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Ecos en un Mundo Caido - Capítulo 17

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  4. Capítulo 17 - 17 CÁPITULO 17 Ecos en un Mundo Caído 17
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17: CÁPITULO 17: Ecos en un Mundo Caído (17) 17: CÁPITULO 17: Ecos en un Mundo Caído (17) La noche caía como un velo espeso sobre la ciudad, donde la oscuridad se mezclaba con el silencio.

Solo los pasos errantes de aquellas criaturas deformes rompían la quietud, deambulando sin rumbo entre las sombras.

Dentro de un callejón, una figura se ocultaba tras unos contenedores.

Arika.

Pero no era como antes.

Esta versión de Arika parecía otra.

Su ropa era más táctica, llevaba protecciones en los brazos, una mochila vieja en la espalda y una radio amarrada al muslo.

En su mano, un arma, bien sujeta, como si fuera parte de ella.

—Vamos… solo unos pasos más… —susurró mirando al otro lado de la calle.

Una farmacia.

La puerta estaba rota.

Seguramente abandonada con prisa.

Esperó a que los infectados se alejaran.

Contó los pasos.

Uno, dos…

tres.

—Ahora.

Corrió.

Cruzó la calle y se deslizó al interior de la farmacia.

Todo estaba desordenado, saqueado.

Frascos por el suelo, papeles, cajas abiertas.

—Analgésicos, antibióticos… algo para la fiebre… —revisaba los estantes rápidamente y lo que le parecía útil lo llenaba en su mochila.

De pronto, un clic metálico sonó detrás de ella.

—¡Alto ahí!

—una voz áspera—.

¡Deja todo y lárgate!

Un hombre de unos cuarenta años la apuntaba con un arma.

Temblaba, nervioso.

—Escucha, no quiero problemas —dijo Arika, dejando su arma en el suelo con calma—.

Solo tomare algunas medicinas y luego me iré.

—¡Callate!

¡Y suelta la mochila también!

¡Ahora!

—Está bien… —Arika se quitó la mochila lentamente.

Dio un paso hacia él, extendiéndola.

Justo antes de entregársela, sujetó con fuerza su muñeca.

—¡¿Qué haces, maldita sea?!

—gritó el hombre mientras forcejeaban.

El arma se disparó por accidente.

El vidrio del mostrador estalló en mil pedazos.

El hombre retrocedió aturdido.

—¡Tú lo pediste!

—Arika aprovechó para arrebatarle el arma.

Pero el hombre no se rindió.

Sacó un cuchillo y corrió hacia ella.

—¡No tengo tiempo para esto!

—esquivó un tajo y le bloqueó el brazo con rapidez.

—¡Devuélvemelo todo, ladrona!

—¡No!

¡Tengo a alguien que necesita esto más que tú!

Arika lo desarmó y lo empujó al suelo.

Pero entonces… —Grrrr… Un infectado apareció en la puerta, arrastrando los pies.

—¡Mierda!

—Arika retrocedió.

El hombre se levantó y se lanzó sobre ella, derribándola.

—¿¡Qué haces!?

¡¿Quieres que nos maten a los dos!?

—¡Si te mato antes, no me importa morir!

—gruñó, apretando sus manos contra el cuello de ella.

—Nggh… ¡Suéltame…!

A tientas, Arika agarró una botella de vidrio del suelo y la estrelló contra su cabeza.

El hombre cayó hacia un lado.

Entonces el infectado lo alcanzó.

—¡Aghhh!

¡Nooo!

Los gruñidos y gritos del hombre llenaron el lugar.

Arika se incorporó como pudo, aun jadeando.

El hombre yacía en el suelo, cubierto de sangre.

Ya era demasiado tarde para salvarlo.

Ya estaba perdido.

Con frialdad, disparó al infectado que aún intentaba arrastrarse hacia ella.

Luego apuntó al hombre que, minutos antes, había intentado matarla.

Ahora se retorcía, transformado en uno de ellos, intentando incorporarse.

Y sin dudarlo, le disparó en la cabeza.

Sin mirar atrás, salió corriendo del lugar.

No había tiempo que perder.

Esas cosas ya estaban entrando.

Corrió.

Esquivó.

Disparó de vez en cuando para abrirse paso.

Hasta que logró perderlos y dar con una gasolinera abandonada.

Entró a la cabina de control, subió al segundo piso y cerró la puerta tras de sí.

—Arika… volviste —murmuró una voz débil.

En el suelo, cubierta con mantas sucias, estaba Reize.

—Encontré lo que necesitas —dijo Arika, arrodillándose junto a ella.

Quitó la manta.

La pierna de Reize estaba vendada, pero empapada en sangre.

—Esto se ve mal… —murmuró Arika, frunciendo el ceño.

—¿Está… muy feo?

—preguntó Reize, intentando bromear.

—No hagas bromas… no ahora —le respondió con una sonrisa triste.

Arika apretó los labios con preocupación.

Con cuidado, retiró la venda.

La herida estaba infectada y profunda.

—Tendré que desinfectarla.

—Hazlo.

Puedo aguantar.

—Va a doler mucho.

