Ecos en un Mundo Caido - Capítulo 40
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- Capítulo 40 - 40 CAPÍTULO 40 Ecos en un Mundo Caído 40
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40: CAPÍTULO 40: Ecos en un Mundo Caído (40) 40: CAPÍTULO 40: Ecos en un Mundo Caído (40) El aire estaba denso y pesado mientras el atardecer caía sobre las calles vacías.
Los edificios colapsados formaban siluetas retorcidas contra el cielo gris, y la brisa arrastraba cenizas y polvo con un silbido áspero.
Koen ajustó el rifle sobre su hombro y avanzó en silencio por el pasillo de lo que alguna vez fue una tienda de suministros, ahora saqueada hasta los cimientos.
Cada paso resonaba sordo contra los escombros.
Unos metros atrás, Ethan revisaba las ventanas rotas con mirada atenta, asegurándose de que no hubiera movimiento cerca.
Su respiración era pausada, pero sus ojos no parpadeaban.
—Este lugar parece seguro para pasar la noche —comentó finalmente, con voz baja, acercándose a Koen—.
Las puertas están cerradas… y no he visto rastros recientes.
Koen no respondió.
Permanecía de pie junto a una estantería derrumbada, con la mirada fija en el transmisor que sostenía en la mano.
Sus dedos lo apretaban con tanta fuerza que los nudillos se blanquearon.
Ethan lo observó unos segundos en silencio, antes de apoyarse contra la pared, cruzándose de brazos.
—Sigues intentando, ¿eh?
Koen apretó la mandíbula y asintió, llevando el transmisor a la boca.
—Aquí Koen… Reize, Arika, ¿me copian?
Cambio… Su voz, aunque serena, arrastraba un peso áspero.
Solo un chasquido estático y un zumbido débil respondieron.
Koen bajó lentamente la mano y exhaló por la nariz, sin decir nada.
Ethan suspiró, rascándose la nuca.
—Han pasado varias horas desde la última vez que intentaste.
Las interferencias no son una sorpresa en este sector… no es culpa tuya.
Finalmente, Koen giró el rostro hacia él.
Sus cejas estaban fruncidas y los ojos oscuros brillaban con una mezcla de rabia contenida y preocupación profunda.
—No es eso —dijo, con voz baja y grave—.
Conozco a Reize.
Ella habría buscado cualquier forma de contestar… Apretó los labios, tragando en seco.
—Algo no está bien, Ethan.
Lo siento.
Lo sé.
Ethan sostuvo su mirada unos segundos antes de desviar la vista hacia la ventana rota, donde el cielo comenzaba a apagarse.
—Ya casi estamos en el punto de encuentro que acordamos —dijo, intentando mantener un tono neutral—.
Si todo salió bien, ellas también buscarán llegar allí mañana.
Lo miró de reojo.
—No sacamos nada desgastándonos más hoy… tenemos que descansar.
Si las cosas se complicaron para ellas, nos necesitarán listos.
Koen cerró los ojos un instante, respirando hondo, como si intentara anclar su mente en las palabras de Ethan.
Pero cuando los abrió de nuevo, la inquietud seguía allí, clavada como un hierro caliente tras sus pupilas.
—No puedo evitarlo… —murmuró—.Talvez algo les paso por eso no se comunican… y si no las volvemos a ver… Su voz se quebró apenas.
Ethan lo miró con seriedad.
—Reize es lista, Koen.
Arika es tenaz.
No se rendirán tan fácil, de eso estoy seguro.
Caminó hacia él y le dio una palmada firme en el hombro.
—Haremos lo de siempre.
Aguantamos esta noche y mañana temprano avanzamos al punto acordado.
Si no están ahí, las buscamos.
Y si las encontramos en problemas… Su mirada se endureció.
—…no importa que pase, saldremos de este lugar juntos.
Koen lo miró fijamente unos segundos y luego asintió con un solo movimiento de cabeza.
