Ecos en un Mundo Caido - Capítulo 34
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- Capítulo 34 - 34 CÁPITULO 34 Ecos en un Mundo Caído 34
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34: CÁPITULO 34: Ecos en un Mundo Caído (34) 34: CÁPITULO 34: Ecos en un Mundo Caído (34) Dentro del minimarket, el aire estaba cargado de polvo y el eco de sus respiraciones agitadas.
A pesar de todo, el lugar ofrecía un refugio, aunque fuera temporal.
Cerraron la puerta con un chirrido sordo y, por primera vez en horas, pudieron bajar un poco la guardia.
Koen apenas soltó su arma improvisada antes de girarse hacia Ethan.
Sus ojos reflejaban una mezcla de incredulidad y alivio.
—Pensé que estabas muerto, maldita sea —dijo Koen, soltando una risa entrecortada mientras le daba un golpe amistoso en el hombro—.
No supe nada de ti desde que todo se fue al demonio.
Ethan sonrió de medio lado, ese gesto suyo tan característico.
—¿Morir yo?
Ni en tus mejores sueños, director.
Los dos compartieron una risa breve y sincera, una chispa de normalidad en medio del caos.
Después de ese breve momento, Koen recordó a las dos figuras que esperaban a un lado, mirándolos con mezcla de cansancio y curiosidad.
—Ah, cierto…
—Koen se aclaró la garganta—.
Déjame presentarte a quienes me han acompañado todo este tiempo.
Ella es Reize —dijo, señalando a la muchacha—, y ella es Arika.
Ethan caminó hacia ellas con paso tranquilo, como si todo el horror que acababan de pasar no lo afectara en absoluto.
Se detuvo frente a Reize primero.
Le tendió la mano con una sonrisa que, aunque relajada, tenía un matiz diferente…
como si algo en ella le llamara especialmente la atención.
—Un gusto —dijo Ethan, su voz baja y segura—.
Soy Ethan.
Reize, aún algo nerviosa, aceptó su mano.
El contacto fue breve, pero en ese instante, una chispa invisible pareció pasar entre ambos.
Reize bajó la mirada, sintiendo su corazón acelerarse sin entender del todo por qué.
Ethan, por su parte, tardó un segundo más de lo normal en soltarle la mano, con una expresión pensativa en los ojos.
—Yo…te agradezco por salvarme la vida—dijo ella tartamudeando.
—Está bien, no tienes que agradecerme.
Me conformo con que te encuentres bien —respondió Ethan con una sonrisa.
Koen alzó una ceja, pero no comentó nada.
Se volvió hacia Arika, quien lo miraba con atención.
—Y ella es Arika —dijo.
Ethan se acercó a ella, repitiendo el gesto.
—Un placer —repitió, tendiéndole la mano—.
Soy Ethan.
El momento en que sus dedos tocaron los de Arika, algo explotó en su mente.
Una punzada aguda de dolor la atravesó, haciéndola tambalearse levemente.
Imágenes vagas se estrellaron contra su conciencia: un recuerdo.
Ethan…
extendiendo la mano hacia ella en un lugar que no podía identificar.
La misma voz, el mismo saludo.
Un segundo después, otro recuerdo la golpeó con fuerza.
Era la escena de su sueño esa mañana: el chico que no había podido distinguir en el bosque…
era Ethan.
—¡Arika!
—exclamó Koen, dando un paso adelante al verla llevarse la mano a la cabeza, tambaleante.
Reize también se acercó, alarmada.
—¿Estás bien?
Arika cerró los ojos con fuerza, respirando agitadamente.
El dolor desapareció tan rápido como había llegado, pero la sensación de vértigo y confusión persistía.
—Estoy…
bien —murmuró, aunque su voz temblaba ligeramente.
Ethan la miraba con el ceño fruncido, una leve sombra de preocupación cruzando su rostro.
Koen le puso una mano en el hombro para estabilizarla.
—Si necesitas sentarte…
Arika negó con la cabeza, aunque su corazón latía con fuerza desbocada.
Algo, en lo más profundo de su memoria, había despertado.
Y estaba seguro de que Ethan tenía algo que ver con eso.
Arika pasó el resto de la mañana descansando en un rincón del minimarket, recostada contra unas cajas medio aplastadas.
La luz tenue que se filtraba por los ventanales rotos era suficiente para ver sus rostros cansados, pero no para revelar todo el polvo y la destrucción que cubría el lugar.
Horas después el sol llego a su punto más alto, sin embargo, los infectados seguían rondando cerca por lo que salir no era opción, tenían que esperar.
Y así la noche llegó, silenciosa y pesada, y todos, por turnos, se acomodaron como pudieron entre estantes caídos y bolsas de alimentos rotas.
Nadie durmió del todo bien, pero al menos estaban vivos…
y juntos.
Al amanecer, el cielo plomizo seguía cubierto de nubes pesadas.
