Ecos en un Mundo Caido - Capítulo 22
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- Capítulo 22 - 22 CAPÍTULO 22 Ecos en un Mundo Caído 22
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22: CAPÍTULO 22: Ecos en un Mundo Caído (22) 22: CAPÍTULO 22: Ecos en un Mundo Caído (22) Althea y Hael llegaron a la casa de Stella.
Hael tocó la puerta, y unos segundos después, Stella abrió.
—Oh, eres tú de nuevo… Althea, ¿cierto?
—dijo al verla.
—Sí, soy Althea… pero como sabe mi nombre, no se lo dije ayer —respondió ella con una leve sonrisa y curiosa.
—Elion me lo dijo…y esta vez vienes con un acompañante diferente al parecer—añadió con un tono burlón, mirando a Hael—.
Hola, Hael, ¿cómo estás?
—Bien, señorita Stella —respondió él, con una voz medida, evitando cualquier tipo de fricción.
—Aún eres un poco gruñón, por lo visto —dijo Stella divertida mientras se apartaba para dejarles pasar—.
Pasen.
—Yo esperaré afuera —dijo Hael de inmediato, dando un paso atrás.
—Como quieras, Hael —respondió Stella, sin insistir.
—No tardaré mucho —dijo Althea antes de entrar.
—Haz lo que quieras… no me importa —replicó Hael.
Stella dio un suspiro y cerró la puerta Hael camino hasta las escaleras, cruzando los brazos mientras se sentaba en las gradas, con la vista fija en el cielo.
Poco a poco, sus párpados se cerraron.
Estaba tan cansado, que no tardó en quedarse dormido ahí mismo.
Dentro de la casa, Stella llevó a Althea a la habitación donde estaba Max.
Cuando lo vio, los ojos de Althea se iluminaron.
Max descansaba sobre una camilla improvisada, con una de sus patitas vendadas.
Todavía dormía.
—¿Cómo está?
—preguntó con voz preocupada, acercándose con cuidado.
—Está bien.
Solo se lastimó una patita.
Pero como aún es un cachorro, el golpe lo dejó inconsciente.
Pronto podrá volver a correr como antes —le explicó Stella con suavidad.
—Gracias… —murmuró Althea, mirando a Stella con gratitud.
—Fue un placer ayudarles —respondió ella.
Althea se inclinó y acarició con ternura la cabecita de Max.
—Me alegra verte de nuevo, Max… Como si pudiera escucharla, Max abrió los ojos lentamente.
Aunque débil, su mirada brilló al verla.
—Oh, parece que el paciente despertó —comentó Stella con una sonrisa.
Althea lo abrazó con cuidado, sintiendo cómo su pequeño cuerpo temblaba suavemente en sus brazos.
Estaban juntos otra vez.
—¿Por qué no lo llevas afuera un rato?
—sugirió Stella—.
Ya lleva mucho tiempo en cama.
Tal vez quiera un poco de aire fresco.
—¿Puedo?
—preguntó Althea, algo nerviosa.
—Claro.
Toma esta manta y ponla a su alrededor, para que no se mueva demasiado.
Así no habrá problemas para su recuperación —dijo Stella, entregándosela.
Althea envolvió a Max con la manta y lo alzó con cuidado.
—¿Así está bien?
—Perfecto, después de su paseo no es necesario que lo regreses… su papita se recupera sola con el tiempo —asintió Stella, guiándola hasta la puerta.
—En serio, eso es genial—Althea bajo la mirada a Max—.
Escuchaste Max ya no estaremos más separados.
—Asi es… y no se separen nunca más —dijo Stella.
Stella abrió la puerta, se inclinó y acarició la cabeza de Max.
—Recupérate pronto, pequeño.
La próxima vez que te vea, quiero que sea corriendo y saltando por aquí.
Max respondió con un suave ladrido.
—Adiós, Stella.
—Nos vemos, Althea —respondió con una sonrisa antes de cerrar la puerta.
Althea salió al patio con Max en brazos, envuelto en la manta como le indicó Stella.
