Ecos en un Mundo Caido - Capítulo 33
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- Capítulo 33 - 33 CÁPITULO 33 Ecos en un Mundo Caído 33
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33: CÁPITULO 33: Ecos en un Mundo Caído (33) 33: CÁPITULO 33: Ecos en un Mundo Caído (33) La puerta trasera de la cafetería se abrió con un chirrido apenas audible.
Koen salió primero, el cuerpo tenso y el arma improvisada en alto.
Arika y Reize lo siguieron de cerca, con pasos ligeros y silenciosos.
El callejón olía a humedad, a basura vieja…
y a sangre seca.
Koen hizo una seña para que avanzaran pegados a la pared.
Arika, sujetando con fuerza su escoba rota, sentía su corazón latir como un tambor, pero mantenía el rostro sereno.
A su lado, Reize apretaba la mandíbula, empuñando su arma improvisada.
La calle frente a ellos parecía despejada, con solo algunos infectados tambaleándose a lo lejos.
La noche ya se había adueñado del cielo, cubriéndolo de sombras profundas, mientras la luna comenzaba a alzarse lentamente, bañando la ciudad con un resplandor pálido y frío.
—Vamos…
ahora —susurró Koen.
Avanzaron en fila, agachados, usando autos abandonados y escombros como cobertura.
Cada crujido bajo sus pies sonaba como un trueno en el silencio espeso de la ciudad.
Todo parecía ir relativamente bien…
hasta que doblaron una esquina.
Ahí, a unos metros, un grupo de infectados merodeaba.
Más de los que esperaban.
El hedor era insoportable, y un gruñido gutural hizo que se les erizara la piel.
—Retrocedamos —sugirió Arika, su voz apenas audible.
Koen negó rápidamente.
—No.
Necesitamos distraerlos.
Agarró una piedra del suelo y la lanzó hacia una ventana lejana.
El vidrio se rompió con un estallido, y varios infectados giraron sus cabezas, alertados por el ruido.
Por un momento, parecía que el plan funcionaba.
—Ahora, despacio —indicó Koen.
Pero justo cuando intentaban moverse, Reize, nerviosa, pisó un trozo de metal oxidado.
El chirrido agudo llenó el callejón.
Las cabezas de los infectados se giraron hacia ellos al instante.
—¡Corran!
—gritó Koen.
Sin perder tiempo, salieron disparados calle abajo, esquivando obstáculos como podían, mientras los gruñidos bestiales resonaban detrás de ellos.
Arika miró de reojo: eran demasiados para enfrentarlos.
—¡Por aquí!
—señaló Reize, divisando un desvío angosto entre dos edificios.
Corrieron hacia allí.
Tras unos minutos de esquivar calles y ocultarse en sombras, lograron despistar a los infectados.
La respiración les ardía en los pulmones, pero no se detuvieron hasta asegurarse de que no los seguían.
Se apoyaron un momento en una pared, recuperando el aliento.
—¿Están bien?
—preguntó Koen, mirando a ambos.
—Sí…
solo un poco cansada —murmuró Reize, sacudiendo la cabeza.
—Podría estar peor —añadió Arika, sonriendo levemente.
Pero el alivio duró poco.
Al girar una esquina, se encontraron de frente con otro grupo: siete u ocho infectados avanzaban tambaleándose, bloqueándoles el camino.
—Maldición…
—susurró Koen.
No había adónde escapar.
Los infectados estaban demasiado cerca, y regresar era arriesgarse a reencontrar a la horda anterior.
—No hay opción…
—dijo Arika, endureciendo la mirada mientras ajustaba su agarre en la escoba rota.
Koen asintió.
—Peleamos.
Reize tragó saliva, apretando con fuerza su arma improvisada, pero asintió también.
—Juntos…
como lo planeamos —dijo Koen.
Arika tomó la mano de Reize, mirándola a los ojos con firmeza.
—Tranquila, saldremos de esta —susurró.
Luego soltó su mano y dio un paso al frente, colocándose en posición defensiva, lista para enfrentar lo que venía.
