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Ecos en un Mundo Caido - Capítulo 39

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  4. Capítulo 39 - 39 CAPÍTULO 39 Ecos en un Mundo Caído
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39: CAPÍTULO 39: Ecos en un Mundo Caído 39: CAPÍTULO 39: Ecos en un Mundo Caído El aire afuera era denso.

Reize se deslizó entre los escombros con pasos ligeros, el cuchillo aferrado con fuerza entre los dedos.

La brisa nocturna arrastraba el olor rancio y pesado de la ciudad caída; polvo, hierro oxidado…

y algo peor.

Cuando se asomó a una grieta en el muro derruido, lo vio.

Decenas de siluetas tambaleantes, moviéndose con esa cadencia rota y antinatural.

Los infectados.

Más de los que esperaba.

Demasiados.

Algunos deambulaban sin rumbo, pero otros se desplazaban con una inquietante determinación, las cabezas ladeadas como si captaran algo invisible para cualquier humano sano.

Reize tragó saliva, su pulso acelerándose.

“Maldición…” pensó, apretando la mandíbula.

Volvió sobre sus pasos lo más rápido que pudo, sin hacer ruido.

Cada sombra era una amenaza.

Cada crujido, un posible final.

Cuando entró de nuevo en la habitación, su respiración estaba agitada.

Arika entreabrió los ojos, notando de inmediato la tensión que colgaba de su amiga como un peso invisible.

—¿Reize…?

—preguntó, la voz ronca, pero alerta.

Reize dejó caer su mochila en un rincón, agachándose de nuevo a su lado.

—La situación no pinta bien —dijo, sin rodeos—.

Hay demasiados ahí fuera.

No nos moveremos esta noche…

ni siquiera si quisiéramos.

Arika no preguntó cuántos.

Lo vio en su mirada.

Era suficiente con saber que intentar escapar ahora era suicida.

—Está bien…

—susurró con un leve asentimiento—.

Esperaremos.

Pero su ceño se frunció con un dejo de frustración, como si algo dentro de ella acabara de aceptar una amarga realidad.

Sus ojos se clavaron en los de Reize, serios.

—Pero si vamos a quedarnos atrapadas…

—murmuró, su tono más firme—.

Tienes que aprender a usar el arma.

Reize parpadeó, confundida.

—¿Qué?

—La pistola…

—Arika indicó con la barbilla la mochila a medio cerrar—.

No voy a poder defenderte como antes.

Apenas puedo moverme bien…

Y no pienso ser una carga.

Reize frunció el ceño, apartando la mirada.

—No digas estupideces.

No eres una carga.

No necesito que… —Sí necesitas —la interrumpió Arika con una chispa de su antigua determinación—.

Aunque no lo quieras admitir.

Su respiración era pesada, pero su voz sonaba clara, sin titubeos.

—Si yo caigo…

si no puedo moverme…

—continuó, sus ojos buscando los de Reize—.

Tienes que poder defenderte.

Tienes que poder sobrevivir, ¿me escuchas?

Su mano temblorosa buscó la de Reize, apretándola con la poca fuerza que le quedaba.

—Por favor.

Reize frunció los labios con fuerza.

Bajó la mirada, evitando los ojos de su amiga.

El silencio se alargó, tenso.

Se llevó una mano al rostro y suspiró, cansada, visiblemente contrariada.

—No me gusta —murmuró al fin—.

No me gusta la idea de tener que disparar…

no quiero…

—No es cuestión de gustar —le cortó Arika suavemente—.

Es cuestión de vivir.

Apretó un poco más su mano, mirándola con una mezcla de urgencia y ternura.

Reize se quedó unos segundos inmóvil.

Finalmente asintió con un leve movimiento de cabeza, derrotada.

—Está bien…

—susurró—.

Me enseñarás.

Arika sonrió con un dejo de alivio y soltó su mano poco a poco.

Se acomodó con esfuerzo, echando un vistazo a la mochila.

—Pásame la pistola…

y las balas.

Te enseñaré lo básico, aunque sea desde aquí.

Reize obedeció, sacando con cuidado el arma envuelta en un trapo y el cargador que habían logrado rescatar días atrás.

Se los acercó y Arika, con movimientos lentos pero decididos, comenzó a mostrarle con paciencia cómo cargar, apuntar, asegurar.

Minutos después, mientras Reize observaba cada detalle con el ceño fruncido y las manos tensas sobre el metal frío, Arika levantó la vista de nuevo.

—¿Intentaste contactar con el otro grupo?

—preguntó Arika, con un tono algo más suave.

Reize parpadeó, como si acabara de recordarlo.

Se sentía avergonzada.

—Yo…

perdí la radio en el accidente…

—murmuró, bajando la mirada hacia su mochila—.

Intenté usar el teléfono, pero no hay señal.

Nada entra ni sale.

Apretó la mandíbula, frustrada.

—Lo lamento…

ahora no podremos saber nada de ellos, y es por mi culpa.

Arika procesó la información y, tras unos segundos, apoyó una mano en el hombro de Reize.

Su rostro no mostraba amargura, pero una sombra de preocupación se deslizó por su mirada.

