Ecos en un Mundo Caido - Capítulo 24
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- Capítulo 24 - 24 CAÍTULO 24 Ecos en un Mundo Caído 24
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24: CAÍTULO 24: Ecos en un Mundo Caído (24) 24: CAÍTULO 24: Ecos en un Mundo Caído (24) Elion seguía afuera.
Caminaba por las calles en silencio, atento a cada rincón, asegurándose de que no hubiera peligro.
Finalmente llegó a un pequeño minimarket, uno de esos que parecían haber resistido el tiempo… aunque no a los saqueos.
Entró con cautela.
El interior estaba en ruinas: estantes vacíos, vidrios rotos, y el suelo cubierto de empaques pisoteados.
Aun así, abrió su mochila y comenzó a llenarla con lo poco que quedaba útil: unas latas, un par de botellas de agua, un paquete de arroz medio rasgado.
Ya casi terminaba cuando lo vio.
Un chocolate, polvoriento pero intacto, entre las rendijas de una repisa caída.
Sonrió.
Hael se alegrará de esto.
Pero justo entonces, un ruido seco resonó afuera.
Pisadas, algo arrastrándose.
Rápido cerró la mochila y se la colgó al hombro.
Se asomó por una rendija rota de la puerta.
Su cuerpo se tensó.
Varios infectados se movían cerca, atraídos quizás por algún sonido o su olor.
No puedo quedarme.
Contuvo la respiración, se armó de valor… y salió corriendo.
Los infectados lo percibieron de inmediato y comenzaron a seguirlo.
Elion zigzagueaba entre callejones, saltando obstáculos, doblando esquinas, haciendo lo posible por perderlos.
Su corazón latía con fuerza en sus oídos, pero no podía detenerse.
Finalmente, logró despistarlos.
Se encontraba en un callejón estrecho.
Respiraba agitado, las manos aún temblorosas por la adrenalina.
A un lado, una puerta de metal oxidado.
Era la entrada trasera de una casa.
Con rapidez, sacó un alambre del bolsillo y manipuló la cerradura.
Vamos… vamos… Con un clic suave, la puerta cedió.
Elion entró de inmediato y la cerró detrás de sí.
El interior era silencioso.
Olía a madera vieja y polvo.
La casa tenía al menos tres niveles, con una estructura antigua, casi señorial, pero deshabitada.
Exploró con cuidado.
Revisó cada habitación, cada rincón.
Nadie.
En la cocina encontró algunos frascos y una bolsa de galletas casi intacta.
Los metió en la mochila.
No podía quedarse demasiado.
Había un presentimiento incómodo en su pecho… y Aslan.
La imagen de su amigo le vino a la mente, débil, enfermo.
Algo no andaba bien.
Volvió a la puerta trasera, la entreabrió con cuidado, escaneó la calle.
Estaba despejado.
Salió de la casa y echó a correr de nuevo.
Tenía que regresar cuanto antes.
Su hermano lo esperaba… y esa inquietud en su pecho solo crecía.
Elion corrió entre callejones, evitando los caminos principales.
La mochila rebotaba en su espalda con cada zancada, pero no se detenía.
Algo le pesaba más que el cansancio o el miedo: la inquietud que le apretaba el pecho desde que salió del minimarket.
¿Y si Aslan empeoró?
Saltó sobre una reja baja y cayó con torpeza en el otro lado.
El tobillo le dolió, pero siguió.
No es normal que se sintiera tan mal.
Aslan siempre ha sido fuerte.
Hasta cuando nos lastimábamos en la vieja fábrica, él era el primero en levantarse y decir que estaba bien.
Sus pasos se volvieron más apresurados.
Ya no corría solo por precaución, sino por necesidad.
Necesitaba llegar.
Ver a Hael.
Ver a Aslan.
Saber con certeza que su amigo estaría bien.
¿Y si no es solo fiebre?
¿Y si fue mordido?
Negó con la cabeza mientras apretaba los dientes.
No…
Aslan no sería tan tonto como para ocultarlo… ¿o sí?
Los sonidos del mundo a su alrededor parecían apagarse por momentos.
Solo quedaba su respiración agitada, el eco de sus pasos, y ese zumbido agudo que nace del miedo.
Recordó el chocolate.
Lo había guardado con ilusión, pensando en la sonrisa de Hael.
Ahora parecía tan pequeño, tan inútil frente a la amenaza que se alzaba sobre ellos como una sombra.
Pasó por la plaza abandonada y cruzó la calle principal, la misma que usaban antes para llegar al colegio.
Todo estaba en ruinas, cubierto de plantas, madera vieja y polvo.
Y silencio.
Un silencio pesado.
¿Y si ya es demasiado tarde?
La imagen de Hael, solo, sin él… lo hizo correr más rápido.
Como si el suelo quemara.
No.
No otra vez.
No voy a perder a nadie más.
El edificio de la vecindad apareció a lo lejos.
Elion se detuvo un momento, respirando agitado.
