Ecos del reino - El inicio al descenso - Capítulo 8
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- Capítulo 8 - 8 6 - Ecos de la madurez - parte 5 final
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8: 6 – Ecos de la madurez – parte 5 (final) 8: 6 – Ecos de la madurez – parte 5 (final) PARTE FINAL Sombras del pasado, luces del presente Aedan avanzaba por las calles adoquinadas de Eryndor con el corazón latiendo con fuerza.
Había pasado noches pensando en este momento, planeando las palabras con las que invitaría a Znádinka a salir.
Había ensayado en su mente una docena de frases: algunas directas, otras más juguetonas.
Pero, conforme se acercaba a la tienda, todo lo que había preparado parecía desvanecerse, sustituido por un nerviosismo creciente.
“Hoy… hoy lo haré.
Hoy la invitaré.
Ya no más excusas.” La puerta de la tienda estaba entreabierta.
Antes de entrar, se detuvo un instante.
La voz de un hombre se escuchaba adentro, cercana, cargada de confianza.
—Así que aún conservas esa forma de doblar las telas… nunca cambias, Znádinka.
—Y tú nunca dejas de burlarte, Eriezer.
—la risa de ella, tan libre y suave, lo atravesó como una flecha.
Aedan se quedó helado, clavado al suelo.
El aire se le volvió pesado.
En su pecho algo se contrajo, ese dolor punzante que se parece a cuando una verdad inesperada te rompe en dos.
Vio al hombre: alto, de complexión atlética, con gestos exagerados que parecían llenar el espacio.
Se inclinaba con demasiada confianza hacia ella, como si compartieran secretos que nadie más podía entender.
El hombre se despidió con un abrazo ligero y una sonrisa amplia.
—Nos vemos luego, amiga.
Cuídate.
Cuando salió, Aedan sintió una oleada de vacío y celos contenidos, como un pozo oscuro que amenazaba con tragárselo.
Se obligó a respirar hondo.
“No.
No puedo llegar así.
No debo parecer un tonto celoso.” Entró a la tienda con paso seguro, aunque sus pensamientos aún temblaban.
—Buenos días, Znádinka.
—su tono fue calmado, incluso cordial.
Ella lo miró con sorpresa grata.
—Aedan, justo cuando pensaba en ti.
Él asintió, pero no pudo evitar lanzar la pregunta, disfrazada de curiosidad casual: —Ese hombre… ¿un amigo?
Parecía cercano.
Znádinka lo miró fijamente, con una chispa de picardía en sus ojos miel.
—¿Celoso acaso?
—No, no… —Aedan levantó las manos, sonriendo con calma—.
Solo curioso.
Ella dejó escapar una risa breve, y en un tono bajo, casi confidencial, respondió: —Es mi mejor amigo.
Se llama Eriezer.
Muy divertido, muy exagerado… pero tranquilo.
—hizo una pausa, inclinándose un poco hacia él—.
digamos que no soy su tipo.
La tensión de su pecho se deshizo en un instante.
Un calor inesperado le recorrió la piel, mitad de alivio, mitad de vergüenza por lo que había pensado.
—Entiendo… —dijo, y esta vez su sonrisa fue auténtica.
Hubo un silencio breve, y Aedan aprovechó el momento, como quien salta al vacío confiando en que habrá suelo firme.
—Quería preguntarte algo.
¿Qué te parece si… salimos juntos el día que descanses?
Znádinka lo miró con sorpresa, luego con una sonrisa suave que parecía iluminarle el rostro.
—Dentro de dos días.
Ese es mi descanso.
Y sí… me encantaría.
Dos días después, el sol bañaba las murallas de Eryndor cuando Aedan aguardaba frente al alojamiento de Znádinka, montado en un caballo oscuro de crines brillantes.
Ella salió con un vestido sencillo, acompañado de una capa ligera.
El corazón de Aedan dio un vuelco al verla.
Subió detrás de él, y partieron juntos en un solo caballo.
El camino serpenteaba entre praderas verdes, bosques de hojas doradas y arroyos que brillaban como espejos bajo la luz.
No hubo diálogos extensos al principio; las risas compartidas, las miradas furtivas y la cercanía de sus cuerpos sobre la montura hablaban más que las palabras.
Ya en un claro del bosque, junto a un arroyo, Aedan fue el primero en hablar: —Yo… te he contado poco de mí.
Vengo de una familia humilde.
Mi niñez fue trabajo, esfuerzo… pero también sueños.
Nunca pensé que llegaría hasta aquí, con un rango, con amigos que son como hermanos.
Y ahora… —sus ojos se desviaron hacia ella, suavizándose— ahora también contigo.
