Ecos del reino - El inicio al descenso - Capítulo 7
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- Capítulo 7 - 7 6 - Ecos de la madurez - parte 3 y 4
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7: 6 – Ecos de la madurez – parte 3 y 4 7: 6 – Ecos de la madurez – parte 3 y 4 Entre Acero y Recuerdos Parte 3 – Sombras y comienzos El sol del medio día bañaba la capital con una calidez que iluminaba cada piedra de las murallas y cada adoquín del mercado.
Aedan caminaba con paso tranquilo, sin prisa, con las manos apoyadas detrás de la espalda como si quisiera absorber cada detalle del bullicio que lo rodeaba.
Los puestos se extendían en largas filas que llenaban las calles principales: especias traídas de tierras lejanas, telas de colores imposibles, frutas de temporada que rebosaban en canastos trenzados.
Aedan (pensando mientras observa una daga forjada con detalles en plata):”Hace años habría soñado con tener algo así… pero ahora no lo deseo.
No me interesa coleccionar lujos, sino certezas.” Se inclinó a ver unas vasijas de barro decoradas con dibujos azules.
Un niño, el hijo del alfarero, lo observó con ojos curiosos y un poco de miedo; la espada de Aedan y el porte de soldado imponían.
Aedan (sonriendo, con voz suave): —¿Las pintaste tú?
El niño negó con la cabeza, escondiéndose tras el mostrador.
El alfarero rió.
Alfarero: —Son mis manos, señor.
El chico apenas aprende a no romper el barro.
Aedan dejó unas monedas en el mostrador sin tomar nada.
Aedan: —Que siga aprendiendo, tiene buen maestro.
El alfarero quiso responder, pero Aedan ya había retomado el paso.
Caminó entre la multitud, viendo joyas, panecillos rellenos de carne, capas bordadas y pequeñas estatuillas de madera.
Todo lo miraba, nada lo compraba.
Su mente estaba en otro lugar: en sus compañeros, en su futuro, en la extraña sensación de que la vida cambiaba lentamente de rumbo.
El bullicio del mercado quedó atrás, sustituido por un sonido muy distinto: el del patio de entrenamiento del cuartel.
Espadas de madera chocaban unas contra otras en ritmos irregulares.
Voces jóvenes, unas confiadas y otras nerviosas, llenaban el aire.
El polvo del suelo se levantaba bajo los pasos torpes de los reclutas.
Al centro de todo, Lyanna, erguida con su porte militar.
Sus ojos claros recorrían cada postura, cada movimiento, con una seriedad que imponía respeto.
Lyanna (al grupo): —¡Más firme la guardia!
¡No están barriendo el suelo, están sosteniendo su vida en esas espadas!
Los muchachos y muchachas ajustaron las posturas.
Algunos bufaban de cansancio, otros se mordían los labios de concentración.
Y entonces, entre todos, una figura destacó… pero no por su habilidad.
Era una muchacha de unos quince años, cabello rizado y rebelde que se escapaba de su coleta, piel trigueña clara, ojos grises demasiado grandes para su rostro infantil.
Su espada de madera temblaba en las manos y, cuando intentó girar, tropezó con su propio pie y casi se desplomó.
Los demás reclutas rieron en un murmullo.
Lyanna (severa, alzando la voz): —¡Silencio!
El patio enmudeció.
Lyanna caminó hacia la joven con paso lento pero decidido.
Lyanna (cruzando los brazos): —¿Y tú?
¿Cómo te llamas?
La joven tragó saliva, sonrojada, y contestó atropelladamente.
Elianore: —E-Elianore, mi señora.
Una risa ahogada surgió de un rincón del patio.
La muchacha se sobresaltó, y la espada se le resbaló de las manos, golpeando el suelo con un sonoro clac.
Lyanna la miró fijamente unos segundos.
Luego, contra toda expectativa, sonrió apenas.
Lyanna (medio en broma): —Elianore… veo que contigo el campo de batalla será toda una aventura.
Las risas se contuvieron, esta vez no burlonas, sino divertidas.
La torpeza de la chica tenía algo entrañable.
Elianore (con voz temblorosa): —L-lo siento, mi señora.
Prometo que… que lo haré mejor.
No quiero ser una carga.
El silencio pesó.
Lyanna se inclinó, recogió la espada del suelo y la puso de nuevo en las manos de Elianore.
Lyanna (con voz suave, pero firme): —Escúchame bien, recluta.
Caerse no importa.
Importa levantarse.
