Ecos en un Mundo Caido - Capítulo 12
- Inicio
- Todas las novelas
- Ecos en un Mundo Caido
- Capítulo 12 - 12 CÁPITULO 12 Ecos en un Mundo Caído 12
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
12: CÁPITULO 12: Ecos en un Mundo Caído (12) 12: CÁPITULO 12: Ecos en un Mundo Caído (12) Al ver que la niña se alejaba, el hombre de traje dio la orden con voz fría y calculadora: —Sepárense…
rodéenla y atrápenla.
Pero eviten hacer mucho ruido, no quiero alertar a más de esas cosas.
Althea seguía corriendo sin rumbo, solo quería salir de ese bosque oscuro y aterrador.
Su respiración era agitada, sus piernas le temblaban por el cansancio y el miedo.
Pero no podía detenerse…
no ahora.
Luego de varios minutos, el silencio se volvió extraño…
demasiado profundo.
Sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo.
Giró su cabeza instintivamente…
y su corazón se detuvo un segundo.
—¿Mian?
—susurró con miedo.
Mian…
no estaba.
—¿Dónde…
dónde estás?
—murmuró angustiada, con los ojos llenos de desesperación.
Entonces, una sombra apareció frente a ella… y a sus costados, otras más.
Estaba rodeada.
Y ahí estaba él… el hombre de traje, sosteniendo a Mian en el aire, sujetándolo cruelmente del cuello.
El pequeño gemía de dolor, luchando por liberarse.
—Te lo advertí…
no ibas a llegar muy lejos —said the man with a dark smile.
—¡Suelta a Mian!
—gritó Althea, con rabia y lágrimas en los ojos.
—¿Hablas de este cachorrito?
—respondió burlón, apretando más su agarre, haciendo que Mian soltara un quejido de dolor.
—¡No lo lastimes!
—suplicó Althea, con la voz quebrada.
El hombre soltó una pequeña risa.
—Entonces hagamos un trato, niña…
tú me das la mochila…
y yo te devuelvo al perrito.
Althea lo miró confundida y asustada.
—¿Mi mochila?
¿Para qué la quiere?
—preguntó nerviosa.
—Tu querido padre me debía algo, pero no quiso dármelo…
y estoy seguro que te lo entregó a ti.
—No sé de qué habla…lo único que tengo son ropas…
y unas galletas.
—¿De verdad?
—dijo él, entornando los ojos— No me importa.
Entrega la mochila…
o este animal pagará las consecuencias.
El hombre miró el collar que Mian tenía en su cuello.
Lo tomó entre sus dedos, observando la pequeña gema que colgaba de él.
—Vaya…
¿Un collar con una gema?
—rió de forma burlona— Parece que lo quieres bastante como para darle algo así a un simple perro.
—¡Eso es un regalo de mi padre!
¡No lo toque!
—gritó Althea con rabia.
—Ya basta de charla.
Dame la mochila —ordenó con impaciencia.
Althea no tenía opción…
temblando, comenzó a quitarse la mochila de los hombros.
Pero entonces…
¡PAM!
Un disparo resonó en el bosque.
Todos se quedaron en silencio por un segundo.
El hombre de traje frunció el ceño.
—¿Qué demonios fue eso?
—gruñó molesto— Maldición…
tenemos que irnos de aquí.
¡La mochila, ahora!
Pero Mian, en un último acto de valentía, aprovechó el descuido y mordió con fuerza la mano de su captor.
—¡Agh, maldito perro!
—gritó furioso.
Sin pensarlo, lo lanzó brutalmente contra un árbol cercano.
El golpe fue tan fuerte que Mian quedó inmóvil, inconsciente.
—¡Mian!
—gritó Althea con desesperación, corriendo hacia él.
Pero en ese instante, los gruñidos de varios infectados comenzaron a escucharse alrededor.
Las criaturas habían sido atraídas por el disparo.
—¡Mierda!
—maldijo el hombre de traje— ¡Desháganse de estas cosas!
Mientras los hombres luchaban contra los infectados, Althea corrió hacia Mian y se arrodilló junto a él, cayendo sus lágrimas sin control por su rostro.
—Mian… por favor… no te duermas… —susurró con la voz quebrada—.
No me dejes sola…
Lo sostuvo entre sus brazos con todo el amor y la fuerza que aún le quedaban.
Su corazón latía con desesperación.
“Tengo que salvarlo… Si logro salir del bosque, tal vez alguien pueda ayudarnos… No dejaré que te mueras, Mian… te lo prometo”, pensó con el alma en vilo.
Apretó los dientes y miró a su alrededor.
Los hombres estaban ocupados, distraídos enfrentando a las criaturas.
—Vas a estar bien, Mian…yo me encargaré de que sea así, aunque sea lo último que haga —murmuró con firmeza, como una promesa sellada.
Entonces, sin dudar más, se puso de pie con dificultad.
Lo alzó entre sus brazos, y con cada paso tembloroso, comenzó a correr.
Tan rápido como podía.
Sin mirar atrás.
Huyendo del infierno que dejaba a sus espaldas.
Aferrándose a la esperanza de salvarlo.
—¡Se están escapando!
—gritó uno de los hombres.
—¡Acaben con estas cosas rápido!
