Ecos en un Mundo Caido - Capítulo 23
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- Capítulo 23 - 23 CAPÍTULO 23 Ecos en un Mundo Caído 23
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23: CAPÍTULO 23: Ecos en un Mundo Caído (23) 23: CAPÍTULO 23: Ecos en un Mundo Caído (23) La vecindad se sentía cálida, y la conversación seguía de manera amigable.
—Gracias por las galletas —dijo Hael, levantándose después de terminar la última—.
Le diré a Elion que les lleve más cosas la próxima vez.
—Gracias, estuvieron muy ricas… y también gracias por escucharme —añadió Althea, haciendo una pequeña reverencia con Max aún en brazos.
—No hay de que… cuiden al pequeño —dijo la anciana, acariciando una vez más la cabeza del cachorro.
—Y cuídense ustedes también, jovencitos —dijo el anciano con una sonrisa cansada, antes de acomodarse en su silla.
Ambos niños se despidieron con un gesto de la mano y caminaron en silencio unos metros, hasta encontrar un pequeño claro con sombra, donde un par de rocas grandes formaban una especie de banco natural.
Hael se sentó primero, dejando que el silencio los envolviera.
Althea se sentó a su lado, sin decir nada al principio.
Max se acurrucó en su regazo y cerró los ojos otra vez.
Arriba, el cielo estaba despejado, de un azul profundo, con nubes blancas que se deslizaban lentamente.
—Es bonito —dijo Hael de repente, con la mirada clavada en el cielo.
—Sí… hace mucho que no me sentía tan tranquila —respondió Althea, acariciando a Max.
—Oye… lo que dijiste antes —empezó Hael, sin mirarla—.
Sobre tus padres… no sabía.
Lo siento.
Ella bajó la mirada.
—Está bien.
No me gusta hablar mucho de eso.
Pero… gracias.
Hubo un pequeño silencio entre ellos.
Hael tomó una piedrita del suelo y la lanzó suavemente hacia un arbusto cercano.
—¿Sabes?
Cuando dijiste que Max era como tu familia… te entendí.
A veces, lo único que nos queda son esas pequeñas cosas.
Un perrito.
Un hermano.
Un recuerdo.
—¿Tú también perdiste a alguien?
—preguntó Althea en voz baja.
Hael se encogió de hombros.
—No sé si “perder” sea la palabra correcta.
Pero sí… he sentido lo que es quedarse solo.
Althea lo miró por un momento.
Por primera vez, sus palabras no sonaban molestas ni a la defensiva.
Solo eran sinceras.
—Tal vez por eso eres tan gruñón —dijo ella, medio en broma.
Hael la miró de reojo y soltó una risa leve.
—Tal vez.
Pero no se lo digas a nadie.
—Está bien.
Será nuestro secreto.
Ambos se quedaron en silencio después de eso, mirando el cielo.
—Oye, Althea… —¿Sí?
—Cuando Max esté bien… ¿me dejarías sacarlo a pasear contigo?
Ella lo miró, sorprendida por la pregunta… y por la timidez con la que la hizo.
—Claro… pero solo si no eres tan gruñón ese día.
Hael resopló y cruzó los brazos, pero con una sonrisa apenas visible.
—No prometo nada.
Y así se quedaron un rato más, sin necesidad de muchas palabras.
Justo cuando el viento soplaba suavemente entre los árboles y Hael y Althea compartían un momento de calma, un sonido de pasos irregulares interrumpió el silencio.
Un joven se acercaba desde el camino de tierra, tambaleándose, con el rostro pálido y cubierto de sudor.
Su respiración era pesada, y parecía estar luchando por mantenerse en pie.
—¿Aslan?
—murmuró Hael, entre sorprendido y alarmado.
Se levantó de golpe y corrió hacia él—.
¡Aslan!
¿Qué te pasa?
Aslan intentó sonreír, pero su expresión se torció de dolor.
—Hael… me siento un poco mal… creo que tengo fiebre.
Desde ayer por la tarde, empecé a sentirme extraño, y hoy mi condición empero … —¿Y por qué no me dijiste nada?
—dijo Hael, con voz inquieta, mientras lo sujetaba para que no cayera.
