Ecos en un Mundo Caido - Capítulo 42
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- Capítulo 42 - 42 CÁPITULO 42 Ecos en un Mundo Caído 42
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42: CÁPITULO 42: Ecos en un Mundo Caído (42) 42: CÁPITULO 42: Ecos en un Mundo Caído (42) El aire estaba cargado de humedad y ceniza cuando Arika y Reize salieron del refugio.
El cielo gris, cubierto por una neblina espesa, parecía aplastar las ruinas de la ciudad, y el olor a polvo, óxido y carne putrefacta se colaba por cada grieta.
Las calles abiertas las obligaban a moverse con cautela, cada paso medido, cada sombra observada con desconfianza.
Sus miradas barrían el terreno constantemente, y sus cuerpos, tensos como cuerdas a punto de romperse, avanzaban con la adrenalina palpitando bajo la piel.
A veces tenían suerte de encontrar caminos despejados.
Pero otras veces… no podían evitarlo, era esconderse o pelear.
Luego de unas horas, un infectado apareció entre los restos oxidados de un vehículo volcado, su figura tambaleante emergiendo de entre unas puertas torcidas.
Reize reaccionó de inmediato, alzando la pistola con un movimiento brusco.
Su dedo apretó el gatillo, pero el disparo se desvió, silbando junto al rostro descompuesto de la criatura.
Solo rozó la mejilla, arrancando un chorro de fluido oscuro.
El infectado, enfurecido por la herida superficial, lanzó un gruñido profundo y se abalanzó hacia ellas con una rapidez brutal.
Arika, con el brazo herido vendado con firmeza, no dudó.
Dio un paso al frente, sus pies crujieron sobre el asfalto cubierto de escombros, y hundió con fuerza su lanza improvisada —una barra metálica afilada en la punta— directamente en el cuello de la criatura.
El cuerpo cayó con un sonido sordo, sacudiendo polvo y fragmentos de vidrio.
Arika jadeaba, sus ojos entrecerrados con concentración.
—Concéntrate —murmuró, su voz áspera por el esfuerzo.
Reize asintió, apretando los labios hasta que se pusieron blancos.
Su pulso temblaba, las manos le sudaban.
No era fácil… no lo sería nunca.
Pero no podía rendirse ahora.
No aquí.
No con tanto en juego.
A pesar de las dificultades, siguieron adelante.
Avanzaron metro tras metro, calle tras calle.
Cruzaron callejones abandonados, las paredes cubiertas de grafitis antiguos y sangre seca.
Escalaron cercas oxidadas con el alambre de púas desgarrando las mangas de sus ropas.
Sortearon restos de antiguos enfrentamientos: huesos blanqueados, mochilas olvidadas, autos calcinados.
Arika, aunque contenía las muecas de dolor, no se detenía.
Cada vez que debía usar el brazo derecho, una punzada le atravesaba el hombro, pero solo apretaba la mandíbula, ajustaba su vendaje con manos firmes y seguía.
Ella no era de las que se quejaban.
Fue Reize quien, después de girar una esquina estrecha, se detuvo de golpe.
Su exhalación se cortó en seco y su mirada se iluminó.
—Arika… mira.
A lo lejos, elevándose por encima del paisaje gris y quebrado, las torres de comunicación se recortaban contra el cielo encapotado.
Sus estructuras de metal ennegrecido se alzaban como colmillos gigantes, casi irreales en medio de la desolación.
Reize dejó escapar una risa breve, quebrada por la emoción.
Se giró hacia su amiga, con una chispa de esperanza en la mirada.
—Esas son las torres.
Estamos cerca… muy cerca del punto de encuentro.
Arika entrecerró los ojos, escaneando la distancia.
Su pecho se llenó de un calor tenue, casi olvidado.
Esperanza.
Sin embargo, su expresión cambió enseguida cuando sus ojos captaron lo que Reize también vio segundos después.
A lo lejos, como un enjambre interminable, una multitud de infectados se agitaba alrededor de las torres.
Un mar de cuerpos erráticos, tambaleantes y violentos, bloqueaba cualquier intento de paso.
Sus gruñidos resonaban a la distancia como un eco hueco y siniestro.
El silencio entre las dos se volvió espeso, pesado como plomo.
Finalmente, Arika soltó un suspiro largo y áspero.
Se llevó una mano al vendaje que cubría su brazo, sus dedos temblando apenas.
—Debemos buscar un lugar donde escondernos… solo un rato —murmuró con voz cansada—.
Necesito descansar… para recuperar fuerzas.
Reize la observó en silencio durante unos segundos, mordiéndose la parte interna de la mejilla.