Los infectados avanzaban, soltando gruñidos sordos que se mezclaban con el silbido del viento entre los edificios abandonados.
Koen se puso delante de las chicas, levantando el tubo oxidado que llevaba.
—Quédense detrás de mí —ordenó con voz firme—.
Yo los detendré.
Solo cúbranme la espalda.
Arika frunció el ceño.
Sujetó con más fuerza su escoba rota y dio un paso al costado, saliendo de la sombra de Koen.
—No soy tan frágil —dijo en tono serio—.
Puedo protegerme sola.
Antes de que Koen pudiera replicar, Arika ya se había lanzado hacia adelante.
Con una agilidad sorprendente, esquivó a uno de los infectados que intentó atraparla.
Se agachó en el último momento y, girando su cuerpo, hundió el extremo afilado de su arma en la cabeza del enemigo.
El infectado cayó pesadamente al suelo.
Reize, que había quedado un poco paralizada, parpadeó asombrada antes de reaccionar y seguir su ejemplo.
—¡Maldita sea!
—gruñó Koen, apretando los dientes mientras se lanzaba tras ellos.
El combate se volvió caótico.
Arika se movía con rapidez, esquivando zarpazos torpes y golpeando con precisión.
Cada movimiento era limpio, decidido, como si llevara años peleando.
Otro infectado cayó a sus pies mientras ella, jadeante, giraba para buscar su próximo objetivo.
Koen, por su parte, derribaba a los que se acercaban demasiado a Reize, usando su fuerza bruta y su experiencia, rompiendo cráneos y bloqueando ataques con movimientos calculados.
—¡No te quedes quieta Reize, muévete!
—gritó, al notar cómo ella se paralizaba por instantes al ver tanta sangre, mientras desviaba con un golpe seco el avance de un infectado que casi lo alcanza.
Reize asintió rápidamente, retrocediendo y atacando con movimientos nerviosos pero determinados.
Arika, en un movimiento rápido, golpeó a otro infectado en las piernas, haciéndolo caer, y remató con un certero golpe en la cabeza.
—¡Koen, a tu izquierda!
—advirtió ella.
Koen reaccionó justo a tiempo, girando y destrozando el cráneo de la criatura de un solo golpe.
Finalmente, tras unos minutos que parecieron eternos, el último de los infectados cayó al suelo, dejando todo en un inquietante silencio.
Los tres quedaron de pie, respirando con dificultad, cubiertos de pequeños cortes y moretones, pero vivos.
Koen miró a Arika, una mezcla de sorpresa y respeto en sus ojos.
—No esperaba eso de ti…
—admitió, soltando una breve risa.
Luego, giró hacia Reize.
—¿Tú sabías que Arika podía hacer eso?
Reize, lo miró rápidamente y asintió, dándole una ligera sonrisa.
—Sí… aunque no esperaba que fuera tan fuerte.
Koen desvió la mirada, rascándose la nuca.
—Yo tampoco.
Vaya…
supongo que fui un poco protector de más —dijo, sonriendo torpemente.
Arika soltó un leve resoplido, limpiándose la frente.
—Te dije que podía protegerme sola —respondió simplemente.
Reize sonrió al verlos interactuar.
—No sé ustedes…
pero yo preferiría no volver a hacer esto —bromeó, aunque su voz temblaba ligeramente.
Koen rió entre dientes, relajando un poco la tensión.
—Vamos.
Todavía tenemos que encontrar un lugar seguro antes de que amanezca.
Empezaron a caminar, pero apenas dieron unos pasos cuando un estruendo aterrador resonó a lo lejos.
—¿Qué fue eso?
—preguntó Reize.
Antes de que Koen pudiera responder, un rugido los interrumpió.
Desde las sombras comenzaron a surgir infectados, muchos más de los que podían enfrentar.
—¡Mierda!
—exclamó Koen, endureciendo el rostro.
—Parece que no estamos solos… —murmuró Reize.
Koen levantó su arma improvisada.
