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Ecos en un Mundo Caido - Capítulo 30

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  4. Capítulo 30 - 30 CAPÍTULO 30 Ecos en un Mundo Caído 30
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30: CAPÍTULO 30: Ecos en un Mundo Caído (30) 30: CAPÍTULO 30: Ecos en un Mundo Caído (30) La luz del amanecer se filtraba suavemente a través de las cortinas, iluminando el rostro de Elion.

Con un parpadeo lento, abrió los ojos y encontró a Hael acurrucado a su lado, abrazando la manta con fuerza.

Elion sonrió para sí mismo.

Se movió con cuidado, apartándose sin despertarlo, y se puso algo de ropa para el frío matinal.

Bajó al segundo piso en silencio y se acercó a la habitación de Stella.

Abrió la puerta despacio, asomándose.

Lo que vio lo hizo detenerse un instante.

Althea estaba sentada en una silla junto a la cama, y Stella acariciaba con suavidad al pequeño.

Stella alzó la vista al escuchar el crujido de la puerta y sonrió al ver a Elion.

—Pasa —le dijo en voz baja.

Él entró, sonriendo.

—¿Cómo te sientes, Stella?

—Mejor…

mucho mejor —respondió ella, su voz serena pero cálida—.

Max también ha estado más animado.

Max levantó la cabeza como si entendiera y soltó un pequeño ladrido apagado.

Althea rió bajito y aplaudió una vez.

—¡Max es muy fuerte!

—exclamó con entusiasmo.

Elion sonrió al verlas tan animadas.

—Así parece…Voy a preparar algo de desayuno.

Seguro todos tenemos hambre —dijo, frotándose las manos.

—¡Sí!

¡Yo quiero pan!

—saltó Althea en su silla.

—Traeré algo —aseguró Elion, saliendo de la habitación.

Poco después, unos pasos pesados sonaron en las escaleras.

Era Hael, arrastrando su manta como si fuera un abrigo gigante.

Su cabello estaba tan despeinado que parecía tener orejas de gato.

—Buenos días, Hael —dijo Stella, riendo suavemente.

—Mmm…

buenos días…

—balbuceó Hael, medio dormido, frotándose los ojos.

—¿Buscas a tu hermano?

—preguntó Althea, asomándose para verlo mejor.

Hael asintió, tropezando ligeramente.

—Elion fue a preparar algo para desayunar —le explicó Stella.

—Bien—dijo Hael aun adormilado Althea se levantó de su silla y, en un impulso, fue hacia él.

Le acomodó el cabello desordenado con las manitas.

—Estás todo despeinado —dijo ella riendo.

Hael frunció el ceño, pero no se apartó.

—No importa…

—murmuró.

—Sí importa.

Si no, pareces un monstruo de almohadas —rió Althea.

Stella soltó una carcajada suave y Hael solo suspiró resignado.

Unos minutos después, Elion volvió con una bandeja cargada de sandwiches de jamón y vasos con té caliente.

—¡Hora de comer!

—anunció, entrando con paso triunfal.

—¡Qué rico!

—gritó Althea, corriendo a tomar uno.

Hael también se acercó y tomó un sandwich mientras murmuraba: —¿No había cereal?…

—Busque en la cocina, pero solo había la caja, Hael —le explicó Elion, revolviéndole el cabello—.

Buscare más por la tarde.

Todos se sentaron alrededor de la cama, comiendo juntos.

Max se quedó recostado cerca, moviendo la cola al ritmo de la conversación.

—Oye, Hael…

—preguntó Althea con curiosidad—.

¿Tú sabes cocinar?

Hael se detuvo a morder su sandwich, pensándolo.

—Sé…

poner cereal en un plato…

—dijo muy serio.

Todos rieron, incluso Stella.

—¡Eso no es cocinar!

—exclamó Althea, tapándose la boca para no reírse más fuerte.

—Entonces no sé cocinar —admitió Hael encogiéndose de hombros.

La risa y las pequeñas charlas llenaron la habitación, haciéndola sentir cálida y viva.

Después de terminar el desayuno, Stella se recostó de nuevo para descansar un poco más.

Max, satisfecho, se acomodó enroscado a sus pies.

