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Ecos en un Mundo Caido - Capítulo 32

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  4. Capítulo 32 - 32 CAPÍTULO 32 Ecos en un Mundo Caído 32
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32: CAPÍTULO 32: Ecos en un Mundo Caído (32) 32: CAPÍTULO 32: Ecos en un Mundo Caído (32) Dentro de la casa, Elion observaba con atención el exterior desde una de las ventanas del tercer piso.

La luz del día iluminaba las calles desiertas, pero aún se podían ver algunos infectados deambulando.

La situación afuera seguía siendo complicada.

De repente, escuchó pasos y vio a su hermano Hael acercándose.

—¿Cómo va todo afuera?

—preguntó Hael, notando el aire tenso de su hermano.

Elion no apartó la vista de la ventana, pero respondió con tranquilidad: —Hay menos infectados cerca, parece que se están alejando un poco de la casa.

Pero la situación sigue siendo peligrosa.

Hael frunció el ceño, un poco preocupado, y le preguntó: —¿Vas a salir?

Elion asintió con la cabeza, sabiendo que no había otra opción.

—Sí, ya casi no queda comida, en el desayuno se acabaron las ultimas piezas de pan, así que tengo que ir a buscar más.

Además, le prometí a Althea que hoy me comunicaría con su amiga Delma.

Hael entendió y, aunque preocupado, no dijo nada más.

Con un suspiro, le pidió: —Por favor, no te alejes mucho, Elion.

No me gusta que salgas solo.

Elion le dio una sonrisa tranquila, intentando aliviar la ansiedad de su hermano.

—No te preocupes, no iré muy lejos.

¿Dónde están los demás?

—Althea y Max están con Stella —respondió Hael, mirando hacia abajo, como si reflexionara sobre el cambio que había ocurrido en la casa—.

El cuarto de Stella se ha convertido en su lugar favorito.

Pasan más tiempo ahí que en cualquier otra parte de la casa.

Elion asintió, ya familiarizado con la dinámica de la casa.

Juntos, se dirigieron al cuarto de Stella.

Al entrar, Elion compartió su plan con voz firme: —Voy a salir por un rato.

Buscaré comida y también un lugar con señal para comunicarme con la amiga de Althea.

Los demás se miraron entre sí.

Aunque la preocupación era evidente, comprendieron que era necesario.

Elion miro a Althea y le dijo: —Althea, necesito que me prestes tu teléfono para poder contactar a Delma —le pidió con calma.

Althea dudó un instante, pero luego asintió.

Salió de la habitación y regresó poco después con el teléfono en la mano.

Se lo entregó a Elion, quien lo recibió con cuidado y lo guardó en su mochila —Asegúrate de decirle a Delma dónde estamos, y dile que espero poder volver a verla pronto —dijo Althea a Elion, mientras el ajustaba la mochila en su espalda.

Elion asintió.

—¿Cuánto tiempo estarás fuera?

—preguntó Stella, mirándolo con una expresión de cautela.

—No lo sé, pero si me tardo, Hael se quedará cuidando todo.

Hay algo de comida junto al fregadero de la cocina, por si tienen hambre —respondió Elion, dirigiéndose hacia la puerta.

Hael lo miró con una mezcla de preocupación y confianza.

Cuando Elion abrió la puerta para irse, se despidió de todos con un gesto firme.

—Nos vemos pronto.

Cuídense —dijo, antes de desaparecer por el umbral.

Mientras bajaba las escaleras hasta el primer piso, Elion respiró hondo.

Todos arriba están a salvo, se recordó.

Al llegar a la salida, apoyó la mano en la manija; esta temblaba ligeramente bajo sus dedos.

Cerró los ojos un instante y pensó: “Aquí vamos”.

Entonces, empujó la puerta.

El aire frío del exterior lo envolvió al salir, y el golpe seco de la puerta cerrándose tras él resonó como una despedida demasiado pesada.

Arriba, Hael permaneció inmóvil, con el eco de ese sonido oprimiéndole el pecho.

La sombra de la preocupación le nublaba el rostro.

Stella lo observó en silencio, y luego le dedicó una sonrisa cálida, casi maternal.

—No te deprimas, Hael.

Tu hermano va a regresar.

Es fuerte.

Althea, que había estado en silencio hasta ese momento, se acercó y le tomó la mano a Hael, dándole un apretón reconfortante.

—Stella tiene razón —dijo, mirando a Hael con seriedad—.

Tu hermano es fuerte, nada va a impedir que vuelva.

Hael la miró, un poco desconcertado al principio, pero sus ojos se suavizaron al escuchar sus palabras.

