Ecos del reino - El inicio al descenso - Capítulo 31
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- Capítulo 31 - 31 29 - Valentía y desesperación
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31: 29 – Valentía y desesperación 31: 29 – Valentía y desesperación El campo se había convertido en un caos de acero y gritos.
El aire olía a hierro, a tierra revuelta y a miedo.
Las sombras deformes que danzaban sobre los rostros manchados de sangre y sudor.
Magnus y Bhruno fueron los primeros en abrir el combate, sus espadas relampagueaban bajo la luna mientras el enemigo caía con un tajo limpio en la nuca.
La cabeza rodó al suelo, golpeando el barro con un sonido seco.
—Qué fácil fue —soltó Bhruno entre jadeos, apenas creyendo lo que había hecho.
Magnus, con el ceño fruncido, no apartó la mirada del cuerpo.
—No te confíes —le advirtió con voz grave—.
El verdadero infierno apenas empieza.
El veterano escupió al suelo y giró su lanza, observando cómo las sombras se movían entre el humo.
—Vamos, apoya a los demás.
No muy lejos, Lars y Hekla se batían con un enemigo descomunal, un hombre de brazos como troncos y mirada desquiciada.
Empuñaba un mandoble que parecía demasiado grande incluso para él, pero lo manejaba con una velocidad inhumana.
Cada golpe suyo hacía vibrar el suelo.
Hekla resistía con la fuerza de su espada larga, devolviendo embates brutales, mientras Lars aprovechaba los huecos, entrando con precisión quirúrgica.
—¡A tu izquierda!
—gritó Hekla, bloqueando una estocada que habría partido a Lars en dos.
El metal rechinó, chispas saltaron.
Lars giró sobre sí mismo y lanzó una estocada baja que raspó la pierna del enemigo, haciendo que tambaleara.
El hombre gruñó con furia, su rostro deformado por la rabia.
Hekla aprovechó el desequilibrio y descargó un tajo oblicuo.
La hoja chocó contra la armadura enemiga, dejando una hendidura profunda.
—No cae… ¡maldito monstruo!
—rugió Hekla, retrocediendo un paso mientras el mandoble bajaba, cortando el aire con un silbido que erizó la piel de Lars.
Este se lanzó hacia adelante, rodando por el suelo, y al levantarse hundió su espada en el costado descubierto del gigante.
El enemigo rugió, pero no cayó.
Lo que habría matado a cualquier hombre común solo lo enfureció más.
Mientras tanto, del otro lado del caos, Lyanna se encontraba frente a su oponente, el mismo que había devuelto la lanza a Elisabetta.
Aún montado de pie sobre su caballo, aquel hombre la observaba con una calma perturbadora, una sonrisa torcida dibujada en el rostro.
—Te voy a desmembrar lentamente —dijo con voz ronca, casi sensual—.
Y me aseguraré de que veas cada parte de ti caer.
No lo decía como amenaza.
Lo decía como promesa.
Lyanna tragó saliva, su cuerpo tembló por un segundo.
El miedo era real, casi tangible.
El hombre saltó del caballo.
Su movimiento fue tan rápido que el aire silbó.
Giró sobre sí mismo en el aire y lanzó un tajo descendente.
Lyanna apenas alcanzó a levantar su espada.
El impacto le entumeció los brazos.
Retrocedió dos pasos, respirando agitada, su mente tratando de recomponerse.
El enemigo rió, una carcajada gutural que erizó su piel.
—Vamos, guerrera.
¡Hazme sentir algo!
—gritó él mientras atacaba con una ferocidad animal.
Lyanna bloqueaba, esquivaba apenas, su espada vibraba con cada choque.
Elisabetta, aún mareada tras el golpe anterior, se reincorporó y vio a Elianore, inmóvil, temblando en su caballo.
Su pecho subía y bajaba rápido, sus ojos estaban vacíos.
—Mierda—dijo Elisabetta corrió hacia ella.
—¡Elianore!
¡Respira, mírame!
—le gritó, bajándola del caballo—.
Todo va a estar bien, ¿me oyes?
Estoy contigo.
Elianore apenas podía responder, sus labios temblaban.
—No puedo…
no puedo moverme… —Sí puedes —insistió Elisabetta, tomando su rostro entre las manos—.
Inhala… exhala.
Ambas respiraron juntas, una guiando a la otra.
Elianore cerró los ojos, intentando controlar el temblor de su cuerpo.
Lyanna, en tanto, se vio obligada a retroceder más y más.
Cada golpe del enemigo hacía vibrar su espada.
El sudor le corría por el cuello.
La furia la envolvía.
—¡Maldito bastardo!
¡Deja de jugar conmigo!
—gritó entre jadeos, lanzando un tajo desesperado que fue fácilmente bloqueado.
—Eso es… grita, muéstrame tus entrañas —dijo él con una sonrisa perversa.
El coraje de Lyanna se convirtió en desesperación.
Sus ataques eran más erráticos, cargados de ira, sin técnica.
El enemigo, viendo su frustración, comenzó a golpear su espada solo para hacerla retroceder, riendo cada vez que lo hacía.
De pronto, un destello: Elisabetta corrió hacia ellos y hundió su espada en el brazo izquierdo del enemigo.
El hombre gritó: —¡Hija de puta!
—y con un golpe en el rostro la mandó al suelo.
