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Ecos en un Mundo Caido - Capítulo 41

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  4. Capítulo 41 - 41 CAPÍTULO 41 Ecos en un Mundo Caído 41
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41: CAPÍTULO 41: Ecos en un Mundo Caído (41) 41: CAPÍTULO 41: Ecos en un Mundo Caído (41) Elion avanzaba con pasos rápidos pero sigilosos por el pasillo lateral del centro comercial.

Sus movimientos eran ágiles, como si conociera bien el lugar, y sus ojos se movían con cautela, atentos a cualquier sombra.

Koen y Ethan lo seguían de cerca, las armas listas y las respiraciones contenidas.

El sonido metálico de los infectados seguía resonando, más lejano ahora, pero aún presente como un eco amenazante que no se desvanecía.

—Por aquí —susurró Elion, empujando una puerta herrumbrosa que crujió apenas.

Un pasillo estrecho y oscuro se abría ante ellos, las paredes cubiertas de moho y cables sueltos.

Descendieron por una escalera angosta hasta llegar a un túnel bajo tierra.

El olor a humedad era denso, pero el silencio ofrecía un respiro.

Elion se detuvo junto a una compuerta oxidada.

—Esto nos llevará a unas calles alejadas… lejos de ellos.

Giró la manija con esfuerzo.

La puerta se abrió con un quejido, dejando pasar una bocanada de aire estancado.

Cruzaron uno por uno y caminaron en silencio durante varios minutos.

Solo el eco de sus pasos los acompañaba.

Finalmente, la salida apareció como una rendija de luz grisácea al fondo del túnel.

Emergieron en un callejón estrecho, oculto entre dos edificios colapsados.

Todo estaba en calma allí.

Por ahora.

Elion se apoyó contra una pared, respirando hondo.

—No suelo compartir informacion con nadie… —murmuró, mirando a Koen y a Ethan con seriedad—.

Pero no me convenía quedarme atrapado ahí con esos… monstruos.

Ethan bajó el arma, pero su mirada seguía alerta.

—Agradecemos la salida.

Pero ahora vamos a necesitar más que eso.

Koen se acercó un paso, la sombra de preocupación aún marcada en su rostro.

—Esos infectados no se comportan así por casualidad —dijo con la voz baja, pero cortante—.

Si viste que se dirigían siempre hacia la misma zona… necesito que me lo digas con exactitud.

Elion dudó un segundo, luego asintió lentamente.

—Al sureste… cerca de las viejas torres de comunicación.

Todo el movimiento parecía concentrarse ahí.

Sus ojos se entornaron, desconfiados.

—¿Por qué les importa tanto?

¿A quién buscan?

Koen sostuvo su mirada unos segundos, antes de responder con voz grave.

—A nuestra gente.

Hace días nos separamos y nuestro punto de encuentro era cerca de aquí, pero no hay señales de ellas… posiblemente algo las freno y lo más probable sea eso ya que es por las torres una de las rutas para llegar aquí.

Elion apretó la mandíbula y desvió la mirada hacia la calle vacía.

Su ceño se frunció, visiblemente tenso.

—Escuchen… guiarlos hasta ahí no es un paseo —dijo tras unos segundos, su voz más baja—.

Esa zona está infestada y cruzarla es prácticamente un suicidio.

Yo ya tuve suerte una vez.

No estoy seguro de querer tentar a la muerte de nuevo.

Koen no desvió la mirada.

—No es solo tu vida la que está en juego.

Ellas podrían estar ahí atrapadas.

Ethan dio un paso adelante, su expresión endurecida.

—No tienes que acompañarnos todo el camino —dijo, más serio—.

Solo muéstranos una ruta segura.

El resto podemos manejarlo nosotros.

Elion vaciló.

Apretó los labios, su expresión atrapada entre la cautela y algo más… una chispa de empatía mal disimulada.

Finalmente exhaló, resignado.

—Entonces no perdamos tiempo.

Se separó de la pared y ajustó su mochila.

—Puedo guiarlos.

Conozco atajos y zonas menos expuestas… pero si las cosas se complican, yo no pienso morir por nadie.

Espero que eso lo tengan claro.

Ethan alzó una ceja, con media sonrisa seca.

—Nos parece justo.

Koen asintió con seriedad.

—Suficiente para nosotros.

Elion se adelantó, con paso decidido.

—Sigan mi ritmo.

Y no hagan ruido.

