Ecos en un Mundo Caido - Capítulo 27
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27: CAPÍTULO 27: Ecos en un Mundo Caído (27) 27: CAPÍTULO 27: Ecos en un Mundo Caído (27) Elion entró en silencio a la habitación donde Stella descansaba.
La habitación era amplia, más que las demás de la casa.
Las paredes estaban pintadas de un color claro, algo desgastado por el tiempo, y aún colgaban algunos posters viejos: bandas de música, películas y series de anime.
A un lado había un escritorio con libros apilados y una lámpara de noche, y frente a la cama, un estante medio vacío con algunas figuras pequeñas cubiertas de polvo.
Colocó el plato de comida que llevaba con sumo cuidado sobre la mesita al lado de la cama.
Luego arrimó una silla y se sentó junto a Stella, que aún dormía.
La observó unos segundos, con el rostro cansado.
Le tomó la mano con suavidad, bajando la cabeza hasta apoyarla contra los dedos de ella.
—Lo siento…
—susurró.
Entonces, como si lo hubiera escuchado desde el fondo de un sueño, Stella entreabrió los ojos.
—¿Elion…?
—dijo con una voz apenas audible.
Él alzó la vista, sorprendido.
Tenía los ojos enrojecidos, húmedos por las lágrimas que no había podido contener.
—¿Y esas lágrimas?…
¿Aun no estoy muerta?
—bromeó Stella, forzando una sonrisa.
Elion frunció los labios, haciendo un puchero, claramente dolido por la broma.
Stella lo notó de inmediato.
Se incorporó un poco, con esfuerzo, y apoyó su mano sobre la de él.
—Oye…
tranquilo.
Estoy bien.
—No es verdad —dijo Elion, sacudiendo la cabeza—.
Tienes muchas heridas…
si hubiera regresado antes, tal vez habría podido protegerte a ti y a los demás.
—Elion, mírame —dijo tomando el rostro de Elion con sus manos y mirada fija en ella y con una voz suave pero firme—.
No fue tu culpa.
No tenías cómo saber que esto pasaría.
Él apretó la mandíbula, queriendo responder algo, pero al final solo bajó la mirada.
—Lo importante es que estoy viva, ¿sí?
Eso es lo que importa ahora.
Elion asintió lentamente, tragando el nudo en su garganta.
—¿Sabes…?
—añadió Stella tras un breve silencio—.
Hace un rato recordaba a Aslan.
Siempre decía que tú y yo éramos insoportables cuando discutíamos.
Elion arqueó una ceja, sorprendido.
—Sí… —respondió con una sonrisa apagada—.
También decía que, aunque peleábamos tanto, éramos un buen equipo.
—Lo éramos —dijo ella con una sonrisa nostálgica—.
Y Aslan siempre estaba en medio, aguantando nuestras locuras.
—Sí lo hacía… —Elion bajó la voz—.
Maldición, debí darme cuenta.
Cuando me dijo que se sentía mal… tal vez si hubiera actuado antes… él aún estaría aquí.
—Antes de transformarse por completo, ni él mismo sabía lo que le pasaba —replicó Stella—.
Pensaba que era algo sin importancia.
¿Cómo ibas a saberlo tú?
Así que deja de culparte.
—Aun así… yo… —Sé que te duele, Elion.
A mí también me duele, y no sabes cuánto… Saber que no lo voy a volver a ver es horrible.
—No es justo… ¿Por qué tuvo que ser él?
¿Por qué él?
—susurró.
Elion tembló, conteniendo un sollozo, hasta que Stella apoyó su frente contra la suya en un gesto de consuelo —Nunca lo es —respondió ella con suavidad—.
Pero tenemos que seguir adelante, ¿sí?
Por él… y también por los abuelos.
Ellos lo habrían querido así.
Él asintió lentamente, aunque el peso en su pecho no desaparecía.
—Entonces…
—añadió Stella, volviendo a sonreír—, ¿Esa comida es para mí o solo viniste a presumir?
—Es para ti —respondió él, mientras se levantaba para alcanzar el plato—.
Pensé que tal vez tenías hambre.
—Gracias —dijo ella.
Él la ayudó a comer con cuidado, sujetando el plato y ofreciendo los bocados con paciencia.
Poco a poco, el color volvía a las mejillas de Stella.
—Si sigo comiendo así, voy a recuperarme antes de lo esperado —comentó ella con una risa suave.
—Eso espero… —respondió Elion, mostrando una pequeña sonrisa.
—Tú también debes estar agotado.
Deberías ir a descansar —añadió Stella.
—Estoy bien.
Puedo quedarme un rato más.
—No es necesario.
Además, yo también necesito dormir un poco —dijo ella, dándole un leve empujón con el hombro.
