Ecos en un Mundo Caido - Capítulo 13
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- Capítulo 13 - 13 CÁPITULO 13 Ecos en un Mundo Caído 13
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13: CÁPITULO 13: Ecos en un Mundo Caído (13) 13: CÁPITULO 13: Ecos en un Mundo Caído (13) Luego de salir finalmente del bosque, Althea y el joven caminaron por algunas calles más, manteniéndose siempre alertas.
El silencio de la ciudad era inquietante…
demasiado vacío, demasiado peligroso.
Pero pronto, lo inevitable ocurrió.
Al doblar una esquina, se detuvieron en seco.
Una horda de infectados avanzaba lentamente por la avenida, cubriendo todo el camino.
Eran demasiados.
No había forma de cruzar sin ser vistos.
El joven apretó los dientes, evaluando la situación con rapidez.
No podía arriesgar a Althea ni a él mismo.
—Sígueme —le dijo en voz baja.
La condujo con cuidado hacia un pequeño local abandonado, cuyas puertas rotas apenas se mantenían en pie.
Era lo único cercano que les podía dar un poco de refugio.
Una vez dentro, se agacharon tras unos estantes caídos.
—Esperaremos aquí unos minutos…
—le explicó el joven con calma— Hasta que esos infectados se alejen un poco y podamos cruzar.
Althea asintió entendiendo.
Sabía que no había otra opción.
—¿Hay un lugar seguro?
—preguntó ella con esperanza.
—Sí —respondió él— No está muy lejos, a unas calles de aquí.
Es un refugio…
pero para llegar allá tenemos que cruzar esa avenida…
y por ahora está imposible.
Ella suspiró con cansancio y se sentó en el suelo, abrazando fuerte a Mian, que seguía débil en sus brazos.
El joven la miró un momento…
y luego, como recordando algo, sacó de uno de sus bolsillos un pequeño caramelo envuelto.
—Toma —le dijo ofreciéndoselo— No es mucho…
pero ayuda un poco.
Althea lo recibió sorprendida…
hacía tanto que no veía un simple caramelo.
Una tímida sonrisa apareció en su rostro.
Aquello, aunque pequeño, le devolvía un poco de calidez en medio de tanto caos.
Mientras desenvolvía el empaque del caramelo, la curiosidad le ganó.
—¿Y tú…
qué hacías por ahí?
—preguntó mirándolo.
El joven se acomodó mejor, apoyando la espalda contra la pared rota.
—Salí a buscar comida —respondió— Pero la avenida principal estaba bloqueada…
así que decidí rodear por el bosque.
Me subí a un árbol para asegurarme de que no hubiera infectados cerca…
Hizo una breve pausa, recordando lo que vio.
—Desde ahí a lo lejos vi a un señor con una escopeta…
—continuó— Se notaba desorientado…
asustado…
caminaba sin rumbo fijo.
Iba a bajarme para acercarme a él, tal vez ayudarlo o ver qué le pasaba…
pero entonces escuché voces que venían desde otra dirección.
Althea lo escuchaba atenta, con los ojos bien abiertos.
—Parece que el señor también las escuchó…
—prosiguió el joven— Y en su desesperación…
disparó al aire, asustado.
Ese disparo fue como un llamado para todos los infectados cercanos…
comenzaron a llegar por montones.
El joven suspiró.
—Fue entonces cuando te vi…
—dijo mirándola— Estabas sola…
y una de esas cosas te acechaba por delante.
No lo dudé.
Bajé del árbol lo más rápido que pude y te jalé para salvarte.
Althea lo miró en silencio…
un pensamiento la inquietaba.
—Ese señor…
—preguntó en voz baja— ¿Todavía era un humano?
El joven asintió levemente.
—Sí…
al menos eso parecía —respondió.
Una punzada de culpa atravesó a Althea.
—¿Crees que estará bien…?
—preguntó casi en un susurro, abrazando aún más fuerte a Max.
El joven notó la preocupación en su mirada…
y sonrió con suavidad.
Sabía que ella se sentía culpable por no haber querido que buscaran a nadie más.
Se agachó frente a ella y, con gesto fraternal, le revolvió suavemente el cabello.
—Tranquila…
tenía un arma —le dijo con sinceridad— Eso al menos le da una oportunidad de defenderse.
Esas palabras le dieron un poco de paz a Althea…
aunque el temor aún estaba ahí.
El joven se incorporó y se asomó con cuidado por un hueco en la pared.
Observó con atención…
y tras unos minutos, se giró hacia ella.
—Los infectados ya se fueron —anunció— Es nuestra oportunidad…
tenemos que seguir avanzando.
Althea asintió con determinación.
—Sí…
Se levantó, sosteniendo a Mian con cuidado, y siguió al joven.
Ambos salieron del refugio improvisado y, con extremo sigilo, continuaron su camino por las calles desiertas…
Mientras Althea y el joven avanzaban con cuidado hacia el refugio, lejos de ahí, en lo profundo del bosque…
el caos seguía desatado.
Los disparos no habían cesado del todo.
El eco de las balas aún retumbaba entre los árboles, atrayendo cada vez a más infectados.
—¡Maldita sea!
—gruñó el hombre del traje mientras disparaba a quemarropa a uno de los monstruos— ¿¡Quién demonios sigue disparando como idiota!?
