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Ecos en un Mundo Caido - Capítulo 10

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  4. Capítulo 10 - 10 CAPÍTULO 10 Ecos en un Mundo Caído 10
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10: CAPÍTULO 10: Ecos en un Mundo Caído (10) 10: CAPÍTULO 10: Ecos en un Mundo Caído (10) Cuando la puerta se cerró, Felix caminó hasta su escritorio, abrió un cajón y sacó unos documentos.

Con manos temblorosas, se los entregó al hombre, quien los revisó minuciosamente.

—Parece que hay un buen avance —comentó con aparente satisfacción—.

Sin embargo, el jefe no es precisamente paciente, y la situación… está empeorando cada vez más.

Cerró la carpeta con un golpe seco sobre la mesa y se inclinó levemente hacia Felix.

—Sabes que de esto depende el dinero que vamos a ganar, ¿verdad?

Así que no nos falles.

Felix tragó saliva y asintió.

—No tienes de qué preocuparte.

No lo haré.

El hombre sonrió, satisfecho.

—Bien, es hora de irme.

Con la situación actual, tengo muchos asuntos que atender.

elix se giró para acompañarlo a la puerta, pero el hombre se detuvo justo antes, y con un tono burlón, añadió: —Por cierto… no se te ocurra morir todavía.

No pienso dejarte ir hasta que pagues tu deuda.

—Lo tendré en mente —respondió Felix, forzando una sonrisa.

Caminaron hasta la sala, donde los tres hombres de negro esperaban en silencio.

Felix estiró la mano hacia la perilla de la puerta, listo para despedirlos, cuando uno de los matones se inclinó hacia el hombre de traje y le susurró algo al oído.

El hombre de traje sonrió de lado y, de pronto, se giró.

—Felix… dime algo —preguntó con un tono casual—.

¿Estás seguro de que tu esposa y tu hija están muertas?

El pulso de Felix se aceleró.

—Sí.

—¿Viste sus cadáveres?

Felix frunció el ceño.

—Claro.

¿A qué viene tanta insistencia…?

Sin dejarlo terminar la frasea Felix, el hombre lo agarró del cuello de la camisa y lo jaló con fuerza, acercándolo a su rostro.

—¿Crees que soy tan crédulo?

Felix intentó mantener la compostura.

—No sé a qué te refieres.

La respuesta no le gustó.

El hombre lo empujó con fuerza, y Felix cayó de espaldas al suelo.

—¿De verdad no sabes?

¿O esperabas que no me diera cuenta?

Se agachó junto a él.

—Encontramos ropa con sangre en el cuarto de tu hija.

La ducha seguía húmeda.

¿Eso no te parece sospechoso?

Uno de los matones se acercó y lo tomó por el cabello, alzándole el rostro.

—Dijiste que no volvieron.

Entonces que hace la ropa de tu hija manchada de sangre en su cuarto.

Un nudo se formó en el estómago de Felix.

—¿Revisaron mi casa?

—Eso es lo de menos —intervino el hombre de traje, con tono gélido—.

Lo importante es que me mentiste.

Y eso no me gusta.

Sacó un cuchillo de su bolsillo y, sin titubear, lo hundió en el estómago de Félix.

El dolor fue fulminante.

Felix ahogó un grito.

—Esto es para que aprendas a no tratar de engañarme.

Los matones lo soltaron, dejándolo desplomado en el suelo.

—Busquen —ordenó el hombre, incorporándose—.

Toda la casa, la oficina… cada rincón.

Él está ocultando algo, y estoy seguro de que no es solo a su familia.

Los hombres se dispersaron sin dudar.

El hombre de traje se inclinó una vez más sobre Felix, que yacía sobre el suelo manchado de sangre.

—¿Cuánto tiempo pensabas ocultarlas, eh?

Felix, jadeando, murmuró con lo poco que le quedaba: —No dejaré que las encuentres… —Eso ya lo veremos —respondió con una sonrisa torcida.

En ese momento, uno de los matones gritó desde el segundo piso: —¡Jefe!

Tiene que ver esto.

El hombre de traje se enderezó y comenzó a subir las escaleras.

—No te vayas a ir a ninguna parte… aunque dudo que puedas —se burló.

Apenas desapareció de su vista, Félix reunió las pocas fuerzas que le quedaban.

Luchando contra el dolor, se incorporó y se dirigió a una planta junto a la entrada.

Metió la mano en la maceta y sacó un pequeño USB.

Lo guardó con dificultad en el bolsillo.

Luego abrió un cajón cercano y tomó un arma.

Mientras tanto, en la oficina, uno de los hombres encontró una caja fuerte oculta entre los libros.

—Está cerrada con huella digital.

—¿Qué hacemos, jefe?

—preguntó otro.

