Ecos del reino - El inicio al descenso - Capítulo 30
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- Capítulo 30 - 30 28 - Entre acero y sangre
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30: 28 – Entre acero y sangre 30: 28 – Entre acero y sangre El enfrentamiento daba comienzo.
El aire se volvió denso, cargado con ese olor a hierro que presagia muerte.
Los cascos de los caballos resonaban como truenos sobre la tierra seca.
El crepitar de las hojas bajo los cascos parecía marcar el compás de una sinfonía infernal.
Aedan apretó con fuerza la empuñadura de su espada, observando cómo el líder enemigo avanzaba hacia él.
La forma en que se movía no era natural: su velocidad, su equilibrio, la forma en que su cuerpo se inclinaba hacia adelante, casi como si la gravedad no lo tocara.
Su mirada, roja como el fuego, era la de un depredador que había olfateado la sangre.
—¡Mantengan la formación!
—rugió Aedan, su voz imponiéndose sobre el relinchar de los caballos.
Los soldados de Eryndor cerraron filas, lanzas al frente.
El polvo les cubría el rostro, el sudor corría por sus mejillas, y la tensión hacía vibrar el aire.
Magnus, al mando de la retaguardia, observó cómo cinco de los enemigos se deslizaban entre los árboles y emergían desde la sombra.
Eran hombres, o algo parecido… pero sus movimientos eran demasiado precisos, demasiado coordinados.
—Rhys, Erick… suelten sus flechas.
¡Ahora!
—ordenó Magnus con voz firme pero cargada de urgencia.
El zumbido de las cuerdas tensadas rompió el aire, y las flechas volaron buscando carne y hueso.
Pero los enemigos…
esquivaron.
Giraban, se inclinaban, se agachaban con movimientos casi imposibles.
Uno de ellos levantó el brazo y atrapó una flecha en pleno vuelo, quebrándola como si fuera una rama seca.
Magnus frunció el ceño, incrédulo.
—Aunque sea, derriben sus caballos.
¡Que no se acerquen!
—gritó.
Los arqueros obedecieron.
Pero los proyectiles volaban inútiles, desviados por el caos.
Magnus no esperó más.
Tomó su lanza y espoleó a su caballo hacia adelante.
La bestia bufó, levantando polvo al galopar.
—¡Conmigo!
—ordenó.
El impacto fue brutal.
Magnus embistió al enemigo que había atrapado las flechas, hundiendo la lanza con toda su fuerza.
Sintió la carne ceder, el hueso romperse… pero el hombre no caía.
Seguía de pie, aferrado al asta como si su cuerpo no conociera el dolor.
Bhruno, a su lado, exclamó con voz temblorosa: —¡Por los dioses!
¿Qué son estos demonios?
Magnus retiró la lanza, con esfuerzo, y el enemigo sonrió con una mueca antinatural, la sangre cayéndole por el mentón.
—Nada que sangra puede vencerme —gruñó, su voz ronca, distorsionada, inhumana.
—Entonces sangraremos juntos —respondió Magnus, girando la lanza para un nuevo golpe.
Del otro lado de la formación, Hekla, Lyanna, Lars, Elisabetta y Elianore y de mas soldados se preparaban.
El choque sería inminente.
Las lanzas apuntaban hacia adelante, los escudos firmes.
Elisabetta respiraba rápido, sus manos temblaban.
Su caballo se movía inquieto, notando su miedo.
Elianore, a su lado, miraba al frente con los ojos abiertos de par en par.
Todo en ella gritaba terror.
—¡Mantengan las lanzas firmes!
¡No duden!
—gritó Lyanna, su voz cortando el aire.
Elisabetta tragó saliva, y cuando el enemigo estuvo a unos metros, lanzó su lanza con un grito ahogado.
La punta cortó el aire… pero su blanco la interceptó al vuelo.
El hombre, de cabello largo y mirada vacía, la atrapó, se puso de pie y giró sobre su caballo y, con una facilidad escalofriante, la devolvió.
La lanza salió disparada de regreso con una fuerza brutal, y Elisabetta apenas tuvo tiempo de levantar su escudo.
El impacto fue ensordecedor.
El escudo se astilló, la madera se partió y un agujero del tamaño de un puño lo atravesó.
El golpe la lanzó del caballo, rodando por el suelo.
—¡Elisabetta!
—gritó Hekla, lanzándose hacia adelante.
Elianore miró horrorizada, el cuerpo temblándole.
No podía moverse.
Su respiración era errática.
Sentía el sudor frío recorriéndole la espalda.
—¡Muévete, Elianore!