Elion suspiró, comprendiendo.
—Está bien… entonces te veo mañana.
—Bien… pero prométeme que vas a descansar.
El abuelo Javier nos habría regañado si te viera con esa cara —bromeó con una sonrisa cansada.
—Lo haré… te lo prometo.
Elion se levantó, pero justo cuando iba a salir, Stella lo tomó del brazo.
Él se volvió, y ella, sin decir nada, lo jaló con suavidad y le dio un beso en la mejilla.
—Gracias por venir… —murmuró con una pequeña sonrisa, cerrando los ojos—.
Ahora sí puedes irte.
Elion se sonrojó, esbozó una sonrisa tímida y asintió.
—Descansa, Stella.
Y salió de la habitación en silencio, cerrando la puerta con cuidado, con el corazón un poco más tranquilo Después de salir del cuarto de Stella, Elion cruzó el pasillo en silencio y se detuvo frente a la habitación donde estaban Althea y Hael.
No se escuchaba mucho ruido del otro lado, así que giró con cuidado el picaporte y abrió la puerta lentamente.
Dentro, la luz tenue de la vela iluminaba suavemente la habitación.
Sobre la cama, Althea y Hael estaban acostados, recostados en silencio.
—¿Hael, estás despierto?
—preguntó Elion en voz baja.
—Hermano —respondió Hael, incorporándose un poco.
—Perdón por despertarlos.
—Está bien, hermano —dijo Hael con una sonrisa tranquila—.
No estábamos dormidos, solo disfrutábamos de la tranquilidad… ¿verdad, Althea?
—Sí —respondió ella, levantándose un poco mientras acariciaba a Max, que dormitaba a su lado.
—Me alegra —dijo Elion, asintiendo—.
Entonces vámonos, Hael.
Althea y Max tienen que descansar… y nosotros también.
—Hasta mañana, Althea —dijo Hael, despidiéndose con la mano en alto.
—Nos vemos, Hael —contestó Althea con una sonrisa.
Antes de salir, Hael se acercó a Max, le acarició suavemente la cabeza y le susurró: —Que duermas bien, Max.
El perrito respondió con un ladrido suave, casi como un suspiro contento.
—Descansen —dijo Elion, cerrando la puerta con delicadeza tras ellos.
Althea suspiró en la oscuridad, escuchando cómo los pasos de Elion y Hael se alejaban por el pasillo.
Durante unos segundos, el cuarto quedó en silencio, iluminado apenas por el titilar de la vela.
Se inclinó hacia Max, que bostezaba largamente, y le acarició el lomo con ternura.
—Todo está bien —murmuró—.
Estamos a salvo… por ahora.
Apagó la vela con cuidado, dejando que la oscuridad llenara la habitación.
El mundo se volvió más tranquilo, más íntimo.
Se metió bajo las mantas, dejando que el calor suave de Max contra su pecho la reconfortara.
Mientras cerraba los ojos, su mente volvió a todo lo que había pasado: la pérdida, el miedo, las carreras desesperadas.
Apretó ligeramente a Max contra sí, como si al hacerlo pudiera protegerlo de todo.
El pequeño animal se acurrucó más cerca, dejando escapar un leve gemido de satisfacción.
Althea suspiró de nuevo, esta vez más tranquila.
En medio de tanto dolor y caos, habían encontrado un refugio.
No sabía cuánto tiempo duraría, pero por esta noche, podía permitirse soñar con un mañana más amable.
Con esos pensamientos cálidos envolviéndola, finalmente se dejó llevar por el sueño.
Mientras tanto, Elion y Hael subieron lentamente al tercer piso.
Cada paso sobre las escaleras crujía como un susurro viejo, y el aire, más frío y pesado allá arriba, parecía envolverlos en un silencio que apretaba el pecho.
Elion iba delante, pero a cada poco giraba la cabeza para asegurarse de que Hael seguía detrás, como temiendo perderlo entre las sombras.
Al llegar, encendió una pequeña vela.
La débil luz apenas vencía la oscuridad del pasillo, arrancando formas temblorosas a las paredes descoloridas.
Había dos puertas enfrentadas.
—El cuarto de la derecha es para ti —dijo Elion en voz baja, señalando apenas con la cabeza—.
El de la izquierda será el mío.
Hael no se movió.
Se quedó ahí, pequeño, inseguro, arrugando el borde de su camisa entre los dedos como si buscara aferrarse a algo que no podía ver.
—¿Puedo dormir contigo esta noche?
—preguntó, bajando aún más la mirada—.
No quiero estar solo… Elion no respondió de inmediato.
Solo abrió la puerta de su habitación de par en par, dejando que el gesto respondiera por él.
Hael caminó hacia él en silencio.
La habitación tenía un aroma a polvo viejo y madera.