La tensión en sus hombros no desapareció del todo, pero su mandíbula se relajó un poco.
—Si, saldremos todos juntos—repitió en un murmullo.
Ambos comenzaron a acomodarse en el refugio improvisado: empujaron muebles contra las entradas, revisaron las municiones y encendieron una vela diminuta.
Su llama temblorosa lanzaba sombras largas sobre las paredes carcomidas.
Koen dejó el transmisor a un lado, pero antes de cerrar los ojos, lo tomó de nuevo y lo colocó junto a su cabeza.
Su último pensamiento antes de que el cansancio lo venciera fue una imagen clara de Arika… su media sonrisa desafiante, su mirada determinada… Y un latido incesante en su pecho, exigiéndole que no la dejara sola.
Pasado las horas, el amanecer rompió con una luz grisácea y fría.
Las nubes bajas cubrían el cielo como una sábana opaca, robándole color a todo lo que tocaban.
Koen avanzaba con paso firme por la avenida desierta, las suelas de sus botas chocando contra el asfalto agrietado.
A su lado, Ethan mantenía la vista en los edificios, su arma lista y la mirada aguda.
Frente a ellos, el parque —el punto de encuentro acordado con Reize y Arika— se extendía silencioso.
Más muerto que nunca.
Las bancas estaban cubiertas de una gruesa capa de polvo, acumulada por los vientos incesantes.
Los columpios se mecían apenas, chirriando con un lamento sordo.
Koen apretó los labios, escaneando cada rincón.
No había huellas recientes, ni restos de fogatas, ni indicios de que alguien hubiera estado allí en los últimos días.
—Nada… —murmuró Ethan, agachándose junto a un banco y frotando la madera—.
Esto lleva así mucho tiempo.
Koen inspiró hondo, intentando calmar la presión en su pecho.
Sacó el transmisor de su chaqueta y lo encendió de nuevo.
—Aquí Koen… Reize, Arika, ¿me copian?
Cambio… Solo estática.
El zumbido seco pareció más fuerte que nunca en medio de ese silencio sepulcral.
Koen bajó el transmisor lentamente, la mandíbula tensa.
—No están… —dijo Ethan con suavidad, poniéndose de pie a su lado—.
Ni han estado aquí.
Koen no respondió.
Solo miró al horizonte, inmóvil.
Su espalda recta, los puños apretados a los costados.
Pasaron varias horas buscaron por los alrededores.
Revisaron casas vacías, edificios derruidos, callejones en ruinas.
Pero no encontraron nada.
Finalmente, cuando el reloj marcaba el medio día, Ethan se acercó.
—Koen… no podemos seguir perdiendo tiempo aquí.
Su mirada fue seria.
—Si no llegaron, lo más probable es que algo las haya retrasado.
O hayan buscado refugio en otra parte.
Koen asintió apenas.
Sus ojos oscuros eran dos pozos insondables.
—Vamos —dijo con voz grave y áspera—.
Hay un centro comercial unas cuadras al norte.
Si las cosas se complicaron para ellas… puede que hayan ido hacia allá.
O al menos podremos reabastecernos.
Sin decir más, comenzaron a caminar.
El centro comercial se alzaba como una mole silenciosa entre edificios derruidos.
La fachada estaba carcomida por el tiempo, con letreros caídos y vidrieras rotas.
El interior era oscuro, pero no completamente cerrado.
Koen y Ethan avanzaron con cuidado por los pasillos, iluminando con sus linternas.
Las tiendas estaban saqueadas, pero aún quedaban estantes caídos, vitrinas rotas y productos olvidados entre los escombros.
—Buscaré en la zona de alimentos —susurró Ethan, señalando hacia la izquierda—.
Ve por allí… revisa si hay alguna farmacia.
Koen asintió y se separaron.
Durante un buen rato, solo se escucharon los pasos cuidadosos, el crujir de vidrios rotos y el murmullo sordo del viento colándose por las grietas.
