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Ecos en un Mundo Caido - Capítulo 29

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  4. Capítulo 29 - 29 CAPÍTULO 29 Ecos en un Mundo Caído 29
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29: CAPÍTULO 29: Ecos en un Mundo Caído (29) 29: CAPÍTULO 29: Ecos en un Mundo Caído (29) Koen y Reize regresaron al salón principal de la cafetería, aliviados de que todo estuviera en calma.

Al entrar, encontraron a Arika colocando platos sobre la mesa, moviéndose con tranquilidad.

Ambos se apresuraron a acercarse, como si hubieran pactado no dejarla sola ni un segundo.

—¡Arika, espera!

—dijo Reize, quitándole un plato antes de que pudiera protestar—.

Nosotros nos encargamos de esto.

—Tienes que descansar —añadió Koen, guiándola suavemente hacia una silla—.

No queremos que termines agotada.

Arika se sentó, mirándolo con las cejas ligeramente fruncidas.

—¿Seguro que eres tú, Koen…?

¿No te sientes enfermo?

Koen parpadeó, desconcertado.

—¿Qué se supone que significa eso?

—Bueno… —Arika lo miró con una media sonrisa—.

Es normal que Reize se preocupe por mí, pero tú… no sueles ser así.

Ya sabes, siempre tan frío y distante.

—Tal vez estoy intentando cambiar —dijo Koen, encogiéndose de hombros—.

No fuiste tú quien me dijo que lo hiciera.

Pero si no te gusta, puedo volver a ser el de antes.

—No dije que no me gustara… —Arika sonrió con un leve rubor—.

Solo me sorprende.

Creo que… me agrada esta nueva versión de ti.

Por un segundo, el silencio se volvió espeso.

Koen la observó, como si quisiera responder, pero las palabras se le quedaran atascadas.

Un ligero color subió a sus mejillas antes de que desviara la mirada bruscamente.

—Iré a traer la comida del mostrador —murmuró, dándose media vuelta demasiado rápido.

Arika lo siguió con la mirada, algo confundida.

Luego se volvió hacia Reize, que se acomodaba en la silla de enfrente.

—¿Dije algo mal?

Creo que lo incomodé con mis palabras.

Reize la miró, luego observó a Koen, que estaba de espaldas, moviéndose de forma torpe y casi dejando caer una taza, y volvió a ella con una media sonrisa.

—Tranquila, no es tu culpa… es solo Koen, siendo Koen.

Arika ladeó la cabeza, sin entender del todo, pero decidió no insistir.

Unos minutos después, Koen regresó con una bandeja.

La dejó sobre la mesa y empezó a repartir la comida con cuidado.

—Aquí tienes, Arika.

No hemos comido nada desde la tarde.

Esto te va a sentar bien.

Arika sonrió y asintió, empezando a comer con calma.

Koen se sentó al otro lado y se concentró en su plato, mientras Reize los miró a ambos y decidió empezar una conversación para aligerar el ambiente.

—Bueno, ya que estamos aquí tranquilos y con algo de comida, ¿por qué no nos cuentan alguna historia divertida de cuando eran más jóvenes?

—preguntó, mirando a ambos con curiosidad.

—Sé que todos tenemos alguna anécdota loca.

Koen la miró, pensativo, mientras tomaba un bocado.

—¿Algo divertido de cuando era niño?

Bueno, en mi caso no era precisamente el más travieso, pero… —hizo una pausa para pensar—.

Una vez, cuando tenía unos ocho años, me escapé de la casa para ir a pescar.

Pensé que sería una gran aventura.

Estaba tan seguro de que lo haría todo bien, pero me caí al agua apenas al llegar.

Pasé horas intentando sacar el barro de mis ropas, pero fue inútil.

Y cuando regresé a casa, mi madre casi me mata de la vergüenza.

Reize soltó una risa suave.

—¡Eso suena como algo que haría yo!

A mí me pasaba algo similar cuando trataba de hacer cosas “importantes” de niña.

Pensé que podía cocinar por mí misma, sin que nadie me ayudara.

El resultado fue un desastre total.

Quemé una sartén y estuve semanas intentando hacer que el olor se fuera.

Las hermanas del orfanato me llamaron “la chef de la tragedia”.

