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Ecos en un Mundo Caido - Capítulo 47

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  4. Capítulo 47 - 47 CAPÍTULO 47 Ecos en un Mundo Caído 47
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47: CAPÍTULO 47: Ecos en un Mundo Caído (47) 47: CAPÍTULO 47: Ecos en un Mundo Caído (47) Koen avanzó con decisión, levantando su arma con ambas manos.

Sus movimientos eran seguros, precisos.

Disparó al primero sin titubear; la bala impactó de lleno en la cabeza del infectado, que cayó con un golpe sordo contra el asfalto mojado.

Giró rápido, apuntó al siguiente y disparó de nuevo.

Otro cayó.

Su respiración se mantenía controlada, los ojos bien abiertos, siguiendo cada sombra, cada movimiento.

Disparó dos veces más, derribando a otros dos.

Por un momento, parecía que tenía todo bajo control… hasta que un infectado, mucho más rápido que los otros, se abalanzó desde un costado.

Koen giró la cabeza tarde, no alcanzaría a apuntar a tiempo.

Un disparo seco resonó en el aire.

El infectado se desplomó antes de tocar a Koen.

Koen se quedó quieto, perplejo, y giró la cabeza hacia atrás.

Arika, a unos pasos, sostenía su arma con el brazo que no estaba herido, el cañón aún humeante.

Su expresión era serena, pero sus labios dibujaban una sonrisa leve, un poco divertida.

—Tienes talento, Koen… —dijo con suavidad mientras bajaba el arma—, pero no tanto.

Koen soltó una risa suave, bajando su arma también.

—Supongo que no podía esperar impresionar tanto —respondió, con un brillo divertido en la mirada.

Ella dio un par de pasos hacia él, apoyándose un poco para no cargar su pierna herida.

—Lo hiciste bien… Solo no bajes la guardia.

Koen asintió con una sonrisa sincera.

—Lo tendré en cuenta.

Ambos compartieron una mirada cómplice antes de retomar su avance con más confianza y sus armas listas.

El camino se fue calmando.

Después del enfrentamiento, las calles volvieron a quedar en un silencio tenso, roto solo por el sonido de sus pasos sobre los charcos y el leve zumbido de la radio en el cinturón de Koen.

Iban despacio.

Koen echaba miradas constantes hacia Arika, asegurándose de que no cojeaba más de la cuenta.

Ella avanzaba con la mandíbula apretada, terca como siempre, pero él podía notar que el dolor la estaba alcanzando.

—Si quieres… podemos detenernos un segundo —dijo Koen al fin, con voz baja.

Arika negó con la cabeza, pero su respiración agitada la delataba.

—Estoy bien —murmuró.

Sin embargo, después de unos pasos más, ella se detuvo por sí sola.

Apoyó una mano contra la pared de un edificio desgastado, cerrando los ojos unos segundos.

Koen se acercó sin decir nada, dejando el arma colgada en su pecho.

—Arika… —Su tono fue más suave, más sincero—.

No tienes que forzarte tanto.

Ella abrió los ojos lentamente y lo miró de reojo.

Por unos segundos, su expresión se relajó, cansada pero honesta.

—No me gusta sentirme una carga —susurró, casi como si le costara admitirlo.

Koen la miró serio y dio un paso más cerca, tan cerca que ella pudo notar las gotas de lluvia resbalando por su chaqueta.

—Jamás serías una carga para mí —dijo firme—.

Si estoy aquí, es porque quiero protegerte.

No porque te sientas obligada a seguirme el ritmo.

Lo entiendes, ¿verdad?

Arika parpadeó despacio, sorprendida por la honestidad en sus palabras.

Por un instante, algo se agitó en su pecho… algo familiar y extraño a la vez.

—Koen… —murmuró, pero las palabras no le salieron completas.

Él sonrió con suavidad, ladeando un poco la cabeza.

—Vamos a descansar un minuto —dijo mientras sacaba de su mochila una pequeña cantimplora y un vendaje extra que llevaba guardado—.

No te moverás hasta que al menos revise esa pierna.

Arika lo miró, vencida por el cansancio y el dolor, y finalmente asintió en silencio.

Koen se agachó con cuidado frente a ella, desenrollando el vendaje, y comenzó a revisar la herida con manos firmes pero delicadas.

El contacto era cálido, atento… no solo de alguien que cuidaba una herida, sino de alguien que cuidaba a la persona.

Arika bajó la mirada, sin apartarse, dejando que por una vez él se hiciera cargo.

—Gracias… —susurró apenas audible.

Koen levantó la mirada hacia ella, sus ojos serenos.

—No hay de que —respondió con una convicción tranquila.

Koen aseguraba el vendaje con cuidado, sus dedos trabajaban con firmeza, pero sin lastimarla.

La lluvia seguía cayendo de forma constante, creando un murmullo que los aislaba del resto del mundo.

Arika lo observaba en silencio, hasta que su mirada se suavizó un poco.

—No sabía que eras tan bueno con las vendas —comentó con una pequeña sonrisa, tratando de romper la tensión.

Koen alzó una ceja, sin dejar de concentrarse.

—He tenido que aprender rápido en este mundo.

No siempre hay quien te cuide las heridas.

Cuando terminó de ajustar la venda, Arika soltó una risa suave.

—Bueno… al menos vendas mejor que Reize —dijo en tono de broma, con una chispa de diversión en la mirada.

