Ecos del reino - El inicio al descenso - Capítulo 6
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6: 6 – Ecos de la madurez – parte 1 y 2 6: 6 – Ecos de la madurez – parte 1 y 2 Parte 1 Entre Acero y Recuerdos Parte I – El Salto del Tiempo El sol de la mañana iluminaba las torres de Eryndor, y el murmullo de la ciudad era distinto al de los años de adolescencia.
Los puestos del mercado rebosaban de voces, los herreros golpeaban el metal en cadencia constante y las campanas de las torres militares marcaban los cambios de guardia con precisión solemne.
Habían pasado casi seis años desde que Aedan, Ronan y Lyanna se presentaran como reclutas.
Ahora, con veintiún años, Aedan se encontraba frente a su reflejo en el agua clara de una fuente.
Sus facciones se habían endurecido: la mandíbula más marcada, los ojos más firmes, y aunque aún conservaba cierta juventud en la mirada, era evidente que ya no era el muchacho ingenuo que alguna vez dudaba en cada paso.
Su origen humilde lo había templado más que las armas.
No buscaba presumir de su rango ni de sus logros; prefería la discreción, la disciplina y el trabajo silencioso.
Sin embargo, incluso dentro del cuartel se sabía: Aedan era de los que más habían progresado.
En el patio de armas, Ronan practicaba con la espada, sus movimientos amplios y medidos.
La seriedad en su rostro era casi una máscara, aunque de vez en cuando un gesto irónico o una sonrisa breve escapaba cuando algún compañero cometía un error en el entrenamiento.
Su porte había cambiado; ya no era el joven impulsivo, sino un soldado maduro que inspiraba respeto.
Lyanna, en cambio, mantenía un brillo peculiar.
Su cabello rojizo, recogido en una trenza práctica, enmarcaba un rostro que aún dejaba ver parte de su espíritu juvenil.
Era directa, práctica, y cuando reía —pues aún lo hacía— esa risa contrastaba con la sobriedad del cuartel.
En una pausa de entrenamiento, los tres se reunieron bajo la sombra de un árbol dentro del recinto militar.
Ronan (limpiándose el sudor con el antebrazo): —¿Recuerdan cuando apenas podíamos levantar la espada sin que se nos cayera?
Lyanna (sonriendo con ironía):—Tú sigues dejándola caer de vez en cuando, Ronan.
Solo que ahora lo haces con más estilo.
Aedan (sereno, cruzando los brazos): —Y con menos ruido.
Al menos ya no despiertas a medio cuartel cuando tropiezas en los entrenamientos.
Ronan soltó una breve carcajada, esa risa profunda que ahora dejaba ver poco, pero que aún existía en su interior.
Ronan: —Qué tiempos.
Éramos unos niños jugando a ser soldados.
Ahora… ahora lo somos de verdad.
El silencio se instaló un instante, cada uno perdido en sus pensamientos.
La madurez no les había arrebatado la camaradería, pero sí había puesto peso en sus miradas.
En el comedor, los soldados compartían pan, vino y relatos.
Algunos de los reclutas que ingresaron con ellos ahora tenían cicatrices, otros habían perdido esa chispa de juventud.
Taren, un soldado que había entrenado junto a ellos, se acercó con una sonrisa cansada.
Taren:—Aedan, Ronan, Lyanna.
No pensé que nos veríamos aún en la misma guarnición.
Aedan (estrechándole la mano):—La suerte, o el destino.
Lyanna:—O la terquedad de Ronan.
Ronan (arqueando una ceja):—¿Perdón?
Lyanna (con una sonrisa pícara):—Ya sabes… eres tan insoportable que el capitán prefirió dejarnos a nosotros para mantenerte vigilado.
Ronan negó con la cabeza, conteniendo una sonrisa.
A veces, Lyanna aún tenía el don de pinchar su armadura de seriedad.
El entrenamiento, los informes y las guardias continuaban, pero con la diferencia de los rangos ascendidos.
Ahora tenían cierta libertad: permisos para visitar la ciudad, mejores alojamientos y más responsabilidades en la instrucción de nuevos reclutas.
El contraste entre el peso del deber y la vida personal se hacía cada vez más evidente.
Y aunque aún no lo sabía, para Aedan esa línea empezaba a difuminarse en un camino que lo llevaría a encontrarse con alguien que cambiaría sus días.
Parte 2 Extra – La rutina de acero El cuartel de la capital estaba vivo desde antes del amanecer.