—No podemos quedarnos aquí.
¡Peleamos y salimos de aquí!
Arika, sin esperar instrucciones, corrió hacia los infectados.
Koen y Reize cubrieron su avance como pudieron.
La lucha fue brutal y caótica.
Aunque Arika peleaba con fuerza y determinación, la cantidad de enemigos era abrumadora.
Fue entonces que Reize, quien luchaba con todas sus fuerzas, comenzó a ceder.
Su brazo temblaba de cansancio, sus golpes ya no eran tan firmes.
Un infectado aprovechó ese momento de debilidad y se abalanzó sobre ella, derribándola al suelo.
—¡Reize!
—gritó Arika, con el corazón encogido al verla caer.
Reize intentaba desesperadamente apartar al infectado, pero el peso y la fuerza de la criatura eran demasiado.
El rostro del monstruo estaba peligrosamente cerca, los dientes afilados buscando su cuello.
Arika intentaba ir a ayudarla, pero los infectados no la dejaban, entonces vio que estaba por perder a su amiga, la pesadilla se volvería realidad, sintió que el mundo se detenía por un segundo, un terror frío apretándole el pecho.
—¡NO, REIZE!
—gritó con todas sus fuerzas.
Cuando todo parecía perdido, un disparo sonó en el aire.
El infectado cayó muerto sobre ella.
A lo lejos, con los primeros rayos del sol, se dibujaba la silueta de un hombre que se acercaba.
—Deberían tener más cuidado —dijo, con una sonrisa de medio lado.
Koen parpadeó, incrédulo.
—¡Ethan!
Era su viejo amigo y secretario.
—Me alegra verlo nuevamente, director.
Tenemos mucho de qué hablar, pero dejémoslo para más rato —dijo, recargando su arma—.
¡Antes, hay que salir de aquí!
No había tiempo para discutir.
Arika se deshizo de los infectados y corrió hacia Reize, abrazándola con todas sus fuerzas.
—Reize… —murmuró, temblando aún por la adrenalina.
Reize respiró hondo, correspondiendo el abrazo mientras sentía cómo el peso en su pecho se aligeraba un poco.
—Estoy bien, Arika… —susurró con la voz entrecortada—.
Tranquilizate.
Arika se separó apenas, lo suficiente para mirarla a los ojos.
Sus labios temblaban, como si quisiera decir algo más, pero en lugar de palabras la apretó otra vez contra su pecho.
—No vuelvas a asustarme así —dijo con un nudo en la garganta.
Reize sonrió débilmente, aferrándose a ella.
—Lo prometo.
En ese momento, Ethan se acercó cubriéndolas, disparando hacia los infectados que intentaban rodearlos.
—Perdón por arruinar el momento, pero necesitamos ayuda.
¡No podremos aguantar solos por mucho tiempo!
—advirtió, sin dejar de apretar el gatillo.
Las chicas comprendieron de inmediato.
Arika tomó la mano de Reize, ayudándola a ponerse de pie, y esta vez se colocó delante de ella con firmeza: no iba a alejarse ni un instante más.
Koen, unos pasos más allá, seguía luchando con toda la fuerza que tenía, derribando a los que se acercaban demasiado.
Ethan, por su parte, disparaba sin vacilar, su puntería certera manteniendo abierta la frágil línea de defensa.
Durante unos minutos, resistieron.
—¡Escúchenme!
—gritó Ethan, haciendo una seña—.
A unos metros hay un minimarket.
Podemos escondernos allí.
¡Cuando les dé la señal, corran!
Todos asintieron y luego de unos minutos, Ethan dio el grito esperado: —¡Ahora!
Mientras Ethan los cubría disparando, Koen, Arika y Reize corrieron tan rápido como pudieron.
Atravesaron la calle destrozada, esquivando cadáveres y escombros.
Entraron al minimarket, empujaron la puerta y la cerraron tras ellos.
Afuera, los gemidos de los infectados seguían resonando, pero dentro encontraron un breve y necesario respiro.
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