Mientras el cachorro descansaba, ella miró alrededor buscando a Hael.
Lo encontró dormido en las escaleras, con la espalda recargada contra la pared y los brazos cruzados.
Su expresión era tranquila, muy diferente al niño gruñón y desconfiado que conocía.
Se acercó en silencio y lo observó durante unos segundos.
Hael tenía el ceño relajado, los labios ligeramente entreabiertos.
Dormido… parecía solo un niño cualquiera.
Vulnerable.
Inofensivo.
“Tiene un lindo rostro…” pensó de pronto, sin esperarlo.
El calor subió a sus mejillas al darse cuenta.
—¿Qué estás pensando?
—susurró para sí misma, negando con la cabeza, avergonzada.
En ese momento, Max soltó un suave ladrido, lo justo para despertar a Hael.
Él parpadeó un par de veces, desorientado, y luego la miró.
—Oh… ya saliste —dijo, frotándose los ojos mientras se incorporaba—.
Pensé que ibas a tardar más.
—Bueno, Stella dijo que podía sacar a Max afuera, así que no tenía que quedarme mucho tiempo —respondió Althea.
—Entiendo —asintió Hael, acercándose un poco—.
Entonces… ¿él es Max?
—Sí, él es Max —respondió ella con una sonrisa, acariciando con cuidado la cabeza del cachorro—.
¿No es adorable?
—Sí… lo es.
Pensé que “Max” era un niño más pequeño que tú.
Como tu hermano o algo así.
Pero veo que es una mascota —dijo Hael, encogiéndose de hombros.
Althea frunció un poco el ceño.
—No es solo una mascota.
Es como mi familia… así que me gustaría que lo respetaras.
Hael se detuvo un segundo, algo sorprendido por el tono de su voz.
Luego levantó las manos con calma.
—Está bien, no te enojes… —respondió avanzando despacio, con un tono menos cortante que de costumbre.
Mientras caminaban por el vecindario tranquilo, Althea y Hael vieron a una pareja de ancianos saliendo de su casa.
El cielo estaba despejado, y el sol de la mañana se sentía cálido pero suave.
El anciano, encorvado por los años, arrastraba con esfuerzo una silla de madera hacia el porche para su esposa.
Sin pensarlo, Hael se adelantó corriendo.
—Señor Javier, deje que le ayude con la silla —dijo con una voz firme pero respetuosa.
—Oh, gracias, Hael —respondió el hombre con una sonrisa sincera.
Hael le devolvió una sonrisa y se apresuró a colocar la silla en un lugar cómodo, a la sombra.
Luego, sin que se lo pidieran, volvió a entrar a la casa para sacar otra silla.
Mientras el anciano ayudaba a su esposa a sentarse con cuidado, Hael regresó con la segunda silla y la acomodó junto a ella.
Después, con una gentileza poco común en él, tomó del brazo al anciano para ayudarlo a sentarse también.
Desde la distancia, Althea observaba en silencio.
No podía evitar sorprenderse.
Ese no era el niño gruñón y cortante de aquella mañana.
Este Hael era considerado, atento… amable.
Casi no parecía el mismo.
Se acercó despacio, con pasos cautelosos.
La anciana la vio acercarse y sonrió.
—Oh… ¿y quién es esta pequeña?
Antes de que Althea pudiera responder, Hael se adelantó y se colocó a su lado, señalándola con una leve inclinación de cabeza.
—Ella es Althea.
Es nueva… mi hermano la ayudó y la trajo.
—Qué bueno que diste con Elion —dijo el anciano, con un tono cálido—.
Aquí, al menos por ahora, las cosas están tranquilas… allá afuera todo es más difícil.
—Debió ser muy duro para ti —añadió la mujer con suavidad—.
¿Y tus padres… dónde están?
Althea bajó la mirada.
Sus manos apretaron un poco la manta que sostenía a Max.
Tartamudeó al responder.
—Ellos… ya no están.
—Lo sentimos mucho, querida —dijo la anciana, con una expresión de pesar.