La torpeza puede corregirse, la cobardía no.
Y yo no veo miedo en tus ojos.
Elianore la miró sorprendida.
Sus ojos grises brillaron un instante, y luego asintió con fuerza.
Elianore (más segura): —No voy a rendirme.
Lyanna le dio una palmada en el hombro y se giró hacia el grupo.
Lyanna (en voz alta): —¡Y lo mismo vale para todos ustedes!
El entrenamiento no es para los fuertes, es para los que quieren resistir.
Así que en guardia otra vez.
¡Vamos!
El patio volvió a llenarse de golpes de espadas de madera, pasos torpes y sudor.
Pero esta vez, algo había cambiado: la risa burlona había desaparecido.
Todos entrenaban con más concentración.
Lyanna se cruzó de brazos, vigilando, aunque de vez en cuando su mirada regresaba a Elianore, que luchaba contra su propia torpeza con una mezcla de esfuerzo y determinación.
Lyanna (pensando, en voz baja): —Eres un desastre, pequeña… pero hay algo en ti.
Algo que no se puede enseñar.
Por un instante, Lyanna se vio reflejada en aquella joven: la determinación, la ingenuidad, la voluntad de demostrar que podía estar a la altura.
Y ese reflejo le arrancó una sonrisa fugaz antes de volver a adoptar su expresión severa.
La tarde caía cuando Aedan dobló en una esquina en dirección a su hogar.
El sol descendente teñía las calles de tonos anaranjados y rojizos.
Iba distraído, observando un collar expuesto en una vitrina, cuando un movimiento dentro de una tienda cercana captó su atención.
Giró la cabeza y la vio.
Una mujer alta —aunque no más que él—, de figura esbelta, organizaba rollos de tela detrás del mostrador.
Su cabello, entre rubio y rojizo, brillaba bajo la luz del sol que entraba por la ventana.
Su rostro, de una belleza delicada, parecía tallado con paciencia infinita; su piel clara reflejaba la claridad de la tarde.
Pero lo que más lo impactó fueron sus ojos: marrones, casi miel, que atrapaban la luz y parecían devolverla en destellos cálidos.
Aedan se quedó inmóvil, sorprendido por la fuerza del instante.
Aedan (pensando):”Jamás he visto unos ojos así…” El tiempo pareció detenerse, pero fue apenas un segundo.
La mujer levantó un rollo de tela y lo colocó en un estante, sin notar en que alguien la observaba desde fuera.
Aedan, con el corazón latiéndole un poco más rápido, apartó la mirada.Y continuó su camino, con la sensación de que había visto algo que no debía pasar desapercibido.
Parte 4 Nuevos vínculos El comedor del cuartel hervía con el ruido de platos, cucharas chocando y voces entremezcladas de soldados comentando el entrenamiento del día anterior.
El olor a caldo caliente impregnaba el aire.
Entre ese murmullo, Lyanna estaba sentada frente a una jarra de agua, observando con disimulo a Elianore, que apenas intentaba cortar un trozo de carne sin que se le resbalara del plato.
“¿Cómo demonios pasó las pruebas…?” pensó Lyanna, apoyando la barbilla en su mano.
La muchacha era torpe en cada movimiento, con una timidez casi palpable; y sin embargo, había entrado al cuerpo de reclutas.
Lyanna esperó a que los demás se distrajeran, y con un gesto de cabeza llamó a la chica para que se sentara a su lado.
—Elianore… —su voz fue firme, aunque sin dureza—.
¿Puedo preguntarte algo?
La joven levantó los ojos grises, sorprendida, y se apresuró a cambiar su plato de sitio, casi tirando la jarra de agua.
—¡S-sí, señorita Lyanna!
—dijo con un tono nervioso.
Lyanna arqueó una ceja y dejó escapar una breve sonrisa.
—No soy una oficial de alto rango, no hace falta que tartamudees.
Háblame con calma.—L-lo siento… digo, está bien.
La guerrera apoyó el codo en la mesa y se inclinó hacia ella.
—Dime, ¿cómo lograste pasar las pruebas de ingreso?
No lo digo como reproche, pero… —la miró de arriba abajo, recordando la torpeza que había visto en el campo de entrenamiento—.
No pareces la típica candidata.
Elianore bajó la mirada hacia el pan que jugaba entre sus manos.
Un silencio breve se instaló, hasta que al fin murmuró: —Soy la menor de tres hermanos.
Mi padre trabaja en la política y tiene cierta influencia en el ejército… —hizo una pausa, mordiéndose el labio—.