Arika, que escuchaba atentamente, se sorprendió un poco, ya que no había oído hablar de sus vidas anteriores.

—Vaya, parece que todos tenían un toque de desastre cuando eran pequeños —comentó con una sonrisa tímida—.

Yo, en cambio, no solía hacer cosas tan… caóticas.

Hizo una breve pausa, recordando.

—Pero una vez, cuando me quedaba en el jardín mientras el hombre que me cuidaba trabajaba cerca, vi que uno de sus perros tenía el pelo todo desordenado, lleno de barro y pajas.

Traté de arreglárselo con las manos, pero no podía… así que terminé tomando unas tijeras.

Inocentemente pensé que lo estaba ayudando, y le corté un buen mechón de golpe para que se viera “más limpio”.

Arika rio suavemente, encogiéndose de hombros.

—El pobre quedó chueco, con un lado corto y el otro largo.

Cuando el hombre me encontró con las tijeras en la mano y al perro mirándolo como si yo hubiera cometido un crimen… primero se llevó las manos a la cabeza para luego reírse sin parar.

Tuvieron que pasar semanas para que al pobre le creciera de nuevo el pelo.

Reize la miró, sorprendida y divertida.

—Pobre perro… seguro quedó traumado cada vez que veía unas tijeras.

Arika soltó una risa suave y negó con la cabeza.

—Nah, creo que al final me perdonó… sobre todo cuando le daba pan a escondidas.

Arika dejó escapar una sonrisita, aunque sus ojos se perdieron un instante, como si recordara más de lo que estaba contando.

Tras un breve silencio, Reize retomó la conversación con ligereza.

—Bueno, no sé ustedes, pero me encanta escuchar historias como esas.

Hace que todo se sienta un poco más…

normal, a pesar de todo lo que estamos viviendo.

Koen asintió mientras tomaba otro bocado de comida.

—Sí, a veces es bueno recordar esas cosas.

La vida no siempre tiene que ser tan seria.

La conversación siguió de forma relajada y agradable mientras todos comían, hasta que Koen terminó su comida y se levantó con la intención de hacer la cama.

—Voy a acomodar las mantas que Reize encontró hoy en unas de las cajas del almacén, para que todos podamos descansar un poco mejor —dijo, acomodando unas sábanas gruesas en el suelo.

—No va a ser como un colchón, pero seguro que estará más cómodo que ayer.

Reize lo observó por un momento, luego miró a Arika.

—¿Te sientes mejor?

—preguntó con suavidad.

—Parece que ya tienes más energía.

Arika asintió, sonriendo agradecida.

—Sí… gracias.

Creo que solo necesitaba algo de tiempo para calmarme.

Estoy bien ahora.

Koen terminó de preparar el “cama improvisada” y se alejó para dejar que Arika se acomodara.

Reize le hizo un gesto a Arika para que se recostara en el centro de la manta, donde sería más cómodo.

—Vamos, te vamos a acomodar bien —dijo Reize con una sonrisa tranquilizadora.

—Solo relájate un poco.

Arika dudó por un momento, pero al ver la preocupación en los ojos de ambos, finalmente cedió.

Se acomodó en el centro de la manta, y aunque trató de insistir, Reize y Koen no le dejaron.

—No es necesario, no estoy enferma…

—murmuró Arika, pero su voz ya era suave, sin más resistencia.

—Queremos que descanses —respondió Koen, ajustando las sábanas a su alrededor.

—Es lo mejor para todos.

Reize, al ver que todo estaba listo, se recostó a un lado, dejando que Koen también se tumbara en el otro.

—Ahora, a dormir un poco más, hasta que salga el sol —dijo Reize, mirando a Arika, que ya estaba casi dormida.

—Mañana será un nuevo día.

Arika cerró los ojos y susurró casi sin energía.

—Gracias… de verdad.

Con las tres figuras alineadas en el suelo, el sonido del viento exterior se convirtió en una canción suave que acompañó a los tres hasta que el sueño los alcanzó, con la promesa de que, por esa noche, al menos, todo estaba en calma.

Al dia siguiente, la luz del amanecer se filtraba tímida por las persianas, pintando líneas doradas sobre las paredes.

Afuera, el mundo parecía haberse calmado… pero era esa calma tensa que precede a una tormenta.

