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Ecos en un Mundo Caido - Capítulo 44

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  4. Capítulo 44 - 44 CAPÍTULO 44 Ecos en un Mundo Caído 44
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44: CAPÍTULO 44: Ecos en un Mundo Caído (44) 44: CAPÍTULO 44: Ecos en un Mundo Caído (44) Con una rapidez asombrosa, Arika comenzó a moverse entre los infectados, sus botas chapoteando sobre el asfalto encharcado.

Saltaba y esquivaba ataques, usando los restos del entorno a su favor.

Tomó un fierro más grande del suelo, oxidado pero resistente, y empujó a un infectado contra una vieja estantería volcada en medio de la calle.

Escuchó el crujido seco de los huesos al impacto y no se detuvo.

Uno de ellos la atrapó por la muñeca, tirando con fuerza para arrastrarla hacia el suelo.

Arika gruñó con rabia, giró con violencia y lo apartó de un empujón.

Sin perder el ritmo, le clavó el fierro en el cuello y lo empujó hacia atrás, haciendo que se desplomara sobre la vereda.

—¿Eso es todo lo que tienen?

—murmuró con burla, la respiración cada vez más agitada.

Pero no cesaban.

Cada vez que derribaba a uno, dos más aparecían entre las sombras y la lluvia.

Su mundo se había convertido en un torbellino de movimientos rápidos y golpes secos.

El eco de sus pisadas se mezclaba con los gruñidos y el sonido constante de la lluvia cayendo sobre el pavimento agrietado.

No iba a detenerse.

No podía.

La supervivencia no le dejaba otra opción.

El fierro destelló bajo la lluvia cuando empujó a otro infectado, gritándole al empujarlo hacia una barrera de escombros.

Su cuerpo dolía, el brazo herido latía con fuerza, pero el impulso la mantenía de pie.

A su alrededor, las luces grises del cielo se mezclaban con el reflejo de los charcos, creando un escenario sombrío.

La humedad y el olor a tierra mojada, óxido y carne en descomposición se mezclaban en el aire.

Saltó sobre una pila de escombros, girando en el aire.

Al caer, barrió con la pierna a un infectado que intentaba sorprenderla por detrás.

La criatura cayó de lado con un gruñido, y Arika no dudó en aplastarle el cráneo con el talón.

Su pecho subía y bajaba, su respiración cada vez más corta.

Otro infectado corrió hacia ella.

Arika flexionó las rodillas, aguantó la embestida y lo empujó contra un poste derribado.

Sin perder tiempo, le hundió el fierro bajo la barbilla.

La criatura cayó sin vida a sus pies.

No había respiro.

No todavía.

A lo lejos, más figuras tambaleantes comenzaban a acercarse, atraídas por el ruido y el eco de la lucha.

Arika apretó la mandíbula, empapada por la lluvia, el cabello pegado al rostro.

—Tch… ¿cuántos más?

Se obligó a mantenerse erguida, sus dedos firmes alrededor de la empuñadura improvisada.

Su mirada barrió la calle vacía, buscando una salida, un refugio, algo.

En lo más profundo de su mente, un pensamiento se repetía con insistencia.

Reize… ¿dónde estás?

Con un giro rápido, Arika derribó a otro infectado, pero en el movimiento su pie resbaló en el asfalto mojado.

Cayó de rodillas.

Fue apenas un segundo, pero suficiente.

Una criatura se abalanzó sobre ella tumbándola sobre el azafato.

Logró apartarla de un golpe seco, pero no sin consecuencia.

Sintió un ardor agudo en la pierna izquierda.

Un trozo de metal astillado, sobresaliendo de los escombros, se le había clavado justo por debajo del muslo al caer.

Soltó un jadeo de dolor, pero no había tiempo.

Apretando los dientes, arrancó la pierna del filo, la sangre caliente resbalando rápidamente por su pantalón desgarrado.

—Maldición… —escupió, tambaleándose al ponerse de pie.

La pierna le dolía, pero se negó a ceder.

Apoyándose más en la derecha, descargó toda su rabia en los últimos enemigos.

Cada golpe era más feroz, impulsado por pura determinación.

El fierro silbaba en el aire, enterrándose una y otra vez con un sonido húmedo y macabro.

Uno cayó.

Luego otro.

Y otro más.

Hasta que finalmente, la calle quedó en silencio.

Sus hombros subían y bajaban, la respiración entrecortada.

Soltó el fierro, que cayó al asfalto con un golpe sordo.