El hombre de traje miró el dispositivo con malicia.

—Fácil.

Lo obligaremos a abrirla.

—¿Y si se niega?

Sacó el cuchillo de nuevo, haciéndolo girar entre los dedos.

—Entonces le cortaremos el dedo.

Aún le quedarán los otros nueve para terminar su trabajo.

Pero justo cuando iban a bajar, escucharon la puerta principal abrirse.

—¡Se está escapando!

—gritó uno.

Corrieron escaleras abajo, pero ya era tarde.

La puerta estaba abierta, y Felix no estaba.

El hombre de traje apretó los dientes.

—Parece que aún le quedaban fuerzas… pero no será por mucho.

—¿Qué hacemos, jefe?

—¡Encuéntrenlo!

¡Ahora!

Felix corría por las calles oscuras, presionando su herida con una mano y disparando con la otra a los infectados que se cruzaban en su camino.

Los gritos de sus perseguidores retumbaban detrás.

—¡No llegarás lejos!

Un disparo le rozó el brazo.

Tropezó y cayó, pero volvió a levantarse con esfuerzo, tambaleándose.

Entonces, a lo lejos, distinguió un callejón estrecho entre dos edificios.

Sin pensarlo, se dirigió hacia él y desapareció en la penumbra.

—¡Allí!

—gritó uno de los matones desde la distancia—.

¡Entró en ese callejón!

El hombre de traje se detuvo en seco y frunció el ceño.

—¿Está seguro?

—Sí, jefe.

Lo vi entrar.

Una sonrisa torcida se dibujó en el rostro del hombre de traje.

—Entonces está acabado.

Ese callejón no tiene salida.

Alrededor de ellos, los infectados comenzaban a acumularse, atraídos por el caos.

El hombre de traje chasqueó la lengua con fastidio.

—¡Rápido, desháganse de esos malditos!

¡Quiero a Felix con vida!

—¡Entendido!

Los matones comenzaron a abrir fuego contra los infectados, abriéndose paso entre chillidos y carne desgarrada.

Mientras tanto, Felix avanzaba por el callejón estrecho, tambaleándose, arrastrando los pies… hasta que se detuvo en seco.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

Frente a él, el cuerpo de su esposa yacía en el suelo.Su corazón se detuvo por un segundo.

Corrió hacia ella con la esperanza de que aún estuviera viva, arrodillándose junto a ella.

La tomó entre los brazos.

Buscó su pulso.

Nada.

La herida fatal en su garganta y las marcas en su cuerpo le contaron la verdad que no quería aceptar.

—Hasta el final… protegiste a nuestra hija…—susurró con la voz rota.

Llevó la mano de su esposa a su frente y comenzó a llorar.

Un mensaje en el celular de ella capturó su atención.

Lo leyó con dificultad, era el último mensaje que su esposa le había mandado hace ya unas horas.

Luego tras un momento de silencio, sacó su propio celular y marcó un número.

—¿Felix?

—preguntó Delma al otro lado de la línea que sonaba preocupada —.¿Qué pasa?

¿Ocurre algo con la niña?

Felix tragó saliva.

—Delma… no pude acompañarla.

Ella te estará esperando.

Cuídala, por favor.

—¿Qué estás diciendo?

¿Qué ocurre?¡Espérame voy hacia allá!

¡Dime dónde estás!

—dijo ella, alarmada.

Felix sonrió con tristeza.

—No te preocupes por mi… solo concédeme un último deseo.

Cuida de mi hija… y ayúdame a corregir mis errores.

Delma guardó silencio por un instante.

—Está bien… lo haré.

Felix dejó escapar un suspiro de alivio.

—Gracias… fue un honor ser tu amigo, Delma.

—Lo mismo digo, Felix.

Delma miró una vieja foto en su auto, donde aparecían ella, Felix y Evelin cuando eran jóvenes.

—Aún en estos momentos puedes decir eso… eres un idiota —murmuró con lágrimas en los ojos.

Felix cortó la llamada y sintió cómo el dolor lo iba consumiendo.

A lo lejos, escuchó cómo los disparos de los hombres comenzaban a disminuir.

Estaban logrando abrirse paso.

Sacó el USB escondido en su chaqueta y lo destrozó contra una roca.

Luego sacó una pequeña granada de su bolsillo.

— Amor… cumpliré tu último deseo… y protegeré a nuestra hija.

Tal como tú lo hiciste.

Abrazó el cuerpo de Evelin con ternura.

—Espérame… pronto estaremos juntos.

Tiró del seguro.

La explosión iluminó la noche.

Los hombres se detuvieron en seco al sentir el impacto.

El callejón ardía.

Felix ya no estaba.

El hombre de traje frunció el ceño, frustrado, apretando los puños.

—¡Maldito seas, Felix…!

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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