Koen echó una última mirada al callejón vacío, el peso en su pecho más denso que nunca.

Reize… Arika… aguanten.

Vamos por ustedes.

Sin decir una palabra más, echó a andar tras Elion, con Ethan a su lado.

El viento azotaba las calles desiertas mientras las primeras gotas de lluvia comenzaban a caer sobre la ciudad fantasma.

Y la carrera contrarreloj acababa de empezar.

Avanzaban rápido por callejones olvidados, siguiendo las rutas que Elion marcaba con seguridad.

El viento arrastraba hojas secas y polvo entre los edificios derruidos, y las calles parecían desiertas… pero todos sabían que eso no significaba que estuvieran a salvo.

Elion levantó una mano de golpe, deteniéndose en seco junto a una pared resquebrajada.

—Silencio… —susurró.

Koen y Ethan se agazaparon tras él, sus respiraciones contenidas.

Desde la avenida principal, a unos metros, se oía un sonido débil pero inconfundible: el arrastre irregular de pies sobre el asfalto, mezclado con chasquidos y gruñidos bajos.

Una patrulla de infectados cruzaba lentamente la calle, sus cuerpos retorcidos moviéndose de forma espasmódica.

Algunos llevaban jirones de ropa, otros tenían marcas recientes de peleas.

Sus ojos vacíos parecían buscar algo.

Koen tragó saliva, apretando los dedos sobre la empuñadura de su cuchillo.

Elion esperó pacientemente a que la horda se desvaneciera entre las sombras antes de volver a moverse.

—Estamos cerca —murmuró, sin girarse—.

Solo unas calles más.

Aceleraron el paso.

El suelo estaba resbaladizo por la lluvia fina que comenzaba a empapar la ciudad.

Las botas de Koen chapoteaban entre charcos oscuros, pero él no aflojaba el ritmo.

Su mirada se mantenía fija al frente.

Su mente solo repetía un nombre.

Arika… Doblaban la última esquina cuando Elion levantó la voz, grave.

—Ahí están.

Frente a ellos, a unas cuantas cuadras de distancia, se alzaban las torres de comunicación.

Gigantes de acero y concreto erosionado, con las antenas oxidadas cortando el cielo nublado.

Pero lo que capturó la atención de todos fue lo que había en su base.

Cientos de figuras se movían alrededor de las estructuras.

Infectados reunidos en un enjambre antinatural, girando en círculos, avanzando y retrocediendo como si respondieran a un mismo impulso invisible.

Entre ellos, algunos de mayor tamaño, con las mandíbulas abiertas y deformadas, rugían bajo la lluvia, moviéndose con una ferocidad inquietante.

Ethan apretó los dientes.

—Mierda… jamás había visto tantos juntos en un solo punto.

Koen entrecerró los ojos, su estómago encogiéndose.

—¿Qué demonios están haciendo?

Elion negó con la cabeza, la mandíbula tensa.

—No lo sé… pero eso no es normal.

Algo los está atrayendo ahí.

Koen dio un paso adelante, evaluando las rutas posibles.

Su voz fue un susurro áspero.

—Arika… Reize… si están cerca de eso, no tenemos mucho tiempo.

Ethan frunció el ceño.

—¿Cuál es el plan?

Elion inspiró hondo, su expresión endurecida.

—Podríamos rodear por los viejos edificios de oficinas, hacia el flanco este.

Hay menos movimiento ahí… pero será un rodeo largo.

O intentar cruzar rápido por el puente peatonal, justo al oeste.

Es más directo, pero está expuesto.

Koen bajó la mirada unos segundos, calculando con rapidez.

Finalmente alzó los ojos, decidido.

—Vamos por el puente.

No tenemos tiempo para rodeos.

Elion chasqueó la lengua, resignado.

—Ustedes mandan… Revisaron sus armas una última vez.

Koen ajustó la correa de su mochila, sintiendo el peso de la responsabilidad apretar su pecho.

—No se detengan.

No disparen a menos que sea necesario.

Y pase lo que pase… sigan avanzando.

Ethan asintió, con una media sonrisa tensa.

—Pensé que nunca dirías algo así.

Me agrada.

Elion soltó un resoplido corto.

—Ya escucharon al héroe.

Vamos.

Con un último vistazo a las torres, los tres echaron a correr bajo la lluvia.

Sus pasos resonaban sobre el concreto mojado, mientras la amenaza acechaba a cada esquina.

Y el tiempo se acababa.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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