—gritó Lyanna, desesperada, sin quitar la vista del frente— ¡Muévete o morirás!
Pero Elianore no podía.
Todo parecía en cámara lenta.
Los gritos, el sonido de los metales, los cascos golpeando el suelo.
En el frente, Aedan se enfrentaba al líder enemigo.
El choque de las espadas resonaba con un estruendo metálico que hacía eco entre los árboles.
Chispas saltaban con cada golpe.
Aedan atacó al cuello, pero el líder esquivó, inclinándose hacia un lado del caballo, colgando como si su cuerpo no tuviera peso.
Ronan aprovechó la apertura y cargó desde el flanco, buscando su costado.
El choque fue seco.
El metal vibró, las chispas saltaron, y el líder, con un giro de su muñeca, bloqueó el golpe sin perder el equilibrio.
Aedan gruñó, frustrado.
Retrocedió apenas unos pasos, levantando su espada.
—Si no puedo derribarte… —susurró—, entonces derribaré tu montura.
Con un golpe firme, su hoja se hundió en el costado del caballo enemigo.
El animal relinchó, se levantó sobre sus patas traseras y cayó con un estruendo seco.
El líder cayó, pero… cayó de pie.
El polvo se levantó alrededor, cubriendo todo.
Su silueta emergió de entre la nube marrón, caminando hacia ellos, arrastrando la espada, con una calma perturbadora.
—Bajen —grito el hombre—.
Me enfrentaré a ambos al mismo tiempo.
Su voz sonó como un rugido gutural.
Aedan y Ronan desmontaron, el acero de sus botas chocando contra el suelo.
El aire estaba cargado de tensión.
—Ronan —dijo Aedan sin apartar la vista del enemigo—, si caigo, asegúrate de que nadie más lo haga.
Ronan sonrió apenas.
—Primero tendrías que caer tú, hermano.
Ambos giraron sus espadas, posicionándose.
El líder levantó la suya, una hoja negra con vetas rojizas, como si ardiera por dentro.
En los flancos, el caos era absoluto.
El ruido de las armas chocando, los gritos, el olor a sangre y tierra mojada formaban un infierno en la tierra.
Los enemigos parecían disfrutarlo, como si la violencia les alimentara.
Magnus giró su lanza, empujando a su enemigo hacia atrás.
Bhruno trataba de flanquearlo, pero el adversario, aún atravesado por la lanza, seguía moviéndose.
Sus ojos ardían, sus músculos temblaban, como si algo lo controlara desde dentro.
—¡Esto no es humano!
—gritó Bhruno, esquivando un tajo.
Magnus apretó los dientes.
—No importa qué sean… ¡No dejaremos que pasen!
Golpeó de nuevo, esta vez apuntando a la cabeza.
El sonido fue seco.
El enemigo cayó, pero su cuerpo siguió temblando en el suelo, convulsionando, hasta quedar inmóvil.
Magnus y Bhruno giraron sus cabezas.
Alrededor, la batalla ardía.
Elianore seguía sin moverse, Lyanna bloqueaba ataques con una precisión brutal, y Lars… su rostro mostraba furia, una rabia contenida que finalmente se liberaba.
El líder enemigo dio un paso al frente, mirando a Aedan y Ronan con una sonrisa desfigurada.
Su voz resonó grave: —Veamos de qué están hechos los héroes de Eryndor.
Aedan no respondió.
Levantó su espada.
El suelo tembló cuando los tres se lanzaron al ataque.
A lo lejos, el viento soplaba entre los árboles, llevando consigo el eco metálico de las espadas.
Elianore, aún en su caballo, veía todo a través de un velo de miedo.
Su corazón golpeaba tan fuerte que apenas podía escuchar otra cosa.
Los movimientos de los hombres se volvían lentos ante sus ojos.
Los gritos se desvanecían, y solo quedaba ese zumbido sordo en sus oídos.
Vio al líder enemigo, y su sonrisa… esa sonrisa distorsionada, llena de maldad pura, la paralizó.
Su cuerpo no respondía.
Sus manos apretaban la empuñadura de su espada, pero no podía moverla.
—¡Muévete, Elianore!
—oyó a lo lejos.
La voz de Lyanna sonaba distante, como si viniera desde un sueño.
El líder giró su mirada hacia ella.
Sus ojos rojos brillaron, reflejando el fuego de la batalla.
Y en ese instante, Elianore sintió algo dentro de sí romperse.
El miedo la mantenía inmóvil, pero también algo más profundo… una sensación de destino inevitable.
El acero chocó, las chispas volaron.
Y en el centro del caos, el rugido de la guerra comenzaba
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