—Lo sé… solo pásame un pañuelo o algo que pueda morder.

Arika le entregó un pañuelo doblado.

—Toma.

Reize lo mordió con fuerza, preparándose.

—Cuando estés lista, asiente con la cabeza —indicó Arika.

Pasaron unos segundos tensos.

Finalmente, Reize asintió.

Arika entendió la señal y vertió el desinfectante sobre la herida.

Reize apretó los dientes contra el pañuelo, conteniendo un grito.

Su cuerpo entero temblaba.

—Aguanta un poco más… —susurró Arika.

Aplicó el antibiótico, luego vendó la herida con cuidado.

—Ya está… terminamos —dijo mientras retiraba el pañuelo de la boca de Reize.

—Gracias… —Reize respiró hondo, empapada en sudor por el dolor.

Arika la arropó de nuevo, le dio algo de comida y medicina, y se acostó junto a ella.

Ambas cayeron en un sueño frágil y agotado.

Horas después, una luz por la ventana molestó los ojos de Arika.

—Mmh… Se giró y vio que Reize sudaba demasiado.

—Reize… ¿Estás bien?

—expreso preocupada.

Arika tocó su frente.

Ardía.

—Reize… —susurró con temor.

—Arika… el dolor me está consumiendo, no creo poder aguantar más… —susurró Reize, con una débil sonrisa.

—No digas eso… te di medicina, te curé… deberías estar mejor… es mi culpa… debí volver antes… Reize tomó sus manos.

—No fue tu culpa, Arika….

hiciste todo lo posible para ayúdame.

Arika no pudo evitar que sus lágrimas comenzaran a acumularse.

—Reize… no me dejes sola… dijiste que siempre estaríamos juntas… —Perdóname, Arika… pero ya no me quedan fuerzas… —¡No!

¡Eres todo lo que tengo!

¡La única familia que me queda!

—Entonces…

vive por las dos.

¿Puedes prometerme eso?

—…

—Como mi última voluntad…

Arika apretó los labios y luego asintió con lágrimas en los ojos.

Reize sonrió una última vez.

—Cuídate mucho, Arika… y recuerda… siempre estaré a tu lado…aunque tu no puedas verme.

Y cerró sus ojos.

Para no volver a abrirlos.

—¿Reize…?

¡Reize!

—la sacudió con desesperación—.

¡No!

¡Despierta!

Te lo suplico.

No me abandones… Pero Reize ya no respondería.

Las lágrimas de Arika resbalaban por sus mejillas.

Tomó sus manos, temblando.

Estaban frías.

Inmóviles.

Muertas.

Arika ya no podía decir nada… no podía hacer nada.

Las palabras se habían quedado atoradas en su garganta, junto con el llanto, junto con la rabia, junto con el dolor.

La había perdido.

La única persona que le quedaba.

La única que le importaba.

La única razón por la que seguía viva.

Y ahora… Ahora no quedaba nada.

Abrazo fuertemente el cuerpo frío de Reize, como si pudiera devolverle el calor, como si pudiera obligarla a quedarse, aunque fuera un poco más.

Pero ese frío.

Ese maldito frío le recordaba que ya no estaba.

Que se había ido.

Que no importaba cuánto llorara, cuánto gritara, cuánto suplicara.

Ella ya no iba a volver.

Su mundo volvía a romperse, se sentía más vacío que nunca.

—Reize… —su voz se quebró, apenas audible—.

No te vayas, no quiero volver a estar sola… Se quedó así un rato.

No supo cuánto.

Minutos.

Horas.

¿Días?

El tiempo había dejado de existir en ese rincón.

Hasta que finalmente… se obligó a soltarla.

Y dolió.

Dios, cómo dolió.

Se puso de pie.

Sus piernas temblaban.

Sus heridas ardían.

Su alma pesaba más que nunca.

Pero debía irse.

Debía seguir.

Porque si se quedaba allí… se moriría también.

Y Reize no quería eso.

Por eso, antes de marcharse, miró una última vez aquel cuerpo que tanto amaba.

Su voz salió ronca, rota… vacía.

—Gracias… por todo.

—dijo Arika tapando el cuerpo de Reize con una manta.

Y dándose la vuelta, con el corazón hecho pedazos, comenzó a caminar.

Sola.

Más sola que nunca.

Pero viva.

Porque ahora… le debía eso a Reize.

Vivir.

Por las dos.

Y mientras se alejaba, dejando atrás ese lugar… solo murmuró con la voz quebrada, casi en un susurro perdido en el viento: —Adiós… Reize, nunca te olvidare.

Pero en medio de esa oscuridad… una voz suave, familiar, comenzó a romperlo.

—Arika…

despierta.

—Arika…

La voz era suave, insistente, como un eco que la sacaba del abismo.

Entonces, Arika abrió los ojos de golpe.

Su pecho subía y bajaba con fuerza.

Estaba empapada en sudor frío, y las lágrimas que no notó que había llorado seguían bajando por su rostro sin control.

—¿Estás bien?

—dijo la voz familiar.

Arika volteó la cabeza, con los ojos aún desenfocados, alzó la vista confundida.

—¿Koen…?

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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