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Ecos en un Mundo Caido - Capítulo 53

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  4. Capítulo 53 - 53 CÁPITULO 52 T2
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53: CÁPITULO 52 (T2): 53: CÁPITULO 52 (T2): Era pleno invierno.

El bosque yacía bajo un manto espeso de nieve que crujía suavemente con cada paso, como si la tierra respirara de forma lenta y pesada.

El aire era tan frío que cada exhalación del hombre se transformaba en una nube blanca que flotaba unos segundos antes de desvanecerse.

Aquel hombre rondaba los sesenta años.

Su rostro curtido por los años y las temporadas duras mostraba arrugas profundas alrededor de los ojos, marcadas por el tiempo y la intemperie.

Tenía barba canosa, espesa, y cejas pobladas que siempre parecían fruncidas, dándole un aire severo que contrastaba con la calidez de su mirada.

Vestía una gruesa chaqueta de cuero envejecido, forrada por dentro con lana; unos guantes de trabajo desgastados y botas altas, cubiertas de restos de nieve y aserrín.

Sus manos eran fuertes, pero se movían con cuidado, como si respetara cada tronco que levantaba.

Había talado un árbol hacía unos minutos y ahora lo cortaba en trozos más pequeños para alimentar las chimeneas de su cabaña y mantenerse a salvo del frío que amenazaba con meterse en los huesos.

A pocos metros, su camioneta verde oscuro descansaba estacionada bajo un pino enorme que actuaba como un techo natural.

No estaba solo.

A su alrededor, observándolo con calma y lealtad, estaban sus tres perros adultos.

Kwan, el mayor, un pastor alemán de pelaje negro y fuego, robusto, con una cicatriz antigua cruzándole el hocico.

Era el más protector, el líder natural del pequeño grupo.

Rain, una husky de ojos azules intensos y pelaje gris plateado, inquieta y siempre alerta.

Iris, la más pequeña, una border collie de pelaje blanco y negro que no se alejaba demasiado del hombre, siempre pendiente de cada gesto suyo.

Mientras él cargaba los troncos en la parte trasera de la camioneta, hablaba con ellos como si fueran viejos amigos.

—Ya casi terminamos, chicos… solo un poco más —murmuró, acomodando un tronco pesado—.

Hoy sí que se siente el invierno, ¿eh?

Kwan levantó la cabeza de repente.

Algo se movió entre unos arbustos a unos metros.

Un susurro, un roce contra la nieve.

El perro frunció el hocico, tensó el cuerpo y, guiado por un instinto antiguo, comenzó a alejarse lentamente.

El hombre, al poner el último tronco, notó de inmediato que uno de sus perros faltaba.

—¿Kwan?

—preguntó, girando sobre sí mismo, inquieto.

Lo encontró entre los árboles, avanzando hacia el bosque con la cola levantada y las orejas erguidas.

—¡Kwan, qué haces!

¡Vuelve, no te alejes mucho!

—gritó el hombre, su voz resonando entre los troncos.

El perro se detuvo al escucharlo, volteó la cabeza… y volvió a olfatear el aire.

Algo allí lo inquietaba.

Algo invisible para los ojos humanos.

—¿Qué pasa, Kwan?

—murmuró el hombre, dando un par de pasos hacia él.

Kwan avanzó un poco más, cada vez más rápido, siguiendo aquel olor misterioso que parecía llamar desde lo profundo de la nada.

Se detuvo de golpe… y ladró.

Un sonido seco, urgente.

—¡Kwan, no!

—alcanzó a decir su dueño.

Pero ya era tarde.

Kwan salió disparado hacia la espesura del bosque, desapareciendo entre los árboles cubiertos de nieve.

—¡Kwan!

—gritó el hombre, alarmado.

Rain y Iris, movidos por el impulso y la lealtad a su líder, se abalanzaron detrás de él sin dudarlo.

—¡Rain!

¡Iris!

¡No, no, no!

¡No se vayan!

—la voz del hombre tembló, quebrada por el miedo.

Pero los tres perros ya se habían perdido entre la neblina blanca del bosque, dejando atrás solo huellas que la nieve comenzaba a borrar.

El hombre, sin más remedio que confiar en su instinto, tomó su hacha.

No sabía qué había llamado la atención de sus tres compañeros de cuatro patas, pero en un bosque nunca podía darse el lujo de bajar la guardia.

