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Ecos en un Mundo Caido - Capítulo 25

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  4. Capítulo 25 - 25 CAPÍTULO 25 Ecos en un Mundo Caído 25
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25: CAPÍTULO 25: Ecos en un Mundo Caído (25) 25: CAPÍTULO 25: Ecos en un Mundo Caído (25) Dentro de la habitación, la cual era algo estrecha y con un leve olor a madera antigua, las paredes lucían un papel tapiz desgastado por los años y en una esquina reposaba un armario alto de puertas rechinantes.

Javier lo abrió con cierto esfuerzo; las bisagras emitieron un crujido que rompió el silencio.

Dentro, la ropa estaba apretujada y amontonada sin ningún orden.

Julia frunció el ceño y giró la cabeza hacia Javier.

—¿En serio lo guardaste así?

—dijo con una mezcla de incredulidad y fastidio.

Javier se encogió de hombros y desvió la mirada hacia el techo, como si ya supiera que lo regañaría.

—No esta tan mal…

—respondió en voz baja.

—Ajá…

claro —replicó Julia con ironía—.

Vamos, busca la llave rápido antes de que me dé algo viendo este desastre.

Ambos comenzaron a hurgar entre camisas arrugadas, chaquetas mal colgadas y bufandas enredadas.

En medio del desorden, un pequeño objeto cayó al suelo con un leve plaf.

Julia se agachó y lo recogió.

Era una fotografía, gastada y ligeramente doblada en las esquinas.

Sus ojos se abrieron al reconocerla.

—Oh…

—susurró.

En la imagen, mucho más jóvenes, estaban en una feria.

Javier la cargaba en brazos, ambos sonriendo, vestidos con atuendos de vaqueros ridículamente grandes para su talla.

Las luces de fondo y el brillo en sus rostros parecían sacados de otro tiempo.

Javier la miró por encima del hombro.

—Vaya…

ni me acordaba de esa.

—Yo sí —respondió Julia, sonriendo con una mezcla de nostalgia y ternura—.

Ese día me compraste un algodón de azúcar tan grande que casi me tapa la cara.

—Y tú me obligaste a subir a la rueda de la fortuna… aunque me daban vértigo las alturas.

—Te aguantaste solo para impresionarme —dijo Julia, alzando una ceja.

—Funcionó, ¿no?

—contestó Javier con media sonrisa.

Julia soltó una risa suave, y por unos segundos se quedaron mirando la fotografía como si el mundo alrededor hubiera desaparecido.

—Aquí está —anunció de pronto Javier, sacando la llave de entre una pila de camisas.

La levantó triunfante, como si hubiera encontrado un tesoro.

Julia lo miró y sonrió, casi como si viera superpuesto al Javier joven de la foto.

—A pesar de los años…

no cambias.

—¿Eso es bueno o malo?

—preguntó él, acercándose un paso.

—Creo…

que es muy bueno —respondió ella, mirándolo directo a los ojos.

Hubo un momento de silencio, solo roto por el crujir de la madera y el latido compartido en aquel espacio reducido.

Javier dio un paso más y tomó la mano de Julia con suavidad.

—Vamos, bajemos…

aún tenemos que ir al almacén por las medicinas para Aslan—dijo en voz baja.

Ella asintió.

Salieron juntos, cerrando la puerta del cuarto con un suave clic.

Quedando el interior vacío, con la fotografía olvidada sobre el suelo.

Mientras tanto al otro lado de la vecindad, Stella no perdió tiempo.

Abrió la puerta de golpe y salió apresurada.

Althea y Hael corrieron detrás.

—¿Dónde está la mordida?

—preguntó Stella mientras corrían.

—En su meñique…

derecho —respondió Hael, jadeando por el esfuerzo.

Entraron a la casa sin detenerse.

Aslan que dormía, se despertó con el ruido y se incorporó lentamente.

Al verlos, esbozó una sonrisa débil.

—Oh, volvieron…

Tú también, Stella…

¿Viniste a ver mi condición?

