Ecos en un Mundo Caido - Capítulo 37
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- Capítulo 37 - 37 CÁPITULO 37 Ecos en un Mundo Caído
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37: CÁPITULO 37: Ecos en un Mundo Caído 37: CÁPITULO 37: Ecos en un Mundo Caído La ciudad estaba desolada.
Las calles, cubiertas de escombros y restos de autos abandonados, parecían susurrar ecos de lo que alguna vez fue vida.
Cada pedazo de vidrio roto, cada trozo de papel arrastrado por el viento frío, contaba una historia olvidada.
La niebla se extendía como un manto espectral, borrando contornos, difuminando recuerdos.
Y entre esa bruma, se oyeron pasos.
Lentos.
Pesados.
Solitarios.
Una figura emergió de la nada, avanzando como si cada movimiento fuera una lucha contra el mundo mismo.
Era Arika.
Ella caminaba arrastrando los pies.
Su ropa estaba desgarrada, manchada de sangre seca.
El arma que sujetaba en su mano derecha temblaba ligeramente con cada paso, no de miedo, sino de agotamiento.
En su mano izquierda, apretaba algo aún más valioso que su propia vida: una pulsera adornada con pequeñas mariposas doradas.
Ahora, esas mariposas estaban cubiertas de sangre.
Su mirada…
no había vida en ella.
Ni esperanza, ni ira, ni miedo.
Solo un vacío profundo, pesado como el plomo, que la mantenía de pie por pura inercia.
Sin rumbo claro, caminó hasta llegar a un centro comercial parcialmente destruido.
La fachada, agrietada y cubierta de maleza, parecía a punto de colapsar.
Desde el interior, se percibían movimientos erráticos: infectados.
Arika los vio, pero no sintió nada.
Con una frialdad espeluznante, levantó su arma y avanzó.
Los disparos resonaron en la soledad del centro comercial, secos, mecánicos.
Cada criatura que se cruzaba en su camino caía sin más, como si estuviera en una pesadilla silenciosa.
Arika ni siquiera parpadeaba.
Se movía como un espectro implacable, un ser que ya había dejado de pertenecer al mundo de los vivos.
Subió al segundo piso, sus botas crujiendo sobre los restos de un pasado olvidado.
Algunas tiendas de alimentos todavía tenían estantes semi vacíos.
Entró en una de ellas, sus pasos resonando entre los ecos del abandono.
Rastreó los estantes.
La mayoría estaban saqueados, vacíos como ella misma.
Pero no dejó de buscar.
Se obligó a buscar.
Hasta que vio algo más allá, en el fondo.
Dos figuras tiradas en el suelo, inmóviles.
Rodeadas de manchas oscuras de sangre reseca.
Arika se acercó.
Sus pies parecían de plomo, cada paso más pesado que el anterior.
Ambos cuerpos presentaban las mismas señales: mordeduras en los brazos y el cuello, marcas de lucha, y un disparo en la cabeza, preciso, misericordioso.
No quedaba duda del final que habían tenido.
Se arrodilló junto al primer cuerpo.
Lo miró.
Entre la suciedad y las heridas, reconoció un rostro vagamente familiar.
—Así que tú también terminaste de esta forma…
—susurró, casi en un murmullo roto.
No era el mismo Koen que su mente guardaba.
Este vestía ropas distintas, ajadas, manchadas de polvo y ceniza.
Aun así, algo en la línea de su mandíbula, en la quietud de sus labios, la hizo retroceder en el tiempo.
Parpadeó, como si el recuerdo le doliera.
No lo conocía realmente.
Apenas un cruce de miradas en la cafetería donde trabajaba.
Nunca un saludo, nunca una palabra.
Solo una presencia fugaz, una imagen que su memoria había resguardado en silencio.
Y ahora, frente a ella, esa imagen tenía un final.
Giró la cabeza con lentitud hacia el segundo cuerpo.
Otro joven.
Este no le resultaba familiar.
—Y tú…
—murmuró, tragando saliva con dificultad—.
Supongo que eras su amigo, ¿no?
Su voz se quebró en la última palabra.
Se quedó en silencio.
Observó cómo los cuerpos casi se tocaban, como si incluso en sus últimos momentos hubieran intentado protegerse.
—Ambos…
se protegieron hasta el final —susurró, apretando la pulsera con fuerza.
