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Ecos en un Mundo Caido - Capítulo 36

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  4. Capítulo 36 - 36 CAPÍTULO 36 Ecos en un Mundo Caído 36
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36: CAPÍTULO 36: Ecos en un Mundo Caído (36) 36: CAPÍTULO 36: Ecos en un Mundo Caído (36) El sol ya estaba en su punto más alto cuando los grupos comenzaron a movilizarse para continuar su camino.

Koen, con la mirada un poco perdida, ajustaba la mochila en sus hombros mientras se acercaba a Ethan.

—¿Cómo estuviste después de que todo explotara?

—preguntó en voz baja, aunque la preocupación era evidente en su tono—.

¿Qué fue lo que pasó exactamente?

Ethan se detuvo un segundo, como si reunir las palabras le costara.

Rascándose la cabeza, soltó un suspiro y empezó: —Después de que se cortó la llamada…

todo fue un caos.

Esas cosas…

comenzaron a entrar al edificio.

La gente gritaba, corría…

algunos intentaban pelear, otros simplemente…

—se interrumpió, bajando la mirada—.

Yo solo quería salir de ahí.

—Claro…

—murmuró Koen, instándolo a seguir.

—Corrí hacia el estacionamiento, pensando en usar mi auto.

—Ethan soltó una risa amarga—.

Pero había varios de esos monstruos rondando.

Me escondí entre los autos y, cuando vi una oportunidad, traté de encender mi coche…

pero no arrancaba.

—chasqueó la lengua con frustración—.

Entonces, recordé que tenía las llaves del tuyo.

—¿El mío?

—Koen entrecerró los ojos, pero no dijo nada más.

—Sí…

—continuó Ethan—.

Lo tomé, logré salir del edificio, pero no avancé mucho.

Un derrumbe bloqueaba toda la calle.

No tuve opción: dejé el coche y me fui a pie…

terminé escondiéndome en una tienda de abarrotes cercana.

—hizo una pausa, luego añadió, más serio—.

No había mucha comida…

y la poca que había, estaba casi podrida.

No podía quedarme allí mucho tiempo.

Vi tu mensaje…

y seguí tu ubicación.

Koen se cruzó de brazos, procesando todo.

Finalmente soltó: —Debiste haber buscado otro camino…

o haber regresado.

—¿Regresar?

—Ethan dejó escapar una risa incrédula—.

Estaba solo, Koen.

Y créeme, cada minuto contaba.

—luego, con tono más bajo—.

No pensé en el auto.

Solo quería sobrevivir.

Hubo un momento de silencio tenso.

Luego Koen suspiró, dejando caer los hombros.

—Supongo que no puedo culparte.

—dijo finalmente—.

Me costó trabajo conseguir ese auto…

pero si gracias a él sigues vivo…

entonces valió la pena.

—Gracias, Koen.

—Ethan sonrió levemente, aliviado.

—Aun no me agradezcas, me lo tendrás que pagar de alguna manera.

—añadió Koen con una media sonrisa, golpeándole suavemente el brazo—.

Uno de estos días.

—Te parece si te invito la cena si alguna vez encontramos un lugar decente para comer—bromeó Ethan, y ambos rieron suavemente.

Sin más, retomaron el camino, animados por la pequeña broma en medio de la tensión.

Mientras tanto, Arika y Reize también se habían levantado temprano.

Tras una comida rápida, emprendieron la marcha, sabiendo que el peligro de los infectados podía regresar en cualquier momento.

Caminaban en silencio hasta que un enorme derrumbe bloqueó su paso.

Un edificio entero había colapsado frente a ellas, convirtiendo el camino en un laberinto de escombros y polvo.

—Genial…

—murmuró Reize, deteniéndose frente al muro de ruinas—.

¿Ahora qué?

Arika examinó los alrededores con cautela.

—Podríamos rodearlo —propuso—.

Buscar un camino más seguro.

—¿Rodearlo?

—Reize la miró como si hubiera dicho una locura—.

Nos tomaría horas.

Tal vez días.