Hael la miró de reojo.
Hasta ese momento no lo sabía.
Sintió un nudo en el estómago.
Sin pensarlo, levantó su mano, dudando, con la intención de tocarle el brazo.
Solo un gesto pequeño, como diciendo “Estoy aquí”, aunque no supiera bien cómo hacerlo.
Pero antes de que pudiera, Althea levantó la vista con una pequeña sonrisa.
—Está bien… aún me queda Max.
Hael se detuvo, sorprendido.
Bajó la mano despacio, sin decir nada.
En su expresión, había algo nuevo.
Tal vez respeto.
Tal vez comprensión.
Max movió ligeramente la cola en los brazos de Althea, como si también quisiera decir que todo estaba bien.
La anciana acarició con dulzura la cabeza de Max, que seguía envuelto en la manta, descansando tranquilo en brazos de Althea.
—Tiene una mirada muy dulce… —dijo la mujer—.
Seguro es un gran compañero.
—Lo es —respondió Althea, bajando la vista hacia Max—.
Siempre ha estado conmigo, incluso en los peores momentos.
Me hace sentir que no estoy sola.
—Los animales tienen un don para eso —añadió el anciano con voz rasposa pero amable—.
No hablan, pero entienden.
A veces más que las personas.
Hael se sentó en el borde del escalón, mirando a Max con atención.
—¿Siempre lo tuviste contigo?
—preguntó, intentando sonar casual.
—Desde hace unos meses… nos encontramos por casualidad, o tal vez… por destino.
La anciana sonrió con ternura.
—A veces el destino nos pone justo donde debemos estar, con quien debemos estar.
—Eso dice siempre mi hermano —murmuró Hael—.
Que todo pasa por algo.
—Y tu hermano es sabio para su edad —comentó el anciano, soltando una risita.
—Demasiado —refunfuñó Hael, aunque una pequeña sonrisa se asomó en su rostro.
—¿Y tú, Hael?
—preguntó la anciana—.
¿Ahora que no vas a la escuela, qué haces cuando no estás ayudando a viejitos a mover sillas?
Hael se encogió de hombros.
—No lo sé… leer, creo.
Me gustan los libros viejos, los de aventuras.
Y a veces dibujo, pero no le digan a nadie —dijo, bajando la voz.
—¡Oh!
¿Eres artista?
—dijo la anciana con una mirada encantada.
—No… solo garabateo.
Althea lo miró de reojo, sorprendida.
—No lo pareces —dijo, con un tono suave, sin burla.
—¿Por qué?
—preguntó Hael, frunciendo el ceño.
—No sé… es solo que… cuando llegué, eras tan gruñón.
Hael la miró como si fuera a responder con fastidio, pero suspiró.
—Bueno, como te lo dije… no me gusta la gente nueva.
Nunca sabes si puedes confiar en ellos.
Hubo un silencio breve.
La anciana lo rompió con dulzura.
—Confiar es difícil… pero también es lo que nos mantiene humanos.
Althea asintió, con la vista en Max.
—Lo entiendo.
Yo tampoco solía confiar en nadie… pero Elion fue amable desde el principio.
Y Max siempre me ha dado valor.
—Elion tiene un buen corazón —dijo el anciano—.
Es raro ver jóvenes así hoy en día.
—Él siempre cuida de todos —agregó Hael, mirando hacia donde su hermano había desaparecido horas antes—.
Aunque a veces se olvida de sí mismo.
La anciana les ofreció unas galletas que tenía guardadas en una cajita de metal.
—Tomen, compartan con Max también, si puede comer un poquito.
—Gracias… —dijo Althea, tomando una con cuidado.
—¿Galletas de limón?
—preguntó Hael, con una sonrisa genuina—.
Son mis favoritas.
—Lo recordé —dijo la anciana con una sonrisa cómplice.
Y por un momento, los cinco se quedaron allí, compartiendo una pausa tranquila bajo el cielo despejado, como si el mundo exterior y sus peligros fueran solo un mal recuerdo lejano.
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