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Ecos del reino - El inicio al descenso - Capítulo 4

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  4. Capítulo 4 - 4 4 - Sombras en la frontera
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4: 4 – Sombras en la frontera 4: 4 – Sombras en la frontera Parte 1 La frontera norte de Eryndor era vasta y agreste, un mar de colinas áridas y bosques espesos que servían como límite natural entre dos reinos que, aunque compartían treguas y acuerdos, nunca habían dejado de observarse con recelo.

A lo lejos, las torres de vigilancia se alzaban como lanzas de piedra contra el cielo, con sus hogueras listas para encenderse en caso de emergencia.

La rutina de los soldados destinados allí era dura pero predecible: rondas diurnas, centinelas nocturnos, informes cada amanecer y un inmutable silencio que solo era interrumpido por el viento o los cascos de caballos en patrulla.

Nada parecía alterar la quietud de aquellas tierras… hasta que un día, poco después del alba, la alarma se propagó por una de las torres del sector oriental.

—¡Movimiento en el valle!

—gritó un vigía desde lo alto, con la voz quebrada por la sorpresa.

Los hombres en la empalizada se apresuraron a tomar posiciones.

Algunos colocaron flechas en las cuerdas de sus arcos; otros ajustaron las lanzas contra el suelo de piedra y barro.

El capitán de la guarnición, Edrik Halvor, un hombre de mediana edad con barba espesa y mirada curtida por años de servicio, subió los escalones de la torre con paso firme.

Al llegar, el vigía le entregó un catalejo de latón.

Edrik lo alzó, ajustó la lente y observó con detenimiento.

En el horizonte, avanzando con lentitud pero con disciplina evidente, una columna de jinetes y soldados de infantería cruzaba el valle.

No llevaban los colores de Eryndor.

El corazón del capitán se tensó.

Reconocía demasiado bien los estandartes: un sol carmesí sobre fondo negro.

El Reino de Valdren.

—Por todos los dioses… —murmuró Edrik, bajando el catalejo—.

Están en nuestro lado.

El vigía tragó saliva.

—¿Qué órdenes, mi capitán?

Edrik respiró hondo.

Sabía que un movimiento precipitado podía provocar una masacre.

—Toquen el cuerno.

Que todos estén listos, pero nadie dispare.

No hasta que yo lo ordene.

El grave sonido del cuerno resonó por la frontera, un llamado que heló la sangre de los hombres y anunció que algo más grande que la rutina estaba por suceder.

En el campamento, los soldados se alinearon, con escudos y lanzas firmes, mientras el murmullo crecía como un enjambre.

Algunos juraban que los valdrenianos venían a invadir; otros decían que era un error, un entrenamiento mal calculado.

El capitán Edrik descendió de la torre y montó a caballo.

Con un grupo de veinte hombres cabalgó hacia el valle para encontrarse con la fuerza intrusa.

El polvo se alzó a su alrededor, como si la misma tierra temiera el choque de dos ejércitos.

Cuando ambos grupos estuvieron a una distancia prudente, los valdrenianos se detuvieron.

El estandarte negro ondeó al viento, y al frente avanzó un hombre con armadura ligera, el rostro endurecido por años de mando.

—Soy Comandante Varrek de Valdren —anunció con voz potente—.

No venimos como enemigos.

El capitán Edrik alzó la mano, ordenando a sus hombres que no atacaran.

—Soy Capitán Edrik Halvor de Eryndor.

Explica, comandante, por qué has cruzado nuestras tierras sin aviso previo.

Varrek apretó la mandíbula.

—Nuestras tropas realizan entrenamientos conjuntos en estas fechas.

La cartografía de la región es confusa.

Si hemos cruzado la frontera, ha sido sin intención hostil.

Edrik clavó su mirada en el otro.

—Una frontera no es una línea olvidada en un mapa, comandante.

Es tierra, sangre y juramento.

Y hoy has roto ese juramento.

Un murmullo recorrió las filas.

Los arqueros eryndorianos tensaron las cuerdas.

Los jinetes valdrenianos ajustaron las riendas.

Bastaba un solo gesto para que el valle se tiñera de rojo.

Varrek levantó la mano, mostrando calma.