Y no sabemos qué podríamos encontrar más adelante.

—Pero…

—Arika miró el edificio derrumbado, insegura—.

Se ve muy inestable.

No sé si sea buena idea cruzarlo.

Reize entrecerró los ojos, estudiando el derrumbe.

Luego señaló un área donde los escombros formaban una especie de pasaje improvisado.

—Ahí —dijo—.

Podemos pasar si somos cuidadosas.

No parece tan malo.

Arika dudó, cruzándose de brazos.

—No me gusta, Reize.

Siento que en cualquier momento todo eso se puede venir abajo.

—Lo sé.

—Reize se acercó a ella, bajando un poco la voz—.

Pero también sé que perder tiempo aquí podría ponernos en más peligro.

¿Confías en mí?

Arika alzó la vista, encontrándose con los ojos decididos de Reize.

Finalmente, soltó un suspiro y asintió.

—Confío en ti…

—dijo en voz baja—.

Pero si algo sale mal, salimos corriendo.

—Prometido —sonrió Reize, levantando el pulgar.

Ambas se adentraron en el edificio colapsado, moviéndose con el máximo cuidado.

Cada paso era una pequeña batalla contra el polvo que se alzaba en el aire y el sonido crujiente del metal retorcido.

Avanzaron lentamente, esquivando vigas y bloques de concreto.

De vez en cuando, se lanzaban miradas nerviosas.

El silencio era tan denso que cualquier pequeño ruido parecía un rugido.

Entonces, un temblor sacudió la estructura.

Las vigas gimieron, el polvo cayó como una lluvia espesa.

—¡Apresúrate!

—gritó Reize, adelantándose.

Pero en ese instante, Arika se detuvo.

Una imagen fugaz pasó frente a sus ojos: Reize, tirada en el suelo, un enorme vidrio atravesándole la pierna, sangrando mientras gritaba su nombre.

Arika se quedó paralizada, temblando.

—¿Arika?

—Reize se dio vuelta al notar que no la seguía—.

¡¿Qué haces?!

¡Vamos!

El corazón de Arika latía con fuerza.

Sus manos temblaban.

Quería moverse, gritar, advertirle a Reize…

pero sus piernas no respondían.

Entonces, como si todo encajara, oyó un crujido encima de ellas.

Levantó la vista.

Un enorme cristal se soltaba lentamente de su soporte.

—¡Reize, atrás!

—gritó Arika, corriendo hacia ella.

Reize, confundida, apenas alcanzó a reaccionar cuando Arika la empujó bruscamente hacia un lado.

El vidrio cayó con un estruendo aterrador, rozando el brazo de Arika y dejando un profundo corte.

La sangre brotó casi de inmediato.

Arika cayó de rodillas, jadeando, mientras Reize se incorporaba rápidamente.

—¡Arika!

—corrió hacia ella, con los ojos llenos de terror—.

¡¿Qué demonios fue eso?!

¡Estás sangrando!

Arika apenas podía sostenerse, pero sonrió débilmente.

—Vi…

vi lo que iba a pasar.

—jadeó—.

Vi que te herías…

No podía dejar que pasara otra vez.

—¿Otra vez?

—Reize la sujetó con fuerza, intentando detener la hemorragia con su chaqueta—.

¡¿De qué hablas, tonta?!

—No importa…

—susurró Arika, su voz debilitándose—.

Esta vez…

estás bien.

—¡Claro que importa!

—Reize casi gritó, luchando contra las lágrimas mientras presionaba la herida—.

¡No te me vas a desmayar ahora, Arika!

¡No te atrevas!

Arika soltó una risa débil, mirándola a los ojos.

—Te salvé…

—murmuró—.

Eso es suficiente para mí.

Y entonces, sus ojos se cerraron lentamente, cayendo inconsciente en brazos de Reize.

—¡Arika!

—gritó Reize, sujetándola con fuerza—.

¡Resiste!

¡Maldita sea, no me hagas esto!

Reize sostenía a Arika con fuerza, sintiendo cómo la sangre le manchaba las manos.