El repicar metálico de las armas contra los escudos se mezclaba con el golpe constante de las botas sobre el adoquinado.
El aire olía a hierro y sudor, a disciplina grabada en la piel de cada soldado.
Aedan, de pie junto al patio de entrenamiento, cruzaba los brazos mientras observaba a un grupo de reclutas repetir una serie de movimientos con espada corta.
Su mirada era crítica, pero no cruel; buscaba perfección, aunque entendía la torpeza de los primeros días.
Aedan (alzando la voz): —¡Más arriba el brazo, recluta!
Si bajas la guardia, no duras ni un parpadeo en el campo.
El joven titubeó, levantando la espada con esfuerzo.
El sudor le corría por las sienes, pero no se rindió.
A un costado, Lyanna lo observaba apoyada en una columna, con su cabello y de manera práctica, aunque algunos mechones rebeldes caían sobre su frente.
Lyanna (con una sonrisa ligera): —Mírate, Aedan… das órdenes como si hubieras nacido para esto.
Aedan (respondiendo con calma): —Nadie nace para esto.
Solo aprendemos a resistir, una y otra vez.
Ella arqueó una ceja, como si sus palabras escondieran un peso mayor, y guardó silencio.
Entonces aparecieron algunos de sus antiguos compañeros de armas, ahora endurecidos por los años.
Taren, más serio y con una cicatriz que cruzaba su mejilla izquierda, caminaba junto a Marvek, cuya sonrisa socarrona seguía intacta pese a la madurez de su cuerpo.
Marvek (sacudiendo la cabeza con fingida decepción): —¿Y estos son los nuevos soldados de Eryndor?
He visto cabras más diestras manejando los cuernos.
Las risas se esparcieron por el patio, aunque los reclutas lo miraron con disgusto.
En ese instante, una voz profunda resonó tras ellos.
Era Ronan, que acababa de entrar.
Su porte había cambiado: hombros más firmes, mirada más grave, pero con un brillo pícaro que a veces escapaba.
Ronan (con una media sonrisa): —Si tanto hablas, Marvek, quizás quieras demostrarlo.
¿O prefieres que hablemos de la última vez que terminaste en el suelo?
El grupo estalló en carcajadas.
Incluso Lyanna tuvo que cubrirse la boca para no reír demasiado alto.
Antes de que la broma pudiera continuar, una voz autoritaria retumbó en el patio.
Capitán Edrik (con tono severo): —¡Atención!
Las carcajadas murieron al instante.
Todos los soldados, veteranos y reclutas, se cuadraron.
El capitán, de porte imponente y rostro endurecido por las campañas, avanzó hasta quedar frente a ellos.
Edrik (mirando a cada uno con dureza): —Mañana habrá inspección de la guardia real.
Quiero este patio reluciente y a cada recluta preparado como si el mismo rey fuese a evaluarlos.
Un murmullo inquieto recorrió la formación.
La tensión podía sentirse como una cuerda a punto de romperse.
El capitán dio un par de pasos más y se detuvo frente a Aedan, Ronan y Lyanna.
Edrik: —¡Ustedes tres!
encabezaran la formación.
Han demostrado disciplina y madurez.
No me hagan arrepentirme.
Ronan (asintiendo con firmeza): —No lo decepcionaremos, capitán.
Edrik sostuvo la mirada de los tres y luego se retiró, dejando tras de sí un silencio denso.
Marvek fue el primero en romperlo, como siempre.
Marvek (bufando): —Disciplina y madurez, dice… Claramente no ha pasado una noche de guardia conmigo.
Lyanna (arqueando una ceja, divertida): —No, Marvek.
Lo que pasa es que aún no sabe leer entre tus tonterías.
Las risas regresaron, disipando un poco la presión que flotaba en el aire.
Aedan, sin embargo, permaneció callado, observando cómo los reclutas reanudaban los ejercicios con renovado esfuerzo.
Había orgullo en su mirada, pero también dejo de preocupación.
Aedan (pensando en voz baja): —Una inspección real… Esto no es solo rutina.
Algo más se avecina.
Lyanna lo escuchó, y por un instante, sus ojos reflejaron la misma duda.
El sol comenzaba a caer, tiñendo de dorado el patio, y mientras los soldados terminaban el día, los tres amigos comprendieron que sus vidas habían cambiado: ya no eran simples aprendices, sino figuras que otros seguían.
Y aunque el peso del deber aún los unía, cada uno empezaba a sentir que había algo más allá del acero y las órdenes… un espacio que pedía ser descubierto.
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