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Ecos en un Mundo Caido - Capítulo 18

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  4. Capítulo 18 - 18 CAPÍTULO 18 Ecos en un Mundo Caído 18
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18: CAPÍTULO 18: Ecos en un Mundo Caído (18) 18: CAPÍTULO 18: Ecos en un Mundo Caído (18) Arika alzó la vista, todavía temblorosa.

Frente a ella estaba Koen.

—Koen…

—murmuró.

Él la miraba con preocupación, arrodillado junto a su colchón improvisado.

—¿Qué pasa?

¿Tuviste una pesadilla?

Estabas sudando…

y murmurabas cosas —dijo en voz baja.

Arika intentó decir algo, pero las palabras se le trababan.

Tartamudeaba, luchando por calmar su respiración.

—Yo… —alcanzó a decir, llevándose una mano al pecho.

Koen suspiró, apartando la mirada unos segundos.

—Si no puedes hablar, no te esfuerces —comentó, con una mezcla de preocupación y frialdad.

Arika lo miró, molesta por su tono.

—No es eso… solo… me cuesta —respondió entrecortado.

—Tranquila, solo fue un sueño —dijo, su voz baja pero firme.

Ella apretó los labios, sintiendo que su corazón latía aún más rápido.

—No entiendes.

No tienes idea de lo que sentí.

Koen arqueó una ceja, acercándose un poco.

—¿Y qué fue lo que sentiste?

—preguntó.

Arika lo miró fijamente, con los ojos aún húmedos.

—Miedo.

—Su voz se quebró—.

Miedo de perder… a quienes me importan.

Koen guardó silencio por un instante, como si sus palabras lo hubieran golpeado de alguna forma.

Finalmente, bajó la mirada.

—El miedo no te servirá de nada ahí afuera.

Si no aprendes a controlarlo, te va a consumir o peor aún te paralizara—respondió firmemente, aunque su tono se suavizó levemente.

Ella lo miró de reojo.

—Hablas como si a ti nunca te pasara.

—Me pasa.

Más de lo que me gustaría —admitió, sin alzar la voz.

Arika recordó la conversación que habían tenido antes, sobre el amigo al que seguía esperando.

Ethan.

No quiso insistir, pero no pudo evitar decir: —¿Aún no tienes noticias de él?

Koen negó con la cabeza, con un gesto seco.

—No.

Pero sigue ahí afuera.

Lo sé.

—luego la miró directamente, y su voz se endureció un poco—.

Es por eso no me permito caer en esas pesadillas.

Arika quiso replicar, pero en ese momento, la puerta del almacén se abrió de golpe.

Reize entró con una pequeña caja entre las manos.

Al ver el estado en que estaba Arika, dejó la caja a un lado y corrió hacia ella.

—¡Arika!

¿Qué pasa?

¿Estás bien?

—preguntó, arrodillándose a su lado, con el rostro lleno de preocupación.

Le tocó la frente con suavidad—.

Estás pálida…

¿te duele algo?

—Parece que tuvo una pesadilla —explicó Koen, dándole un poco de espacio, aunque su mirada aún seguía fija en Arika.

Reize tomó las manos de Arika con delicadeza, mirándola a los ojos.

—Ya está…

ya pasó, Arika.

Estoy aquí contigo.

Arika apretó los labios, conteniendo las lágrimas.

Finalmente, soltó con un hilo de voz: —Es que… en el sueño… tú te ibas.

Te ibas para siempre.

Las palabras le temblaban en la garganta, casi rompiéndose.

Reize le acarició el rostro, con una ternura que solo tienen quienes ya han curado muchas veces ese mismo dolor.

—Tranquila.

Eso no va a pasar.

¿Recuerdas lo que te dije?

Arika la miró, aún temblando.

—Prometí quedarme siempre contigo —susurró Reize—.

Y nada, absolutamente nada, va a hacer que rompa esa promesa.

Entonces, sin poder contenerse más, Arika la abrazó con fuerza.

La sostuvo como si acabara de recuperarla después de perderla.

Reize también la rodeó con los brazos, apretándola suavemente contra su pecho.

—Todo va a estar bien —susurró al oído de Arika—.

Estoy y estaré contigo.

Siempre.

