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Ecos en un Mundo Caido - Capítulo 54

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Capítulo 54: CAPÍTULO 53 (T2):

El hombre llegó a la camioneta con la respiración agitada y el pulso aún acelerado. Abrió la puerta trasera con torpeza contenida, cuidando de no resbalar sobre la nieve endurecida, y acomodó a la pequeña en el asiento. La recostó con una delicadeza sorprendente para sus manos ásperas, ajustándole la cabeza para que quedara apoyada y protegida. El vapor de su aliento temblaba en el aire helado mientras comprobaba, casi con miedo, que el débil movimiento de su pecho continuaba.

—Ya estás a salvo… aguanta un poco más —murmuró.

Luego silbó suavemente, un sonido corto y familiar. Kwan, Rain e Iris acudieron de inmediato. El hombre bajó la compuerta trasera de la camioneta y los perros subieron de un salto, sacudiendo restos de nieve. Cerró con firmeza, rodeó el vehículo y se dejó caer en el asiento del conductor. Sus dedos, rígidos por el frío, tardaron un segundo en girar la llave. El motor rugió finalmente, rompiendo el silencio del bosque.

Durante el trayecto, la carretera serpenteaba entre árboles cargados de escarcha. El cielo gris anunciaba otra nevada. Cada poco tiempo, el hombre alzaba la vista hacia el espejo retrovisor; allí, entre mantas improvisadas, la niña permanecía inmóvil.

—Falta poco… resiste —susurraba, como si su voz pudiera anclarla a la vida.

Los minutos se diluyeron entre curvas y respiraciones tensas hasta que, por fin, las primeras casas del pueblo emergieron entre la bruma blanca. Se detuvo frente a una vivienda solitaria, claramente castigada por los años y los inviernos interminables. La pintura exterior, alguna vez blanca, ahora era un mosaico de grietas, madera expuesta y tonos amarillentos. El techo, cubierto de nieve acumulada, se hundía ligeramente en el centro. Las ventanas estaban empañadas, y junto a la puerta colgaba una lámpara vieja que oscilaba suavemente con el viento. Aun así, una tenue luz cálida escapaba desde el interior.

El hombre apagó el motor, se desabrochó el cinturón con manos temblorosas y descendió rápidamente. Abrió la puerta trasera y volvió a tomar a la niña en brazos. Su cuerpo era liviano… demasiado liviano. La envolvió mejor contra su pecho y avanzó hacia la entrada, mientras la nieve crujía bajo sus pasos apresurados.

Desde la parte de atrás de la camioneta, los perros comenzaron a ladrar.

Los sonidos rompieron la quietud. La puerta se abrió de golpe.

Un hombre de unos cincuenta años apareció en el umbral. Vestía una bata blanca ligeramente arrugada y llevaba lentes rectangulares que reflejaron la luz exterior. Su piel morena contrastaba con el blanco del paisaje, y su cabello oscuro, salpicado de canas, caía desordenado sobre su frente.

—¡Rane! —gritó el recién llegado, con la voz cargada de urgencia—. ¡Ayúdame, es una emergencia!

Rane apenas necesitó mirar para comprender. Sus ojos se abrieron con alarma profesional.

—Entra, rápido.

Se hizo a un lado y guió al hombre hacia el interior. El aire cálido golpeó de inmediato, cargado de olor a alcohol, hierbas secas y madera quemándose. Cruzaron un pequeño pasillo hasta una habitación improvisada como consultorio. Allí, una cama reforzada servía de camilla, cubierta con sábanas impecablemente limpias.

—Aquí —ordenó Rane.

El hombre depositó a la niña con sumo cuidado. Rane se inclinó de inmediato, evaluando su respiración, pulso y temperatura. Sus movimientos eran rápidos, precisos, entrenados. Abrió un cajón cercano y comenzó a buscar entre frascos, vendas y utensilios metálicos.

Desde la puerta, Haru permanecía inmóvil. Sus manos colgaban inútiles a los lados del cuerpo. El agotamiento, el susto y la incertidumbre pesaban sobre él como otra capa de hielo.

—Haru —preguntó Rane sin dejar de trabajar—. ¿Qué ocurrió? ¿Quién es ella?

—No lo sé… —respondió con voz baja—. La encontré en el bosque.

Rane alzó la mirada un instante.

—¿Estaba sola?

—Completamente. No había nadie.

El médico frunció el ceño.

—Eso es… extraño.