El golpe resonó.
Lyanna aprovechó ese instante: giró, y su espada atravesó la espalda del enemigo.
Este rugió de dolor.
—¡Ahhhhh!
¡Tú también, perra!
—bramó mientras se giraba violentamente.
Tomó la muñeca de Lyanna, la torció, y la espada de ella cayó al suelo.
Con un movimiento de pierna, la derribó.
Elisabetta, aún aturdida, se reincorporó y se lanzó contra el enemigo, pero él le dio una patada en el abdomen.
El golpe fue tan fuerte que la levantó del suelo y la arrojó contra Lyanna, que intentaba ponerse de pie.
Ambas cayeron juntas, jadeando.
El hombre se acercó con su espada levantada.
Lyanna alzó la vista.
—Mierda… —susurró.
La hoja bajó.
Ella la detuvo con las manos, sujetando el filo.
La sangre corrió entre sus dedos.
El enemigo empujó con más fuerza, hundiendo lentamente la hoja.
El sonido del metal entrando en la carne fue húmedo, espantoso.
Lyanna gritó.
Elisabetta trató de apartarlo, empujando con lo poco que le quedaba de energía.
Entonces, un grito rompió el aire: —¡No!
—Elianore.
Con su espada desenfundada, corrió hacia el enemigo y, sin pensarlo, se la clavó en el costado.
El hombre gruñó, soltando la empuñadura de su arma.
Se giró, vio a Elianore y la golpeó con una patada que la lanzó varios metros atrás.
Lyanna cayó al suelo, su hombro atravesado.
El grito de Lyanna fue escuchado a lo lejos.
Aedan giró el rostro, con la respiración entrecortada.
El líder enemigo sonrió al oírlo.
—Parece que necesitarán cuatro para acabar con Arnur —dijo con tono burlón.
Pero antes de que terminara de hablar, Magnus apareció detrás de él, lanzando una estocada.
El líder bloqueó el ataque, retrocediendo.
Aedan gritó: —¡Ronan!
¡Ve con ellas, rápido!
Magnus y yo lo detenemos aquí.
Ronan obedeció sin dudar.
Corrió hacia el otro frente mientras Aedan y Magnus rodeaban al líder enemigo.
Arnur —el enemigo de Lyanna— giró justo a tiempo para ver a Ronan acercarse.
Sacó la espada del costado, la sangre brotó a borbotones, pero su mirada seguía llena de furia.
Ronan se abalanzó sobre él, chocando espadas.
El ruido metálico resonó como un trueno.
Arnur contraatacó, sus movimientos eran erráticos pero rápidos.
Ronan esquivó una finta, pero recibió un golpe de refilón en el casco que lo aturdió.
El mundo giró por un segundo, pero su instinto lo mantuvo de pie.
—¡Vamos, maldito!
—rugió Ronan, lanzando un tajo ascendente que se clavó en el hombro de Arnur.
El enemigo retrocedió, tambaleando.
—Maldito idiota… —escupió sangre—.
Aún… no… Su rostro se deformó en una sonrisa.
Ronan no esperó más.
Avanzó un paso y hundió su espada entre los ojos del enemigo.
La hoja salió por la nuca.
El cuerpo cayó sin un solo sonido.
Ronan respiró con fuerza, limpiando la sangre de su rostro.
Pensó: Si no estuviera herido… el desenlace seria diferente Corrió hacia Lyanna, que estaba apoyada contra una carreta, pálida y sangrando.
Elisabetta y Elianore la sostenían.
—Hay que llevarla con los curanderos —dijo Ronan, alzándola en brazos.
Lyanna, con una mueca débil, bromeó: —¿Lo mataste?
—Sí.
—Yo podría haberlo hecho… —musitó entre suspiros.
Ronan soltó una risa corta.
—Claro, solo necesitabas que te atravesaran primero.
Lyanna sonrió débilmente.
Mientras él la llevaba hacia la carreta, Magnus y Aedan seguían su lucha con el líder enemigo.
Era un combate feroz, limpio, profesional.
Cada movimiento tenía precisión letal.
El líder bloqueaba y esquivaba con maestría, pero el peso del combate empezaba a notarse.
Aedan atacaba en ráfagas, obligándolo a retroceder, mientras Magnus se movía con calma, esperando su momento.
El enemigo giró y lanzó un tajo descendente.
Magnus lo desvió con el mango de su lanza y respondió con un golpe directo al rostro.
El impacto sonó como un hueso quebrándose.
Aedan aprovechó y le asestó un corte en el pecho, la sangre salpicó el suelo.
El enemigo retrocedió, respirando con dificultad.
—Tú no eres un simple soldado… —dijo mirando a Magnus con una sonrisa ensangrentada.
—Y tú no eres tan fuerte como crees —respondió Magnus.
El ruido del combate se fue apagando poco a poco.
Solo el viento y los gemidos de los heridos quedaban en el aire.
Dos de los diez enemigos yacían muertos.
Los demás seguían combatiendo con brutalidad, pero el campo ya se teñía de rojo.
Ronan depositó a Lyanna junto a los curanderos, mientras miraba de reojo el horizonte cubierto de humo.
Sabía que aquello no había terminado.
Esa noche, el nombre de cada caído sería recordado… y los que sobrevivieran llevarían el peso del combate en la mirada.
El acero había hablado, y la sangre había respondido.
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