Los ancianos, al ver la escena, se levantaron de inmediato.
—¡Tráelo aquí, rápido!
—ordenó el anciano Javier con voz firme, ya quitando los cojines de su silla para hacer espacio.
—Ven, apóyate en mí —dijo Hael, cargando el peso de su amigo con dificultad.
Entonces, Althea con Max aún en brazos.
Al ver el estado de Aslan, se apresuró a dejar al cachorro con cuidado en la sombra, y corrió hacia los dos chicos.
Sin decir una palabra, tomó el otro brazo de Aslan y lo puso sobre su hombro.
—Te ayudo —dijo con firmeza.
Aslan la miró con cierta sorpresa, pero agradecido, apenas asintiendo.
Juntos, Hael y Althea lo ayudaron hasta el porche de la casa, donde los ancianos ya habían preparado el asiento y una manta.
—Está ardiendo —dijo la anciana mientras tocaba su frente con la mano—.
Hay que bajarle la fiebre pronto.
—Voy a buscar agua y un paño —añadió el abuelo, entrando rápidamente a la casa.
—¿Te duele algo más?
—preguntó Hael, con la preocupación marcada en el rostro.
—Solo… me siento débil.
Nada grave, creo —murmuró Aslan, cerrando los ojos.
—No te duermas todavía, ¿sí?
—dijo Althea suavemente—.
Quédate despierto un rato más.
Hael miró a Althea por un momento, agradecido, sin decirlo en voz alta.
—Gracias —susurró finalmente.
Ella solo asintió, sin apartar su atención de Aslan.
Un momento antes de que todo se rompiera, habían tenido paz.
Ahora, otra preocupación llenaba el aire.
Los ancianos llevaron a Aslan adentro de su casa, acostándolo en un sofá viejo pero cómodo, cubriéndolo con una manta ligera.
La señora Julia le colocó un paño húmedo en la frente mientras Javier preparaba una infusión caliente con hierbas medicinales.
Hael se sentó en el borde del sofá, mirando a su amigo con el ceño fruncido.
Aslan tenía los ojos entrecerrados, el rostro encendido por la fiebre, y un sudor frío le perlaba la piel.
—¿Y Elion?
—preguntó Hael en voz baja, como si no quisiera perturbar el silencio—.
¿Está bien?
Aslan asintió lentamente.
—Sí…
él está bien.
Solo que…
como yo empecé a sentirme mal, decidí volver…
no quería preocuparlo ni estorbar allá afuera.
Hael suspiró con fuerza, aliviado.
—Menos mal…
Se dejó caer en la silla más cercana, llevándose una mano al pecho.
Había estado conteniendo el aliento desde que lo vio llegar tambaleándose por el camino.
Althea, de pie a un lado, observaba en silencio.
Max estaba en su regazo, también atento.
La escena la conmovía.
La forma en que Hael se preocupaba por su amigo era diferente a todo lo que había visto en él esa mañana.
Pero a pesar del cuidado y los paños húmedos, la fiebre no cedía.
Las mejillas de Aslan seguían encendidas, y su respiración era agitada.
—Esto no es una fiebre normal… —murmuró la señora Julia, cambiando el paño por otro más fresco—.
Su cuerpo no está respondiendo.
Hael se puso de pie de inmediato.
—¿Qué quiere decir eso?
—Podría ser una infección —dijo Javier desde la cocina—.
O algo que comió…
o incluso algo que respiró.
Hay muchas cosas ahí afuera.
Muchas más de las que entendemos.
El silencio se volvió más denso por un momento.
Althea apretó los puños.
No le gustaba la sensación de impotencia.
—¿Podemos hacer algo más?
—preguntó, mirando a los ancianos.
—Por ahora, solo mantenerlo hidratado, fresco, y vigilar si hay otros síntomas —respondió Julia con serenidad—.
Pero si no mejora, habrá que buscar ayuda más especializada, tal vez Stella nos pueda ayudar.
Hael apretó la mandíbula.
No era fácil aceptar que no podía hacer nada más.
Pero se obligó a asentir.
—Tiene razón, Stella puede ayudar… pero esperemos unos minutos, tal vez se le baja la fiebre.
Hasta entonces me quedaré aquí.
No lo dejare solo.