—¿Hael?

¿En qué mano?

—preguntó ella sin responderle.

—La derecha.

Stella se acercó de inmediato, tomó su mano con firmeza y examinó el meñique.

Su expresión cambió al instante.

—¿Qué es esto, Aslan?

—Ah, eso…

me lo hice ayer.

Cuando volvía, me topé con un perro.

Ya sabes que les tengo algo de miedo…

traté de defenderme y me mordió en el meñique.

Pero no es tan grave —explicó él, visiblemente incómodo.

Stella frunció el ceño, mirando la herida más de cerca.

Había enrojecimiento, marcas que se extendían por la mano y comenzaban a oscurecer la piel.

—Ese no era un perro común —dijo con voz apagada.

—¿Qué tratas decir?

—Aslan frunció el ceño.

—Te infectaron, Aslan…

—murmuró Stella, con los ojos cristalinos.

—No…

no puede ser…

te equivocas.

Seguro es otra cosa —balbuceó él, con la voz quebrada.

—¡Mírate!

—exclamó Stella, alzando la voz con dolor—.

¡Mira tu mano!

Las marcas… están avanzando.

¡Te estás transformando!

—¡No, no!

¡Eso es mentira!

—Aslan negó con desesperación, llevándose la otra mano a la cabeza—.

¡Esto no me puede estar pasando!

¡Yo no puedo convertirme en eso!

Hael quiso correr a ayudar a su amigo, pero el miedo lo paralizó; sus piernas no le respondían.

Arika, con Mian en brazos detrás de él, temblaba incapaz de pronunciar palabra.

Stella, intentando contener el temblor de sus propias manos, le sujetó el rostro con firmeza.

—Tranquilo…

—susurró, intentando calmarlo—.

Estamos aquí contigo, haremos lo posible por ayudarte.

Pero de pronto, la voz de Aslan cambió.

No era la suya: se volvió más grave, más fría, más ajena.

—Tienes razón…

—dijo con una sonrisa torcida—.

No estaré solo…

ustedes estarán a mi lado…

aunque eso signifique arrastrarlos conmigo.

Los ojos de Aslan se ennegrecieron de golpe, profundos y vacíos como un pozo.

Stella retrocedió instintivamente, con un grito ahogado.

—¡Althea, Hael, no se acerquen!

—exclamó horrorizada.

El cuerpo de Aslan comenzó a retorcerse de manera antinatural.

Su respiración se volvió áspera, entrecortada, y de sus labios escapaban murmullos incoherentes.

Lo que quedaba de él… se estaba desvaneciendo.

En ese momento, Julia apareció tras ellos.

—¿Qué sucede aquí…?

—preguntó, desconcertada.

—Hael…

no dijiste que iban al almacén…

—reclamó Stella, sin apartar la vista de Aslan.

—Así fue —respondió Hael, tenso —Volvimos porque olvidamos la llave, pero… ¿qué le pasa a Aslan?

—dijo la abuela.

—Ese ya no es Aslan, abuela…

—advirtió Stella, con la voz rota—.

Mantente alejada.

Aslan giró bruscamente la cabeza hacia Julia, sus ojos inyectados en un rojo enfermizo.

—¡Abuela!

Vete, ¡ahora!

—gritó Stella, pero la abuela se quedó inmóvil, confundida.

La criatura que alguna vez fue Aslan rugió y se lanzó hacia ella.

En el último segundo, Javier apareció, tirando de su esposa y empujándola hacia atrás.

El impacto del monstruo contra él lo hizo trastabillar.

Stella intentó distraerlo, lanzándose contra Aslan, pero fue brutalmente arrojada contra un mueble.

El golpe la dejó sin aliento en el suelo.

—¡Stella!

—Althea y Hael corrieron hacia ella.

La criatura giró de nuevo hacia los abuelos.

Y cuando abrió la boca para morder a Julia, Javier se interpuso.

El grito de la mujer desgarró el aire al ver cómo los colmillos se hundían en el brazo de su esposo.

—¡NOOO!

