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Ecos en un Mundo Caido - Capítulo 11

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  4. Capítulo 11 - 11 CAPÍTULO 10 Ecos en un Mundo Caído 11
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11: CAPÍTULO 10: Ecos en un Mundo Caído (11) 11: CAPÍTULO 10: Ecos en un Mundo Caído (11) Los hombres se detuvieron en seco al escuchar la explosión.

Un estruendo sordo resonó por toda la calle, seguido por una nube de humo que se alzó desde el fondo del callejón.

Uno de los matones miró en esa dirección con el ceño fruncido.

—Jefe… ¿no era por ahí donde se escapó ese tipo?

El hombre de traje apretó la mandíbula con fuerza, los ojos fijos en la humareda.

—Maldición… —espetó, girando con rabia—.

¡Acaben con estos malditos infectados y despejen el área!

Quiero saber qué demonios pasó.

—¡Sí, señor!

El grupo abrió fuego contra los últimos infectados que quedaban, reduciéndolos con eficacia.

Luego comenzaron a peinar la zona, moviéndose entre los escombros y restos calcinados con linternas.

El hedor a pólvora y carne quemada impregnaba el aire.

Pasaron varios minutos revisando cada rincón.

Finalmente, uno de los hombres se agachó cerca del punto de la explosión.

—¡Jefe!

¡Encontré algo!

Se levantó con un objeto ennegrecido en la mano y se lo entregó.

Era un boquillo de granada, todavía humeante.

El hombre de traje lo sostuvo entre los dedos, examinándolo con expresión grave.

—Cuando revisamos la casa, vi granadas en uno de los cajones de la oficina… —murmuró otro matón—.

Eran del propio Felix.

No hay duda.

El jefe dejó escapar una risa seca, sin humor.

—Ese maldito… así que prefirió volarse a sí mismo antes que dejarse atrapar.

—¿Está muerto, entonces?

—pregunto uno de sus hombres que se le acercó con cautela.

—Tal vez sí, tal vez no —respondió, con voz gélida—.

Pero si usó una granada, fue porque intentaba ocultar algo, y posiblemente también significa que destruyó lo que no quería que viéramos.

Y eso me preocupa más que si sigue vivo o no.

—¿Entonces qué hacemos?

Su mirada se endureció.

—Volvemos a la casa.

Esa caja fuerte… quiero lo que hay dentro.

Aunque tengamos que hacerla pedazos.

Minutos después.

En la oficina, el ambiente era tenso y cargado.

Los hombres trabajaban con prisa.

Golpes, herramientas, palancas… incluso disparos.

Nada se descartaba.

Finalmente, con un crujido sordo, el mecanismo de la caja fuerte cedió y la puerta se abrió con un chasquido metálico.

—Por fin… —murmuró uno de ellos, aliviado.

El jefe se adelantó.

Abrió la caja y comenzó a sacar carpetas, revisándolas con rapidez.

Su expresión se volvió cada vez más frustrada.

—Basura… formularios, registros, notas técnicas… nada de valor real.

Estaba a punto de cerrar la caja de golpe cuando notó algo: una hoja doblada en el fondo, oculta entre los pliegues del revestimiento metálico.

La sacó con cuidado.

Era una hoja suelta, envejecida y escrita a mano.

La desplegó.

Sus ojos recorrieron el contenido, en silencio.

Uno de los subordinados se acercó, intrigado.

—¿Qué es, jefe?

¿Algo útil?

El hombre de traje no respondió de inmediato.

Estaba demasiado concentrado leyendo.

Finalmente habló, con voz baja pero firme: —Esto… no estaba en los informes que Félix me entregó.

Ni en los documentos que nos mostró hoy.

—¿Qué dice?

—Es un esquema preliminar.

Parte del trabajo que se le encargó… aunque tiene muchos detalles es mucho más de lo que debió tener a estas alturas.

—¿Eso significa que avanzó sin avisar?

—No solo eso.

Hay referencias a un modelo experimental.

Algo que jamás mencionó.

Y ciertas observaciones técnicas que no vienen de él.

Uno de los matones frunció el ceño.

—¿Alguien más lo ayudaba?

El jefe guardó silencio por un instante, reflexionando.

—Es posible.

O simplemente… estaba ocultando información.

Se volvió hacia el resto con mirada helada.

—Lo que sea que estaba haciendo, no lo hizo solo.

Y ahora empiezo a pensar que su esposa o su hija sabían algo.

Tal vez incluso participaron.

—¿Qué haremos?