Luego asintió con determinación.
—Claro.
Vamos a buscar un sitio seguro.
Tras unos minutos de búsqueda cautelosa, encontraron una pequeña tienda semi derruida.
Las ventanas estaban rotas, la puerta arrancada de cuajo, pero las paredes aún eran sólidas y ofrecían un refugio decente.
Reize ayudó a Arika a acomodarse contra una pila de mantas viejas y polvorientas.
Arika se dejó caer con un gemido apenas audible, sus ojos cerrándose casi al instante.
Reize se levantó enseguida, sus cejas fruncidas con una mezcla de preocupación y resolución.
—Voy a buscar otra ruta —dijo, su tono firme—.
Tal vez haya un camino menos arriesgado.
No tardaré.
Arika abrió los ojos con dificultad, su boca curvándose en una media sonrisa cansada.
—Ten cuidado… —Siempre lo tengo.
—Reize le guiñó un ojo con suavidad, intentando disimular la tensión que le estrujaba el pecho—.
Volveré pronto.
Arika asintió.
Solo cuando Reize desapareció entre las sombras, soltó un suspiro largo y, con movimientos lentos, desató la venda de su brazo.
La herida había empeorado.
La carne estaba más amoratada, la piel abierta, el borde inflamado con un tono malsano que se extendía.
Lo extraño era que, a pesar del aspecto, el dolor no correspondía.
Era como si su cuerpo ignorara la gravedad del daño.
Frunciendo el ceño, se volvió a vendar con manos decididas y apoyó la cabeza contra la pared, permitiéndose un momento de respiro.
Reize avanzaba entre callejones y pasillos oscuros, sus pasos suaves y controlados.
Su respiración era lenta, su arma cargada y lista en sus manos.
Se alejaba más de lo que había planeado, pero cada cruce le mostraba otra ruta bloqueada, otra horda de infectados rondando como sombras inquietas.
La ansiedad le calaba los huesos, pero no se detenía.
Finalmente, tras casi veinte minutos de exploración y esquivar amenazas, sus ojos se iluminaron.
Un atajo.
Un pasaje estrecho entre dos edificios derrumbados que bordeaba la zona de las torres sin tener que cruzar por la aglomeración de infectados.
—Perfecto… —susurró, dejando que una pequeña sonrisa curvara sus labios.
Se giró para regresar con rapidez.
Sin embargo, justo cuando cruzaba una intersección… tres figuras emergieron de una bocacalle oscura.
Tres infectados.
Sus ojos vacíos se posaron en ella al instante, y un gruñido gutural llenó el aire como una amenaza tangible.
El corazón de Reize dio un salto doloroso en su pecho.
Era la primera vez que estaba completamente sola.
Su mano tembló al levantar la pistola.
Apuntó con rapidez y disparó varias veces.
Los tiros impactaron, pero no fueron letales.
Uno cayó al suelo con un alarido.
Otro trastabilló hacia un costado.
El tercero no se detuvo.
Con un rugido, se lanzó sobre ella.
Reize alzó el arma a tiempo para bloquear la mandíbula que se abría buscando su cuello.
Luchaba con todas sus fuerzas, sus brazos temblaban, las piernas le flaqueaban y el sudor resbalaba por su sien como un río helado.
¿De verdad voy a morir así?
No… no puedo… no ahora.
Tengo que volver con Arika… tengo que volver… El infectado empujaba con más fuerza.
Su peso la vencía poco a poco.
Sus manos resbalaban en el metal caliente de su pistola.
Y entonces, un disparo seco retumbó en la calle.
El cuerpo del infectado se desplomó de golpe, inerte, cayendo como un saco de carne sobre el asfalto cuarteado.
Reize jadeaba, sus ojos desorbitados por la mezcla de miedo y sorpresa.
Una voz familiar resonó detrás de ella, cálida y calmada, con un matiz de ironía que le erizó la piel.
—Sabes… debemos dejar de encontrarnos así.
Ella se giró lentamente, su pecho subiendo y bajando con respiraciones rápidas.
Y lo vio.
Ethan estaba ahí.
Su silueta firme bajo la llovizna, la escopeta aún humeando entre sus manos, y una media sonrisa tranquila curvándole los labios.
Reize lo miró, incapaz de controlar el temblor que la recorría.
El nudo en su garganta se deshizo en un instante.
Sus labios comenzaron a temblar, sus ojos se llenaron de lágrimas y, sin poder contenerlo, comenzó a sollozar con fuerza.
—Ethan… Él no dijo nada más.
Solo le sonrió con calidez.
Una sonrisa que, por primera vez en días, le hizo sentir que… todo iba a estar bien.
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