—No te mortifiques, no es tu culpa…

—dijo con calma—.

Sin embargo, eso significa que estamos solas…

por ahora.

Reize inspiró hondo y alzó la vista.

Sus ojos volvieron a encontrarse con los de Arika, y esta vez, la determinación en ambos rostros era clara.

—Solas, pero no acabadas —dijo Reize, con un atisbo de sonrisa, forzada pero sincera.

Arika asintió.

—Así es…

Y en ese rincón de ruinas, con el eco lejano de los infectados arrastrando sus pasos por las calles rotas, las dos amigas empezaron su improvisada lección de supervivencia.

Una que, lo supieran o no, podría ser su única esperanza cuando llegara el momento de volver a salir.

Después de unas horas de práctica ininterrumpidas.

Reize dejó caer las manos a los costados, exhalando un suspiro largo y cansado.

Sus dedos estaban entumecidos de sostener el arma durante tanto rato, y su mente vibraba con cada detalle que Arika le había enseñado: cargar, asegurarse, apuntar, controlar la respiración…

—No está mal… —murmuró Arika con una media sonrisa cansada, recostándose contra la pared resquebrajada—.

Para ser tu primera vez, no lo haces nada mal.

Reize soltó una risa seca, sin mucha convicción.

—Si tú lo dices…

aún me siento como una idiota cada vez que apunto —respondió, dejando cuidadosamente la pistola sobre un trapo doblado—.

Pero bueno… al menos si uno de esos bichos se nos acerca demasiado, podré hacer algo más que gritar.

Se estiró, frotándose el cuello adolorido, y echó un vistazo a Arika.

Su amiga estaba más pálida que antes, pero sus ojos aún brillaban con esa chispa tozuda que siempre la mantenía en pie.

—Eso era lo importante —susurró Arika, cerrando un momento los ojos.

El silencio volvió a instalarse entre las dos, pesado pero cómodo esta vez.

Afuera, a lo lejos, se escuchaba el crujido de metal, un gruñido arrastrado…

y luego nada.

Solo la respiración de ambas llenando la habitación.

Por unos segundos, solo eso existía.

Reize se levantó con un poco de torpeza y se acercó a la pequeña rendija por donde antes había espiado las calles.

Sus hombros se tensaron de inmediato.

—Siguen ahí —informó con un tono grave, sin apartar la vista—.

No se están yendo.

Su mandíbula se endureció, y sus nudillos se blanquearon cuando sus dedos se cerraron sobre el marco roto de la ventana.

Arika abrió los ojos lentamente.

—Nos encontraron… o al menos sospechan que alguien está cerca —concluyó en voz baja.

Reize asintió apenas.

—Es posible.

Están merodeando más cerca que antes… demasiado cerca.

Cerró la rendija con cuidado, volviendo a girarse hacia Arika.

—Mañana por la mañana, si tenemos suerte y se dispersan un poco… intentaremos movernos.

Si no… —hizo una pausa, tragando saliva—…

pensaremos en algo.

Arika asintió despacio.

—Lo resolveremos.

Su voz era suave, pero su mirada se mantuvo fija, decidida.

Reize regresó a su lado, sentándose con las piernas cruzadas sobre el suelo polvoriento.

La pistola descansaba entre ellas.

La miró en silencio un instante y luego alzó los ojos hacia Arika.

—Gracias por enseñarme —murmuró, su voz apenas un susurro—.

Sé que te costó.

Su mano se deslizó hasta tocar levemente la de su amiga.

Solo un roce, breve pero sincero.

Arika apretó ligeramente su mano a cambio, la calidez de ese gesto traspasando la frialdad del miedo que las rodeaba.

—Prométeme que si pasa algo… —empezó Arika, la voz quebrada por un segundo—…

si me pasa algo… no lo dudes.

Usa esa arma.

Haz lo que tengas que hacer para sobrevivir, ¿sí?

Reize apretó la mandíbula.

Su ceño se frunció, su pecho se alzó con una respiración profunda y temblorosa.

—No hables como si fuera a pasar algo—dijo con dureza, pero su voz tembló al final—.

Y no te equivoques, ambas sobreviviremos.

Sus ojos se humedecieron otra vez, aunque los mantuvo firmes, clavados en los de Arika.

—Ya te lo dije… —añadió más bajo—.

No pienso dejarte sola.

Hubo un instante en que ninguna habló.

Solo se miraron.

El eco de sus promesas no dichas llenó la habitación más que cualquier palabra.

A lo lejos, un grito desgarrado rompió la calma.

Breve.

Seco.

Humano.

Reize parpadeó, su cuerpo se tensó automáticamente, pero Arika alzó una mano débil y le tocó el antebrazo.

—Mañana —susurró, como si leyera sus pensamientos—.

No antes.

Reize apretó los labios y asintió.

—Mañana.

Se recostó contra la pared junto a ella, sin soltar la pistola, y dejó que el peso del cansancio comenzara a hundirla.

Afuera, el infierno seguía respirando… Pero dentro de esas cuatro paredes rotas, todavía quedaba un poco de humanidad que defender.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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