Koen estaba revisando una estantería caída cuando un ruido leve lo hizo girar en seco.
Un roce.
Apenas un susurro tras un mostrador.
Llevó su arma al frente, los músculos tensos.
—Sal de ahí —ordenó en voz baja y firme.
Silencio.
Entonces luego de unos segundos, una figura emergió lentamente desde las sombras.
Era un joven de unos veinte años, alto y delgado, claramente desgastado por las semanas —o meses— de supervivencia.
Su cabello rubio, ahora desordenado y sucio, caía en mechones sobre su frente.
Sus ojos marrones, intensos y alerta, se clavaron en Koen con desconfianza.
Llevaba una chaqueta oscura desgastada, jeans raídos y una mochila medio vacía colgada al hombro.
Sus manos estaban levantadas.
—No busco problemas —dijo con voz firme, aunque áspera por la falta de uso—.
Solo buscaba comida.
Sus ojos recorrieron a Koen y luego el entorno, visiblemente en guardia.
Koen frunció el ceño, pero bajó ligeramente el arma.
—¿Quién eres?
—Me llamo Elion —respondió el chico, bajando un poco las manos al ver que Koen relajaba la postura—.
Llevaba rato revisando este lugar.
Escuché ruidos raros… así que me escondí.
Koen intercambió una mirada con Ethan, que se había acercado por detrás.
—Estamos buscamos a dos chicas —dijo Koen, su voz endurecida—.
¿Las has visto por aqui?
Elion negó de inmediato.
—No las he visto… pero… —Sus cejas se fruncieron, como si recordara algo importante—.
Vi algo raro estos días.
Se acomodó la mochila al hombro, su mirada más seria.
—Grupos de infectados pasaban cerca de aquí.
No erráticos como siempre… sino en fila.
Como si algo los atrajera.
Sus ojos se clavaron de nuevo en Koen, afilados.
—Siempre hacia el mismo sector.
Koen apretó los dientes, su mente trabajando rápido.
Si los infectados convergían hacia un lugar… y Reize y Arika estaban en esa zona… Ethan se acercó a una caja olvidada.
En el instante en que sus dedos rozaron la tapa, un estruendo metálico resonó desde el exterior.
Los tres se congelaron.
El sonido retumbó de nuevo, más fuerte.
Koen giró hacia la entrada, su mandíbula tensa.
—¿Escucharon eso?
—murmuró Ethan, ya asegurándose el arma en las manos.
Sin perder tiempo, se deslizaron hacia una vitrina rota y asomaron la vista hacia la calle.
Lo que vieron les cortó la respiración.
Un pequeño grupo de infectados avanzaba torpemente por la avenida… pero no eran como los otros.
Fragmentos de metal sobresalían de sus cuerpos, extremidades con placas oxidadas y alambres enrollados como si hubieran sido arrastrados por maquinaria.
Cada paso resonaba como un golpe de hierro sobre el concreto.
Elion palideció visiblemente.
—¿Qué demonios…?
—susurró, tragando saliva—.
Nunca había visto infectados así… Koen apretó la mandíbula.
—Nosotros sí —dijo en voz baja, sin apartar la mirada—.
Ayer.
Ethan asintió, serio.
—Son más fuertes… y mucho más difíciles de derribar.
No podemos enfrentarnos a ellos.
Su mirada fue hacia Elion, calculadora.
—¿Elion, conoces algún lugar seguro cerca?
Elion vaciló un segundo.
—Sí… aunque está un poco lejos.
—Su voz sonaba más firme ahora—.
Puedo llevarlos, pero primero debemos salir de aquí sin que nos detecten.
Señaló discretamente hacia el costado del edificio.
—Conozco una salida de emergencia.
Un túnel de mantenimiento.
Koen y Ethan intercambiaron una mirada.
No había tiempo que perder.
—Llévanos —ordenó Koen con voz grave.
—Bien —asintió Elion y empezó a guiarlos.
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