La vela arrojaba una luz cálida sobre la cama individual, la litera gastada y el escritorio olvidado junto a la ventana.
Un póster a medio caer colgaba triste de una esquina, un recuerdo de tiempos más simples.
Se acomodaron juntos en la litera inferior.
Hael se tapó hasta el cuello con la manta, temblando ligeramente, mientras Elion dejaba caer el cuerpo con cansancio a su lado.
Pasaron varios minutos en los que solo se escuchaba el viento afuera, el crujir de la casa vieja y sus respiraciones entrecortadas.
—Hermano… —susurró Hael, rompiendo finalmente el silencio—.
No puedo… no puedo dejar de pensar en ellos.
Elion giró apenas la cabeza, atento.
—La abuela… se puso frente a mí —continuó Hael, con la voz quebrada—.
No lo dudó.
Solo se abalanzó para protegerme.
No tuvo miedo.
No trató de correr… Sus pequeños hombros temblaban al recordar.
—Y Aslan… él… —la voz se le apagó en un sollozo—.
Él estaba mal… yo lo vi… estaba luchando contra eso que lo estaba consumiendo.
Pero aún así, trató de sonreírme… hasta el final.
Elion sintió que algo se desgarraba dentro de él, como si las palabras de Hael fueran cuchillas en su propio pecho.
—Yo tuve mucho miedo —confesó Hael, apretando las manos contra el pecho—.
Me paralicé.
Y cuando pude moverme, solo… corrí.
Los dejé.
Abandonándolos.
La culpa en su voz era tan densa que parecía llenar la habitación entera.
—Cuando era pequeño —murmuró Elion, buscando con dificultad las palabras—, también me asustaba de todo.
De la oscuridad.
De los ruidos.
Y sobre todo de perderlo todo.
Hizo una pausa, cerrando los ojos un segundo, como si pudiera volver atrás en el tiempo.
—Una noche, la abuela se sentó conmigo junto a la ventana.
Me abrazó y me dijo que ser valiente no era no tener miedo… era no dejar que el miedo te hiciera olvidar a quién quieres proteger.
Y tú eres lo que más quiero proteger en el mundo.
Hael sollozó más fuerte, acurrucándose contra su hermano.
Elion le pasó un brazo firme alrededor de los hombros.
—Tú no los abandonaste, Hael —susurró contra su cabello—.
Tú viviste.
Y eso fue su mayor acto de amor.
Ellos eligieron salvarte porque tú merecías vivir.
Y eso es algo con los que estaré agradecidos con ellos para siempre.
Hael se aferró a él, como si temiera que también pudiera desvanecerse.
—¿Entonces… está bien que siga aquí?
—preguntó con voz rota.
Elion apoyó la frente contra la suya, cerrando los ojos.
—No solo está bien —respondió con toda la ternura que pudo—.
Es lo que ellos querían.
—Pero me duele tanto, Elion… —Lo sé —susurró—.
A mí también.
Se separó un poco solo para mirarlo a los ojos.
—Pero no vas a tener que cargarlo solo, Hael.
Nunca.
Yo voy a estar contigo, todos los días, hasta que duela menos.
Hasta que podamos recordarlos sin que se nos rompa el corazón.
¿Está bien?
—Sí —respondió Hael, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano.
Elion lo abrazó con fuerza, cerrando los ojos mientras sentía que las palabras nacían desde lo más profundo de su pecho.
—Vamos a construir algo nuevo —prometió, apretándolo con firmeza—.
Un hogar, Hael.
Uno donde puedas dormir tranquilo, donde podamos reír otra vez.
Hizo una pausa, con la voz ronca por la emoción, antes de continuar, —Cuando todo esto termine… te lo juro… vamos a plantar un jardín.
Y tú vas a elegir todas las flores.
—¿Flores…?
—murmuró Hael, alzando apenas el rostro.
—Sí —sonrió Elion, aunque sus ojos estaban llenos de lágrimas—.
Flores por cada uno de los que amamos.
Para que nunca olvidemos, pero tampoco dejemos de crecer.
Hael dejó escapar un pequeño sollozo que terminó en una risa ahogada.
Se acurrucó contra su hermano, sintiendo que, por primera vez en mucho tiempo, podía creerle.
—Quiero… quiero plantar girasoles —susurró, adormilado.
—Entonces tendremos un jardín lleno de girasoles —prometió Elion—.
Y no habrá viento ni invierno que pueda llevárselos.
La vela parpadeó una última vez antes de apagarse, sumiéndolos en una oscuridad tibia y segura.
Afuera, la noche seguía implacable… pero en ese pequeño rincón del mundo, había nacido una promesa.
Y a veces, una promesa basta para sostener todo un mundo.
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