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Ecos en un Mundo Caido - Capítulo 28

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  4. Capítulo 28 - 28 CAPÍTULO 28 Ecos en un Mundo Caído
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28: CAPÍTULO 28: Ecos en un Mundo Caído 28: CAPÍTULO 28: Ecos en un Mundo Caído La luna colgaba inmóvil en lo alto, bañando la ciudad desierta con su luz pálida.

Reize apoyaba el hombro contra la pared, mirando la luna a través de una pequeña ventana con rejilla, junto a la puerta trasera de la cafetería.

Encendió un cigarro con movimientos automáticos, mientras su mente vagaba sin rumbo.

“¿Cómo terminamos así…?

Maldita sea…

Solo espero que no nos destroce del todo”, pensó, dejando que el humo escapara lentamente de sus labios, mientras los recuerdos de horas atrás volvían a su mente.

Después de lavar los trastes y acomodar las pocas provisiones que quedaban, se había reunido con Koen y Arika.

Luego, se turnaron para vigilar desde los ventanales polvorientos, atentos a cualquier movimiento afuera.

Pero, a medida que los minutos pasaban, la tensión dentro de la cafetería crecía como una marea invisible, pesada y asfixiante.

Lo que ocurría en las calles era demasiado terrible para ponerlo en palabras.

Y Arika…

después de lo sucedido por la mañana, parecía haber levantado un muro aún más alto a su alrededor.

Rehusaba descansar, con los sentidos agudizados, como si temiera que el mundo volviera a romperse en cualquier momento.

Aun así, el agotamiento humano no perdona.

Poco a poco, todos fueron cayendo, rendidos por el cansancio.

Reize fue la primera en despertar.

Vio la oscuridad profunda tras las ventanas y, con cuidado de no hacer ruido, se escabulló hacia la parte trasera de la cafetería, sin querer perturbar su frágil descanso.

Volvió de sus recuerdos con un suspiro.

Allí, sola, fumaba.

Pensando.

Cargando silencios que no sabía cómo soltar.

Una voz rasgó la quietud: —No sabía que fumabas.

Reize se giró con sobresalto, ocultando instintivamente el cigarro.

Era Koen.

—Koen… —murmuró, relajándose un poco—.

Ya estás despierto.

Él asintió, cruzándose de brazos y apoyándose sobre la pared.

—¿Y Arika?

—preguntó Reize.

—Sigue dormida —respondió Koen con una media sonrisa—.

Al menos por ahora.

Se acercó un poco, sin invadir su espacio.

—¿Te importa si me quedo contigo?

—preguntó.

Reize parpadeó, algo desconcertada.

—¿Para qué?

—preguntó Reize.

—Para relajarme un poco y olvidar todo… como tú —dijo Koen, mirando la luna.

—No sé a qué te refieres —dijo Reize rascándose la cabeza.

—No hace falta que lo niegues, me di cuenta —dijo Koen, encogiéndose de hombros—.

Así que… ¿me regalas un cigarro?

Reize soltó una risa suave, resignada, y le tendió uno.

—Aquí tienes.

Pero solo si prometes no delatarme con Arika.

Koen tomó el cigarro, divertido.

—¿Tan mala sería su reacción?

—Me daría un sermón eterno —respondió Reize—.

Y lo peor es que tendría razón.

—Tranquila.

No diré nada —rió Koen—.

Además, si es tan estricta contigo, imagino que yo también recibiría un regaño.

—Sin duda —dijo Reize, soltando una carcajada suave.

Encendieron sus cigarros y compartieron el silencio por un momento, mientras el humo se disolvía en el aire frío.

—No soy de fumar —confesó Koen, llevándose el cigarro a los labios—.

Pero hay noches que simplemente lo exigen.

—Te entiendo —dijo Reize, sonriendo con cansancio.

El momento se estiró, tranquilo, hasta que Reize habló: —Lo que ocurrió hoy con Arika me preocupa —dijo en voz baja—.

La manera en que estuvo tan exaltada… tan alerta… me inquieta.

Koen asintió, pensativo.

—Lo sé… —dijo en voz baja—.

Yo también estoy preocupado por Arika.

Reize levantó una ceja, sorprendida por la sinceridad en su tono.

Era la primera vez que Koen había admitido algo así de forma tan directa.

Era como si aquel muro invisible que existía entre ellos desde que se conocieron se hubiera agrietado.

—Vaya… —dijo, esbozando una media sonrisa—.

No pensé escuchar eso de ti.

No creí que te importara tanto, ya que antes parecías ser más… distante.

—No exageres —resopló Koen, desviando la mirada—.

