Ecos en un Mundo Caido - Capítulo 43
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- Capítulo 43 - 43 CAPÍTULO 43 Ecos en un Mundo Caído 43
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43: CAPÍTULO 43: Ecos en un Mundo Caído (43) 43: CAPÍTULO 43: Ecos en un Mundo Caído (43) Ethan no se apresuró.
Bajó la escopeta lentamente y avanzó hacia ella, sus pasos resonando suavemente sobre los escombros mojados.
Cuando estuvo lo suficientemente cerca, se agachó y posó una mano firme sobre su hombro.
El simple contacto de su calor, tan humano en medio del caos, fue como un ancla que la mantenía en el presente.
—Tranquila —dijo en voz baja—.
Ya pasó.
Reize asintió entre sollozos, llevándose una mano a los labios para contener el sonido que le quemaba la garganta.
Poco a poco, la angustia fue cediendo y su respiración volvió a un ritmo menos frenético.
—Pensé que… —murmuró, sin terminar la frase.
Ethan negó con la cabeza, una sonrisa breve asomando en su rostro.
Se incorporó y le tendió la mano.
—Vamos.
No es seguro quedarnos aquí.
Reize miró su mano, dudó por un momento, pero al final aceptó la ayuda.
Sus dedos se entrelazaron brevemente, y el contacto le devolvió un poco de fuerza.
Juntos, avanzaron por el pasaje que Reize había encontrado, con Ethan vigilando cada rincón, atento a cualquier movimiento.
Cuando cruzaron un par de esquinas, ambos se detuvieron.
Un leve crujido de piedras desplazadas resonó cerca, seguido de pasos rápidos.
Ethan levantó la escopeta de inmediato, sus reflejos afilados.
De las sombras emergieron dos figuras.
Reize contuvo el aliento, y aunque la tensión la recorrió al principio, se disolvió en cuanto reconoció a uno de ellos.
—Koen… Koen la vio y sus ojos grises se abrieron con sorpresa y alivio.
Su expresión se suavizó al instante, como si todo el peso de la preocupación se desvaneciera.
—Reize… —dijo, su voz ronca, como si no pudiera creer lo que estaba viendo.
A su lado, un joven rubio con ojos castaños observaba con cautela.
Su mirada era fría y analítica, midiendo cada detalle, pero no parecía una amenaza.
Koen avanzó hacia Reize sin pensarlo, su rostro endurecido por la preocupación.
Su voz sonó baja, pero clara.
—Reize, él es Elion.
Nos ha estado ayudando.
Elion asintió brevemente, su cabello rubio cayendo ligeramente sobre su frente.
—Hola soy Elion —dijo con un tono directo y reservado.
Reize respiró hondo y, después de un momento, le devolvió una pequeña sonrisa.
—Y yo Reize.
Me alegra saber que Koen tiene refuerzos.
Elion no respondió con una sonrisa, pero su postura se relajó ligeramente, aceptando la presentación sin añadir mucho más.
Koen, sin perder tiempo, frunció el ceño y la mirada se le endureció.
—¿Y Arika?
—preguntó de inmediato, su voz cargada de urgencia.
Reize vaciló un segundo.
Su mandíbula se tensó y, antes de responder, desvió la mirada hacia el suelo.
Un silencio denso se instaló entre ellos.
—Ella… —dijo, tragando saliva—.
Se hirió.
Koen se erguió de golpe, sus ojos reflejando una alarma instantánea.
—¿Qué?
¿Qué tan grave?
¿Dónde está?
—su voz se aceleró con cada pregunta, la desesperación ya filtrándose en sus palabras.
—Koen —intervino Ethan con firmeza, colocando una mano en su hombro—.
Calma.
Déjala hablar.
Koen apretó los labios, respirando fuerte por la nariz para intentar calmarse.
Finalmente, asintió con la cabeza.
Reize lo miró, sus ojos reflejando cansancio y culpa.
—Está cerca —explicó, con más claridad—.
La dejé descansando.
Su brazo está bastante mal… la acomodé en un lugar seguro para que pudiera recuperar fuerzas.
Tardaremos unos quince minutos en llegar hasta ella.
Koen bajó la cabeza, cerró los ojos por un momento, y cuando los abrió, su expresión era dura, pero controlada.
—Bien.
Llévanos con ella.
Echaron a andar rápidamente, cruzando las calles semiderruidas.
Mientras caminaban, Koen se acercó a Reize, la voz baja.
—Cuéntame… ¿qué les pasó en todo este tiempo?
Reize suspiró y empezó a hablar, con la mirada fija en el camino.
—No ha sido fácil.
Hace unos días intentamos tomar un atajo, pasando por un edificio para evitar un grupo grande de infectados.