Sus manos temblaban ligeramente, manchadas de sangre y lluvia.

Se quedó quieta unos segundos, su pecho aún agitado, los latidos retumbando en sus oídos.

Entonces lo escuchó.

—Arika…?

Su cabeza giró de inmediato.

Esa voz.

Esa forma de decir su nombre… —Reize… —susurró, la voz apenas un hilo.

Entre la cortina de lluvia, vio las siluetas aproximándose con paso rápido pero cauteloso.

Ethan iba al frente, escopeta en mano, revisando el entorno con mirada aguda.

A su lado, Koen avanzaba con la mandíbula apretada, los ojos recorriendo cada rincón hasta que finalmente se posaron en ella.

Detrás, Elion cubría la retaguardia, el semblante serio como siempre.

Arika sostuvo la mirada hacia ellos, aún respirando con dificultad, pero con una media sonrisa débil y desafiante.

—Llegaron un poco tarde… —bromeó, su voz ronca, pero su mirada viva.

Reize, al ver la escena frente a ella —los cuerpos de los infectados esparcidos por la pista y Arika, de pie a duras penas, empapada y cubierta de sangre— sintió que el aire se le escapaba del pecho.

Sin pensarlo, corrió hacia ella, su voz quebrándose entre el viento y la lluvia.

—¡Arika!

¿Pero qué demonios hiciste?

—le soltó con un tono de regaño cargado de angustia mientras agarraba con fuerza los hombros de Arika.

Sin perder tiempo, Reize bajó la mirada a la pierna herida.

La tela desgarrada dejaba ver un corte profundo que sangraba sin descanso.

Su ceño se frunció con fuerza mientras buscaba en su mochila.

Se arrodillo a su lado sacando una venda limpia y, sin dejar de presionar la herida para frenar el sangrado, comenzó a vendarle la pierna con movimientos rápidos y decididos.

—Porque hiciste algo así, cuando tu condición no está bien —murmuró con los labios apretados, mientras aseguraba el vendaje—.

Debiste esperar.

Arika apenas reaccionaba, su respiración agitada y el rostro pálido.

Reize entonces se apresuró a revisar también la venda de su brazo; la tela estaba empapada, de un rojo intenso.

La cambió con destreza, apretando los dientes cada vez que Arika se estremecía por el dolor.

A unos metros, los chicos observaban la escena en silencio absoluto.

Ethan mantenía su escopeta baja, pero su mirada era fija, seria.

Elion, sin embargo, no podía disimular su asombro; sus ojos se movían entre los cadáveres de los infectados y la figura exhausta de Arika.

Nunca había visto algo así.

Tantos derribados, sin un solo disparo… solo con fuerza, velocidad y pura voluntad.

Su expresión era una mezcla de incredulidad y respeto silencioso.

Koen no lo soportó más.

Se acercó con paso rápido, la mandíbula tensa y la mirada clavada en Arika.

Se paro frente a ella, su voz temblando al romper el silencio.

—Arika… ¿estás bien?

¿Qué pasó?

—preguntó con urgencia, sus ojos recorriendo su rostro y las heridas con una mezcla de rabia y preocupación.

Arika alzó apenas la vista hacia él.

Su voz salió rasposa, cansada, pero con una débil sonrisa.

—Estoy bien… Me alegra verte otra vez, Koen.

Pero Koen no sonrió.

Se inclinó más, su ceño fruncido con fuerza y sus labios apretados.

—¿Por qué te arriesgas de esta forma?

—su voz era baja, cargada de una tensión que casi dolía—.

¿Tienes idea de lo preocupado que estaba?

¿De verdad quieres morir?

Si te pasa algo… yo… yo no podría soportarlo.

Sus palabras calaron hondo.

Arika lo miró un instante, pero algo en su expresión se quebró.

Un dolor agudo le atravesó la cabeza de golpe.

Cerró los ojos con fuerza, respirando entrecortado.

Imágenes fugaces se colaron en su mente como relámpagos.

La voz de Koen, pero en otro momento, en otro lugar.

—¿De verdad vas a arriesgarte de esta manera?

Y su propia respuesta, seca, inevitable.

—Tengo que hacerlo.

No hay otra manera.

El dolor de cabeza se intensificó, mezclándose con el ardor de las heridas.

Su cuerpo no aguantó más.

De pronto, sus piernas cedieron, sus hombros se desplomaron hacia adelante.

—Arika… —susurró Koen justo cuando ella se desvanecía en sus brazos.