¡No podemos perderla!
—ordenó el de traje, furioso.
Althea seguía corriendo, sin rumbo, sin saber a dónde se dirigía.
Lo único que importaba era Mian…
y salvarlo.
Pero de pronto…
pasos se escuchaban delante de ella.
Cada vez más cerca No podía seguir avanzando.
Los pasos se escuchaban cada vez más acompañados con gruñidos, sin pensarlo, Althea tomó una rama gruesa que encontró en el suelo.
Iba a pelear…
debía defenderse como fuera necesario.
Pero justo cuando iba a enfrentar lo que venía hacia ella…
sintió una mano que la sujetó con fuerza desde un costado y la jaló bruscamente fuera del camino, escondiéndola entre los árboles.
El corazón de Althea latía con fuerza, golpeando contra su pecho como si buscara escapar.
Estaba asustada, paralizada… alguien la había jalado de pronto y ahora una mano firme cubría su boca, impidiéndole emitir sonido alguno.
Sus ojos se abrieron con terror.
¿Quién era?
¿Otro enemigo?
Alzó lentamente la vista… y lo vio.
Era un joven, quizás de unos 18 años o menos, de piel clara y rostro serio.
Su cabello rubio, ligeramente alborotado por el viento, le caía de forma descuidada sobre la frente.
Tenía los ojos verdes, intensos, con una expresión alerta y enfocada.
Su cuerpo era ágil, firme, como alguien que sabía moverse en peligro.
Sin embargo, lo más llamativo en ese momento era que no la miraba a ella… sino que observaba con atención lo que había más allá del árbol.
Althea siguió su mirada con cautela… y entonces lo vio también.
Un infectado.
Estaba justo al otro lado… demasiado cerca.
El joven bajo su mirada hacia ella y le hizo una seña con un dedo, pidiéndole silencio absoluto.
Althea asintió temblando.
Los segundos se hicieron eternos.
El infectado olfateó el aire, buscando algún sonido o movimiento…
pero al no percibir nada, terminó alejándose, internándose en la oscuridad del bosque.
Cuando el peligro pasó, el joven soltó un suspiro silencioso y por fin bajó la mano de la boca de Althea.
Se giró hacia ella…
y se quedó sorprendido al verla tan pequeña, tan asustada…
y cargando con todas sus fuerzas a un pequeño perrito lastimado.
—Lo siento mucho por sujetarte así…
—dijo él con voz suave— Pero no podíamos hacer ningún ruido…
¿Estás bien?
Althea, aún agitada, pero aliviada, asintió con la cabeza.
—Sí…
gracias por salvarme —respondió con un hilo de voz.
El joven sonrió levemente, aliviado.
—De nada, me alegra saber que estás bien —dijo sincero— ¿Estás sola?
¿Dónde están tus padres?
Esas palabras cayeron pesadas sobre el corazón de Althea.
Bajó la mirada, apretando aún más fuerte a Mian contra su pecho.
—Mis padres…
ellos ya no están —murmuró con tristeza— Solo me queda Mian…
pero…
lo lastimaron…
—sus ojos se llenaron de lágrimas al ver a Mian— No quiero que se muera…
por favor…
puede ayudarme…
Su voz quebrada rompió por completo la seriedad del joven.
Sintió un nudo en la garganta al ver a la niña suplicando de esa forma.
Sin dudarlo, se agachó frente a ella y le sostuvo suavemente las manos.
—Tranquila…
te ayudaré, te lo prometo.
No llores…
—le dijo con una calidez que Althea no había sentido en mucho tiempo.
Ella lo miró con ojos llorosos…
por primera vez en esa noche tan oscura…
sintió un poco de esperanza.
—Pero primero —continuó él— tenemos que salir de aquí.
Este lugar no es seguro.
—Sí…
—asintió Althea secándose las lágrimas.
El joven miró alrededor, atento.
—Escuché voces cerca de aquí.
Creo que hay más sobrevivientes…
iré por ellos y nos iremos juntos —dijo preparándose para moverse.
Pero entonces…
—¡No!
—exclamó Althea, sujetándolo de la manga con fuerza, casi en un impulso desesperado.
El joven se detuvo, sorprendido.
—¿Eh?
¿Por qué?
¿Qué pasa?
—preguntó confundido.
Althea lo miró directo a los ojos, con el mismo miedo con el que había visto a los hombres de traje.
—Esas personas…
me están siguiendo —confesó— Ellos lastimaron a Mian…
son malos…
por favor…
no los traiga…
El joven abrió un poco más los ojos, entendiendo la gravedad de lo que estaba escuchando.
Althea sostenía su manga con fuerza, temblando, suplicando.
Él le puso una mano en el hombro, tranquilizándola.
—Está bien…
no te preocupes —dijo con firmeza— No los buscaré.
Solo confía en mí, ¿sí?
Althea asintió lentamente.
El joven se levantó y le tendió la mano.
—Ven…
quédate detrás de mí y no te separes.
Salgamos de este bosque…
juntos.
Althea, con el corazón latiendo fuerte, tomó su mano…
aferrándose a esa promesa de protección.
Y así, los dos comenzaron a avanzar, alejándose poco a poco de la oscuridad.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com