El silencio del invierno podía ocultar cualquier amenaza.

Dio un Respiro hondo y empezó a seguir las huellas que los perros habían dejado.

A medida que avanzaba, los árboles parecían cerrarse sobre él, estrechando el camino como si el bosque intentara impedirle el paso.

El aire se volvía cada vez más denso y frío, y el crujir de la nieve bajo sus botas resonaba demasiado fuerte entre los troncos apretados.

Tras caminar un buen trecho, finalmente vio una figura familiar entre las sombras blancas.

—Iris… —susurró, aliviado.

La border collie estaba quieta, mirando fijamente algo en el suelo.

El hombre se apresuró a acercarse, con un suspiro de alivio mezclado con regaño, le murmuro: —No vuelvas a asustarme así… Sin embargo, al levantar la vista notó que la atención de Iris estaba centrada en un punto en el suelo, a unos pasos más adelante.

Su expresión cambió al instante.

El bosque parecía contener el aliento.

Avanzó despacio, casi sintiendo cómo el corazón se le subía a la garganta.

Solo cuando estuvo lo suficientemente cerca lo vio: un cuerpo tirado en la nieve, pequeño, inmóvil, cubierto casi por completo por la escarcha.

El hombre sintió un golpe de frío más penetrante que el del invierno y bajó su hacha con lentitud, como si temiera que un movimiento brusco rompiera el frágil silencio que rodeaba aquel hallazgo.

Rain estaba a un lado del cuerpo, vigilante; Kwan, al otro, con su postura firme y seria, como si entendiera la gravedad de lo que habían encontrado.

El hombre se arrodilló con cuidado, sus rodillas hundiéndose en la nieve fría.

Con manos temblorosas apartó la nieve acumulada sobre el cuerpo y descubrió un rostro pequeño.

Una niña.

Tendría quizá diez o once años, tal vez menos; su piel era blanca como el invierno mismo, y su cabello rojizo caía alrededor de su cabeza en mechones rígidos por el hielo.

Su tez estaba casi azul, tan fría que parecía hecha de porcelana.

Tragó saliva, con un nudo formándose en su pecho, y acercó dos dedos al cuello de la niña buscando un pulso.

Pasaron unos segundos en los que solo escuchó el viento que rozaba los árboles, pero cuando finalmente sintió un latido débil, casi tímido, dejó escapar un suspiro profundo, tembloroso.

—Está viva… —murmuró, con la voz quebrada.

Acarició la cabeza de Kwan conmovido.

—Así que esto querías mostrarme… Buen chico.

Muy buen chico.

Volvió a mirar a la niña.

Algo lo inquietaba profundamente.

¿Quién dejaría a una criatura tan pequeña en medio del bosque… sola?

No había senderos cercanos, ni casas, ni aldeas.

Las más próximas estaban a kilómetros.

Y para empeorar todo… justo frente al lugar donde yacía la niña se levantaba un enorme barranco, una pared de roca helada.

Si había caído desde allí… era un milagro que siguiera respirando.

Espantó los pensamientos innecesarios.

No había tiempo para preguntas.

Con cuidado extremo, la cargó en sus brazos, envolviéndola contra su pecho para darle algo de calor.

—Vámonos, chicos.

Tenemos que llevarla al pueblo, necesita atención médica urgente—ordenó con firmeza.

Kwan e Iris obedecieron de inmediato, caminando a su lado como guardianes.

Rain, sin embargo, permaneció quieta, observando algo a medio enterrar en la nieve.

Se agachó, olfateó con insistencia y luego apartó la nieve con su pata hasta descubrir un brillo cálido en contraste con el blanco del entorno.

Tomó el objeto entre los dientes y lo levantó con cuidado.

Era un medallón dorado, pequeño, de bordes suavemente trabajados.

Y en su centro, grabado con elegancia, un nombre: Arika.

El hombre al darse cuenta que faltaba Rain, volteó y la llamó.

—¡Rain!

¡No te quedes atrás!

Rain levantó la vista y volteo cuando el hombre la llamó, tomó el medallón con más fuerza y corrió hacia su él, uniéndose al grupo que ya emprendía el regreso.

La niña seguía temblando apenas, luchando entre la vida y el frío.

Y el bosque, silencioso y vasto, parecía observarlos con una atención inquietante, como si supiera más de lo que estaba dispuesto a revelar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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