Koen las miraba en silencio, con una leve sonrisa en el rostro.

Ver a Arika y Reize abrazadas de esa forma, tan sinceras, tan unidas…

le recordaba lo importante que era tener a alguien a quien aferrarse en medio del caos.

Esa clase de vínculo era raro en esos tiempos.

Genuino.

Entonces, inevitablemente, su mente lo llevó a pensar en alguien más.

Ethan.

Su viejo amigo.

Su mano derecha.

Su secretario.

Su hermano de otra vida, una que ya parecía lejana.

Koen bajó la mirada y metió la mano en el bolsillo de su chaqueta.

Sacó su teléfono, lo desbloqueó rápidamente y abrió su bandeja de mensajes.

Buscó entre los chats… el de Ethan aún estaba allí, fijo en la parte superior.

Pero no había nada nuevo.

Nada desde aquel último mensaje: “Esta es mi ubicación, ven cuando puedas.” Koen suspiró, bajando lentamente el móvil.

Lo sostuvo entre las manos unos segundos, como si pudiera hacer que sonara solo con desearlo.

En su mente, solo pudo pensar: “Ojalá te encuentres bien, Ethan…

Espero verte pronto.” Volvió a guardar el teléfono y levantó la vista, mirando a las chicas.

Se quedó en silencio, pero su expresión era otra.

Más seria.

Como si la sombra del pasado hubiera regresado, aunque fuera por un instante.

Reize volteó a ver a Koen.

Notó su expresión, algo distante, casi triste.

Entonces, con una sonrisa ligera y tratando de levantar el ánimo del grupo, dijo: —¿Qué les parece si comenzamos el día con algo dulce?

Arika asintió sin pensarlo, aún con los ojos húmedos.

Koen, al escucharla, alzó la mirada y su expresión cambió sutilmente, dejando atrás la melancolía por un momento.

Reize se puso de pie y caminó hacia la pequeña caja que había dejado antes.

—Buscando en el almacén encontré unas galletas de chispas de chocolate —dijo, levantando la caja con una sonrisa de orgullo—.

¿Les parece si las comemos con un poco de leche?

—Si —respondieron ambos al mismo tiempo, como si por un segundo hubieran vuelto a una época más simple.

—Bien —respondió Reize, animada—.

Voy a traer la leche.

Koen, ¿puedes ayudar a Arika a arreglarse un poco y guardar las sábanas?

—Claro —dijo Koen con una leve sonrisa, poniéndose de pie.

—Entonces no tardo —dijo Reize antes de entrar al almacén con paso ligero.

La puerta se cerró tras Reize, dejando un silencio algo incómodo en la habitación.

Koen tomó una de las sábanas y comenzó a doblarla sin decir nada.

Arika, por su parte, se inclinó para recoger la otra, intentando no mirarlo directamente.

Aun así, podía sentir la presencia de él, firme, como un muro difícil de leer.

—Sabes…

—dijo ella al fin, rompiendo el silencio mientras acomodaba la tela—.

No tienes que actuar tan serio todo el tiempo.

No te queda tan bien como crees.

Koen levantó una ceja, sin apartar la mirada de lo que hacía.

—¿Otra vez con eso?

Pensé que ya habíamos tenido esta conversación.

Arika sonrió apenas.

—Sí, pero parece que olvidas rápido.

Él soltó una leve exhalación, casi un suspiro.

—No lo olvido.

Solo…

es lo que soy.

Arika lo miró de reojo.

Había algo en su voz, un matiz que no era arrogante sino… vulnerable.

—Bueno, supongo que ya me acostumbré a ti —dijo, encogiéndose de hombros—.

Aunque a veces me sacas de quicio.

Koen giró ligeramente la cabeza hacia ella, con una sonrisa ladeada.

—Tú tampoco eres precisamente fácil de tratar.

—Lo sé —respondió ella con un leve tono burlón—.

Pero al menos yo no ando gruñendo cada dos segundos.

—Touché —admitió él, sacudiendo la cabeza con una media sonrisa.

El ambiente se suavizó un poco, pero todavía quedaba esa sensación extraña, como si ambos caminaran sobre una línea muy delgada entre el roce y la complicidad.