¡Javier!

—chilló, con desesperación.

Julia corrió hacia él para ayudarlo, pero Javier giró la cabeza y negó con un gesto firme, advirtiéndole que no se acercara.

Ella, entre lágrimas, tomó un jarrón y lo estrelló con todas sus fuerzas contra la criatura.

El monstruo gruñó, soltando un tirón brutal que desgarró aún más la carne de Javier antes de apartarlo.

El hombre se desplomó por el dolor, apenas consciente.

Julia lo sostuvo con ambas manos y lo recostó con cuidado en el suelo.

—Javier…

resiste, por favor…

—suplicó, llorando, sujetándolo por los hombros.

—No…

no llores…

no gastes tus lágrimas…

—balbuceó él, limpiándole el rostro con la mano que aún podía mover.

Julia le tomó la mano con fuerza, como si no quisiera soltarlo jamás.

—Julia, tienes que irte…

llévatelos contigo y aléjalos de aquí…

yo no sé cuánto aguantaré… —susurró él, con dificultad.

—No…

no puedo dejarte… ¡te prometí quedarme a tu lado, incluso en lo peor!

—replicó Julia, quebrada.

—Lo sé, y te aseguro que volveremos a vernos…

—dijo Javier, con un hilo de voz cada vez más débi —.

Pero tú aún debes vivir…

ellos te necesitan…

por favor…

Julia asintió entre sollozos y lo recostó suavemente.

Antes de cerrar los ojos, Javier susurró lo que serían sus últimas palabras: —Te…

quiero…

Julia apretó sus labios contra los de él en un beso tembloroso.

Y cuando levantó la mirada, el monstruo —aturdido por el golpe anterior— ya se había recompuesto y avanzaba de nuevo hacia ella.

De pronto, algo impactó contra la cabeza de la criatura: una lata.

El infectado se giró bruscamente.

Althea estaba frente a él, con las manos temblorosas y Max sujeto contra su pecho.

Su mirada reflejaba miedo, pero aún así no retrocedió.

—¡Hey, monstruo!

¡Ven por mí!

—gritó con la voz quebrada—.

¡Vamos, qué esperas!

El ser rugió y se lanzó hacia ella.

Pero antes de alcanzarla, Stella, tambaleante y sangrando, se interpuso con un grito desgarrador, descargando un golpe con todas sus fuerzas.

La criatura la lanzó de un manotazo, haciéndola volar varios metros.

Althea apenas alcanzó a atraparla para evitar que se golpeara contra el suelo.

Mientras tanto, Hael, temblando, pero decidido, dio un paso al frente.

—Aslan…

—dijo con voz quebrada—.

Escúchame, no eres así.

Tú no harías esto…

¡nos estás haciendo daño, a todos!

¡Por favor, recuerda quién eres!

Aslan lo miró con una mueca distorsionada.

Por un instante, algo pareció titilar en su expresión, una sombra de duda…

pero enseguida rugió con furia, como si aquellas palabras ya no pudieran alcanzarlo.

Abalanzándose sobre Hael.

El niño, entendiendo que ya no podía detenerlo con súplicas, se arrojó contra él… solo para ser derribado en cuestión de segundos.

Cuando el monstruo abrió la boca para morderlo, Julia, desesperada, se lanzó sobre la criatura, arañando con todas sus fuerzas.

—¡Vete de aquí, maldito!

—gritó con furia, dispuesta a darlo todo.

Pero la fuerza de la criatura fue demasiado.

La tomó por el cuello y la mordió.

Julia, jadeando, lo sujetó con lo último que le quedaba.

—Váyanse…

ahora…

—dijo, con un hilo de voz.

—Abuela…

—sollozó Althea, con lágrimas corriéndole por el rostro.

—Sálvense…

—susurró Julia, forzando una sonrisa mientras las lágrimas le nublaban los ojos.

El infectado quería sacarse de encima a la abuela, pero ella se aferraba, saco el fierro que sujetaba su cabello y se lo incrusto en unos de los ojos del infectado, el rugio de dolor y lanzo con fuerza a la abuela contra la pared, el mounstro se arrodillo de por el dolor.

