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Ecos en un Mundo Caido - Capítulo 5

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  4. Capítulo 5 - 5 CAPÍTULO 5 Ecos en un Mundo Caído 5
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5: CAPÍTULO 5: Ecos en un Mundo Caído (5) 5: CAPÍTULO 5: Ecos en un Mundo Caído (5) Era mediodía, el sol brillaba en lo alto y el cielo estaba despejado, mientras la señora conducía por las calles tranquilas con su hija dormitando en el asiento trasero, abrazada a su peluche favorito.

Todo parecía normal.

El murmullo del motor, la brisa cálida que entraba por la ventanilla entreabierta, y el suave crujido de las ruedas sobre el asfalto daban una falsa sensación de calma.

Entonces, el teléfono sonó.

El tono estridente rompió la quietud.

La señora lo sacó del bolso con una sola mano, sin dejar de mirar la carretera.

En la pantalla, el nombre de su esposo parpadeaba.

—¿Hola cariño?

—respondió, sin imaginar lo que estaba a punto de escuchar.

—¡Evelin, tienes volver con nuestra hija a la casa ahora!

¡Lo más rápido que puedas!

—su voz sonaba urgente y ansiosa, casi desesperada.

—¿Qué?

¿Por qué?

—preguntó ella, frunciendo el ceño, sintiendo cómo una inquietud creciente le revolvía el estómago.

Antes de que pudiera obtener una respuesta, un estruendo ensordecedor sacudió el aire, tan fuerte que el volante le vibró entre las manos.

La señal se cortó de golpe, dejando solo el pitido sordo del silencio.

Althea, asustada por el ruido, se incorporó en su asiento con los ojos grandes y llorosos.

Apretó con fuerza su peluche contra el pecho.

—Mami…que ocurre —susurró con voz temblorosa, casi sin aliento.

El corazón de la Evelin dio un vuelco.

—Tranquila, mi amor, no es nada.

Todo estará bien —dijo, tratando de sonar firme, pero su propia voz le temblaba.

Pisó el acelerador.

Las calles comenzaron a desdibujarse mientras el auto avanzaba a toda velocidad.

Pero esa sensación de urgencia, de que algo horrible se avecinaba, no hacía más que crecer.

Al girar en una avenida principal, la imagen que apareció frente a ella le arrancó el aliento.

Cristales rotos esparcidos como estrellas rotas sobre el pavimento.

Autos chocados, abandonados en mitad del camino con las puertas abiertas.

Algunos aún echaban humo.

Algo no estaba bien.

De repente, Althea miró por la ventana y gritó.

—¡Mami, hay que irnos de aqui!

—suplicó la niña, aterrada.

Evelin alarmada por el grito de su hija, volteo a ver que le había causado tan terror, dejándola pálida y en shock.

Entre las sombras de un callejón, algo emergió.

Eran personas… o al menos lo parecían.

Sus cuerpos se movían de forma errática, con espasmos inhumanos.

Sus ropas estaban rasgadas y cubiertas de sangre.

Uno de ellos giró la cabeza en su dirección.

Sus ojos estaban en blanco.

—¡Mami!

¡Mami, vámonos!

¡Ya!

¡Por favor!

—grito Althea desesperada.

Evelin reaccionó y giró el volante bruscamente, evitando el callejón.

Pisó el acelerador con todas sus fuerzas, dejando atrás a esas… cosas.

Pero más adelante, el camino estaba bloqueado por autos chocados.

No podían seguir.

Sin pensarlo, frenó en seco.

—Cariño, vamos a bajar.

Tenemos que irnos a pie —dijo con voz firme, aunque por dentro su corazón latía descontrolado.

Salió del auto y abrió la puerta trasera.

—Ven, mi amor.

No pasa nada.

Estoy contigo.

Althea, aunque temblaba de miedo, asintió al pedido de su madre.

Evelin la levantó en brazos, abrazándola fuerte, y comenzó a correr.

Las calles estaban inquietantemente silenciosas, pero el miedo la impulsaba a seguir.

De pronto, una figura surgió de unos arbustos al borde del camino.

Una joven, tambaleante, con la ropa hecha jirones y sangre en la cara, alzó una mano hacia ellas.

—¡Ayuda… por favor…!

—suplicó con la voz entrecortada.

Pero no estaba sola.

Detrás de ella, como salidos del mismo infierno, las criaturas de hace un rato la alcanzaron en cuestión de segundos.

Evelin sin poder hacer nada por la joven, volteo sin mirar atrás y siguió corriendo.

Apretando a su hija contra su pecho, como si con eso pudiera protegerla de todo.

El sudor le nublaba la vista, pero no se detenía.

Atravesó calles inquietantemente vacías, esquivando cuerpos, basura, manchas de sangre.

Y entonces llegó.

El portón que marcaba la entrada al complejo donde vivían estaba destrozado, reducido a un cúmulo de escombros.

El muro había colapsado por completo.

—¡No!

No había forma de pasar por allí cargando a su hija.

Miró hacia atrás.

Las criaturas se acercaban, arrastrando los pies, gruñendo, jadeando.

Sus ojos buscaron desesperadamente una salida… y entonces lo vio.

Entre los hierros retorcidos y el concreto fracturado quedaba un pequeño agujero que daba al otro lado.

Era estrecho, pero suficiente para que su hija pasara.

No lo pensó dos veces.

Bajo a su hija al suelo y la miró a los ojos con urgencia, arrodillándose y tomando con dulzura sus pequeñas manos.

—Mi amor, escucha.