El hombre de traje dobló la hoja con cuidado y la guardó en su chaqueta.

—Seguiremos ese rastro.

Revisen toda la casa otra vez, cada rincón.

Y comiencen a rastrear lo que puedan de la familia de Félix.

Su sonrisa se ensanchó, peligrosa.

—Si están vivas… las encontraremos.

Y si saben algo, lo sabrán soltar.

De una forma u otra.

Uno de los hombres asintió.

—¿Y si el tipo sobrevivió?

—Lo dudo mucho, pero si ese fuera el caso.

Entonces también lo encontraremos.

Nadie juega con nosotros y queda impune.

Esto ya no es una simple supervisión… es una cacería.

El jefe se giró y comenzó a salir de la oficina con paso firme.

—Preparen todo.

Esto apenas comienza.

Dentro del pasaje.

Althea siguió caminando con Mian hasta que, a lo lejos, divisó una pequeña estructura solitaria.

A primera vista parecía abandonada, cubierta de sombras y maleza, pero al acercarse notó una vieja escalera de madera apoyada contra un costado.

Su corazón se aceleró.

—Mian… ¿ves eso?

—susurró—.

Ya casi llegamos.

Con pasos cuidadosos, inspeccionó los alrededores y luego comenzó a subir la escalera, peldaño a peldaño, con Mian siguiéndola de cerca.

Al llegar arriba, alzó la vista y descubrió una escotilla de madera encajada en el techo.

Extendió una mano temblorosa y empujó con lentitud, haciendo crujir levemente las bisagras oxidadas.

Esperó un momento, conteniendo el aliento, atenta a cualquier sonido.

Todo permanecía en silencio.

Con más decisión, abrió por completo la escotilla y se deslizó al interior.

Mian trepó tras ella con agilidad.

Una vez dentro, Althea cerró con sumo cuidado, asegurándose de que la trampilla encajara sin hacer ruido.

El lugar estaba oscuro, pero era cálido y silencioso.

Se apoyó contra una viga, sintiendo las piernas ceder, y se dejó caer junto a una pequeña ventana polvorienta.

Al mirar hacia el cielo, vio la luna alta, redonda y brillante.

—¿Tanto tiempo pasó…?

—pensó, con el peso de la noche oprimiéndole los hombros—.

Solo nos queda esperar… Suspiró y bajó la vista.

Mian, agotado, dormía a su lado, su pequeño cuerpo tibio contra el suyo.

Le acarició el lomo con suavidad, buscando en ese gesto algo de calma.

Mientras tanto, los hombres seguían buscando entre las sombras.

—Jefe, ya revisamos los alrededores.

No hay rastro ni de la esposa ni de la niña.

Se está haciendo tarde… ¿No sería más conveniente continuar mañana?

El hombre de traje se frotó el mentón, pensativo.

—Un poco más.

Si no hay nada en esta zona, volveremos con la luz.

—Entendido.

Unos minutos después, uno de los hombres señaló entre la maleza.

—Mire eso, jefe… parece una cabaña.

¿Cree que podrían haberse escondido allí?

El de traje observó el lugar con el ceño fruncido.

—Es posible.

Vamos a revisarla.

Pero cuidado… estamos cerca del bosque.

Esas cosas podrían estar rondando cerca y nos pueden tomar por sorpresa.

—Sí, jefe.

Dentro de la cabaña, Althea ya comenzaba a quedarse dormida cuando escuchó pasos.

Su cuerpo se tensó de inmediato.

Se arrastró con cuidado hasta la ventana y espió entre los tablones.

Cuatro figuras avanzaban con determinación.

Uno de ellos vestía un traje y en su cuello resaltaba un tatuaje con forma de lobo.

Su estómago se encogió de puro miedo.

Retrocedió rápido y se ocultó debajo de un viejo aparador en la parte trasera.

Mian gruñó suavemente, percibiendo el peligro.

Althea le tapó el hocico con delicadeza, negando con la cabeza para que entendiera que debía permanecer en silencio.

Con las manos temblorosas, sacó el teléfono que su padre le había dado.

Marcó un número que apenas podía recordar.

Del otro lado, una voz respondió con urgencia.

—¿Hola?

El alivio mezclado con el miedo le provocó un nudo en la garganta.

—¿Señorita Delma?

¿Es usted?

Un breve silencio, luego la respuesta: —Sí, Althea, soy yo.

¿Dónde estás?

—En la cabaña… ¿ya viene?

—susurró con desesperación.