Apoyó una mano contra la pared agrietada de una tienda, cerró los ojos.
—Por favor… que estén bien —susurró.
Se irguió, ajustó la mochila… y siguió adelante.
Tenía que saber la verdad.
Mientras tanto, en la casa de Stella, la tensión aumentaba.
Ella se arrodilló frente a Hael, lo miró fijo a los ojos y le preguntó con calma forzada: —¿Recuerdas lo que hablamos cuando todo esto empezó?
Hael asintió en silencio.
Entonces la memoria lo arrastró sin remedio a aquel patio de la vecindad.
Todos estaban reunidos: Stella, Hael, Elion, Aslan, Javier, Julia, Enzo y tres jóvenes más.
Estaban agotados, con las ropas manchadas de tierra y sangre seca.
Algunos sostenían palos, otros un hacha improvisada.
El ambiente olía a sudor y miedo.
Enzo tomó la palabra con seriedad: —Desde ahora todo se supervisa.
Quién entra, quién sale.
Nada de descuidos.
Elion añadió, mirando a todos: —Sería mejor usar códigos para alertar sin armar alboroto.
Algo rápido, fácil de entender.
Stella asintió y propuso: —Podemos usar colores: amarillo si nos invaden, negro si hay bajas… y rojo si descubrimos a un infectado entre nosotros.
Todos asintieron, estando de acuerdo con las propuestas.
Pero unas horas después, aquellas palabras cobraron un peso insoportable En el tercer piso, en un cuarto con paredes todavía intactas, una ventana que dejaba entrar la luz grisácea de la tarde y camas mal tendidas, pero sorprendentemente limpias en comparación con el resto del edificio, los tres muchachos compartían risas y conversación.
Diego, Martín y Samuel: amigos inseparables, hermanos más allá de la sangre.
Ese pequeño espacio se había vuelto su refugio, un rincón donde aún podían fingir que la normalidad no había desaparecido del todo.
Pero la ilusión se rompió de golpe.
Diego, alto y flaco, con el cabello desordenado y las ojeras hundidas por noches sin dormir, comenzó a actuar extraño.
Primero un mareo, después temblores.
Al principio pensaron que solo estaba agotado, hasta que vieron la mordida en su brazo, la piel alrededor tornándose roja y morada como una señal maldita.
Martín se levantó de un salto, corrió a la ventana y gritó con todas sus fuerzas: —¡Rojo!
Al voltear, el horror lo paralizó.
El cuerpo de Diego se sacudía con espasmos violentos, hasta que, con un rugido gutural, se levantó de la cama convertido en algo irreconocible.
Su respiración era áspera, los ojos vidriosos, la mandíbula temblando como un animal rabioso.
—¡No… no, no, no!
—balbuceó Martín, retrocediendo—.
¡Diego!
Samuel apenas tuvo tiempo de reaccionar.
Con un grito ahogado levantó la pata de madera rota que sostenía como garrote, justo cuando Diego se lanzó contra ellos con velocidad brutal.
El choque derribó una de las camas, y en el espacio reducido comenzó el forcejeo.
Martín intentó sujetarlo por detrás, como si aún pudiera contenerlo, como si todavía quedara algo de su amigo en ese cuerpo.
—¡Diego, por favor!
¡Escúchame!
—rogaba entre lágrimas.
Pero el Diego que conocían ya no estaba.
Con una fuerza monstruosa lo arrojó hacia atrás.
Martín cayó de espaldas contra un perchero metálico inclinado en la esquina del cuarto.
El sonido fue seco, desgarrador: la punta oxidada le atravesó el costado.
El grito se ahogó en sangre mientras quedaba colgado allí, inmóvil, como una marioneta rota.
—¡MARTÍN!
—rugió Samuel, con los ojos enloquecidos.
La furia lo consumió.
Se abalanzó sobre Diego y hundió el palo de madera en su pecho una y otra vez.
Diego gruñó, se retorció, y alcanzó a morderlo en el hombro, arrancándole carne.
Samuel gritó de dolor, pero no se detuvo.
Con la sangre corriéndole por el brazo y la respiración entrecortada, lo empujó contra el suelo.
En un último arranque de desesperación, tomó un trozo de vidrio roto de la ventana y lo hundió directo en el cuello del infectado.
Diego se estremeció, soltó un gruñido ahogado y quedó inmóvil para siempre.
El cuarto quedó en silencio.
Solo se oía el goteo de la sangre manchando las tablas del piso.
Samuel tambaleó, la piel alrededor de la mordida ya comenzaba a oscurecerse.
Miró los cuerpos de sus dos amigos: Martín aún atravesado en el perchero, Diego muerto a sus pies.
Sus labios temblaron.
—Perdón, hermanos… —murmuró, con la voz quebrada.
Sin más fuerzas para resistir lo inevitable, Samuel tomó el vidrio aún ensangrentado y, con un movimiento firme, se lo llevó al cuello.
La sangre brotó en un chorro caliente mientras caía de rodillas, desplomándose junto a Diego.