Vas a pasar por ese agujero.

Vas a correr hasta casa, sin detenerte, ¿sí?

—¿Y tú?

—Yo no puedo pasar por ahí, es muy angosto.

Pero tu si.

—Entonces busquemos otra salida, donde podamos estar a salvo las dos.

—No hay tiempo mi niña.

—¡No!

¡No quiero dejarte!

—sollozó Althea, abrazando a su madre y aferrándose a su ropa.

Evelin sintió su corazón romperse en mil pedazos.

—Tienes que hacerlo, mi cielo.

No hay otra opción.

Tienes que vivir.

Las criaturas doblaban la esquina.

El tiempo se acababa.

Sin perder más tiempo, la señora empujó a su hija con cuidado por el agujero, evitando que se raspara entre los restos.

—¡Mami!

—Vamos, cariño.

Rápido.

Métete por allí.

Althea se arrastró, cruzó, y al otro lado, gritó: —¡Ya pasé, mami!

La madre sintió un alivio momentáneo y forzó una sonrisa.

—Muy bien, mi amor.

Muy bien.

Ahora corre.

Corre hasta casa.

No mires atrás.

Althea miró a su madre a través del agujero con los ojos cristalinos, con miedo y tristeza.

—Mami aun no llegan esas cosas y si intentas pasar también.

—dijo Althea mirando a su madre a través del agujero.

—Mi cielo, lo siento, pero no puedo.

Ahora tienes que seguir, por la dos.

¿Sí?

—Si… —murmuró Althea, aunque su voz se quebraba.

—Esa es mi niña…siempre se valiente Althea.

—Te amo, mami…—dijo Althea con los ojos cristalinos, con miedo y tristeza.

Evelin sintió un nudo en la garganta, pero no podía derrumbarse.

—Yo también te amo, con toda mi alma.

Ahora vete.

¡Corre!

Althea obedeció y echó a correr sin mirar atrás.

La señora se quedó allí un segundo más, conteniendo el llanto y tragándose el miedo.

Aunque con alivio al escuchar los pasos de su hija alejándose.

Se paro y giró.

Las criaturas ya estaban sobre ella.

Agarro un fierro oxidado del suelo y lo levanto, sosteniéndolo con fuerza.

Debo protegerla.

Luchó con todas sus fuerzas.

Golpeó, empujó, resistió… Tenia esperanza de salir de allí.

De volver a ver a su hija Pero esa esperanza se esfumo a notal que eran demasiados.

En medio de la lucha, un grito resonó en la distancia.

Alguien más llamaba la atención de esas criaturas, atrayendo a varias de ellas.

Aprovechando el momento, Evelin se deshizo de los pocos que quedaban a su alrededor y echó a correr.

Mientras escapaba, miró hacia atrás… y lo vio.

La persona que había desviado la atención de los monstruos estaba siendo devorada.

Pero lo peor no era eso.

Con horror, presenció cómo, tras unos segundos, su cuerpo se retorció… y se levantó de nuevo.

Se había convirtiendo en uno de ellos.

Su respiración se volvió errática.

“Esto no puede estar pasando…” Siguió corriendo hasta encontrar un callejón estrecho.

Se refugió en él, ocultándose tras unos contenedores.

Su cuerpo temblaba sin control.

El aire se le escapaba de los pulmones.

“¿Qué demonios está pasando?” Entonces lo sintió.

Un ardor punzante en su mano.

Miró hacia abajo y vio la marca… la mordida.

Por un instante se quedó paralizada.

Un frío distinto recorrió su espalda, más profundo que el miedo.

Entonces lo recordó, como un flash entre la confusión de la pelea.

Uno de ellos se le había echado encima.

Forcejearon.

Ella gritó, golpeó, luchó con todo lo que tenía.

Y en medio de ese caos, la criatura le había sujetado el brazo con una fuerza brutal… y luego lo sintió: el desgarro seco, el ardor punzante.

Había sido tan rápido que lo ignoró, enfocada en sobrevivir.

Se deshizo de él de un golpe y siguió luchando.

No le dio importancia.

No pensó que fuera grave.

Pero ahora, viendo la herida, lo cambio todo.

El pulso se le aceleró.

Su piel empezaba a oscurecerse, sus venas se hinchaban con un color negruzco, y un calor insoportable se apoderaba de su cuerpo.

Entonces lo comprendido.

Se estaba convirtiendo en una de esas criaturas y no le quedaba mucho tiempo.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

No podía permitirlo.

No podía ser uno de ellos.

No cuando aún tenía una hija a la que proteger.

Saco su teléfono y escribió un mensaje.

Enviándolo.

Luego buscó entre los restos y encontró un trozo de vidrio.

Lo sostuvo con ambas manos.

Tomó aire.

Y antes de que la oscuridad la envolviera, solo pudo hacer una última súplica: “Por favor… que mi pequeña esté a salvo.” Mientras las lágrimas rodaban por su rostro.

No lloraba por miedo.

Lloraba por amor.

Por la niña que acababa de dejar atrás.

Y por la hija a la que ya no volvería a abrazar Con manos temblorosas, llevó el trozo de vidrio a su garganta y, con la última fuerza que le quedaba, terminó con su vida, asegurándose de que no se convertiría en uno de ellos.

El teléfono resbaló de sus dedos y cayó al suelo.

La pantalla que aun estaba encendida, mostraba último mensaje que aún permanecía ahí, como un eco de amor, de valor, de despedida: “Te amo… cuida de nuestra pequeña.”

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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