Znádinka bajó la mirada, su sonrisa era melancólica.
—Mi historia es distinta, Aedan.
Mucho más amarga.
Él frunció el ceño, atento.
Ella respiró hondo y comenzó.
—Nací en Andenoria… un país hermoso, rico en tierras y mares, pero devorado por la corrupción.
El hambre se volvió costumbre, la escasez era el pan de cada día.
Crecí viendo a mis padres hacer colas interminables por un pedazo de pan duro, escuchando discusiones porque nada alcanzaba.
Su voz se quebró un instante, pero continuó.
—Un día ya no había nada.
Ni agua limpia, ni seguridad.
Yo quería irme, buscar algo mejor.
Pero mi familia… mi familia decidió quedarse.
Decían: “Esto va a cambiar, Znádinka.
Todo ciclo se rompe, nuestro país se levantará.” Yo… yo quería creerles, pero cada día veía más tumbas, más niños famélicos.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—El día que me despedí… mi madre me abrazó con fuerza.
Mi padre apenas podía mirarme.
“No te vayas, hija.
Esto pasará.” Yo los amaba, Aedan, pero no podía quedarme a morir con ellos.
Partí sola.
Con miedo, con nada más que lo que llevaba puesto.
Respiró hondo, y su voz se oscureció.
—Y fue casi saliendo de mi tierra cuando lo encontré a él… Eriezer.
Vagaba como yo, con el mismo vacío en los ojos, con la misma rabia.
Nos unimos sin decirlo: sabíamos que solos moriríamos.
Se detuvo un instante, como si la memoria la arrastrara de nuevo a esos caminos.
—La selva fue nuestro primer infierno.
La humedad nos devoraba la piel, los mosquitos eran como cuchillas vivientes.
Escuchábamos gritos por la noche… algunos desaparecían y jamás regresaban.
Vi cuerpos hinchados flotando en los ríos, mujeres arrastradas por hombres sin rostro entre los árboles, hombres que se dejaban morir porque ya no podían más.
Su voz se quebró y sus manos temblaron.
—Yo misma… una vez quise dejarme caer.
Pensé: “Hasta aquí llegué.
No vale la pena seguir.” Estaba empapada, con fiebre, con hambre… no podía mover un pie más.
Me senté sobre una piedra, cerré los ojos… y esperé.
Una lágrima gruesa cayó por su mejilla.
—Entonces Eriezer me vio.
Me sacudió, me gritó… “¡Levántate, idiota!
¡Un paso más!
Dame un paso más, y después otro.
No te atrevas a morir aquí.” Yo le creí, Aedan.
No porque tuviera fuerzas… sino porque él las puso en mí.
Un paso.
Otro.
Así sobreviví.
Guardó silencio un momento, y su respiración se volvió más pesada.
—Cuando salimos de la selva llegamos a Aztalán.
Todos creíamos que sería mejor.
Pero Aztalán fue peor que la selva.
Allí no había naturaleza que devorara, sino hombres.
Guardias imperiales, soldados… todos pedían algo.
Dinero, favores.
Cuotas para pasar.
La rabia la hizo apretar los puños.
—Quien no pagaba… desaparecía.
Algunos fueron asesinados ahí mismo, frente a todos, para que aprendiéramos.
A las mujeres… muchas las obligaban a pagar de otras formas.
Recuerdo las risas de los soldados, los tratos oscuros en la penumbra.
Yo dormía con miedo cada noche, esperando que no vinieran.
Eriezer siempre se interponía, me llamaba hermana, me cubría.
Su voz se volvió un susurro tembloroso.
—Nos escondíamos de las redadas.
Llegaban de madrugada, rompían puertas, golpeaban, se llevaban a quienes encontraban.
Dormíamos con un ojo abierto, siempre listos para correr.
Vi morir a un niño de hambre.
Vi a una madre entregar a su hija… para que el resto de la familia pudiera pasar.
Un sollozo se escapó de su garganta.
—Aztalán fue el verdadero infierno, Aedan.
Y aún así… seguimos adelante.
Porque Eriezer no me dejó caer.
Siempre me repetía: “Un paso más.
Solo un paso más.” Y de paso en paso… llegamos aquí.
A Eryndor.
Donde, por primera vez, sentí que podía respirar sin miedo.
Aedan no dijo nada.
La miró, con los ojos húmedos, y tomó su mano.
La apretó fuerte, como queriendo decir con ese gesto lo que las palabras no podían: “Ya no estás sola.
No más pasos sola.” El cielo se teñía de rojo mientras emprendían el regreso.
La brisa fresca de la noche parecía llevarse un poco de aquel peso, aunque las cicatrices de Znádinka permanecieran vivas, tatuadas en su alma.
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