Los pasos resonaron pesados en la escalera de madera cuando el resto del grupo subió, alertados por los gritos y el estruendo.
El olor metálico de la sangre los golpeó antes de abrir la puerta.
Stella empujó la entrada y todos quedaron inmóviles.
El cuarto era un campo de batalla: la cama volteada, muebles rotos, la pared manchada de rojo.
Y allí, tres cuerpos sin vida.
Martín colgado del perchero, su rostro congelado en una mueca de dolor.
Diego, inmóvil, con la piel aún marcada por la infección.
Samuel, con el vidrio incrustado en el cuello.
Un silencio sepulcral los envolvió.
Solo el viento entrando por la ventana rota se atrevía a sonar.
Hael, que había corrido detrás de Elion, se quedó petrificado al verlos.
Sus labios se movieron, pero no salió voz.
Sus ojos se llenaron de lágrimas, y en un arranque de desesperación, se aferró con fuerza al brazo de Elion.
—No… no… ellos… —murmuraba, temblando.
Elion lo abrazó con fuerza, cubriéndole los ojos, aunque ya era tarde.
Su mandíbula estaba rígida, la rabia le quemaba por dentro, pero su voz sonó serena: —Ya está… tranquilo, Hael.
Ya pasó.
Stella respiró hondo, luchando contra el temblor de sus manos.
Sacó un paño negro de su bolsillo y lo colgó en la entrada.
El viento lo hizo ondear en la penumbra, un luto silencioso.
Nadie se movía.
Nadie sabía qué decir.
El peso de la pérdida los aplastaba.
—Ellos pelearon hasta el final… —susurró Stella, con la voz ronca.
Hael sollozaba, temblando como una hoja.
Elion inclinó su rostro hacia él y, en un tono grave que quedó grabado en su memoria, le susurró: —Hael, escucha… si algún día ves una mordida con la piel poniéndose roja o morada, aléjate de inmediato.
No lo dudes.
Es un infectado.
No te acerques.
¿Entiendes?
El recuerdo se quebró, y Hael regresó al presente, con las imágenes aún ardiendo en su mente.
Stella lo miró con seriedad, la voz grave: —¿Es el mismo caso que entonces?
Hael tragó saliva.
Recordó los gritos, la sangre, la mirada perdida del amigo que ya no era humano.
Con un hilo de voz respondió: —Sí… es igual.
La respiración de Stella se endureció.
Se inclinó hacia él, con los ojos fijos en los suyos.
—Entonces dime, Hael… ¿quién es el infectado?
Althea, al escuchar la palabra, se alarmó.
Instintivamente abrazó a Max con fuerza.
—¿Infectado…?
—susurró con temor.
—Es… Aslan —respondió Hael, apretando los labios con frustración.
—No puede ser… ¡Ese idiota!
¿Cómo dejó que esto le pasara?
—Stella golpeó la mesa con la mano abierta—.
¿Cómo está?
—Muy mal.
Tiene fiebre, está ardiendo… y no mejora —dijo Hael, bajando la mirada.
—Maldición… —masculló Stella—.
¿Dónde está?
—En la casa de los abuelos.
—¡¿Qué?!
¡Vamos ahora mismo!
Si está realmente infectado… podría lastimarlos.
—Tranquila, ellos fueron al almacén por medicinas y no creo que aun regresen.
—Menos mal… —Stella suspiro de alivio—.
Pero lo mejor será encargarnos de esto ya.
Mientras tanto, los abuelos caminaban rumbo al almacén, charlando de cosas triviales, hasta que llegaron a la puerta.
—Pásame la llave, Javier, así voy abriendo —dijo Julia, extendiendo la mano.
—¿La llave?
—preguntó él, rascándose la nuca—.
No la tengo.
—¿Cómo qué no?
Si ayer te la di para que la guardaras.
—Ah… se me olvidó guardarla —admitió, algo avergonzado.
Julia soltó un suspiro.
—Bueno… entonces vuelve tú a buscarla.
—Está bien, pero… ¿Dónde la dejaste?
—preguntó él, intentando sonreír para aligerar el momento.
—En la mesita del cuarto —respondió ella con firmeza.
—¿Segura?
Esta mañana no había nada ahí.
—Qué raro… —murmuró Julia, frunciendo el ceño.
—Tal vez… la metí en el ropero sin darme cuenta, cuando se me cayó la ropa sobre la mesa y quise guardarla en el armario —dijo Javier, esbozando una sonrisa nerviosa.
Julia cerró los ojos un instante, intentando mantener la compostura.
—Ay, Javier… cómo puedes ser tan torpe.
Mejor vamos los dos, así yo te ayudo a buscarla.
Él sonrió, con un dejo de picardía.
—Ves, por eso me casé contigo… para que siempre me salves de mis olvidos.
—Y yo para tener a alguien que me dé trabajo extra —contestó ella, sacudiendo la cabeza, pero con una leve sonrisa.
Ambos dieron media vuelta y regresaron juntos a la casa.
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