—Capitán, no busco guerra.

Envíemos mensajeros a nuestros altos mandos.

Que sean ellos quienes decidan cómo resolver esto.

Edrik lo pensó.

El sudor le corría por la frente a pesar del aire frío.

Finalmente, asintió.

—Sea entonces.

Pero hasta que llegue respuesta, comandante… —su voz se volvió un filo de hierro— tus hombres no darán un paso más.

Varrek inclinó la cabeza con rigidez.

—Así será.

Ambos líderes se miraron fijamente, como dos lobos que se reconocen en la penumbra.

Y en ese silencio cargado, los mensajeros partieron a toda velocidad hacia la capital, a dos días de distancia, llevando consigo la noticia de que la paz pendía de un hilo Parte 2 El valle de Darlath, una grieta de colinas desnudas y bosques húmedos, servía como una de las zonas más delicadas de la frontera entre Eryndor y Valdren.

Durante años, esa franja había sido testigo de silenciosas vigilias, pequeñas patrullas y un pacto tácito de respeto mutuo.

Pero en la memoria de los soldados veteranos, siempre había quedado grabado un rumor: “en las fronteras, la paz es solo un silencio frágil que cualquiera puede quebrar.” El cuerno había resonado en la torre oriental al alba, y desde ese instante nada volvió a ser rutina.

Los vigías informaron de la columna extranjera, y el capitán Edrik Halvor, curtido por veinte inviernos de servicio, salió al encuentro con sus hombres.

Frente a él, el Comandante Varrek de Valdren aseguró que no había intención hostil, que se trataba de un error de cartografía durante un entrenamiento programado.

Acordaron esperar la decisión de sus altos mandos.

Mensajeros partieron de inmediato hacia la capital de Eryndor, a tres días de distancia.

Hasta entonces, el valle sería una jaula donde dos lobos se miraban, incapaces de atacar pero igualmente incapaces de retroceder.

La primera noche El campamento eryndoriano se iluminó con hogueras tenues.

Nadie dormía tranquilo.

Las armaduras permanecían a medio abrochar, las lanzas apoyadas al alcance de la mano, los arcos tensados en silencio.

Los valdrenianos, acampados a menos de un kilómetro, hacían lo mismo.

Sus antorchas parpadeaban en la oscuridad como un enjambre de ojos encendidos.

En la empalizada, un joven soldado eryndoriano murmuró al compañero que vigilaba junto a él.

Soldado Joren: —¿Crees que dicen la verdad?

¿Que solo fue un error en sus mapas?

Soldado Brenn (más veterano): —Los valdrenianos no conocen la palabra error.

Cada paso que dan está calculado.

Joren: —Entonces… ¿qué esperan?

Brenn se encogió de hombros, apretando la lanza contra su pecho.

—Una chispa.

Y cuando esa chispa llegue, todo el valle arderá.

El silencio que siguió fue más pesado que las palabras.

El capitán Edrik En su tienda, Edrik repasaba una y otra vez la situación.

Había enviado tres mensajeros: uno a la capital, otro al cuartel central de la región y un tercero a la guarnición de respaldo más cercana.

“Si uno cae, otro llegará”, se repetía, aunque sabía que la suerte no siempre favorecía a los hombres que galopaban solos en la noche.

El teniente Marek, su mano derecha, entró en la tienda.

Marek: —Señor, algunos hombres creen que deberíamos adelantarnos, sorprenderlos antes de que refuercen su posición.

Edrik lo miró con severidad.

—Y desatar una guerra en este valle, con mi nombre marcado como el que encendió la mecha.

¿Quieres eso, Marek?

Marek (dudando): —No, señor.

Pero la espera carcome más que la espada.

Edrik suspiró, mirando el mapa extendido sobre la mesa.

—La espera es lo único que mantiene la sangre dentro de nuestras venas.

Los mensajeros Mientras tanto, tres jinetes atravesaban la noche con furia en sus caballos.

El viento helado les cortaba el rostro, y cada sombra en el camino parecía un enemigo emboscado.

Uno de ellos, el más joven, apenas pasaba los veinte años.

Llevaba la orden escrita con el sello de Edrik contra su pecho.

