Ecos del reino - El inicio al descenso - Capítulo 9
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- Capítulo 9 - 9 7 - Sombras en el en el horizonte
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9: 7 – Sombras en el en el horizonte 9: 7 – Sombras en el en el horizonte El sol se iluminaba con una clara mañana.
La capital vivía su bullicio cotidiano: mercaderes voceando sus productos, niños corriendo entre los callejones, herreros que apagaban el hierro en cubos de agua humeante.
Todo parecía como siempre, pero en la puerta norte del reino la rutina tenía otro matiz.
Ese mes, la guardia principal estaba bajo responsabilidad de Ronan, Lyanna y Aedan, junto a una decena de soldados: registrar a quienes entraban y salían, vigilar caravanas, escoltar a los mensajeros.
Ronan, con su porte erguido y voz firme, daba instrucciones a dos soldados que revisaban una carreta cargada de grano.
Lyanna observaba con ojos atentos, siempre alerta a cualquier irregularidad.
Aedan, algo más relajado, tomaba nota en el libro de entradas, aunque sin perder la vigilancia.
El aire olía a polvo y cuero curtido.
Los cascos de caballos que se acercaban eran un sonido habitual… hasta que aquel estruendo rompió la normalidad.
Tres jinetes avanzaban a toda velocidad por el camino principal, sus capas ondeando como estandartes desgarrados.
Sus caballos resoplaban con espuma, los ojos desorbitados por el esfuerzo.
—¡Atención!
—exclamó Lyanna, llevándose la mano al arma.
—¡Guardia, formación!
—ordenó Ronan con voz de mando, y en segundos los soldados cerraron filas frente a la puerta.
Los jinetes no redujeron el paso hasta estar casi encima.
Levantaban una nube de polvo que obligaba a entrecerrar los ojos.
Aedan dio un paso al frente, alzando la mano.
—¡Alto en nombre de Eryndor!
—gritó.
Los caballos se frenaron con un rechinar de cascos y un bufido desesperado.
Los tres hombres casi se desploman de las sillas, jadeando, sudorosos, con los rostros desencajados por la fatiga.
Uno de ellos, el mayor, alzó la voz entrecortada: —¡Traemos… un mensaje del gobernador de Norvald!
¡Urgente… para el rey!
Ronan frunció el ceño y dio un paso hacia ellos.
—¿Qué clase de mensaje requiere entrar de ese modo en la capital?
—preguntó con dureza, aunque percibía la angustia en los hombres.
El jinete extendió un tubo de pergamino lacrado con el sello de Norvald.
Sus manos temblaban, no por miedo a los soldados, sino por el agotamiento.
Aedan tomó el mensaje con cuidado, lo revisó sin romper el sello y asintió.
—El sello es legítimo.
Déjalos pasar —dijo mirando a Ronan.
Ronan hizo una señal a los soldados, que se apartaron para abrir paso.
Lyanna, sin quitar la mirada de encima a los mensajeros, murmuró: —Algo no está bien.
¿viste sus rostros?
Es más que cansancio.
Aedan cerró el libro de registros y respondió con seriedad: —Lo sabremos pronto.
Los tres siguieron con la mirada a los jinetes mientras eran escoltados hacia el castillo.
En el silencio que quedó tras su paso, solo se oían los cascos aún resonando en el empedrado.
En el gran salón del castillo, las antorchas ya habían sido encendidas.
La corte estaba reunida: nobles, consejeros y capitanes aguardaban expectantes.
El mayordomo recibió el mensaje de los jinetes y lo entregó en manos del rey.
El monarca, un hombre de mirada firme aunque cansada por los años, rompió el sello y desplegó el pergamino.
Sus ojos recorrieron las líneas en silencio.
Luego, con voz grave, leyó en voz alta: —“A Su Majestad el Rey de Eryndor: Con urgencia informo que en Norvald, nuestras tierras y reservas sufren una corrupción inexplicable.
Los campos sembrados se pudren sin previo aviso, los graneros almacenan moho en cuestión de días, y el ganado enferma hasta morir.
Hombres, mujeres y niños caen con fiebres que los consumen en horas.
Ignoramos si se trata de una peste, de maleficio o de castigo divino.
Suplico la intervención de sabios y doctores, pues temo que la ciudad no resista mucho más.” El murmullo se extendió entre los presentes como un viento helado.
—¿Una plaga?
—preguntó un consejero con incredulidad.
—¿O veneno en el agua?
—aventuró otro.
—Podría ser cosa de magia oscura… —susurró un tercero, con el rostro pálido.
El rey dobló el pergamino con calma y alzó la mano para callar las voces.
—No podemos ignorar esto.
Si se extiende más allá de Norvald, no solo esa ciudad estará perdida, sino todo el noroeste del reino.
Un silencio pesado siguió a sus palabras.
El monarca giró la mirada hacia un hombre de porte recio, con cabello entrecano y la insignia de general en su pecho.
—Kaelor, esta misión es tuya.
Quiero una compañía de doctores, sabios e investigadores escoltados por hombres y mujeres de confianza.
Partirás cuanto antes.
Kaelor dio un paso al frente y se inclinó con respeto.
—Así se hará, majestad.
El rey añadió, con voz solemne: —Tendrás autoridad plena para actuar en mi nombre.
No falles.
Horas más tarde, en un corredor apartado del castillo, Kaelor caminaba acompañado por el eco de sus botas.
En la penumbra, aguardaba Aedan, a quien había mandado llamar.
El general lo observó con severidad antes de hablar: —Capitán, el rey me ha encomendado liderar una misión hacia Norvald.
Será peligrosa y no sabemos lo que enfrentaremos.
Quiero que seas tú quien organice la escolta y la selección del personal.
Aedan enderezó la espalda, sorprendido pero firme.
—si, señor —Conoces bien a tus hombres, sabes quién es confiable y quién no.
No me interesa llevar un grupo numeroso, sino leal.
Elige soldados, reclutas prometedores, cualquier persona que pueda ser útil.
Quiero nombres en mi mesa al amanecer.
Aedan asintió con determinación.
—Así será, general.
Kaelor le sostuvo la mirada un instante más, y en ese silencio había tanto confianza como advertencia.
Luego se giró y se marchó, dejándolo solo en el pasillo.
Aedan apretó el puño.
Sabía perfectamente a quiénes elegiría.
En los cuarteles, la noticia corrió entre murmullos y comentarios apresurados.
—Dicen que en Norvald los animales se desploman en mitad del campo… —Que los niños enferman de repente y mueren en días… —¿Será cosa de los dioses?
En el comedor, Lyanna escuchaba en silencio mientras Elianore, sentada a su lado, jugueteaba nerviosa con un trozo de pan.
—¿De verdad iremos allá?
—preguntó la muchacha, sus ojos grises reflejando temor.
Lyanna la miró con seriedad, aunque su voz fue suave: —Así es como se forja un soldado, Elianore.
No solo con armas, sino con valor para enfrentar lo que otros temen.
Ronan, desde el otro extremo.
—Sea lo que sea, no iremos solos.
Y si es una enfermedad, hallaremos a los doctores que puedan contenerla.
Aedan permaneció en silencio, con el rostro pensativo.
Su mente repetía una idea que no se atrevía a decir en voz alta: “¿Y si no es una enfermedad?
¿Y si es algo mas?” La vela parpadeó sobre la mesa, proyectando sombras en sus rostros.
Ninguno quiso decirlo, pero todos compartían la misma duda: ¿Qué estaba ocurriendo en Norvald?
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