Mientras tanto, Althea y Hael seguían sentados, intercambiando miradas cómplices.

—Oye, Hael…

—susurró Althea, acercándose—.

¿Y si ayudamos a Elion a hacer la comida de más tarde?

Hael ladeó la cabeza, pensándolo.

—¿Tú sabes cocinar?

—preguntó desconfiado.

Althea puso cara muy seria, hinchando un poco las mejillas.

—¡Claro!

Sé…

hacer sándwiches…

¡y calentar agua!

Hael alzó una ceja, dudando.

—Eso no es mucho.

—¡Es mejor que solo poner cereal!

—protestó Althea, cruzándose de brazos.

Hael soltó una risa bajita.

—Está bien.

Vamos a ayudar.

Althea aplaudió emocionada y luego ambos bajaron de puntitas al primer piso, entrando a la cocina, donde Elion estaba ordenando los platos.

Cuando los vio aparecer, Elion sonrió.

—¿Qué hacen aquí, pequeños?

Althea levantó la mano como si fuera en la escuela.

—¡Venimos a ayudar, señor cocinero!

Hael se acomodó la manta como si fuera un delantal improvisado.

—Somos…

tus ayudantes oficiales —añadió, aunque un poco avergonzado.

Elion rió, dejando los trastos a un lado.

—¿En serio?

Eso suena genial.

A ver, ayudantes, necesitamos papas, verduras…

y mucho cuidado con no comerse los ingredientes antes de tiempo.

Althea asintió tan rápido que casi se le cae la cinta del cabello.

—¡Sí, chef!

Después de un rato buscando en la pequeña cocina, reunieron todo lo que quedaba en la despensa, aunque los ingredientes se encontraban ya un poco marchitados, aun podrían aprovecharse.

—Muy bien.

—anunció Elion con una sonrisa—.

¡Hora de preparar el almuerzo!

Althea y Hael, que estaban sentados cerca observándolo, se levantaron emocionados.

—¿Qué vamos a hacer?

—preguntó Hael, acercándose para mirar los ingredientes.

—¿Va a ser algo rico?

—añadió Althea, tambaleándose de la emoción.

—Claro que sí —rió Elion—.

Vamos a preparar un guiso sencillo con verduras y papas.

No tenemos carne, pero haremos que quede delicioso.

—¡Yo quiero ayudar!

—exclamó Althea, levantando la mano como si estuviera en clase.

—¡Yo también!

—añadió Hael.

Elion asintió, contento.

—Perfecto.

Hael, puedes pelar las papas.

Althea, tú puedes lavar las zanahorias.

Althea corrió a buscar una pequeña banqueta para alcanzar el fregadero, mientras Hael se concentraba en su tarea, frunciendo el ceño en una expresión muy seria.

—¡Papas peladas en misión especial!

—dijo Hael, mientras luchaba un poco con el pelador.

—¡Zanahorias limpias en marcha!

—siguió Althea, dejando todo lleno de pequeñas salpicaduras de agua.

Elion los miraba con cariño, guiándolos pacientemente.

A veces ayudaba a Hael a terminar de pelar o a Althea a no mojarse toda.

—¿Te imaginas que tuviéramos un restaurante?

—bromeó Elion mientras removía el guiso en la olla—.

Tú, Hael, serías el chef rudo que grita en la cocina, y tú, Althea, serías la que recibe a los clientes con una sonrisa.

—¡Yo sería la jefa!

—rió Althea, alzando las manos.

—Y yo el que come todo —añadió Hael, ganándose una carcajada general.

Cuando la comida estuvo lista, subieron al cuarto de Stella llevando una bandeja más grande.

El aroma cálido del guiso llenaba el pasillo.

Stella, que descansaba acariciando a Max, sonrió al verlos.

—¿Qué están tramando ahora?

—preguntó con humor.

—¡El almuerzo especial de los mejores ayudantes!

—anunció Elion, dejando la bandeja sobre la mesita—.

Todo hecho con mucho esfuerzo.

—Y amor —añadió Althea, inflando el pecho de orgullo.

Stella se rió bajito, emocionada.

—Gracias, mis pequeños cocineros.

Todos se acomodaron alrededor de la cama y empezaron a comer, compartiendo sonrisas y bocados.

