando caer una tela sobre la mesa.
Gareth: —Y dime, ¿qué harás cuando descubras que no eres más que uno entre cientos?
¿Cuando tu nombre sea tan pequeño que nadie lo recuerde?
Ronan (cruzando los brazos): —Entonces gritaré más fuerte.
Hasta que lo recuerden.
El día de la presentación Siete días pasaron con rapidez.
La ciudad volvió a agitarse cuando los nuevos reclutas llegaron al cuartel.
Había decenas: jóvenes de distintas edades, hombres y mujeres de todos los barrios y oficios.
Algunos mantenían la cabeza erguida, otros temblaban.
Los tres protagonistas se mezclaron con ellos, observando los rostros que pronto serían compañeros… o rivales.
Entre ellos destacaban: Kara Veyra, joven fuerte y de mirada severa, hija de herreros.
Galen Tormel, alto, robusto y con la torpeza de un gigante bonachón.
Serik Dorn, un muchacho de lentes gruesos y mirada tímida, que parecía más un escriba que un soldado.
Brennar Kaal, un veterano envejecido que había decidido alistarse de nuevo tras perder su oficio.
El portón se abrió con estrépito y apareció el Sargento Alrik, un hombre de rostro endurecido por cicatrices.
Sargento Alrik (gritando): —Bienvenidos al final de sus vidas cómodas.
Aquí no hay hijos de comerciantes, de sastres ni de soldados.
Aquí solo hay reclutas.
¡Y su nombre no vale nada hasta que lo ganen!
El silencio se hizo pesado.
Ronan sonrió como si disfrutara del desafío, Aedan tragó saliva y Lyanna mantuvo la mirada fija, imperturbable.
La vida en el cuartel Los días siguientes fueron un tormento.
Los dormitorios eran fríos, la comida escasa, los entrenamientos brutales desde antes del amanecer.
Los errores se castigaban con golpes, carreras adicionales o humillaciones.
Algunos reclutas no soportaron y abandonaron en los primeros días.
Otros lloraban por las noches en silencio.
Ronan se metía en problemas por su lengua rápida, pero ganaba respeto por su fuerza física.
Aedan destacaba en disciplina y resistencia, convirtiéndose en un ejemplo para los demás.
Lyanna sorprendía con su capacidad de análisis y estrategia, señalando errores que pasaban desapercibidos incluso para los instructores.
Una noche, después de un día agotador, los reclutas compartían pan duro y agua en el comedor.
Kara rompió el silencio.
Kara: —Si queremos sobrevivir, será juntos.
Los sargentos no buscan solo fuerza, buscan ver si podemos confiar unos en otros.
Serik (nervioso): —Y si no podemos… nos quebrarán uno a uno.
Ronan (sonriendo con arrogancia): —Pues que lo intenten.
Yo no pienso quebrarme.
Lyanna lo miró fijamente, con tono serio.
Lyanna: —Todos nos quebramos, Ronan.
La diferencia está en quién sabe recomponerse.
El silencio que siguió no fue incómodo, sino lleno de reconocimiento.
Ya no eran simples jóvenes.
Eran reclutas, con un destino incierto pero unidos por la disciplina, el cansancio y la esperanza de que aquel camino valiera la pena.
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