Ecos del reino - El inicio al descenso - Capítulo 5
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- Capítulo 5 - 5 5 - Diplomacia bajo filo de espadas
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5: 5 – Diplomacia bajo filo de espadas 5: 5 – Diplomacia bajo filo de espadas Consejo de la Corona en Eryndor La sala del consejo en la capital era un recinto imponente: columnas de mármol blanco, tapices que mostraban antiguas victorias, y una mesa oval de madera oscura donde reposaban los sellos del reino.
El Rey Arthon no presidía la sesión, pero había enviado a su canciller mayor, Lord Caldrin Veynar, un hombre de voz grave y mirada cortante.
A su lado, se sentaban los altos generales y algunos duques fronterizos.
El canciller desplegó el mensaje del capitán Edrik y comenzó a leer en voz alta.
Cuando terminó, un murmullo inquieto se levantó.
General Kael Dravos (golpeando la mesa): —¡Esto es una provocación!
Valdren no ha enviado tropas por error.
Han probado nuestra paciencia, y si no respondemos con firmeza, mañana cruzarán con un ejército entero.
Lord Sereth (duque del este, más moderado): —Y si atacamos sin pruebas, seremos nosotros los agresores.
Los mensajeros de Valdren aseguran que fue un accidente cartográfico.
Kael (con desprecio): —Accidente… ¿desde cuándo los valdrenianos tropiezan con sus propios mapas?
El canciller Caldrin levantó la mano, imponiendo silencio.
—El rey no desea precipitación.
Nuestra fuerza se muestra tanto en la espada como en la paciencia.
Si declaramos guerra por un paso en falso, millones pagarán con su sangre.
Kael lo miró con fuego en los ojos.
—Y si esperamos demasiado, quizá ya no haya frontera que defender.
Un silencio denso cayó en la sala.
Cada palabra era un filo que podía cortar la paz o encender la guerra.
Consejo de Valdren En la capital de Valdren, la situación no era menos tensa.
El Mariscal Dorian, comandante supremo del ejército, comparecía ante el Consejo de Guerra.
El salón valdreniano era menos majestuoso, pero más severo: paredes de piedra, mapas colgados, olor a cera quemada y sudor de soldados.
El mariscal, un hombre de barba entrecana y ojos calculadores, se mantenía erguido.
Consejero Rhogar: —Eryndor acusa a nuestras tropas de haber cruzado su frontera.
Mariscal Dorian (seco): —Acusación injusta.
La línea fronteriza nunca fue clara en esa región.
Si nuestros exploradores dieron unos pasos más allá, fue por confusión, no por hostilidad.
General Tharrek (más agresivo): —¿Y qué si avanzamos más allá?
Quizá ya es tiempo de probar las defensas de Eryndor.
La frontera lleva años quieta, pero el hierro se oxida en reposo.
Dorian (con frialdad): —Tus palabras huelen a sangre, Tharrek.
Una guerra ahora desgarraría nuestras reservas.
¿Quieres ver a nuestras aldeas ardiendo mientras el enemigo celebra tu “valentía”?
El debate se alargó, con voces enfrentadas, hasta que el Canciller Real de Valdren, un hombre astuto llamado Merov Aldras, zanjó: —Si desean guerra, al menos déjenme construir la mentira que la justifique.
Hasta entonces, mantendremos la máscara de inocencia.
La espera en la frontera Los soldados de ambos lados veían pasar los días como cuchilladas lentas.
La llegada y partida de mensajeros alimentaba rumores: “en la capital se grita por guerra”, “Valdren prepara reservas”, “el rey duda”.
Un soldado eryndoriano preguntó a su capitán: Soldado: —¿Qué dicen en la capital, señor?
¿Pelearemos?
Capitán Edrik (conteniendo su cansancio): —Dicen que aún no… pero no guardes la espada.
Nadie sabe qué palabra llegará mañana.
Las noches eran interminables.
Cada crujido de ramas podía ser un espía, cada antorcha enemiga un presagio.
El encuentro Finalmente, tras tres días de espera, llegó la orden: una reunión diplomática en terreno neutral del valle.
Se levantó una tienda blanca en medio del descampado, bajo la vigilancia de cientos de ojos armados.
El General Kael de Eryndor, acompañado de Edrik, entró en la tienda con paso firme.
Enfrente, el Mariscal Dorian y dos de sus consejeros lo aguardaban.
El silencio fue espeso al inicio.
Solo el golpeteo del viento contra la lona rompía la calma.
Kael (con voz grave): —Han cruzado nuestra frontera.
Ese hecho no puede negarse.
Dorian (sereno, pero frío): —Un error de mapas, nada más.
Nuestros hombres no atacaron, no saquearon, no derramaron sangre.
¿Eso llaman invasión?
Kael (apretando el puño): —Error o no, pisaron suelo de Eryndor.
¿Cuántos más “errores” deberíamos tolerar antes de que se convierta en costumbre?
Dorian inclinó levemente la cabeza, como un lobo midiendo a otro.
—Tolerarán uno más… porque ninguno de los dos reinos puede costear una guerra ahora.
La tensión era insoportable.
Afuera, los soldados mantenían las manos en las empuñaduras, sabiendo que un grito dentro de esa tienda bastaría para desatar el caos.
Tras horas de negociación, se firmó un acuerdo: Valdren reconocía el “desliz” y retiraría a sus tropas del área disputada.
En compensación, ambas coronas enviarían cartógrafos y delegados a redefinir la frontera.
Cierre Cuando el pergamino fue sellado, la tienda quedó en silencio.
Kael y Dorian se miraron por última vez: dos hombres que sabían que la paz alcanzada era un cristal frágil, dispuesto a romperse con la menor presión.
Al salir, los soldados contuvieron un suspiro colectivo.
En los campamentos, los hombres celebraron con alivio, pero las hogueras aún ardían con inquietud.
El capitán Edrik observó el horizonte y murmuró para sí: —Hoy la guerra fue contenida… pero en sus sombras ya crece.
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