Solo me preocupa como compañera, nada más.

Si la ayudamos, eso… se le pasará con el tiempo.

—¿Solo como compañera?

—Reize inclinó la cabeza, con una chispa burlona en la mirada—.

Mhm… claro, claro.

Koen frunció el ceño.

—Te digo que no es lo que piensas.

—No pienso nada —replicó ella, divertida—.

Aunque… —hizo una breve pausa, apoyando el codo en la mesa— admito que tu cambio es interesante.

Quizá Arika tenga un efecto especial en la gente.

Koen suspiró, como si prefiriera dejar el tema allí, pero Reize suavizó su expresión.

—Pero fuera de bromas, tienes razón.

Lo mejor que podemos hacer es ayudarla a bajar la guardia poco a poco.

Si siente que no está sola, tal vez esa tensión que carga se disuelva con el tiempo.

—dijo Reize, dejando que el humo escapara de sus labios.

Koen asintió en silencio, aunque la mirada que le lanzó después decía más de lo que él estaba dispuesto a admitir en voz alta.

Luego de unos breves minutos en silencio, Reize miró a Koen de reojo, con una pequeña sonrisa traviesa.

—Por cierto… —dijo, fingiendo casualidad— hoy… ustedes parecían muy unidos.

Koen, que justo estaba dando una calada, se atragantó con el humo y tosió varias veces.

—¿Qué…?

—logró decir, con voz ronca.

Reize soltó una carcajada y le dio un par de palmaditas en la espalda.

—Ay, no te pongas así.

Solo hice un comentario inocente… —dijo, pero sus ojos brillaban con malicia.

—No sé de qué hablas… —gruñó Koen, intentando recomponerse.

—¿En serio?

—alzó una ceja, inclinándose un poco hacia él—.

Entonces, ¿a quién vi hace unas horas con Arika apoyada en su hombro, tan tranquilita, y tú sin moverte ni un milímetro para apartarla?

Koen la miró con fastidio, pero no pudo evitar sentirse acorralado.

—Bien…tus ganas —suspiró—.

Eso solo fue para consolarla, la vi triste, nada más.

No malinterpretes.

—Mmm… sí, claro… —murmuró Reize, estirando la última palabra mientras sonreía con picardía—.

Pero sabes… si vuelvo a ver algo así, voy a empezar a pensar que comienzas a tener sentimientos por ella… Koen apretó las manos y no dijo nada durante un momento.

Reize esperaba que lo negara con sarcasmo como siempre, pero en vez de eso, después de un silencio tenso, él habló con voz grave: —… ¿Y habría algo de malo si eso ocurriera?

Reize se quedó paralizada.

No esperaba escucharlo decir algo así tan directo.

—Espera…que?

—susurró, entre sorprendida y divertida—.

Lo sospechaba, pero escucharlo de ti… eso sí que no me lo veía venir.

—Yo…aún no estoy del todo seguro… —admitió Koen, desviando la mirada y jugueteando con sus manos—.

Pero parece que es lo que tu dices… aunque intente negármelo a mí mismo.

Además, esto algo nuevo para mí… y no sé muy bien qué hacer con eso.

Reize sonrió suavemente, esta vez sin burla.

—Sabes, cuando lo dices así… me recuerdas a ella.

Koen frunció el ceño.

—¿A Arika?

¿Por qué?

—Porque Arika también está aprendiendo —respondió—.

Para ella todo es nuevo: la alegría, la tristeza, la ira… incluso el amar.

Todas esas emociones son extrañas y desconocidas para ella.

Koen la miró, desconcertado.

—¿Acaso es como esas personas que no pueden sentir emociones?

—No exactamente —negó Reize—.

No es que no pueda sentirlas, es que le cuesta mucho descifrarlas.

Su cerebro no las procesa tan rápido, así que necesita tiempo para entender lo que significan… y a veces ni siquiera sabe ponerles nombre.

—Ahora entiendo… —murmuró Koen—.

Por eso, a veces, sus expresiones parecen no encajar con lo que pasa a su alrededor.

Reize asintió, con un suspiro.

—Así es.

Y no todos tienen la paciencia para entenderla… por eso siempre me preocupo por ella.

Koen bajó la mirada y dijo con firmeza: —Yo también lo haría si fuese tu… Reize lo observó un momento, reconociendo que la dureza que solía ver en él estaba cediendo poco a poco… y aunque no lo admitiera abiertamente, ya sabía que Arika había comenzado a abrir una grieta en sus muros.

Apoyó la espalda contra la pared, mirando al cielo.

—Cuando la conocí, era como un lienzo en blanco.