La abuela se sentía mas débil y al ver que con lo que había echo había salvado a Hael y darles tiempo para que escapen, en eso unos recuerdos se le vinieron a la mente era cuando ella conoció a Hael y Elion, Hael era apenas un pequeño de unos dos años.Y susurro.

Almenos te salve a ti pequeño Hael, ojala hubiera podido hacer lo mismo por mi bebe.

En eso viene otro recuerdo un accidente automvilistico ella inmóvil en la vereda y en la pista un auto y un niño en el suelo ensangrentado, y otra escena donde ella lo toma en brazo, esto ocurrió hace muchos años.

Y con sus ultimas fuerzas, susurro, vive bien Hael.

Althea se secó las lágrimas con la manga de su casaca y, con voz firme, miró a Hael: —¡Hael, tenemos que irnos!

—lo jaló —¡No!

¡No podemos dejarla!

—replicó, luchando contra ella.

—No podemos hacer nada por ella—grito Althea—¡Por favor!

No tenemos mucho tiempo, Stella está muy mal y yo…

no aguantare mucho.

Hael miró su mano temblorosa, y luego a Max en sus brazos.

Su resistencia se quebró.

Sin decir más, ayudó a Althea a cargar a Stella.

Entre ambos la sostuvieron, saliendo tambaleantes de la casa.

La puerta se cerró tras ellos, aunque sabían que no resistiría por mucho tiempo.

Dentro, el infectado forcejeaba con la abuela, intentando arrancársela de encima, pero ella se aferraba con una fuerza inesperada.

Con un movimiento desesperado, sacó la horquilla que sujetaba su cabello y se lo incrustó en uno de los ojos.

El monstruo rugió de dolor, tambaleándose, y de un brutal empujón la lanzó contra la pared.

Ella cayó pesadamente, sintiendo cómo sus fuerzas se desvanecían.

El infectado, arrodillado por el dolor, se llevaba las manos al rostro.

La abuela, con la respiración entrecortada, entendió que lo había logrado: había ganado unos segundos, lo suficiente para que Hael escapara.

Una oleada de recuerdos la invadió.

Vio de nuevo el día en que conoció a Hael y a Elion… Hael era apenas un niño de dos años, frágil y curioso, que se escondía detrás de su hermano mayor.

Una sonrisa se dibujó en sus labios heridos mientras murmuraba: —Al menos…

te salvé a ti, pequeño Hael…

ojalá hubiera podido hacer lo mismo por mi bebé…

Entonces, otro recuerdo emergió con crudeza: un accidente automovilístico, el chirrido de los frenos, el impacto.

Ella inmóvil en la vereda, y en la pista un auto detenido, un niño ensangrentado sobre el asfalto.

Después, la imagen de aquel pequeño en sus brazos, llorando y temblando, una escena grabada en su alma desde hacía tantos años.

Con las últimas fuerzas que quedaban en su voz, susurró, apenas audible: —Vive bien…

Hael…

Una débil sonrisa se dibujó en su rostro, y entre un hilo de aire añadió: —Parece que nos encontraremos más pronto de lo esperado… amor mío… Sus párpados se cerraron, entregándose al silencio eterno.

Los pequeños, con el corazón encogido, caminaron apresurados hacia la salida.

Aquel lugar ya no era seguro: el aire estaba impregnado de dolor y pérdida, como si las paredes mismas lloraran lo ocurrido.

Y justo cuando alcanzaron el portón de entrada… una silueta emergió frente a ellos.

—¡Elion!

—gritó Hael, con los ojos abiertos de par en par.

Elion, que apenas llegaba de su expedición, los miró con el rostro pálido.

Su mirada se cruzó con la de Hael, luego con la de Althea…

y finalmente con Stella, ensangrentada y semiinconsciente.

Al ver el estado en que venían, no necesitaba preguntar para saber que algo terrible había ocurrido.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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