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Ecos en un Mundo Caido - Capítulo 31

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  4. Capítulo 31 - 31 CAPÍTULO 31 Ecos en un Mundo Caído 31
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31: CAPÍTULO 31: Ecos en un Mundo Caído (31) 31: CAPÍTULO 31: Ecos en un Mundo Caído (31) En la cafetería, Arika y Reize lavaban los trastes que habían usado durante el desayuno y el almuerzo.

El agua corría constante, y el choque suave de los platos llenaba el silencio de la cafetería.

Era una calma frágil, como si el más mínimo ruido fuerte pudiera quebrarla.

Entonces, Koen regresó desde el almacén.

Su paso era pesado, y el ceño fruncido bastó para ponerlas en alerta.

Dejó caer un pequeño paquete sobre la barra con un golpe seco.

—Hay poca comida —anunció con voz grave—.

Y afuera… la cosa empeora cada hora.

Lo mejor será irnos lo antes posible.

Reize se quedó quieta, con el plato aún en la mano, mientras la espuma se deslizaba entre sus dedos.

Lo miró con una mezcla de miedo y frustración.

—¿Ya…?

—murmuró—.

Pero… podríamos esperar un poco más.

Arika, que había terminado de secarse las manos, dio un paso hacia ella.

—Reize… —su voz era suave, pero firme—.

Acordamos que, si en dos o tres días no venía nadie, nos marcharíamos.

El silencio se alargó.

Reize apretó los labios, bajando la mirada.

Lo sabía.

Siempre lo había sabido.

Pero el miedo a salir del refugio era un peso insoportable.

—Solo un poco más… —suplicó, alzando los ojos hacia Koen—.

Mañana.

Dame hasta mañana.

Si nadie llega, nos iremos al atardecer.

Lo prometo.

Koen suspiró hondo, frotándose la nuca como si cargara con una piedra invisible.

—Está bien —cedió, aunque su tono seguía siendo tenso—.

Pero mañana, sin falta.

No podemos arriesgarnos más.

Reize asintió, sintiendo un nudo en el pecho que apenas le dejaba respirar.

Arika se acercó y la rodeó con un brazo.

—Estaremos bien —susurró—.

No importa cuándo salgamos… mientras estemos juntos, encontraremos una forma.

Reize cerró los ojos un momento, respirando hondo, aferrándose a esas palabras como quien se aferra a una cuerda en medio de la tormenta.

Esa noche, la cafetería quedó envuelta en silencio.

Solo se escuchaba el viento filtrándose por las rendijas de las ventanas selladas.

Reize daba vueltas en su colchón improvisado, incapaz de conciliar el sueño.

Cada sombra parecía alargarse.

Cada crujido del edificio la hacía tensarse.

Con un suspiro frustrado, se incorporó, abrazando sus piernas contra el pecho.

—¿No puedes dormir?

—preguntó una voz suave a su lado.

Era Arika.

Había abierto los ojos, con el cabello revuelto y la voz adormilada.

Reize negó despacio.

—No dejo de pensar en mañana…

—murmuró, con un hilo de voz—.

No quiero que algo malo les pase.

No quiero que…

—Su voz se quebró un poco.

Arika, en silencio, se arrastró hasta quedar junto a ella y apoyó su cabeza en su hombro.

—No va a pasar nada —dijo, con esa calma suya que pocas veces mostraba, pero que ahora sonaba sincera—.

Estamos juntos.

Y vamos a seguir juntos.

Eso es lo único que importa.

Reize cerró los ojos, dejando que ese pequeño gesto la envolviera, como una manta invisible.

—Tranquilas —gruñó Koen desde su rincón, medio dormido—.

Si alguien se atreve a tocarlas, tendrá que pasar sobre mi cadáver primero.

Las dos chicas se miraron de reojo y no pudieron contener la risa.

—¿Estás seguro de eso?

—dijo Reize, arqueando una ceja—.

A mí me suena más a que tú serías el primero en salir corriendo.

—O peor… —añadió Arika con un brillo travieso en los ojos—, que tropieces y al final tengamos que cargarte nosotras.

Koen bufó desde las mantas, dándoles la espalda.

—Sigan riéndose… ya verán quién termina cuidando de quién.

—Sí, claro… —rió Reize, bajando la voz como si hablara en secreto con Arika—.

Entonces estamos perdidas.

Arika ahogó otra risita y se acurrucó en el hombro de su amiga.

—Pues ni modo… si Koen es nuestra última esperanza, estamos condenadas.

—Buenas noches —gruñó él, fingiendo molestia.

Las dos rieron bajito, hasta que la risa se fue apagando y el silencio volvió a envolver la cafetería.

Arika levantó la cabeza apenas, miró a Reize con ojos cansados y luego escondió de nuevo el rostro en su hombro.

—Yo… confío en ti —susurró con voz suave—.

Y mañana… confío en que podremos hacerlo, todos juntos.

Reize parpadeó, sorprendida, y sintió cómo la presión en su pecho se aflojaba un poco.

—Sí… —respondió en un murmullo—.

Lo lograremos.

Se acomodaron bajo las mantas, pegadas la una a la otra, y poco a poco, el sueño terminó por vencerlas.

Al día siguiente.

El amanecer llegó despacio, filtrándose a través de las cortinas improvisadas.

La luz bañaba la sala con un tono dorado y suave.

Reize fue la primera en despertar.

Durante unos segundos no recordó dónde estaba, hasta que sintió el peso de una cabeza en su hombro.