Él la sujetó con fuerza, sosteniéndola para que no cayera al suelo.

Reize, alarmada, se acercó más, intentando despertarla, llamándola con suavidad mientras le palmeaba la mejilla.

—Arika, oye… aguanta… despierta.

Pero no reaccionaba.

Su respiración era lenta, su cuerpo rendido.

—No podemos quedarnos aquí —dijo Ethan con tono firme, mirando alrededor, atento—.

Es peligroso quedarnos al descubierto así.

—Ahí —señaló Elion con un leve movimiento de cabeza hacia una casa abandonada a unos metros—.

Podemos escondernos ahí.

No está en ruinas y parece segura por ahora.

Koen asintió, su mandíbula marcada de tensión.

—Vamos.

No pienso soltarla.

Con cuidado, cargó a Arika en sus brazos.

Reize lo acompañó de cerca, sin separarse.

Juntos se dirigieron hacia la casa, atravesando la calle con cautela mientras la lluvia seguía cayendo.

Una vez dentro, se aseguraron de bloquear las entradas y montaron una vigilancia básica.

Koen recostó a Arika sobre una colchoneta improvisada.

Ella respiraba con calma, aunque su rostro aún estaba pálido y fruncido por el dolor.

Koen no se alejó de su lado.

Se sentó junto a ella, su mano descansando con suavidad sobre la suya, su mirada perdida en el suelo.

—No otra vez… —murmuró en voz baja, casi para sí mismo.

La lluvia seguía golpeando con suavidad el techo oxidado de la casa abandonada.

La respiración de Arika, más tranquila ahora, llenaba el pequeño espacio con un ritmo constante.

Koen seguía a su lado, sin moverse, mientras Reize se acomodaba la mochila y revisaba el cargador de su arma con gesto ausente.

Pasaron varios minutos en silencio antes de que Reize, sin mirarlo directamente, hablara.

—Me duele verla así… no sé cómo soporta tanto dolor.

—Su voz fue un susurro bajo, apenas audible sobre el murmullo de la lluvia.

Koen no respondió de inmediato.

Solo bajó la mirada hacia Arika, sus cejas tensas, su mandíbula apretada.

Finalmente, exhaló despacio.

—Es fuerte.

Más de lo que cualquiera de nosotros imagina.

—Sus dedos rozaron con cuidado la venda en el brazo de ella—.

Pero a veces creo que se olvida de protegerse así misma.

Reize cerró el cargador con un clic seco y se cruzó de brazos, apoyándose en la pared.

—Hoy se arriesgó demasiado.

Pudo haber muerto.

Koen asintió lentamente, sin apartar la vista de Arika.

Su voz fue un poco más grave cuando habló.

—Eso es lo que más me asusta, Reize.

—Alzó la mirada hacia ella, sus ojos grises serios, cargados de algo más profundo—.

Que un día no calcule bien.

Que un día no regrese.

Reize lo observó unos segundos en silencio, notando la forma en que su amigo la miraba, la forma en que sus manos seguían posadas sobre las de Arika, como si necesitara asegurarse de que seguía allí, tangible.

Su expresión se suavizó un poco.

—Te importa mucho, ¿verdad?

—preguntó, sin rodeos.

Koen tragó saliva, apartando la mirada hacia la ventana oscura.

Su respiración se volvió más lenta, controlada.

—Así es —admitió al fin, en voz baja—.

No sé en qué momento fue así… pero… si algo le pasara… yo… —Su mandíbula se tensó con fuerza—.

No sé si podría soportarlo.

Reize bajó la mirada, sus labios fruncidos.

Guardó silencio unos instantes antes de acercarse un poco más y posar una mano en el hombro de Koen.

—Entonces asegúrate de que lo sepa.

No solo con palabras bonitas cuando se despierte, Koen.

Con hechos.

Si quieres que deje de arriesgarse sola, demuéstrale que no necesita cargar con todo.

Que estamos aquí.

Que tú estás aquí.

Koen alzó la vista hacia ella, su expresión cargada de una determinación renovada.

Asintió una vez, con seriedad.

—Lo haré.

Reize esbozó una leve sonrisa, retirando la mano y volviendo a vigilar la ventana.

Su mirada volvió a endurecerse, siempre alerta.

—Descansa un poco.

Iré con los demás.

Si hay movimiento, te aviso.

Koen la miró de reojo, agradecido, pero no se movió de al lado de Arika.

Su mano, firme y cálida, permanecía sobre la de ella.

No pensaba dejarla sola otra vez.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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