Koen sonrió, negando con la cabeza.

—Eso no es muy difícil de superar —respondió, siguiendo su juego.

Arika bajó un poco la vista, su expresión volviéndose más seria por un momento.

—Será mejor que sigamos avanzando.

Debemos reunirnos con los demás cuanto antes.

Koen asintió, poniéndose de pie y ofreciéndole la mano para ayudarla a levantarse.

—Vamos.

No pienso dejarte atrás.

Con un último intercambio de miradas cómplices, ambos siguieron su camino, la lluvia marcando su paso entre las calles vacías.

El camino no fue sencillo, pero con cada paso coordinado, Koen y Arika avanzaban más rápido.

Finalmente, tras doblar una esquina y cruzar una calle desierta, distinguieron siluetas conocidas a unos metros adelante.

Ethan y Reize estaban de pie junto a un edificio medio derrumbado, atentos a los alrededores.

Cuando Koen levantó una mano para llamar su atención, Reize fue la primera en girarse.

Sus ojos se agrandaron al verlos acercarse.

—¡Koen!

¡Arika!

—exclamó, corriendo hacia ellos.

Ethan la siguió a paso firme, sin bajar la guardia.

Cuando se encontraron a mitad de la calle, Reize se detuvo frente a Arika, su mirada recorriendo rápidamente sus vendajes y su estado.

—¿Estás bien?

—preguntó, su voz cargada de preocupación.

Arika asintió con una leve sonrisa.

—Estoy bien, Reize.

Solo algunos rasguños más.

Koen cruzó mirada con Ethan, quien simplemente le dio un breve asentimiento, como reconociendo que había cumplido su parte.

—Nosotros también tuvimos problemas, pero logramos arreglárnoslas —comentó Ethan, mientras vigilaba los alrededores—.

Lo importante es que estamos todos aquí.

Ahora debemos movernos antes de que atraigamos más atención.

En ese momento, un sonido estático rompió el aire.

La radio de Koen se activó con la voz de Elion, entrecortada pero clara.

—Chicos… estoy cerca de la zona que les mencioné.

Hay un par de calles despejadas hacia el refugio… pero más al sur hay movimiento.

Tengan cuidado y vengan rápido.

Koen respondió de inmediato.

—Recibido, Elion.

Vamos en camino.

Mantente alerta.

Cortó la comunicación y miró a los demás con determinación.

—Ya lo escucharon.

Es momento de reunirnos con Elion y movernos al refugio.

Ethan asintió, asegurando su arma.

Reize miró a Arika una vez más, como asegurándose de que podía seguir, y Arika le respondió con una expresión decidida.

—Puedo continuar.

No se preocupen.

Sin perder más tiempo, el grupo comenzó a avanzar juntos, sus pasos sincronizados y sus miradas atentas a cualquier movimiento en la penumbra de la ciudad.

El grupo avanzaba con cautela, las calles mojadas reflejaban los destellos apagados de un sol oculto tras las nubes grises.

La tensión era palpable, cada crujido bajo sus botas parecía más fuerte de lo que debía.

Cuando doblaron otra esquina, Ethan levantó la mano abruptamente, deteniéndolos.

—Alto —susurró.

Frente a ellos, justo a mitad de la calle, un camión volcado bloqueaba casi por completo el paso.

A su alrededor, varios infectados vagaban desorientados, arrastrando los pies y gruñendo en voz baja.

Eran al menos seis.

Reize chasqueó la lengua con fastidio.

—Genial… otra linda sorpresa.

Koen frunció el ceño, su mirada buscando una ruta alternativa.

—No podemos dar una vuelta larga.

Perderíamos a Elion y el camino despejado.

Arika, apoyándose levemente en su pierna herida, respiró hondo.

—Podemos pasar rápido por el lado derecho, donde está la verja rota.

Si no hacemos ruido, quizás no nos detecten.

Ethan la miró y asintió con seriedad.

—Vale.

Pero si algo sale mal, no duden.

Disparen o corran.

Con movimientos precisos, el grupo bordeó la verja rota.

Contuvieron la respiración mientras cruzaban a pocos metros de los infectados, cuyas cabezas se movían con lentitud, como si intentaran ubicar sonidos inexistentes.

Cuando el último de ellos pasó, Ethan soltó el aire con alivio.

—Bien hecho… sigamos.

Unos metros más adelante, una figura apareció en la esquina.

Era Elion, agitando una mano para llamar su atención.

—¡Por aquí!

—susurró apresuradamente.

Corrieron hacia él y Elion los condujo por un callejón estrecho, flanqueado por muros desgastados y grafitis borrados por el tiempo.

Al fondo, se detuvo frente a una puerta de metal desgastada.

Miró a ambos lados, asegurándose de que no los hubieran seguido, y levantó la mano.

Con movimientos precisos, tocó la puerta en un patrón claro: dos golpes cortos, seguidos de cuatro golpes rápidos.

Toc toc… toc toc toc toc.

Pasaron unos segundos de silencio, y luego, del otro lado, se escuchó el clic de una cerradura girando.

La puerta se entreabrió lentamente y, tras ella, apareció un rostro familiar, con los ojos bien abiertos al reconocer a quien llamaba.

—Elion —murmuró Hael, cuya expresión endurecida se suavizo al ver a su hermano.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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