Mientras guardaban las sábanas, Koen habló de pronto, sin mirarla: —Sobre lo de antes…

cuando estabas soñando.

Arika lo miró con atención.

—¿Qué pasa con eso?

—No tienes que decirme qué soñaste.

Pero…

no dejes que eso te afecte tanto —dijo, sin dureza esta vez, sino con un tono casi protector—.

No todo lo que temes va a hacerse realidad.

Arika bajó la mirada, apretando la tela entre sus manos.

—A veces lo siento tan real que me asusta.

Koen asintió lentamente.

—Lo sé.

Pero mientras sigas teniendo a alguien que no te va a soltar, no importa cuán real parezca el miedo.

Arika parpadeó, sorprendida por sus palabras.

Lo miró y, por un instante, creyó ver en él una sombra de su propio dolor.

Pero antes de que Arika pudiera decir algo más, los pasos de Reize se escucharon regresando.

Ambos se separaron sutilmente, como si nada hubiera pasado, y siguieron guardando las últimas sábanas.

La puerta se abrió, y la calidez en la voz de Reize llenó el lugar.

—¡Ya está!

La leche está caliente, y las galletas huelen increíble.

Koen y Arika se giraron hacia ella.

Reize llevaba una pequeña bandeja, y con cuidado la colocó sobre la mesa.

Encima había una jarra de leche, tres tazas de cerámica desparejadas y tres platos pequeños con galletas de chispas de chocolate.

—¡Tarán!

—dijo con orgullo—.

Rescatadas del almacén.

Tienen buena pinta, ¿no?

Arika se acercó y, al verlas, no pudo evitar sonreír con más sinceridad que en toda la mañana.

—Se ven perfectas.

—Y justo lo que necesitábamos para empezar bien el día —añadió Koen, con un tono más animado.

Reize sirvió la leche en las tazas mientras ellos terminaban de colocar las sábanas en su lugar.

Luego los invitó a sentarse.

—Bueno, vamos, antes de que se enfríe.

Koen tomó asiento primero, con su habitual gesto serio, aunque sus ojos se veían más relajados.

Arika se sentó frente a él, y Reize ocupó el lugar restante.

—Buen provecho —dijo Reize, repartiendo las galletas.

—Gracias —respondió Koen, tomando una y dándole un mordisco.

Sus labios se curvaron apenas en una sonrisa—.

Esta combinación hace que sean aún más deliciosas.

Arika probó una y asintió en silencio, disfrutando del sabor dulce que contrastaba con la amargura que aún le dejaba su pesadilla.

—Hacía tiempo que no probaba algo tan simple y tan bueno.

—Las pequeñas cosas son las que salvan los días difíciles —comentó Reize, sirviéndose otra galleta.

Koen levantó una ceja.

—¿Siempre tan filosófica por la mañana?

Reize rió suavemente.

—Solo digo lo que pienso.

Aunque… creo que tienes que admitir que no todo en este mundo es gris.

—No todo —concedió él, mirando de reojo a Arika, que sostenía su taza entre las manos—.

Hay excepciones.

Arika notó la mirada y apartó los ojos, escondiendo una pequeña sonrisa mientras sorbía un poco de leche.

—Bueno, entonces brindemos —dijo Reize, levantando su taza.

Arika imitó el gesto.

—¿Por qué brindamos?

—Por seguir aquí —respondió Reize, sin dudar.

Koen levantó la suya con un leve asentimiento.

—Por eso.

Los tres chocaron suavemente las tazas.

El refugio ya no parecía tan gris ni tan frío.

Era como si, en medio del caos, ese pequeño instante de calma les recordara que aún podían reír, comer juntos… y seguir adelante.

Reize los observó con una expresión tranquila y satisfecha.

—¿Ven?

Mientras tengamos momentos así, siempre habrá algo por lo que vale la pena luchar.

Koen sostuvo la mirada de Reize un segundo antes de sonreír sutilmente.

—Tienes razón.

Arika bajó la vista, apretando su taza con fuerza, pero con un brillo nuevo en los ojos.

—Si…

aún tenemos algo —susurró.

Y en ese instante, los tres compartieron un silencio distinto al anterior: uno cálido, cargado de una esperanza frágil, pero real.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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