Arika aún dormía, el ceño por fin relajado.

Con cuidado, Reize la acomodó entre las mantas antes de levantarse, estirándose con un leve gemido.

—Buenos días… —murmuró una voz rasposa a su espalda.

Koen bostezaba, desperezándose con el cabello completamente revuelto.

—¿Qué hora es?

—preguntó Reize, frotándose los ojos.

—Aún temprano —respondió él—.

Pero ya es hora de prepararnos.

Ambos miraron a Arika, que empezaba a parpadear, desperezándose como un gato perezoso.

—Buen día… —saludó ella, su voz aún adormilada, pero serena.

—Buen día —respondieron los dos al unísono.

Koen se levantó del suelo y estiró los brazos, soltando un bufido.

—Haré algo rápido de desayuno.

Después de eso, revisaremos qué podemos llevarnos.

Reize asintió y ayudó a Arika a incorporarse con suavidad.

—¿Cómo te sientes?

Tuviste otra pesadilla —preguntó, con una sonrisa ligera.

—No, esta vez dormí bien —contestó Arika, devolviéndole la sonrisa.

Se veía más tranquila que en días anteriores.

Mientras Koen buscaba en la cocina, Reize y Arika recogieron algunas cosas dispersas, trabajando en un silencio cómodo.

Cuando al fin se sentaron a comer, el aire cambió.

Una determinación nueva, más firme, parecía flotar en la habitación.

—Hoy… es nuestro último día aquí —dijo Koen, sirviendo los platos.

—Sí —afirmó Arika, mirando la ventana con ojos serenos.

Reize, que solía protestar o bromear, esta vez solo asintió.

No hacía falta decirlo en voz alta: los tres lo sabían.

Estaban listos.

O al menos tenían que estarlo.

Después del desayuno, el ambiente se volvió más serio.

Koen y Arika preparaban las mochilas en silencio, mientras Reize permanecía junto a la ventana, mirando con insistencia a través de las persianas rotas.

Cada tanto se inclinaba un poco más, como si con solo mirar pudiera hacer aparecer una silueta conocida en las calles vacías.

Koen llenaba cantimploras con lo poco de agua que quedaba, y Arika revisaba los víveres, organizándolos con calma forzada.

—No sabemos cuánto tardaremos en encontrar un refugio seguro… tenemos que ser inteligentes.

—Eso y tener suerte —añadió Koen, guardando el agua en su mochila.

Nadie dijo nada sobre Reize.

Sabían que necesitaba ese momento.

El tiempo pasó lento, espesado por el calor de la tarde.

Cuando el sol empezó a teñir el cielo de naranja, Arika dejó la mochila a un lado y se acercó a Reize.

—Reize… —dijo en voz baja.

Reize no respondió de inmediato, como si aún esperara ver a alguien aparecer al final de la calle.

—Reize —repitió Arika, esta vez con más firmeza.

Finalmente, ella bajó la mirada, tragando saliva con dificultad.

—…Nadie vendrá, ¿verdad?

Arika negó suavemente.

—Tenemos que irnos antes de que oscurezca.

Por un instante, el silencio fue espeso, casi insoportable.

Pero al final, Reize asintió, los ojos brillando con la luz del atardecer.

—Está bien… vamos.

Arika le regaló una pequeña sonrisa alentadora antes de volver al centro del local.

Tomó una escoba vieja que estaba recostada contra la pared y, con un golpe seco contra el borde de una mesa, la partió en dos.

—Si algo sale mal… al menos tendremos con qué defendernos —dijo, extendiéndole uno de los extremos a Reize.

Koen, que había estado observando en silencio, se levantó y empezó a hurgar en el almacén.

Encontró un tubo metálico medio oxidado y lo probó en el aire, asintiendo con satisfacción.

Reize, tras aceptar el improvisado bastón, miró a su alrededor.

Tomó un cuchillo de cocina largo que habían guardado por seguridad y lo ató con un trapo al extremo de un palo roto, fabricando una especie de lanza.

—Me niego a morir aquí —murmuró, logrando una pequeña sonrisa.

Koen y Arika se reunieron junto a ella.

Las mochilas listas, las armas improvisadas en mano.

El sol comenzaba a hundirse en el horizonte.

Koen miró por última vez el lugar donde habían pasado los últimos días: las mesas polvorientas, las tazas alineadas en los estantes, los ventanales tapados.

—Jamás pensé que una cafetería vacía me daría tanta paz… —murmuró.

Reize acarició con los dedos una de las mesas, siguiendo la madera agrietada.

—Será tonto, pero… me hubiera gustado quedarme un poco más.

Arika, de pie junto a la puerta trasera, sonrió con melancolía.

—Lo importante es que nos dio un respiro cuando más lo necesitábamos.

Koen se acomodó la mochila al hombro y suspiró.

—Terminemos de revisar el perímetro una última vez.

Si todo está despejado, salimos apenas se oculte el sol.

—Sí —asintieron ambas.

Antes de irse, Reize sacó una pequeña navaja y talló discretamente algo en la parte interior de una de las mesas.

No dijo qué era, pero cuando terminó, sonrió para sí misma.

—Ahora sí… estoy lista.

Y juntos, con mochilas al hombro y un nudo en el pecho, se acercaron a la puerta trasera de la cafetería y se prepararon para enfrentar el mundo exterior.

Era ahora o nunca.

En la madera de la mesa, apenas visible a contraluz, quedó grabado un simple mensaje: “Volveremos.”

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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