El roce frío de las mariposas ensangrentadas contra su piel le recordó todo lo que había perdido.
Arika cerró los ojos.
El aire apestaba a muerte, a derrota.
—Ojalá…
—su voz tembló, un suspiro apenas audible—.
Ojalá yo hubiera tenido esa suerte.
Se quedó un momento allí, permitiéndose ese pequeño colapso.
Luego, con manos temblorosas, recogió algunas latas dispersas en el estante y se obligó a levantarse.
La realidad no daba tregua.
Al salir de la tienda, caminó hacia la salida del centro comercial, arrastrando el alma detrás de ella.
Pero el mundo no había terminado de castigarla.
Frente a ella, un infectado diferente surgió de entre los escombros.
Más grande.
Más grotesco.
Su cuerpo era una amalgama de carne putrefacta y metal oxidado.
La mitad de su rostro estaba cubierto por una placa de acero, y su brazo derecho terminaba en una cuchilla brutal.
Arika se detuvo.
Lo miró como quien mira un obstáculo más en un camino interminable.
—Sabes…
—murmuró, girando ligeramente el cuello, como si estuviera entumecida—.
Ahora mismo no estoy en mis cabales.
Si no quieres morir, sigue tu camino…
y yo seguiré el mío.
El infectado rugió.
Un sonido gutural, furioso, que hizo vibrar el aire.
—Claro…
—susurró Arika, suspirando—.
Nadie escucha, ¿verdad?
A su lado, un tubo de fierro oxidado descansaba en el suelo.
Lo tomó sin dudar.
—Te advertí —dijo, su voz baja, casi un lamento.
Y se lanzó.
La batalla fue brutal.
Cruel.
Un choque de furia y resistencia.
El infectado embestía con fuerza sobrehumana, sus golpes levantaban escombros y hacían temblar el suelo.
Pero Arika no era la misma tampoco.
Esquivaba, bloqueaba, golpeaba de vuelta.
Cada movimiento era instintivo, desesperado.
—¡No eres más fuerte que yo!
—gritó, descargando un golpe directo en la cabeza deformada del monstruo.
Sangre, sudor y rabia.
Todo mezclado en un frenesí salvaje.
El tubo chirrió, doblándose con cada impacto.
Su cuerpo se llenó de moretones, cortes y hematomas, pero no paraba.
No podía parar.
Era eso o morir.
Gritó con toda su alma, descargando la frustración, la tristeza, la culpa.
—¡¿Por qué siempre tengo que seguir luchando sola?!
—vociferó, esquivando por poco la cuchilla del infectado.
Golpeó una vez más.
Y otra.
Y otra.
La batalla se extendió por casi una hora interminable.
Hasta que finalmente, con un rugido final, el infectado cayó de rodillas.
Luego, de lado, con un temblor que sacudió el polvo a su alrededor.
Arika jadeó, tambaleándose.
Dejó caer el tubo roto, que tintineó débilmente al tocar el suelo.
Se acercó al cadáver, escupiendo sangre.
—Te lo advertí…
—murmuró, apenas un hilo de voz.
Y siguió caminando.
Paso tras paso, perdida de nuevo en la niebla y la destrucción.
Hasta que la oscuridad la envolvió.
Un dolor agudo la devolvió a la consciencia.
Había sido otro sueño.
Abrió los ojos lentamente.
Un techo de madera agrietada la recibía.
Intentó moverse.
El dolor en su brazo izquierdo la hizo gemir.
—Agh…
Bajó la mirada.
Vendajes torpes, pero firmes, cubrían su brazo.
El rojo de la sangre teñía las telas improvisadas, pero habían salvado su vida.
Parpadeó, confusa.
Fragmentos de memoria volvieron en ráfagas: una figura, unas manos apresuradas, una voz gritándole que resistiera.
—Reize…
—susurró, la voz ronca, apenas audible.
Giró la cabeza, moviéndose con dificultad.
Y la vio.
Reize, medio recostada contra una pared, abrazando su mochila como si fuera un salvavidas.
Dormía, agotada, con el ceño ligeramente fruncido incluso en el descanso.
Arika sintió que algo pequeño y cálido nacía en su pecho.
Algo que había creído perdido.
Una sonrisa, débil y sincera, cruzó sus labios agrietados.
Esta vez…
había logrado proteger lo que importaba.
Y eso era suficiente para seguir respirando un día más.
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