—Voy en camino —dijo Delma rápidamente—.

Pero la carretera estaba cerrada y tuve que seguir a pie.

¿Pasa algo?

—Unos hombres vienen hacia aquí… me dan miedo.

Un breve silencio se apodero de la llamada.

—¿Cómo son?

—preguntó Delma, su voz tensa.

—Son cuatro… uno lleva traje.

La siguiente pregunta llegó con un tono afilado.

—¿El de traje tiene un tatuaje en el cuello?

Althea intentó recordar.

—Si… era como… un lobo.

Delma maldijo en voz baja.

—Althea, escúchame con atención.

Hay una puerta trasera.

Usa esa salida y sal de ahí ahora mismo.

No vayas al bosque.

Corre por el campo, sigue recto por la avenida.

A dos cuadras, verás una tienda de ropa de hombres.

Tiene una puerta pesada.

Si la empujas fuerte, se abrirá.

Estaré allí esperándote.

Las lágrimas empezaron a acumularse en los ojos de Althea.

—No puedo… tengo miedo… —Lo sé… pero tienes que ser fuerte.

Hazlo por tus padres, ¿sí?

Althea apretó los labios, conteniendo el llanto, y asintió, aunque Delma no podía verla.

—Está bien… —Te llamaré en cinco minutos.

Corre.

No mires atrás.

Y no te preocupes… iré por ti, aunque sea lo último que haga.

—Gracias… Colgó justo cuando la puerta principal se abría.

—Busquen con cuidado —ordenó el de traje—.

Empiecen abajo.

Las botas resonaban sobre el suelo de madera.

Uno de ellos se acercó peligrosamente al mueble donde se ocultaban.

—No parece haber nadie aquí… —murmuró.

Althea se cubrió la boca con ambas manos y sostuvo con fuerza a Mian, que temblaba junto a ella.

Su corazón latía como un tambor desbocado.

—¿Algo?

—preguntó el de traje desde otra habitación.

—Nada, jefe.

—Subamos.

Si está vacío, nos vamos.

Mientras subían, uno de los hombres preguntó: —¿Y si encontramos a la familia de ese tipo?

El jefe sonrió con frialdad.

—Les haré entregarme lo que me pertenece.

No tendrán opción.

Félix está muerto… ya nadie las protege.

Althea sintió que el mundo se desmoronaba.

Su corazón se encogió con tanta fuerza que por un momento creyó que se detendría.

La promesa de reencontrarse con su padre se hizo añicos con esas palabras.

Su cuerpo entero tembló.

El frío de la desesperanza se apoderó de ella.

—¿Entonces… qué sentido tiene seguir viva?

—pensó, ahogada en angustia.

Pero entonces, una pata cálida tocó su pierna.

Era Mian.

El cachorro la miraba con ojos profundos, como si le dijera: no estás sola.

Althea tragó saliva.

Limpió sus lágrimas con la manga.

—Todavía te tengo a ti, Mian… Acarició su cabeza con suavidad.

Respiró hondo.

No podía rendirse.

No ahora.

Se arrastró hasta la puerta trasera, rezando que Delma tuviera razón.

Pero al girar el picaporte, descubrió que estaba trabado.

—No… no… Intentó una y otra vez, pero no cedía.

La desesperación crecía.

Hasta que vio un martillo apoyado junto a la estufa.

Lo agarró con fuerza y golpeó la cerradura con todas sus fuerzas.

¡CRACK!

La madera cedió.

Mian saltó junto a ella y ambos escaparon.

—¡Algo sonó abajo!

—gritó uno de los hombres.

El grupo bajó corriendo las escaleras.

Mientras tanto, Althea rodeó la cabaña, buscando el camino hacia la avenida, cuando de pronto, una figura emergió de entre las sombras.

Un infectado, su cuerpo retorcido y ojos brillantes.

Se quedó paralizada.

No tenía armas.

No podía luchar.

Los pasos de los hombres se oían cada vez más cerca.

Uno de los hombres la vio a lo lejos y frunció el ceño.

—Jefe… esa no es la niña que buscamos.

El de traje la observó con detenimiento y esbozó una sonrisa torcida.

—Así es… y parece que está sola.

Hizo un gesto con la mano.

—Atrápenla.

Puede que también sepa algo.

—¡Sí, jefe!

—gritó uno de los hombres antes de lanzarse a la persecución.

El de traje se quedó unos segundos más, observando la oscuridad del bosque tragarse la figura de la niña.

—Corre todo lo que quieras, niña… no llegarás lejos

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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