Al principio parecía seguro… Koen no la interrumpió, escuchándola con atención.
—Pero dentro… la estructura cedió.
Fue un estruendo horrible, cristales cayendo, vigas partiéndose… y justo cuando estábamos a medio camino, una pared se desplomó.
Un ventanal gigante cayó sobre mí.
Reize apretó los puños, la imagen aún fresca en su mente.
—Arika no dudó.
Se lanzó sobre mí y me empujó a un lado.
El vidrio le hizo un corte muy profundo el brazo.
Si no se hubiera interpuesto, yo no estaría aquí.
Koen dejó escapar un suspiro, su mandíbula tensa, procesando lo que acababa de escuchar.
—Logramos salir —añadió Reize, en voz baja—.
Fue difícil, pero salimos.
Desde entonces hemos estado avanzando… con cuidado.
Koen la miró de reojo, su expresión seria.
—¿Por qué no intentaste comunicarte con nosotros?
Pensábamos que estaban en peligro o… peor.
Reize bajó la mirada, el peso de la frustración en sus palabras.
—El comunicador… lo perdí justo en ese momento.
—Su tono se volvió más apagado—.
Mientras trataba de vendar a Arika, cuando todo colapsaba, se me cayó del cinturón.
Quedó atrapado bajo los escombros y no pude recuperarlo.
Tuvimos que salir rápido… y no había forma de volver.
Koen soltó un suspiro, negando con la cabeza.
Sus ojos se suavizaron cuando la miró de nuevo.
—Lo importante es que sobrevivieron.
Ahora debemos concentrarnos en encontrar a Arika.
Reize asintió, una pequeña sonrisa cansada apareciendo en su rostro.
A su lado, Ethan y Elion seguían atentos, cada uno con el arma lista.
Ethan miro a lo lejos he indico.
—Parece que lloverá pronto apuremos el paso.
Todos asistieron y continuando su camino, pero ahora Reize sentía que la carga sobre sus hombros era un poco más ligera.
Mientras tanto, Arika enfrentaba una situación diferente.
El aire estaba denso, cargado de humedad y ceniza, cuando Arika se dejó caer en el rincón de la tienda.
El cansancio la envolvía, pero sabía que no podía relajarse.
La lluvia que había comenzado golpeaba con fuerza contra las ventanas rotas, y el sonido del viento arrastrando escombros por las calles vacías le dio una sensación de aislamiento profundo.
En ese silencio, cualquier ruido podía ser un presagio de peligro.
Escuchó pasos arrastrándose por el asfalto, tan suaves que casi no los notó.
Al principio pensó que era Reize, que finalmente había regresado, pero no.
La respiración entrecortada, los gruñidos bajos… no era Reize.
Arika se levantó de un salto, el dolor en su brazo herido momentáneamente ignorado.
No había tiempo para eso.
Con un rápido movimiento, agarró un pedazo de metal del suelo y se preparó para lo peor.
—No deberías estar aqui… —murmuró, viendo la figura retorcida que apareció en la entrada.
El infectado la miraba con ojos vacíos, arrastrándose hacia ella con una lentitud enfermiza.
Arika exhaló lentamente, una sonrisa tensa curvando sus labios.
—No hay opcion tendré que encargarme de ti.
El infectado se lanzó hacia ella con un gruñido feroz, pero Arika ya se había movido.
Esquivó el ataque con agilidad, saltando hacia un costado y dejándole el espacio suficiente para no ser atrapada.
“Esto no va a ser fácil”, pensó mientras su corazón latía con rapidez.
Pero sabía que no se rendiría tan fácilmente.
Con el pedazo de metal en las manos, Arika se lanzó al frente, clavándolo en el costado del infectado.
El cuerpo cayó con un golpe sordo, pero no estaba muerto.
Arika aprovechó la fuerza del impacto para empujar al cadáver contra la puerta de la tienda, que se rompió con un estruendo que resonó por toda la zona.
El sonido fue como un faro para los infectados, atrayéndolos en masa.
—Maldición —gruñó Arika, observando cómo la horda se acercaba rápidamente.
Eran demasiados.
El primer infectado se abalanzó hacia ella, y Arika, sin pensarlo, lo apartó con un fuerte empujón.
La tensión en su cuerpo se disparó, pero su mente estaba clara.
Necesitaba mantenerse en control.
—¿Ocho contra uno?
—dijo con ironía, mirando a su alrededor, rodeada por ellos.
“No es justo, ¿verdad?” La lluvia la empapaba, su cabello pegado a su rostro mientras los infectados seguían apareciendo.
Sabía que no podría derrotarlos a todos, pero eso no la iba a detener.
—Bueno, parece que no les importa —susurró, una sonrisa desafiante dibujándose en sus labios.
—Entonces… que comience el juego.
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