Arika se incorporó, estirándose con lentitud.
La sensación de incomodidad y esa pesadez en su cabeza aún rondaban, pero había algo más fuerte latiendo dentro de ella: la necesidad de seguir adelante.
—Creo que deberíamos movernos ahora, ya no están esas cosas cerca, es nuestra oportunidad.
—dijo, rompiendo el silencio.
Koen asintió de inmediato, mientras Ethan y Reize también daban su aprobación con un breve gesto.
No era seguro quedarse demasiado tiempo en un mismo lugar.
Revisaron el minimarket una vez más antes de partir.
No quedaba mucha comida: algunas latas abolladas, paquetes de galletas rotos, botellas de agua polvorientas.
Cada uno tomó lo que pudo cargar en una mochila improvisada.
No era mucho, pero en esos tiempos, cualquier cosa era valiosa.
Cuando llegaron a la entrada del lugar, Ethan, que cargaba una mochila más pesada que las de los demás, se giró hacia ellos.
—¿Alguno sabe usar un arma?
—preguntó, su mirada seria.
Arika, sin dudar, levantó la mano.
Ethan la miró por un momento, la sombra de la preocupación cruzándole el rostro.
Recordaba claramente cómo casi se había desplomado el día anterior.
—¿Estás segura?
—preguntó con voz baja—.
Ayer no parecías estar en condiciones…
Arika sostuvo su mirada, firme.
—Estoy segura.
Algo en su tono disipó cualquier duda.
Ethan, aunque no del todo convencido, suspiró y sacó una pistola corta de su mochila, tendiéndosela.
—Ten cuidado —murmuró.
Ella la tomó con manos seguras.
Koen, curioso, frunció el ceño.
—¿De dónde sacaste esas armas, Ethan?
Ethan encogió un hombro, como si fuera algo sin importancia.
—Antes de encontrarme con ustedes, me topé con un tanque del ejército abandonado —explicó—.
Estaba hecho pedazos, pero dentro encontré algunas cosas útiles.
Tomé lo que pude cargar.
Koen asintió, entendiendo de inmediato.
Era un golpe de suerte.
Reize, sin embargo, seguía mirando a Arika con preocupación.
—¿De verdad sabes usarla?
—preguntó en voz baja, acercándose un poco.
Arika le dedicó una sonrisa tranquila, aunque sus ojos seguían cargados de una determinación férrea.
—Sí.
De hecho…
—bajó la mirada un segundo antes de volver a levantarla con una media sonrisa—, en unos días me iban a entregar mi permiso para portar armas.
Reize parpadeó, sorprendida.
—Pero bueno…
—continuó Arika, encogiéndose de hombros—, tal como están las cosas, eso ya no sucederá.
Su tono fue ligero, pero la sombra de tristeza en sus palabras era imposible de ignorar.
Ethan observó la escena en silencio, como si hubiera algo más que quisiera decir, pero finalmente se limitó a asegurar la correa de su mochila.
—Bien —dijo Koen, acomodándose el rifle que ahora cargaba—.
Movámonos antes de que algo nos encuentre primero.
Y así, con pasos firmes pero silenciosos, el pequeño grupo abandonó el minimarket, avanzando hacia un futuro incierto.
El grupo avanzó mientras el cielo comenzaba a aclararse apenas con tonos grisáceos.
A esa hora, las calles estaban desiertas, pero el silencio era engañoso.
Cada sombra, cada rincón, parecía esconder algo al acecho.
Llevaban caminando más de una hora sin problemas, hasta que un enorme derrumbe bloqueó su camino.
Los escombros formaban una pared imposible de cruzar.
Reize, inquieta, miraba a todos lados.
—Será mejor que busquemos otro camino —sugirió, apretando su mochila contra el pecho.
Koen asintió, miro a los costados buscando una ruta alternativa, pero en ese momento un estruendo retumbó a lo lejos.
Una explosión sorda, como si algo enorme hubiese detonado varias calles más adelante.
Se detuvieron en seco.
Todos se miraron tensos.
—Eso no suena bien —murmuró Ethan, frunciendo el ceño.
Antes de que pudieran reaccionar, un segundo estallido mucho más cercano sacudió el suelo.
El asfalto tembló violentamente bajo sus pies y, con un crujido ensordecedor, la pista comenzó a partirse en dos.
Koen, que estaba en medio de la calle, perdió el equilibrio cuando una grieta enorme se abrió a sus pies, tragándose el suelo a su alrededor.
—¡Koen!
—gritó Reize, horrorizada.
Sin pensarlo un segundo, Arika corrió hacia él.
Sus piernas se movieron solas, impulsadas por puro instinto.
Cuando la grieta se ensanchó, alcanzando a rozar los bordes donde ellos estaban, Arika empujó a Koen con fuerza hacia el otro lado.
—¡Cuidado!
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