Sonrió ligeramente y, con una actitud renovada, dijo: —Si, él es muy fuerte.

Stella, Althea y Hael se quedaron juntos, esperando que Elion regresara pronto.

Cada uno sabía que la espera no sería fácil, pero la esperanza de que Elion volvería a salvo los mantenía unidos.

Mientras Elion se escabullía entre los callejones, en otra parte de la ciudad, una mujer derribó de una patada la puerta de una oficina en lo alto de un edificio imponente.

El lugar estaba impecablemente amueblado: un escritorio amplio de madera oscura, un juego de sala de cuero, estantes repletos de libros y una enorme ventana panorámica que dejaba ver la ciudad gris extendiéndose hasta el horizonte.

La figura que entró contrastaba con aquella elegancia.

Era Delma.

Su tez trigueña brillaba con el sudor del esfuerzo, y su cabello castaño y corto caía en mechones desordenados sobre la frente.

Sus ojos cafés, profundos y atentos, recorrían la habitación con una concentración implacable.

Vestía un conjunto oscuro y ajustado, diseñado para la movilidad y la resistencia; con refuerzos discretos en hombros y rodillas, tenía un aire táctico, sobrio, como el uniforme de alguien habituado a misiones encubiertas.

El traje, sin embargo, estaba manchado de sangre y polvo, huellas del caos que había atravesado.

Antes de entrar del todo, se detuvo, observando la puerta derribada.

—No pensé que volvería a este lugar… —murmuró, con una mezcla de frustración y recuerdos.

Delma no dudó más.

Se abrió paso entre los muebles, desordenando el lugar mientras buscaba algo con urgencia.

Pasaron horas, y al fin, agotada, se dejó caer en uno de los sofás.

Aún no encontraba lo que buscaba.

Se llevó una mano al rostro, luego miró por la ventana, contemplando el sol que comenzaba a ocultarse en el horizonte.

—Maldita sea, Félix… ¿dónde lo escondiste?

—escupió con rabia, apretando con fuerza el arma en sus manos.

Justo en ese momento, su celular sonó, sacándola de sus pensamientos.

Al ver la pantalla, reconoció el número de Althea.

Sin pensarlo, contestó rápidamente: —Althea… perdón, tardaré un poco.

Pero antes de que pudiera escuchar la respuesta, una voz masculina, grave y calma, surgió del otro lado de la línea: —No soy Althea.

Soy un amigo.

¿Es usted la Srta.

Delma?

El tono de la voz dejó a Delma en silencio por un momento, como si intentara procesar lo que acababa de escuchar.

Las palabras “un amigo” le sonaron a algo peligroso.

Se incorporó de inmediato, alerta, y sostuvo el teléfono con más firmeza.

—¿Amigo, dices…?

—murmuró con cautela—.

¿Quién eres tú?

Elion contestó rápidamente, su voz clara y serena: —Tranquilícese por favor… no soy un enemigo.

Me llamo Elion.

Ayudé a Althea cuando estaba en problemas.

Delma, dudo un momento, no sabía si creerle o no, pero luego recordó la conversación que tuvo con Althea hace dos días.

Su tono pasó de cauteloso a aliviado.

—¿El chico que le ofreció cobijo a Althea?

—preguntó, tratando de asegurarse—.

Entonces, ¿no eres uno de esos bastardos intento hacerle daño?

Porque si es así no sabes la que te espera.

Elion se alarmo y negó con firmeza.

—No, no soy esa clase de persona, solo trato de ayudar a Althea.

Además, la razón por la que la llamo es porque el lugar donde nos quedamos antes cambió y Althea me pidió que la contactara para informarle.

Delma, que había estado sosteniendo el teléfono con fuerza, suspiró aliviada.

—Entiendo… —dijo, su voz suavizándose—.

Puede darme la nueva dirección y… ¿Althea está bien?

—Ella se encuentra bien, no se preocupe—respondió Elion con seguridad.

Elion le proporcionó la dirección sin titubear, asegurándose de que Delma pudiera encontrar el lugar sin problemas.

—Althea espera verla pronto, Srta.

Delma —añadió, su tono cálido.

Delma sonrió, aunque algo triste.

—Iré pronto… pero tendrá que esperar un poco más.

Las cosas no están fáciles por aquí.

—Luego, se rió levemente—.

Al menos ahora sé que no eres uno de esos idiotas y puedo confiarte el cuidado de Althea.

Te agradezco por eso.

Elion asintió, comprendiendo perfectamente lo que Delma le había dicho.