El temblor en la estructura no había cesado; de hecho, parecía empeorar.

—Maldición, Arika…

—susurró con la voz quebrada—.

No te voy a dejar aquí.

Apresuradamente, sacó vendas improvisadas de su mochila: pedazos de tela limpia, parte de una camisa vieja que había guardado para emergencias.

Con movimientos torpes por la adrenalina, envolvió el brazo herido de Arika, apretando lo suficiente para detener la hemorragia.

—Sólo aguanta un poco más, ¿sí?

—murmuró, mientras aseguraba el nudo—.

No puedes dejarme sola…

No ahora.

El edificio volvió a crujir amenazadoramente.

Polvo y fragmentos de concreto comenzaron a caer alrededor de ellas.

Reize miró hacia adelante: aún les faltaba cruzar la mitad de los escombros.

—Está bien…

puedo hacerlo.

—se dijo, como si intentar convencerse le diera fuerza.

Se colocó la mochila en la espalda, luego pasó uno de los brazos de Arika por encima de sus hombros y, haciendo un gran esfuerzo, la levantó.

Arika era más liviana de lo que esperaba, pero el esfuerzo de cargarla mientras esquivaba escombros no sería fácil.

—No te preocupes…

—dijo en voz baja mientras avanzaba—.

Vas a estar bien.

Vamos a salir de aquí juntas.

Cada paso era una batalla.

Reize jadeaba, esquivando vigas caídas, agachándose bajo muros inclinados y saltando charcos de agua sucia que se filtraba desde las tuberías rotas.

El suelo temblaba bajo sus pies, y más de una vez estuvo a punto de caer, pero no soltó a Arika.

En medio del camino, escuchó otro crujido, mucho más fuerte.

—¡No, no, no…!

—gimió, apresurando el paso.

Unas vigas comenzaron a ceder detrás de ellas.

Sin pensarlo, Reize echó a correr como pudo, arrastrando a Arika consigo.

—¡Casi llegamos, Arika!

—gritó—.

¡Casi!

A lo lejos, entre los escombros, divisó una apertura: la salida.

La luz del sol entraba a través de los restos del edificio como un faro de esperanza.

—¡Allí!

—jadeó, renovando fuerzas.

Reize apretó los dientes, luchando contra el cansancio, contra el miedo.

La salida estaba tan cerca…

pero el edificio no dejaría que se fueran tan fácilmente.

Una viga cayó justo a su lado, levantando una nube de polvo.

Tosió, casi perdiendo el equilibrio, pero no se detuvo.

Con un último esfuerzo desesperado, saltó a través de la abertura, rodando con Arika fuera del edificio justo cuando otro estruendo sacudía el aire detrás de ellas.

Reize cayó al suelo, tosiendo violentamente, protegiendo el cuerpo de Arika con el suyo mientras trozos de concreto llovían sobre ellas.

Cuando el temblor cesó, levantó la cabeza.

—Lo…

logramos…

—susurró, apenas creyéndolo.

Con cuidado, apartó a Arika de su cuerpo y la recostó sobre el suelo de tierra, lejos de los escombros.

La revisó rápidamente: seguía respirando, aunque débilmente.

—Eres increíblemente terca…

—murmuró, sonriendo con lágrimas en los ojos—.

Siempre protegiéndome…

aún cuando deberías pensar más en ti.

Se quitó la mochila, sacó una botella de agua y, con movimientos suaves, humedeció los labios secos de Arika.

—No voy a dejar que esto termine así —prometió en voz baja, mientras acariciaba la mejilla de su amiga—.

Te lo juro, Arika…

voy a mantenerte a salvo.

Siempre.

Se quedó un momento junto a ella, vigilando su respiración, recuperando fuerzas.

Cuando estuvo lista, la cargó nuevamente, aunque esta vez con más cuidado, y comenzó a buscar refugio cercano.

Sabía que debía encontrar un lugar seguro, vendar bien la herida y mantenerla caliente.

Sabía que Arika había arriesgado todo para protegerla.

Ahora era su turno de protegerla a ella.

Costará lo que costará.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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