Althea bajó la mirada…
y luego sonrió apenas.
—Yo también me quedo.
Julia asintió con un suspiro, como aceptando que sería inútil intentar sacarlos de ahí.
—Está bien… pero Javier y yo iremos al almacén a buscar unas medicinas.
No hay mucho, pero quizá encontremos algo que ayude.
—¿No es peligroso?
—preguntó Althea.
—Tranquila, está dentro de la vecindad… así que no es—respondió Javier—.
Volveremos lo más pronto posible.
Afuera las nubes comenzaban a juntarse.
Los ancianos se pusieron sus abrigos y salieron, dejándolos solos con Aslan.
Ambos se miraron por un instante, sin decir más.
Solo la presencia del otro bastaba para saber que estaban en esto juntos.
Pasaron unos minutos, Hael todavía observaba fijamente a Aslan.
El sudor le cubría la frente, su respiración era agitada, y aunque intentaba mantener una sonrisa, era evidente que estaba luchando por no perder el control de su cuerpo.
Entonces, Hael notó algo.
Aslan aún llevaba puestos sus guantes de cuero.
Eso le pareció extraño: con la fiebre tan alta, debía estar empapado por dentro.
Se inclinó lentamente y, con cuidado, retiró uno de los guantes.
Ahí lo vio.
El meñique de Aslan tenía una pequeña herida… no, era una mordida.
Ya no fresca, pero tampoco del todo curada.
El color rojizo y la leve hinchazón alrededor no dejaban dudas.
El corazón de Hael se detuvo por un segundo.
Las palabras de su hermano le retumbaron en la cabeza.
“Si ves que alguien fue mordido… no te acerques.
Podría estar infectado.” Contuvo el temblor en sus manos y volvió a cubrir a Aslan con la manta.
—Aslan… voy a ir Althea a buscar a Stella.
Max ya ha estado mucho tiempo afuera, y necesita descansar, además es mejor que te trate un profesional—dijo con voz tranquila, fingiendo normalidad.
Aslan abrió los ojos pesadamente.
— Oh, ¿hablas del cachorro?
Está lastimado, ¿verdad?
Claro… deben cuidarlo.
El pequeño debe descansar si quiere mejorar… como yo.
Y… gracias por ayudarme —dijo, con una sonrisa débil, casi infantil.
Hael sintió un nudo en la garganta.
Sus dientes se apretaron, y le costó más de lo que esperaba responder.
—No… no hay de qué —dijo al fin, tragando saliva.
No quería que Aslan notara el temblor en sus manos, así que apartó la mirada y se volvió hacia Althea.
—Vamos.
Ya es hora.
La tomó de la mano sin darle oportunidad de replicar y salió casi arrastrándola.
Sus pasos eran rápidos, demasiado rápidos.
Althea, con Max acurrucado contra su pecho, intentaba no apretar demasiado al cachorro mientras tropezaba un par de veces para seguirle el ritmo, sintiendo cómo el pequeño temblaba por el movimiento brusco.
—¡Hael!
¿Qué pasa?
Max ya no necesita volver con Stella, ella misma lo dijo—protestó ella.
—Lo sé —respondió Hael, con el rostro tenso—.
Pero no hagas preguntas.
Solo sígueme.
Al llegar a la casa de Stella, Hael golpeó la puerta con insistencia.
—¿¡Quién toca así!?
—se oyó la voz molesta de Stella desde dentro.
Cuando abrió la puerta y los vio allí, su expresión cambió.
—Althea, Hael… ¿qué pasa ahora?
Hael no respondió.
Empujó a ambas hacia adentro, cerrando la puerta con fuerza detrás de él.
—¡Hael!
¿Por qué nos empujas así?
—se quejó Stella.
—Señorita Stella… —intervino Althea, confusa—.
Está así desde hace unos minutos.
Hael respiró profundo, su voz temblaba apenas al hablar: —Señorita Stella… parece que tenemos un problema.
La mirada de Stella se agudizó.
—¿De qué color?
Hael tragó saliva.
—Rojo.
Un silencio sepulcral cayó sobre la habitación.
Stella se pasó la mano por la cara, rascándose la cabeza con desesperación.
—Maldita sea… estamos jodidos.
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