Ecos en un Mundo Caido - Capítulo 19
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- Capítulo 19 - 19 CAPÍTULO 19 Ecos en un Mundo Caído 19
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19: CAPÍTULO 19: Ecos en un Mundo Caído (19) 19: CAPÍTULO 19: Ecos en un Mundo Caído (19) Mientras Reize se distraía organizando cajas en el rincón del almacén, Arika permanecía sentada, con la taza tibia entre las manos.
Sus dedos la envolvían como si aún pudiera extraerle calor, aunque no era solo frío lo que sentía: era algo más profundo, más difícil de ahuyentar.
La mirada baja, perdida entre los restos de vapor que se disipaban, hablaba de algo que no podía poner en palabras.
Koen, desde unos pasos de distancia, la observaba en silencio.
Había algo en su postura que lo inquietaba: sus hombros rígidos, su respiración contenida, como si incluso el silencio le doliera.
—¿Quieres un poco más?
—preguntó él en voz baja, inclinándose ligeramente con la jarra en la mano.
Arika negó con suavidad.
—No, gracias —susurró sin levantar los ojos.
Koen dudó un instante, luego dejó la jarra a un lado.
No se sentó de inmediato, pero tampoco se alejó.
—¿Puedo quedarme aquí un rato?
—preguntó, con un tono neutro, casi tímido.
Arika levantó la vista, sorprendida.
—Sí… claro.
Koen se sentó junto a ella, no demasiado cerca, pero tampoco lejos.
El silencio entre ambos no era incómodo, solo pesado.
Cargado.
—¿Sabes?
—dijo él finalmente, con voz baja, casi como si hablara consigo mismo—.
Cuando era niño, tenía muchas pesadillas.
Sobre todo, después de mudarme.
Soñaba con mi madre… soñaba que la buscaba por todas partes y que, no importaba cuánto corriera, no podría encontrarla.
Arika lo miró, sorprendida por la confesión.
Él mantenía la vista al frente, pero había una melancolía en su expresión que la hizo contener el aliento.
—Y cuando despertaba… —continuó él, llevándose una mano al pecho— sentía esto.
Un vacío raro.
Como si algo hubiera desaparecido dentro de mí, incluso sabiendo que solo era un sueño.
Arika bajó lentamente la taza, apoyándola sobre el suelo.
—Te entiendo —dijo—.
Anoche soñé que Reize se iba… que la perdía.
Que no podía alcanzarla.
Era tan real que aún siento ese hueco Koen asintió despacio, acercándose un poco más.
—Pero no se fue.
Mírala —dijo, señalando con un leve gesto de cabeza a Reize, que ahora apilaba cosas con cuidado—.
Está aquí.
Y tú también.
A veces los sueños solo nos gritan lo que más tememos perder, no lo que realmente va a pasar.
Arika tragó saliva.
El nudo en su garganta comenzaba a aflojar, pero no del todo.
—Lo se.
Pero todavía me cuesta soltarlo.
Y no me gusta sentirme así.
Frágil.
Inútil.
—No lo eres —dijo Koen con firmeza, girándose hacia ella—.
Lo que sentiste no te hace menos fuerte.
Sólo demuestra que te importa.
Que tienes algo que perder.
Y eso… eso también es una forma de valentía.
Ella parpadeó, sorprendida por su tono.
—No suenas como tú.
Koen sonrió, ladeando apenas la cabeza.
—Tal vez estoy aprendiendo a sonar diferente.
Arika bajó la mirada, pero una pequeña sonrisa asomó en sus labios.
—Gracias.
Por decirlo.
Por escucharme.
Y por no juzgarme.
—No tengo nada que juzgar —respondió él suavemente—.
Yo también me rompo a veces.
Solo que…
lo hago por dentro.
Muy dentro.
Arika lo observó en silencio por unos segundos, hasta que, casi sin pensarlo demasiado, apoyó la cabeza en su hombro.
Koen se quedó inmóvil.
No era la primera vez que alguien se acercaba a él, pero esto… se sentía distinto.
Algo en su cuerpo reaccionó de inmediato: su pulso se aceleró, y por un segundo, no supo qué hacer con las manos.
Tragó saliva.
Estaba sorprendido por lo rápido que su corazón empezó a latir, como si ese simple gesto hubiese roto una barrera que ni él sabía que había construido.
Podía sentir el peso leve de su cabeza, el calor de su cercanía.