Sin perder tiempo, comenzó los procedimientos necesarios. Retiró la ropa húmeda, aplicó calor gradual, revisó extremidades, preparó soluciones y medicación. El sonido del metal, el roce de las telas y la respiración contenida de Haru llenaron la habitación.

Finalmente, tras lo que pareció una eternidad, Rane exhaló lentamente. Ajustó las mantas térmicas y observó a la niña unos segundos más antes de acercarse a Haru.

—Puedes estar tranquilo —dijo con voz firme pero calmada—. Está estable. Su cuerpo respondió bien. Se recuperará.

Haru cerró los ojos un instante. El alivio lo atravesó como una ola cálida.

—Gracias… Rane.

El médico esbozó una pequeña sonrisa cansada.

—Esta bien, es lo que hace un doctor.

Luego lo observó con cierta severidad amistosa.

—Ve a descansar. A tu edad no es bueno acumular tantas impresiones fuertes en solo día.

Haru soltó una risa débil.

—Supongo que tienes razón… volveré después.

Se giró lentamente y salió del cuarto, mientras el crepitar distante del fuego y la respiración tenue de la niña llenaban el silencio.

Haru salió de la casa con el cuerpo aún cargado de tensión, pero apenas el aire helado de la tarde golpeó su rostro, algo lo atravesó como un relámpago.

—Los perros…

Había sido tan abrupto todo que los había dejado en la camioneta. Maldiciéndose en voz baja, descendió los escalones cubiertos de nieve y caminó rápido hacia el vehículo. Su respiración volvió a agitarse mientras rodeaba la parte trasera.

Se detuvo en seco.

La compuerta estaba cerrada… pero vacía.

Un vacío frío, inquietante, se abrió en su estómago.

—¿Kwan?… ¿Rain?… ¿Iris?

El silencio del pueblo parecía burlarse de su alarma. Entonces, un ladrido rompió la quietud. Haru giró bruscamente la cabeza.

Allí estaban.

Los tres perros corrían hacia él desde el lateral de la casa, levantando pequeñas nubes de nieve a su paso. Kwan lideraba la carrera, Rain avanzaba con su trote ágil y elegante, e Iris casi saltaba más que correr, desbordante de energía.

Detrás de ellos caminaba una mujer.

Haru cayó de rodillas en la nieve sin importarle el frío y abrió los brazos. Los perros se abalanzaron contra él, chocando con fuerza, lamiéndole las manos, el rostro, emitiendo sonidos bajos y ansiosos.

—Perdónenme, chicos… lo siento, lo siento… no volverá a pasar —susurraba, abrazándolos con fuerza.

Una voz cálida, ligeramente divertida, sonó a unos pasos.

—No es necesario tanto drama.

Haru alzó la vista.

La mujer se detuvo frente a él con una sonrisa tranquila. Ella rondaba los cincuenta años, de piel trigueña suavemente marcada por el tiempo y mejillas enrojecidas por el frío. Vestía un abrigo largo de lana color borgoña, ceñido a la cintura, con un cuello amplio cubierto por una bufanda crema tejida a mano. Sus botas altas estaban salpicadas de nieve, y unos guantes oscuros asomaban desde las mangas. El cabello castaño, recogido en una trenza suelta, descansaba sobre su hombro.

—Los vi solos en la camioneta —explicó con naturalidad—. Así que los ayudé a bajar. Parecían hambrientos… y ofendidos.

Rain movió la cola como si confirmara la acusación.

Haru soltó una risa avergonzada mientras se ponía de pie.

—Gracias, Soleia… te debo una.

Ella negó suavemente con la cabeza.

—Me debes muchas cosas desde hace años.

Sus ojos, cálidos pero firmes, se desplazaron hacia el cielo que comenzaba a teñirse de tonos gris azulados.

—Va a oscurecer pronto, Haru. Deberías ir a casa. Puedes volver después.

Él asintió, comprendiendo. El cansancio empezaba a pesarle como plomo en los hombros.

—Entonces… nos vemos mañana.

Abrió la puerta trasera de la camioneta y los perros subieron sin protestar, acomodándose entre sacudidas de nieve y resoplidos satisfechos. Haru le dedicó una última mirada agradecida a Soleia antes de subir al asiento del conductor.

El motor rugió de nuevo, rompiendo la quietud de la calle.

Mientras la camioneta se alejaba lentamente, Soleia permaneció inmóvil, observándola desaparecer entre la neblina blanca.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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