Cada latido parecía golpearle el corazón con la urgencia de todo un reino.

Mensajero joven (pensando): “Si caigo, tal vez nadie sabrá lo que ocurrió en la frontera.

Si caigo… quizá la guerra empiece mañana.” El galope retumbaba en la tierra, mezclado con el eco de un miedo que corría más rápido que los caballos.

Segundo día de espera El sol había cruzado dos veces el valle, y aún no llegaba respuesta.

La tensión crecía como un veneno.

En el campamento, algunos soldados eryndorianos discutían entre sí.

Soldado Karel: —Deberíamos atacarlos.

¿Qué hacemos sentados como idiotas mientras ellos se pasean en nuestra tierra?

Soldado Othar (interviniendo): —¡Basta!

El capitán dio su orden.

Nadie dispara, nadie ataca.

Karel (alzando la voz): —¿Y si mañana cruzan más tropas?

¿Si mañana lo llaman error otra vez?

Un murmullo de aprobación recorrió al grupo.

Pero Othar dio un paso al frente, con los ojos ardiendo.

Othar: —¿Y quieres cargar con la culpa de desatar la guerra?

¿Quieres que en la capital digan tu nombre como el insensato que mató primero?

Karel apretó los dientes, pero se apartó en silencio.

La hoguera chisporroteó, como si las llamas mismas discutieran en voz baja.

Informe cronístico (inserto) “Día segundo de la presencia valdreniana en territorio eryndoriano.

Las tropas permanecen enfrentadas, sin combate directo.

La moral de los hombres oscila entre la disciplina y la rabia contenida.

Los comandantes enemigos mantienen su palabra de no avanzar, pero la proximidad constante eleva el riesgo de choques fortuitos.

La espera erosiona la paciencia.” —Extracto del informe de Capitán Edrik Halvor al Comando Central de Eryndor.

El casi-desastre La noche del segundo día, un par de soldados valdrenianos se acercaron demasiado a la empalizada eryndoriana, quizá para explorar, quizá para provocar.

Un arquero eryndoriano levantó su arco y tensó la cuerda.

El susurro del roce de la flecha bastó para que todos los centinelas giraran de golpe.

Arq.

Soren: —¡Retrocedan o disparo!

Los dos valdrenianos se detuvieron, alzando las manos.

La tensión hizo que media docena de arcos se alzaran a la vez.

El capitán Edrik llegó de inmediato, con el rostro endurecido.

Edrik: —¡Bajen esas armas!

¡Ahora!

Soren (gritando): —¡Han cruzado la línea, señor!

¡Deben pagar por ello!

Edrik se acercó al joven arquero, lo tomó del antebrazo y lo obligó a bajar el arco.

Edrik (furioso, pero bajo): —Un disparo tuyo y estarías enterrando a miles de hombres que ni conoces.

¿Quieres ser recordado como el imbécil que arruinó la paz?

El arquero tragó saliva, bajó la vista y obedeció.

Los valdrenianos retrocedieron, lentamente, hasta perderse en la penumbra.

El silencio que siguió fue tan pesado como el filo de una espada.

El tercer día El amanecer del tercer día llegó cargado de una tensión insoportable.

Nadie hablaba en el campamento; solo se escuchaba el golpeteo metálico de armas ajustadas, botas moviéndose, corazones latiendo demasiado fuerte.

Entonces, en la distancia, se levantó una nube de polvo.

Los centinelas dieron la señal: los mensajeros regresaban.

Los soldados se alinearon, rígidos como estatuas, mientras los jinetes se acercaban con rostros extenuados, pero con la llama de haber cumplido su deber en los ojos.

El capitán Edrik salió a recibirlos.

El mensajero principal desmontó y le entregó un rollo con el sello real.

Mensajero: —Traigo la palabra del Consejo de la Corona.

Edrik tomó el mensaje, lo abrió con manos firmes y leyó.

Su rostro no mostró emoción alguna, pero sus ojos brillaron con la tensión de lo escrito.

—Reuniremos a los comandantes valdrenianos al alba.

La resolución vendrá de los altos mandos.

El murmullo se esparció entre los soldados como viento en la hierba.

La paz aún no estaba asegurada, pero la primera chispa había sido contenida.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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