En un momento, Elion levantó su vaso improvisado de té.

—¿Hacemos una promesa?

—propuso, mirándolos a todos.

—¿Qué tipo de promesa?

—preguntó Hael, curioso.

—Que no importa qué pase, siempre vamos a ayudarnos.

Como ahora.

Como familia.

Althea asintió rápidamente.

—¡Prometido!

—Prometido —dijo Hael también, juntando su pequeño puño con los de los otros.

Stella, emocionada, estiró su mano para unirse al círculo.

—Prometido —susurró.

En medio de un mundo caído y heridas que tardarían en sanar, esa promesa se sintió como el lazo más fuerte y verdadero.

Después de terminar el almuerzo, Elion salió del cuarto para ir a la cocina nuevamente para lavar los trastes y Althea, aún llena de energía, tuvo una idea.

—¡Vamos a dibujar!

—propuso, saltando de su asiento.

—¿Dibujar?

—preguntó Hael, ladeando la cabeza.

—¡Sí!

Podemos hacer dibujos para decorar el cuarto de Stella —dijo Althea, entusiasmada.

Stella sonrió desde su cama.

—Eso suena muy bonito.

Con su bendición, Althea y Hael bajaron las escaleras hacia la pequeña sala de estar.

Allí, tras rebuscar en un viejo armario, encontraron un paquete algo arrugado de papeles y algunas crayolas gastadas.

—¡Mira!

—exclamó Althea, sosteniéndolos como un trofeo.

—¡Genial!

—dijo Hael, buscando un buen rincón donde sentarse.

Se acomodaron en el suelo, usando una mesita baja como apoyo, y comenzaron a dibujar con toda la concentración del mundo.

Althea trazaba flores gigantes y cielos de muchos soles, mientras Hael dibujaba casas pequeñas, árboles, y una figura con orejas puntiagudas que insistía era Max.

—Este es Max —dijo Althea, mostrándole su dibujo, muy orgullosa.

—¡Y este eres tú!

—añadió Hael, enseñándole un garabato sonriente de una niña.

Rieron juntos, olvidándose por un rato del mundo afuera.

Pasado un buen momento, Elion bajó las escaleras en silencio.

Había ido a echar un vistazo desde las ventanas del piso superior…

y lo que había visto no era alentador.

Su expresión era sombría.

—¿Hermano?

—preguntó Hael al verlo.

Elion forzó una sonrisa.

—¿Qué están haciendo aquí abajo?

—¡Dibujamos un montón de cosas!

—dijo Althea, corriendo a enseñarle su papel lleno de colores—.

Mira, es nuestra casa feliz.

Elion se agachó y tomó el dibujo en sus manos, su pecho apretándose al ver la inocencia plasmada en cada línea.

—Está precioso, Althea…

—murmuró, acariciándole la cabeza.

—¿Pasa algo malo?

—preguntó Hael, frunciendo el ceño.

Elion se quedó en silencio un momento.

Luego, con voz suave, dijo: —Todavía no es seguro salir.

Hay muchos infectados afuera.

Es peligroso.

Althea bajó un poco la cabeza, sosteniendo aún su dibujo.

Elion la vio, y se inclinó para mirarla a los ojos.

—Pero te prometo algo —añadió—.

Mañana, si las cosas se ven un poco mejor…

intentaré salir.

Buscaré la forma de que puedas comunicarte con Delma.

Los ojos de Althea se iluminaron.

Sabía que no era una promesa vacía, y aunque no fuera fácil, confiaba en él.

—Está bien, Elion —dijo ella con una sonrisa pequeña pero firme—.

Esperaré.

Elion le revolvió el cabello con cariño.

—Eres muy valiente, ¿lo sabías?

—¡Yo también soy valiente!

—dijo Hael, cruzándose de brazos, provocando una risa general.

—Si, Hael, tú también lo eres —añadió Elion.

Althea se sentó de nuevo junto a la mesa, y levantó su crayón.

—Entonces…

¡vamos a seguir dibujando hasta llenar toda la sala!

Elion, aún con la tristeza rondándole, sonrió de verdad.

Sí.

Por ahora, eso era suficiente.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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