—Lo entiendo.

Cuídese —dijo, escuchando el sonido final del teléfono desconectándose.

Cuando colgó, Delma guardó el celular en su bolsillo, dejando escapar un suspiro.

Su mirada se deslizó por la habitación, hasta posarse en un cuadro que colgaba en la pared.

Era una pintura vibrante, llena de tonos cálidos que atrapaban la luz del atardecer.

Justo cuando el sol comenzaba a ocultarse, sus últimos rayos golpearon el borde dorado del marco.

Este reflejó un brillo tenue que rebotó en la pared de enfrente, dibujando un destello inesperado.

Intrigada, se acercó a la pared.

El destello que reflejaba la pintura era sutil, pero lo suficientemente extraño como para despertar su curiosidad.

Al mirar más de cerca, notó un pequeño rectángulo que sobresalía de la pared.

Estaba cubierto por una capa de pintura, casi imperceptible.

—¿Qué diablos…?

—murmuró para sí misma, observando el borde que se distinguía débilmente.

Tomó una pequeña herramienta afilada que había sobre el escritorio y, con un toque cuidadoso, comenzó a raspar la pintura.

La base del rectagulo cedió con un crujido suave, y al retirar los restos de la capa, reveló una pequeña caja oculta dentro.

Con una sonrisa satisfecha, abrió la caja con destreza, y en su interior encontró lo que había estado buscando todo el tiempo: un USB.

Una risa baja escapó de sus labios.

—Por fin…Félix, nunca pensé que fueras tan ingenioso como para esconderlo de esta manera…

—comentó, mirando el pequeño dispositivo con admiración.

Al sentir que el tiempo apremiaba, miró por la ventana.

El sol estaba por ocultarse por completo, oscureciendo la habitación poco a poco.

En ese momento, algo más llamó su atención: un cuadro en el escritorio que había pasado por alto.

Era una foto, una imagen familiar de Félix, Evelin y una pequeña Althea.

Delma la sacó del marco, guardándola cuidadosamente en su bolsillo.

—Espero que esto sea suficiente para cumplir mi promesa Felix —murmuró mientras se giraba para dirigirse a la salida, mirando una última vez el pequeño lugar.

—Te ayudaré…pero solo para que Althea ya no se esconda entre las sombras nunca más.

Delma bajó las escaleras del edificio con pasos firmes, el USB guardado en el bolsillo interior de su chaqueta.

Cuando llegó a la puerta trasera, se detuvo un instante.

Puso el oído contra la madera.

Solo escuchaba el susurro del viento y algún gruñido lejano.

Apretó los dedos alrededor del arma que llevaba y respiró hondo.

—Vamos, Delma… —se dijo a sí misma, empujando con fuerza la puerta.

La calle se desplegó frente a ella como un campo de ruinas.

Vehículos abandonados, papeles revoloteando, el aire cargado de polvo y ceniza.

Más adelante, unos pocos infectados deambulaban, torpes, todavía lejos.

Delma no dudó.

Se deslizó hacia un callejón estrecho, pegándose a las paredes desconchadas, sus pasos ligeros y calculados.

Su mente repasaba el mapa mental que había construido: atajos, edificios seguros, lugares donde podía esconderse si era necesario.

No podía arriesgarse a perder el USB… ni su vida.

Un grito desgarrador resonó a la distancia, y Delma se detuvo en seco.

Miró a ambos lados, aferrando su arma con más fuerza.

—No voy a fallar…

—murmuró, volviendo a moverse.

Mientras avanzaba entre las sombras, cada cruce de calle era una apuesta.

Cada esquina, una trampa posible.

Pero su determinación era más fuerte que el miedo.

Tenía que llegar hasta Althea.

Tenía que cumplir su promesa.

En otra parte de la ciudad, en ese mismo instante, Elion también se preparaba para salir de su escondite, lanzándose a las calles.

El cielo se teñía de tonos anaranjados y rojizos, como si la ciudad misma ardiera en un fuego silencioso.

No muy lejos de allí, en la cafetería, los chicos estaban listos para salir, cada uno con una mezcla de nerviosismo y determinación en el rostro.

Para todos ellos, esa noche marcaría un antes y un después.

El sol terminó por ocultarse por completo, dejando tras de sí un resplandor apagado en el horizonte.

La oscuridad empezó a cubrir las calles desiertas, mientras la luna emergía lentamente, bañando con su luz plateada los techos y las ventanas rotas de la ciudad.

La noche comenzaba, y con ella, el verdadero desafío.

El juego de la supervivencia había comenzado de nuevo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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