¡A este paso vamos a morir aquí!
Solo le quedaban dos subordinados a su lado.
El otro…
ya era una de esas cosas o alimento para los infectados.
Sin pensarlo demasiado, usó a uno de sus hombres heridos como carnada, empujándolo contra los monstruos para ganar tiempo.
—¡Corre!
—ordenó al único subordinado que aún estaba con vida, sin el menor rastro de culpa por el otro.
Los dos aprovecharon el caos y salieron corriendo a toda velocidad entre los árboles, intentando alejarse de la zona infestada.
En medio de esa huida, se encontraron de frente con el hombre de la escopeta.
Era el mismo que el joven había visto desde el árbol minutos antes.
Al verlos, el hombre se sintió aliviado.
Pensó que eran sobrevivientes como él…
tal vez hasta podrían ayudarlo.
—¡Oh, gracias al cielo!
—exclamó con una sonrisa nerviosa— ¡Creí que estaba solo!
¡Qué alegría ver personas!
Se acercó lentamente, casi con un gesto fraternal…
ingenuo.
Pero el hombre del traje lo miró con frialdad.
—Dime algo…
—preguntó sin rodeos— ¿Eras tú el imbécil que disparaba sin parar en este maldito bosque?
El hombre de la escopeta titubeó.
—Y-Yo…
sí…
lo siento…
estaba asustado, escuchaba ruidos por todos lados…
no sabía qué hacer…
—dijo bajando la mirada con vergüenza.
Cuando alzó nuevamente la vista…
fue demasiado tarde.
El hombre del traje lo tomó violentamente del cuello.
—¿”Lo siento”?
—repitió con odio— ¡Por tu culpa casi muero, desgraciado!
El pobre hombre apenas podía respirar.
—P-Por favor…
lo compensaré…
tengo un poco de comida en mi mochila…
podemos compartirla si quieren…
—suplicó con lo poco de fuerza que le quedaba.
Pero el del traje soltó una risa sarcástica.
—¿Crees que eso me importa?
Sin más, lo lanzó al suelo y comenzó a golpearlo brutalmente.
Puñetazos, patadas, insultos…
no hubo compasión alguna.
Cuando el hombre ya no se movía, el del traje se inclinó, tomó la escopeta…
y con una fría determinación, se la clavó violentamente en la cabeza, terminando con su vida de un instante.
—Esta es la mejor forma de compensar tus errores —murmuró con desprecio.
Su subordinado miraba en silencio, acostumbrado ya a su crueldad.
—Vámonos —ordenó él limpiándose las manos— Antes de que esas cosas nos alcancen.
Salieron del bosque tan rápido como pudieron.
Un par de calles más adelante, la suerte les sonrió: encontraron un auto en buen estado.
Solo necesitaba un pequeño arreglo.
El subordinado movió algunos cables bajo el tablero, y al poco rato el motor rugió encendiendo.
—Bien hecho —dijo el hombre del traje mientras subía— Regresaremos a la base por ahora.
Fue entonces cuando su subordinado, rebuscando en su bolsillo, sacó un pequeño papel arrugado.
—Jefe…
encontré esto en el suelo, justo cuando salíamos de la oficina de ese tipo…
—dijo extendiéndoselo— No sé si le sirva.
El hombre del traje lo tomó y lo inspeccionó.
Su rostro, por primera vez en mucho rato…
se transformó en una enorme sonrisa de satisfacción.
Y luego…
una carcajada.
Una carcajada oscura.
—Jajaja…
No puede ser…
—soltó divertido.
—¿Qué pasa, jefe?
—preguntó su subordinado.
—Nos sacamos el premio gordo —respondió él, aún riendo.
Su subordinado lo miro confundido.
—¿El premio gordo?
¿A qué se refiere?
El del traje los miró con una expresión que solo podía describirse como avaricia pura.
—Ese idiota de Félix lo logró…
por fin tenemos la llave para tener la mejor vida…
la maldita joya existe…
y está más cerca de lo que pensábamos.
Su subordinado abrió los ojos sorprendidos.
—¿En serio?
¿Dónde está?
El hombre del traje guardó el papel en su chaqueta y respondió con tono sombrío.
—La tiene esa pequeña niña…
o mejor dicho…
su “cachorro”.
Hubo un breve silencio.
El subordinado preguntó, confundido.
—¿El cachorro?
¿Pero ese perro solo llevaba un collar viejo…
El del traje sonrió de lado…
con malicia.
—Exacto…
ese collar…
Su mirada se tornó aún más oscura.
—La gema del collar…
eso es lo que hemos estado buscando todo este maldito tiempo.
—Entonces…
iremos tas ellos otra vez El del traje asintió.
—Sí.
Mañana temprano saldremos a buscarlos y los encontraremos.
Y te lo aseguro…
—su mirada de volvió fría y asesina— Me entregarán esa gema…
incluso si eso significa romperle el maldito cuello a ese perro.
El subordinado, se quedó en silencio y acelero.
Perdiéndose el auto en la carretera, rumbo a la base.
Mientras, en otro punto de la ciudad, Althea y Mian, sin saberlo…
acababan de convertirse en el blanco de la peor clase de personas.
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