Y, contra todo instinto, no se apartó.
Al contrario.
Giró un poco el rostro, lo justo para verla de reojo.
Arika había cerrado los ojos, tal vez solo por cansancio… pero en ese momento, parecía en paz.
Vulnerable.
Y por alguna razón, esa imagen lo tocó profundamente.
Le recordó a su infancia.
A los momentos en que, después de un mal día o una pesadilla, se acurrucaba junto a su madre, buscando refugio.
Era una memoria que no solía visitar, pero que ahora le llegaba con claridad.
Había pasado tanto tiempo desde que se permitió sentir algo parecido a eso.
Calma.
Confianza.
Calidez.
Y allí estaba, con una chica que, hace no mucho, solo era una desconocida.
Un rostro nuevo en medio de tantos.
Pero ahora… ya no podía verla así, se había vuelto un punto de quietud en su mente turbulenta.
Algo en ella rompía el ruido constante, como si su presencia le permitiera respirar mejor.
No entendía por qué.
Ni quería entenderlo.
“No te aferres a eso”, se dijo, cerrando los ojos con fuerza.
“No es el momento… y tal vez nunca lo sea”.
Pero aun así… no se apartó.
Porque en ese instante, por primera vez en mucho tiempo, no se sentía solo.
—¿Te sientes mejor?
—murmuró, sin apartar la vista del frente.
Arika abrió los ojos, sobresaltada.
Tardó un segundo en procesar dónde estaba apoyada, y al darse cuenta, se incorporó de golpe.
—¡Ah…!
Lo siento —dijo rápidamente, apartándose un poco—.
No quise… pensé que solo era un segundo.
No quería incomodarte.
Koen giró apenas hacia ella, con una expresión suave, casi divertida.
—No me incomodaste.
Ella lo miró, aún algo avergonzada, pero con alivio en los ojos.
—Solo… lo hice sin pensar.
Estaba cansada y… —Está bien —la interrumpió con voz tranquila—.
A veces no hace falta pensar tanto.
Si te hizo sentir mejor, entonces está bien.
Ella bajó un poco la mirada, tocándose el cabello con nerviosismo.
—Sí… lo hizo.
—Entonces no te disculpes.
Hubo un silencio breve, menos tenso ahora.
Más sereno.
Arika jugó con los dedos, pensativa.
—He estado recordando lo que me dijiste… “el miedo no te servirá de nada ahí afuera.
Si no aprendes a controlarlo, te va a consumir o peor aún, te paralizará.” Koen desvió la mirada, con una mezcla de incomodidad y culpa.
—Fui demasiado directo.
No debí decirlo así… sonó más duro de lo que quería.
—Tal vez, pero… fue algo que necesitaba escuchar —dijo ella, sin reproche—.
Al principio me molestó.
Pero ahora lo entiendo.
No quiero que el miedo me domine.
Koen asintió, bajando la voz.
—No dije esas palabras para hacerte daño.
A veces no sé cómo decir las cosas… pero me preocupas, Arika.
Ella se giró lentamente hacia él, sorprendida.
La expresión en su rostro se suavizó, y sus ojos, aún algo cansados, se iluminaron con un destello que a él le pareció peligrosamente cálido.
Koen parpadeó y aclaró la garganta, desviando la mirada.
—Quiero decir… me preocupa lo que te pase porque… bueno, estamos en esto juntos, ¿no?
Tenemos el mismo propósito.
Sobrevivir.
Eso es todo.
Arika alzó una ceja, divertida, como si pudiera ver a través de esa torpe excusa.
—Claro… sobrevivir —respondió con una pequeña sonrisa, sin discutirlo.
Koen la miró de reojo.
Esa sonrisa.
No sabía qué tenía exactamente, pero algo en su pecho se removió con fuerza, inesperadamente.
Como un aleteo.
Una presión cálida que le subía por el estómago.
Se quedó en silencio un instante, tratando de ignorarlo, de enterrarlo con lógica o con miedo… pero no pudo.
“Si sigue sonriendo así… esto va a volverse peligroso”, pensó, sin saber si se refería a ella… o a sí mismo.
Quiso retroceder, cerrar de nuevo las puertas que había mantenido selladas durante tanto tiempo.
Pero no lo hizo.
Se quedó.
Allí.
A su lado.
Y en el fondo, supo que ya era demasiado tarde para fingir que no sentía nada.
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