No entendía la alegría ni el dolor.

No recordaba su pasado.

Solo…

estaba allí, como una pequeña sombra.

La voz de Reize se volvió más baja, casi un susurro.

—Me dijeron que la encontraron sola, en la nieve.

Sin nombre.

Sin hogar.

Y sin emociones.

Y eso salió a relucir cuando uno de los niños del orfanato murió, ella no se inmuto y siguió como si nada hubiera pasado.

No entendía lo que significaba perder a alguien.

Entonces los demás niños empezaron a verla como un bicho raro, a burlarse de ella, a dejarla de lado.

Reize apretó el cigarro entre los dedos, como conteniendo la rabia del recuerdo.

—Un día la vi siendo maltratada por otro niño.

La defendí… y fue entonces cuando entendí que Arika no era insensible.

Solo… no había aprendido aún a sentirlas.

Pero tenía un corazón hermoso, con emocione tan sinceras que cualquier otro, aunque el mundo no pudiera verlo todavía.

Al escuchar aquello, una mezcla de enojo y tristeza se reflejó en el rostro de Koen.

Sus manos temblaron ligeramente, mientras apartaba el cigarro.

La luna seguía brillando arriba, indiferente.

Pero abajo, en la pequeña oscuridad compartida por dos corazones preocupados, algo nuevo empezaba a crecer: un lazo silencioso de protección.

Koen apartó la mirada de la ventana y la dirigió hacia el interior oscuro de la cafetería.

Un nudo denso se formaba en su pecho, tan apretado que casi dolía.

Arika… Pensaba que la entendía, que su silencio y su extraña calma eran solo parte de su carácter.

Pero ahora veía cuánto había tenido que soportar sola, cuánto había luchado en silencio, en un mundo que ni siquiera terminaba de comprender.

El simple hecho de imaginarla, pequeña, temblando en la nieve, olvidada por todos… le revolvía el estómago.

“Ojalá hubiera podido estar a su lado.” El pensamiento brotó en su mente con una claridad feroz, sincera.

No solo por lo que sentía por ella… sino porque sabía que alguien como Arika merecía ser cuidada, respetada, querida, aunque ella aún no supiera del todo lo que era eso.

Apretó el cigarro con los dedos, dejando que la brasa se apagara lentamente.

No voy a dejar que esté sola otra vez.

Giró la cabeza hacia Reize, quien seguía observando la noche en silencio, como si también sintiera la gravedad de lo que acababan de compartir.

Koen, en su interior, selló una promesa: No importaba cuánto tiempo tomara… encontraría la forma de llegar hasta Arika, de enseñarle, con paciencia y ternura, lo que era ser amado.

Reize notó el silencio denso que se había formado, pero no lo rompió de inmediato.

De alguna manera, entendía que Koen necesitaba su propio espacio para procesarlo todo.

Finalmente, ella exhaló el último resto de humo y aplastó el cigarro contra la vieja maceta oxidada que usaban como cenicero improvisado.

—¿Sabes?

—dijo Reize, su voz tranquila pero cargada de una extraña ternura—.

Me alegra que seas tú.

Koen parpadeó, sorprendido.

—¿Que sea yo… qué?

Reize sonrió, una de esas sonrisas cansadas pero sinceras.

—Que seas tú quien se haya ganado su confianza.

No es fácil para Arika… pero si alguien puede quedarse a su lado, creo que eres tú.

Aunque no parezca los dos tienen muchas cosas en común de lo que crees.

Koen la miró de reojo.

—¿De verdad lo crees?

—Sí… —afirmó Reize con seguridad—.

Creo que serás de mucha ayuda para Arika… así como ella lo será para ti.

Koen bajó la mirada, sintiendo el calor subiéndole al rostro, no de vergüenza, sino de una mezcla de gratitud y resolución.

—Gracias… —murmuró—.

No sé si seré suficiente, pero… voy a intentarlo.

Reize le dio un golpecito en el brazo, como una hermana mayor dándole ánimos.

—Eso es lo único que importa.

Que no la dejes sola.

Se quedaron así un momento más, mirando la noche a través de la ventana.

No había necesidad de decir nada más.

Finalmente, Reize estiró los brazos con un bostezo silencioso.

—Será mejor que volvamos.

No quiero que Arika despierte y piense que la abandonamos —bromeó, suavizando el ambiente.

Koen soltó una risa leve, asintiendo.

Apagaron la vela improvisada que iluminaba la parte trasera, y juntos regresaron en silencio a parte central de la cafetería, donde la calma del sueño aún protegía el pequeño refugio que, poco a poco, estaban construyendo entre los tres.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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