Mis padres me quieren, pero… siempre tienen miedo de que me lastimen, de que alguien se aproveche de mí.
Dicen que soy demasiado tímida, que no sé defenderme.
Alzó los ojos grises, que temblaban entre ingenuidad y sinceridad.
—Ellos creen que aquí, en el ejército, aprenderé a ser fuerte.
Que este es el único lugar donde puedo… curtirme.
Lyanna escuchó en silencio, sin interrumpir.
Había dureza en su rostro, pero sus ojos se suavizaron poco a poco.
La más pequeña… protegida y a la vez presionada.
No es tan distinto de lo que yo viví.
Con un suspiro, Lyanna esbozó una sonrisa torcida.
—Eres torpe, sí… —dijo, y Elianore se encogió en su asiento.
Entonces Lyanna añadió—: pero tienes algo que los demás no.
No llegas tarde, no abandonas, aunque te cueste más que a todos.
Eso dice más que la mitad de tus compañeros.
Elianore abrió los ojos sorprendida.
—¿De… de verdad lo cree?
—Lo sé —respondió Lyanna con firmeza—.
Y mientras yo esté aquí, voy a asegurarme de que nadie “te vea la cara”.
Así que acostúmbrate… —sonrió, dando un golpecito con el dedo en la frente de la muchacha—.
Desde hoy, te considerare más que una compañera o una amiga, serás como mi hermana menor.
Elianore parpadeó varias veces, y luego rió con esa torpeza graciosa que hacía que la sopa casi se le derramara.
Lyanna negó con la cabeza, divertida.
“Sí… definitivamente tengo que cuidarte.” Al otro día, en las calles adoquinadas de Eryndor, Aedan caminaba con paso seguro entre puestos de especias, cerámicas y ropas colgadas de improvisados cordeles.
Había dormido poco, su mente girando en torno a la silueta que había visto fugazmente el día anterior.
“No debería estar pensando en esto… pero hay algo en ella.
No fue un simple cruce de miradas.” Sus botas resonaron contra la piedra cuando llegó a la tienda que recordaba.
Entró con calma, fingiendo un interés en los rollos de tela alineados en los estantes.
El olor a lino nuevo mezclado con perfumes ligeros lo envolvió.
Una mujer mayor, de semblante amable, lo atendía detrás del mostrador.
—¿Busca algo en particular, joven?
—preguntó.
—Una tela sencilla… para un abrigo de viaje —respondió Aedan, sin dejar de mirar disimuladamente alrededor.
Pero no estaba.
No la veía.
Su corazón dio un pequeño vuelco.
¿Y si solo vino ayer?
¿Y si no trabaja aquí realmente…?
Entonces, como si los dioses se divirtieran con su ansiedad, la vio aparecer desde una puerta lateral, cargando rollos de tela entre los brazos.
Su cabello rubio con matices cobrizos brillaba bajo la luz del mediodía, y sus ojos marrones, casi miel, parecían encenderse por un instante al notar a Aedan.
Él se quedó inmóvil, pero logró esbozar una sonrisa leve.
Znádinka arqueó una ceja, divertida.
—Vaya… —dijo con tono ligero—.
¿No es el mismo joven que vi ayer?
Aedan carraspeó, intentando sonar casual.
—Puede ser.
Tal vez el destino tenga predilección por las telas.
Ella soltó una risa suave, casi musical, que lo tomó desprevenido.
La mujer mayor del mostrador los miró de reojo, sospechando algo, pero siguió atendiendo.
Aedan tomó uno de los rollos y lo extendió apenas.
—Este me gusta… aunque no sé si combine conmigo.
—No lo sé —replicó Znádinka, inclinándose un poco hacia él—.
Tal vez no se trate de la tela, sino de la persona que la viste.
Ese cruce de palabras, ligero y fresco, se alargó más de lo que Aedan esperaba.
Entre preguntas simples y bromas disimuladas, el tiempo pasó sin notarlo.
Cuando salió de la tienda, llevaba un trozo de tela que probablemente nunca usaría, pero también una certeza que lo mantenía inquieto: quería volver.
Y así lo hizo en los días siguientes.
Excusas simples —“necesito otra tela”, “busco un hilo especial”, “¿tienen nuevos colores?”— lo llevaban de nuevo al mismo lugar, siempre con conversaciones que terminaban en risas.
Hasta que, una tarde, mientras doblaba con calma la tela que había comprado, la idea se clavó en su mente como una espada firme: “Quiero invitarla a salir.”
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