Arika abrió lentamente los ojos, parpadeando contra el brillo suave.

Al moverse, sintió un peso cálido a su lado.

Bajó la vista y vio a Reize, dormida, abrazándola como si fuera su ancla en medio de un mar agitado.

Una sonrisa se dibujó en sus labios.

Con cuidado, intentó apartarse para no despertarla, pero apenas se movió, Reize abrió los ojos de golpe, incorporándose como si estuviera lista para defenderla de algo invisible.

—¿Arika…?

—murmuró, su voz ronca por el sueño.

—Lo siento… te desperté —susurró Arika.

—No, no fue eso —negó Reize, frotándose los ojos—.

¿Estás bien?

¿No tuviste otra pesadilla?

Arika negó suavemente, aún medio adormecida.

—No… esta vez fue diferente.

—Una sonrisa tranquila le suavizó el rostro—.

Fue un sueño agradable.

Reize soltó un suspiro que parecía llevar horas guardado.

—Me alegra tanto… Arika se incorporó y le tendió la mano.

—Vamos, Koen seguro ya preparó algo para desayunar.

Si empezamos bien el día, tal vez podamos engañar un poco al destino.

Reize sonrió de lado, aceptó su mano y se pusieron de pie.

Caminaron juntas hacia la mesa donde anoche habían cenado.

Koen ya estaba ahí, sirviendo café tibio y colocando platos sencillos en una mesa improvisada.

—¡Buenos días, durmientes!

—bromeó, con una sonrisa burlona—.

Siéntense antes de que se enfríe.

Las dos se sentaron, y por un momento solo se escuchó el sonido de los cubiertos y el aroma reconfortante del café.

Fue Koen quien rompió el silencio, mirándolas con genuina curiosidad.

—Entonces… ¿qué soñaste?

Arika bajó la mirada, pensativa, como si las imágenes se escaparan entre sus dedos.

—Fue algo… bonito.

—Su voz se volvió suave—.

Soñé que estábamos los tres juntos, como ahora, pero… más en paz.

Estábamos alrededor de una fogata, riendo, contando historias… y sentí que nada malo podía tocarnos.

Koen sonrió, con un brillo distinto en los ojos.

—Eso suena… perfecto.

Me alegra que hayas tenido un sueño así.

Pero Arika frunció el ceño levemente.

—Aunque… había alguien más con nosotros.

Una cuarta persona.

—Sacudió la cabeza—.

No logro verle la cara, estaba borroso.

Reize arqueó una ceja y miró a Koen como si eso abriera una puerta a mil teorías.

—¿Alguien más, huh?

Tal vez sea alguien que todavía no hemos encontrado.

Koen inclinó la cabeza.

—¿Un cuarto miembro para nuestro club de supervivencia?

Arika soltó una risita.

—Tal vez.

—¿Era hombre o mujer?

—preguntó Reize, inclinándose hacia ella.

—Creo que era un chico.

—¿Un chico?

¿Y cómo era?

¿Alto, bajo, peligroso… adorable?

—dijo Reize con tono burlón.

Arika entrecerró los ojos, buscando el recuerdo.

—No lo sé… no recuerdo su aspecto, pero sí la sensación que daba.

Era… cálido.

—Cálido, ¿eh?

Al menos no será como Koen —comentó Reize con picardía.

—¿Qué se supone que significa eso?

—Koen la miró con media sonrisa de advertencia.

—Sabes bien a lo que me refiero —respondió ella sin pestañear.

Arika no pudo evitar reír al verlos discutir como dos niños a punto de empezar una pelea.

Su carcajada hizo que ambos se giraran a mirarla, sorprendidos.

Reize se acercó a Koen, poniéndole una mano en el hombro, le susurro.

—Esperemos que no sea tu competencia… pero por si acaso, da todo de ti.

—Tú… —murmuró Koen, frunciendo el ceño.

Reize solo sonrió, llevándose la taza a los labios.

—Bueno, sea quien sea… si trae esa sensación de paz, que venga cuando quiera.

El momento quedó suspendido, con una risa suave compartida entre los tres.

En medio del caos, esa pequeña mesa se sentía como un refugio, una familia improvisada… aunque en medio del caos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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